martes, 17 de febrero de 2015

Relato 47

                                          Escena

Sobre el mantel un plato, en el plato sopa, en la sopa una cuchara, en la cuchara unos dedos, en los dedos una mano, en la mano un brazo, en el brazo un cuerpo, en el cuerpo una cabeza, en la cabeza un disparo, en el suelo unos zapatos, en los zapatos una piernas, en las piernas un individuo, en el individuo una mirada asesina, en el asesino una Mágnum, en la Mágnum un gatillo apretado, en el cañón humo, en el ambiente gente, en la gente tumulto, en el tumulto silencio, en el silencio tensión ,en la tensión un tipo con visera, en el tipo una boca seria, en la boca una mueca, en la mueca una palabra, en la palabra una orden: ¡corten!

martes, 10 de febrero de 2015

Relato 46

                                         Consulta
Sr. director:

        Soy una chica de veintitrés años que vive en Tarragona y llevo año y medio sin encontrarme bien. Hace quince meses empecé a sentirme hinchada a pesar de ser delgada, me cansaba fácilmente, sudaba mucho, tenía mal olor vaginal me pusiera lo que me pusiera y me salieron ojeras. Estuve de fiesta en Nochevieja y después de beber y comer mucho, (nada de drogas) y de dormir poco tuve a la mañana siguiente una taquicardia bastante intensa y en Urgencias me dieron neozepan. Como al día siguiente se me pasó no le di importancia pero este verano llevé un ritmo un poco movido y estresante y tras las fiestas de mi pueblo (Alforges) empezó a darme taquicardia de nuevo. La cosa empezó al cabo de tres días después de las fiestas, me daba hasta dormida y así estuve un par de semanas y con vértigo. Fui al médico ocho veces y cuatro de urgencias. Incluso una vez tuvo que venir el médico de Urgencia a casa y pincharme no sé qué. Y lo único que me dicen es que tengo ansiedad, cuando la ansiedad me la producen ellos de la impotencia de no decirme lo que tengo. Les supliqué que me hicieran pruebas y lo único que hicieron fue mandarme al psiquiatra, quien me dio unas pastillas que me puso mucho peor: me ardía el cuerpo por dentro y después me dijo que de la cabeza estaba bien y me fuera a casa. La cosa es que ya me han hecho placas de tórax y abdomen, electrocardiogramas, análisis de orina y heces, y también de sangre y lo único que aparecía según ellos era que los linfocitos estaban un poco altos y la glucosa un poco baja pero mi médica me dijo que eso era normal. El caso es que después de las taquicardias y los vértigos me bajó la tensión durante dos meses y tenía que desayunar anchoas con sal y jamón ibérico para poder levantarme de la cama. Al no encontrarme los médicos nada me puse a mirar por Internet y entonces inferí que podía ser candidiasis crónica por los síntomas que tenía y me compré el libro de la Dra. Servia y dejé de comer azúcares, pastas y frutas y mejoré un poco. Al menos pude volver a la Universidad porque antes no me podía ni mover, pero entonces empecé a tener subidas y bajadas de azúcar. Muy alta por la mañana y me daban mareos aunque luego se me reguló sola. También empezó a darme pinchazos por el cuerpo bastante dolorosos y leí que podría ser fibromialgia pero no, al mes me desaparecieron sin hacer nada. Desde que dejé el azúcar mejoré un poco, ya no tenía diarreas, sólo estreñimiento, y convencí a mi madre a que fuéramos a ver a una naturópata que trataba la candiadiasis. Me dijo que mi problema tenía toda la pinta de ser micosis por cándida y me dio unas vitaminas para limpiar el hígado y cardo mariano. Mejoré un poco pero luego me estanqué de nuevo. Entonces pensó que igual era un parásito y me mandó un purgante con ajo macerado. Al principio no pasaba de tres gotas porque me daban pinchazos en la zona del bazo pero ahora ya puedo tomar veinticinco gotas y es el tratamiento que llevo. Sólo decirles que al cabo de un tiempo me empezaron a dar dolores en piernas y brazos -por dentro como si se me inflamaran las venas o arterias- y pensé que serían los tóxicos que liberan los parásitos al ser eliminados. Además empecé a ver borroso y en el ojo izquierdo me han salido unos puntitos negros que veo con fondos blancos y que se mueven. Me han dicho que puede ser por algún problema con el nervio óptico pero que al año o así se me irá quitando. También se me inflamaron bastante las anginas y me salían trocitos blancos, pequeños, que yo creía eran comida pero me dijeron que eso eran linfocitos y ocurre cuando hay alguna infección pero mi médica, de nuevo, me dijo que eso precisamente me pasaba porque estaba sana. Me han dicho que los nervios provocan a veces que el cuerpo se ponga en actitud defensiva y la sangre vaya del estómago a los músculos y por eso se me salen los ojos y veo borroso. A veces se me dilatan las pupilas, me dan espasmos musculares de tanto en tanto, me duele bastante la espalda y sigo teniendo retortijones aunque cuando me pongo enemas con agua de mar mejoro. El otro día se me agarrotó el brazo izquierdo, supongo que de la flojera que llevo. También se me hinchan las pantorrillas y me duelen y no sé si será hormonal, de los riñones o qué. Y se me resecan los labios y los ojos, me ha salido alguna grietilla en el esmalte de los dientes y a veces me noto las venas o arterias azules de las muñecas inflamadas, o sea, se me notan más y en las piernas también. Además, al doblar los dedos noto mucho las articulaciones como resecas. Mi naturópata me puso una vez el Zapper y me salieron varices, o sea, venillas pequeñas en el muslo derecho. Y me ha dicho que el mes que viene seguiremos tratando las Cándidas pero yo, por los síntomas, creo que tengo todavía parásitos. Recientemente me han hecho ecografía de las mamas porque antes de la regla se me inflamaban mucho, sobre todo la derecha, y me duelen más que antes de todo esto. Me vieron un quiste de líquido y me dijeron que no tenía importancia, que seguramente se me quitará solo y que volviera a ir al cabo de un año. También se me inflama un poco la lengua y me han salido en los labios puntitos blancos, muchos. Lo que pasa es que no se aprecian si no te fijas. Al principio pensé que podían ser hongos pero luego leí por ahí que eran puntitos de grasa que salían. También tengo picores en el intestino aunque ya no sé si es por sequedad o parásitos porque tengo bastante mucosidad en las heces y antes también tenía picores en la nariz, incluso olores fuertes y una vez me sangró estando acostada y tiré sangre por la boca pese a que a mí, antes, jamás me había sangrado. En definitiva, Sr. director, no sé si estoy siguiendo el tratamiento correcto y si lo que me está pasando es normal ¿Me pueden orientar? Les quedaré muy agradecida.
       Permítame que firme con pseudónimo para preservar mi identidad.                       Ana Delgado Florinda

martes, 3 de febrero de 2015

Relato 45



  
                                               Tostadas

        ─¡Alfonso, venga!
        Mi mujer me zarandea en la cama, llevo rato despierto con los ojos cerrados, pensando. Fuera hace frío, no me muevo, sigo como dormido.
        ─Alfonso, venga, levántate ya, que haremos tarde!
         Saco un brazo, los dos, es cierto hace frío, me estiro, me duelen los huesos, bostezo, ¿tendré un resfriado?, mejor me tomo una aspirina después del desayuno, mejor, sí.
       Se incorpora, pone los pies en el suelo, tiembla, busca a tientas los calcetines, se los calza, se levanta, se pone las zapatillas y la bata, una de azul que le regaló su esposa cuando aún le quería, mira por la ventana, está gris, muy gris.                                                       
        ─Creo que va a nevar ─dice en voz alta.
         Su mujer está en el baño, no le contesta, no le ha oído, ve un mirlo en la terraza del vecino rebuscando gusanos en una jardinera, tira la tierra, lo deja todo perdido.
        ─Parece que va a nevar ─grita.
         Hay ruido en el baño, cañerías que vibran, nadie le responde. Estornuda, se suena la nariz, debe hacer mucho frío fuera con este día, rebusca pañuelos en la cómoda, elige uno de blanco con las iniciales AL., se lo mira, sonríe ligeramente, se suena la nariz de nuevo, lleva  pensando toda  la noche, apenas  ha  dormido y se siente cansado.
        ─¡Aún no estás vestido, pero hombre, qué haremos tarde!
        ─Creo que va a nevar, Elisa, hoy creo que sí.
        ─Tonterías, venga, vístete, hay tanto que hacer, date prisa.
         Ella se va fregándose las manos a la cocina y él sigue mirando por la ventana, el mirlo ya se ha ido, una chimenea empieza a echar humo, ladra un perro o varios en la calle y una moto de poca cilindrada rompe la mañana con un estruendo que le ensordece. Va al baño a vestirse, luego se acerca a la cocina.
        ─¿Te ayudo?
        ─Prepara las tostadas, hazlas bien.
         Ella ha puesto el café al fuego y está exprimiendo naranjas en un exprimidor eléctrico, pone algunas sanguinas. Él saca el pan de molde del congelador, separa con un cuchillo cuatro y vuelve a colocar la bolsa de pan de molde en el congelador.
        ─¿Aún quedan?
        ─Para mañana, quedan.
        Huele a café, coge la tostadora, introduce las 4 rebanadas, sitúa el termostato en el cinco, la pone en marcha, mira por la ventana también allí el cielo está gris.
        ─Creo que va a nevar.
         Elisa le mira, mira fuera, le da un vaso de naranjada, hace un gesto mohín.
       ―¡Vigila las tostadas, sabes que no me gustan quemadas!                    
        El olor a café le recuerda la infancia, la casa familiar, allí sí le querían. Se va bebiendo la naranjada a pequeños sorbos. Abre un cajón y saca una caja de aspirinas, extrae una y se la pone junto al plato. La mesa ya está preparada con mantequilla y mermelada, sólo faltan las tostadas. Aún estando en la cocina siguen teniendo frío y arriman las manos a las llamas del gas, se las frotan. Huele a quemado, inexplicablemente. Elisa se sulfura, no da crédito, estalla: ¡Eres un inútil, no sabes ni hacer tostadas, se te han vuelto a quemar, como ayer, antesdeayer y el otro!
        Luego calla, se muerde los labios, sólo se oye el crepitar del fuego, Elisa coge un cuchillo del cajón y las tostadas quemadas, las lleva al mármol y una a una las rasca nerviosamente, se desmenuzan en buena parte, deja el mármol negro, murmura: ¿de qué nos va servir ir al neurólogo? La mezcla de olores de la cocina y la escandalera de su mujer le reconfortan, extrañamente.
        ─Seguro que es de la tostadora, debe fallar, no me lo explico, yo estaba atento.
         Hacia las diez, cuando salen, empieza a nevar copiosamente.  

martes, 27 de enero de 2015

Relato 44

                                               Final

El ABC, en su primera plana, asegura que ha sido una venganza judeo-masónica por su  fidelidad máxima al Régimen. Sacan una foto sonriente del cacique con su bigote fino, vestido de falangista y con medallas que le cuelgan del pecho, seguido de un largo historial laudatorio como héroe de la guerra civil ¡Qué muerte más condenable, después de tantas victorias! –añade la nota al final. Luego explica que el distinguido personaje ha sido degollado en su propia cama, pobre, mientras dormía plácidamente con un miserable cuchillo de su cocina ¡Qué fin tan injusto para una persona tan justa! -resalta así, en negrita, el titular. ¡Se encontrará a los culpables! –sentencia la noticia. De hecho –se indica un poco más adelante- la Guardia Civil ya ha detenido como sospechosos del cruel asesinato a dos jornaleros del pueblo que accedieron el día de los hechos a la cocina, buscando comida y trabajo. Parece ser que están relacionados con una conspiración masónica, cercana a tesis comunistas. Ningún crimen queda impune en este Régimen –concluye la página.
        Lo que no dice el diario es que además de la yugular al cacique le han cercenado la verga y los testículos. No dice que el difunto era un mujeriego que se había ganado muchos enemigos tanto en el pueblo como entre los suyos. Ni que tenía una hija no reconocida de su ama de llaves, antigua amante, viviendo lejos con una tía, a cuya muerte, la chiquilla se había venido al caserío. Ni que todos obedecían sus órdenes por puro miedo y  que llevaba la Hacienda y la familia con mano de hierro. Que su esposa le detestaba, que hacía años que dormía aparte, que de él sólo recibía desprecios... y su muerte la independizaba. Que sus hijos le odiaban, que era para ellos una especie de rodillo, nada valían sin su reconocimiento... y su muerte les emancipaba. Que la servidumbre le aborrecía por su despotismo constante, jamás un gesto amable del amo, pero ahora ... su muerte les liberaba de la tiranía. Que la misma Guardia Civil, encargada del caso, le abominaba, harta ya de tanto trampearle denuncias, de tantos abusos y desacatos ... y su muerte, aún disimulándolo, les proporcionaba un gran alivio. Cualquiera podía haberlo matado, cualquiera que se hubiera atrevido. Todos habrían callado.
        Cualquiera hubiera hecho lo mismo en su lugar, cualquiera. Muerta su tía,  la chiquilla con apenas doce años y unos bultitos que le asoman por el pecho se ha presentado al caserío. Conoce a su madre, no ha transcurrido ningún año sin que su madre no haya conseguido con engaños permiso del cacique para ir a verla, para estar con su hija y abrazarla. La chiquilla adora a su madre, sabe que ha hecho lo que ha podido por ella, y ahora se reencuentran. El cacique se interesa por la niña, lleva el mismo nombre que el de su madre. La cita en la alcoba, hace irse a la madre, que se va con recelo directamente a la cocina. Poco a poco la va desnudando. La niña no dice nada, apenas susurra “papá”. “No tengas miedo, hija, ven, acércate aquí, mira ¡Qué bien te queda este nomeolvides con tu nombre grabado!” “Pero, papá... ¿Qué haces?” El hombre se medio quita los pantalones, la niña instintivamente corre hacia la puerta, él la sigue, resbala con los pantalones, se cae contra el cabezal de la cama, se aturde unos segundos, ella sale, la madre entra, cuchillo en mano, como loca, le siega la yugular de un tajo certero ¡A mi hija no, cabrón!¡ A mi hija no!, ―clama llorando. La hija solloza en el pasillo casi en silencio. Un chorro de sangre se eleva unos palmos manchando el cabezal, manchándolo todo ¡Otra vez no!, grita, rabiosa, jadeante. Parece poseída; con rapidez le corta la verga y los testículos ¡Otra vez ya no!, exclama satisfecha. El hombre se retuerce, se le hinchan los ojos y a los pocos segundos muere ¡Ya nunca más!, repite aturdida la madre escaleras abajo, ¡Nunca más, hija, me separaré de ti!

martes, 20 de enero de 2015

Relato 43

                                               Borges   
  
Amenaza con morirse. No puede más. Lleva años andando por el fango, no sabe, tal vez siglos. Ante el puente se derrumba. Rueda por el cieno con la mochila y el bastón blanco, sólo unos palmos. Un tronco robusto le corta el paso: su espalda cruje, llueve desde hace rato, está muy oscuro, siempre está muy oscuro para Pedro. Él no lo sabe, pero lleva años ciego, tal vez siglos. Tumbado bajo el tronco se desespera: golpea el lodo con el puño, se lo ensangrienta, gimotea, unos lagrimones le saltan de los ojos y le ensucian. Se acurruca, siente frío, tirita de miedo. Pobre infeliz, está agotado, lleva años rodando, tal vez siglos, no sabe. Quiere descanso, ¡Por Dios!, descanso, y lo mismo le da dormir que morirse. Como un gusano enfangado escucha el goteo interminable de la noche; está a ras del suelo; le parecen nanas. Oye lejano el fragor turbulento del río, discurre por el barranco. Lo tiene muy cerca. Cruzar el puente ahora es temerario. Se imagina una noche estrellada y Pegaso cabalgando: le envidia las alas. Como sea ha de atravesar el puente, no ha llegado hasta allí para rendirse. Además, se lo prometió a Borges. Se sobrepone, ¡heroico! Las piedras nocturnas centellean, le dan alas. Una figura de limo emerge de la penumbra de los siglos, bajo el árbol. Un relámpago oportuno delata su perfil adánico, su carga ancestral, su bastón ensangrentado. Avanza llorando. A cada paso una duda, a cada resbalón una certeza. Se adentra en el puente: es colgante, de cuerdas viejas, algunas podridas. Pedro no sabe, lleva años pisando légamo, pisando jarcias flojas, tal vez siglos. La tormenta arrecia. Un rayo cercano destroza un pico. Tiembla. La noche entera conspira: la torrentera le ruge desde el fondo, el viento certero le azota la cara,  la lluvia le explota la cabeza. Está empapado. Vacila. Siente correr por sus venas la negrura del charco.  “Resiste Pedro, ¡Por Borges!, resiste” —clama desesperado. Eso le da coraje. Blande al aire su cuchillo, lucha en las tinieblas con fantasmas desconocidos, apedaza la noche a cuchillazos. Avanza intrépido, desafiante, hacia su destino como poseído por el fuego de las estrellas. Relampaguea. Pierde pie, pierde el bastón, casi pierde la vida; la noche le golpea con violencia, se aferra a las barandillas de esparto, resbala, cae de morros sobre las cuerdas del pasadero; resisten su peso, ¡Qué suerte! Abajo el infinito. No lo ve, no lo sabe, lleva años muerto, tal vez siglos. Borges le dio su palabra;  le juró que al otro lado vería.   
       Pedro yace sobre las lianas del puente colgante balanceándose a merced del aire fresco de la mañana, mientras chirrían suavemente los mosquetones a los extremos de cada pontón. El sol cabalga presuroso entre las grupas superiores de los grandes árboles sudamericanos, como los Aromos y los Palpales, iluminando la parte sur del río, la mediana del puente y a Pedro por entero. Sobre su cuerpo las cuerdas trenzadas de la barandilla componen una urdimbre de sombras cosidas con hilos naranjados y amarillentos. Su ropa humea, igual que el río y el barranco, igual que los zaguanes y la selva, igual que Pedro mientras respira. Hay esperanzas, él no lo sabe, pero sigue vivo. La lluvia se ha llevado la noche y el sufrimiento, la fatiga, el fango, la pesadilla, y en su rostro agrietado por los siglos amanece una sonrisa. Abajo el río suena fresco y ligero como cascabeles rodando y le parece que son risas que juegan entre saltos y borbotones. Con las manos heridas tantea las cuerdas, aún están mojadas, huelen a esparto, no se fía. Se incorpora lentamente, se sienta con precaución, el sol le quema la cara, mete los pies por los agujeros del  pasadero y mientras oscila peligrosamente se acuerda de Borges, ¡le dio su palabra superlativa! De su mochila, de lo que le queda, toma algo parecido a la palabra soledad que tiene forma de tableta de chocolate, le quita la envoltura plateada, huele dulzona, la arroja directamente al vacío y oye como el eco le responde: ...daad, daad.,daad. Esto le alivia. Una bandada de pinzones viene a hacerle compañía, distingue claramente sus trinos, pero  también cacatúas azules, pintarrajos, colibríes... ,la naturaleza alada le saluda; se acuerda de Pegaso, de cuando le envidiaba las alas. Tira la mochila al barranco, también el cuchillo, así aligera peso y avanza con cuidado por las cuerdas quejumbrosas,  como un tentetieso hasta alcanzar el otro lado. Lleva años cruzando puentes con cuerdas rotas, tal vez siglos, pero él no lo sabe.  Avanza a tientas como siempre, sin pudor se adentra en la virginal cueva de donde -le perjuró mil veces Borges- brota la fuente mágica que le retornará la vista. Se deja guiar por el sonido del agua, la siente muy cerca, se la lleva a la boca, engulle toneladas. Sumerge la cara hasta el cogote, y suspende toda respiración, todo juicio. Espera. Pasan minutos o tal vez horas. No ocurre nada. 
      Entonces comprende: Borges estaba en lo cierto; lleva siglos deambulando a oscuras por el mundo. Ahora Pedro lo sabe.  
             

martes, 13 de enero de 2015

Relato 42

                                            Pereres

Sota el braç dret duia una cistella recoberta amb un mocadoret blanc amb puntetes blaves i caminava de pressa alçant els peus i aixecant polseguera del terra. Se li havia fet una mica tard, eren més de les vuit d'un dia feiner de finals d'agost i la tarda es fonia ja amb les ombres de la nit. Anava cap a casa accelerada perquè patia que no patissin per ella. Havia desoït les paraules de la seva mare i havia sortit tard al tros de terra, propietat dels seus pares, per regar les plantes assedegades i collir de pas uns quants tomàquets i pebrots de l'horta, que duia al cistell. La causa de tant de retard era la calor, insuportable, enganxosa, que la feren dubtar —ves-hi demà, filla, al matí!— i més dubtar i quan finalment va decidir anar-hi, contrariant l'opinió de la mare, eren passades les sis. Ves que els camins són plens de mala gent! —li havia cridat, abans de sortir d'estampida.
        Irene estava neguitosa perquè mai en els seus tretze anys s'havia atrevit a desafiar el consell de la mare. Era necessari, la mare la necessitava. Ella ho havia fet tot fins llavors i ara no podia. Des de l'accident no podia alçar-se de la cadira de rodes, no podia caminar. Irene sentia que, ara sí, era imprescindible per la mare. Havia recorregut infinitats de vegades aquell camí quan de més petita acompanyava als pares, però ara podia fer-ho sola, ara ja era prou gran. Gran i necessària. Amb la cistella plena de tomàquets i pebrots verds i vermells Irene retornava a casa pel camí de sempre, amb rapidesa i prestant atenció al conegut i al desconegut. Oïa el cant dels grills anuncià la nit mentre vigilava i quan el camí just es recorba a l'alçada de la bassa d'en Miquel va veure davant seu la seva figura inconfusible. Al fons, la ciutat encenia les seves primeres llums.
         —Va de retiro, Sr. Miquel?
        —Ah, filla, no m'havia adonat. Quina calda que fa avui, oi? Sí, és clar, vaig de retiro. Ja he fet el que volia: collir les peres. Saps?, les pereres arribarien a trencar-se de pes, les branques vull dir, si no se li traguessin les peres. Què en vols una?     
     El Sr. Miguel era un home gran. Duia faixa negra a la cintura, barret de palla i pantalons frescos. A l'espatlla dreta duia un sac de peres i caminava lentament amb el coll mig girat del pes. A la mà esquerra tenia un mocador que es passava sovint pel front.
         —No, gràcies, no el vull amoïnar. A més tinc pressa. La mare m'espera.
         —Vas ben carregada. Què dus sota el mocador?
         —Duc tomàquets i pebrots recent collits. A la nit faré escalivada, per demà. 
        —T'ha tocat una de ben dolenta, veritat? Em sap greu, filla, molt de greu, això que us ha passat, em refereixo, és terrible. Qui s'ho podia imaginar del teu pare.
      L'home es deté, es gira mig de costat i se la queda mirant amb ulls tristos. S'ha emocionat. Era amic meu —diu.  Remena el cap com maleint un infortuni i amb cura sense descarregar-se el sac, recupera la passa, eixugant-se la suor amb el mocador humit.
        —Sí, va ser un cop molt fort. Jo m'estimava al pare. Ara he de ser jo la forta.
        —Els matrimonis són complicats. No està bé que ho digui jo, que sóc solter, però els matrimonis són complicats. I al final qui rep és el qui es queda. Com està ta mare? Es recuperarà?
       —El metge diu que sí, encara que es quedarà en cadira de rodes. Per ella és una condemna. Diu que és pitjor que la mort. Això diu i plora, no para de cridar-me i de plorar. La caiguda li fracturà la medul·la i no hi ha res a fer. No ho té assumit, no ha passat prou temps i jo crec que li costarà.  A més, el judici és pendent. Això és el que més la posa nerviosa i no li cal gaire, gens!, per saltar com una rabosa.
        —Tothom diu que va ser un cas clar de defensa personal. El teu pare anava begut i no sabia que se'n feia. Últimament bevia molt, això és cert. Escolta una cosa, filla, jo puc testimoniar-ho, si us fa falta, no tinc cap inconvenient. Què terrible. Què li va deure passar? No m'ho explico. Clavar-li el ganivet. Ta mare va ser molt valenta, saps filla? Joan era fort, molt fort, capaç i tant!, d'empènyer-la pel balcó. No m'ho explico.

        Miquel sacseja el cap mentre camina mirant avall. El camí és de terra i arrossega els peus amb unes espardenyes velles com si fos més vell del que ja és. Irene camina al seu costat, en silenci, ha reduït el pas i ha deixat de fer polseguera.  Pensa en una de les coses que li ha dit el Sr. Miquel fa només una estona: que les branques de les pereres es trenquen quan no poden suportar més pes.

martes, 6 de enero de 2015

Relato 41


                                             Reyes

 Desde el silencio de la inacabable noche escucha sin perder detalle el fragor de los pasos amigos que trasiegan más allá de la puerta del dormitorio y siente  como crece dentro de su pecho el convulso látigo de un corazón acelerado. Me niego a dormirme, no puedo, ¡qué se haga de día, por favor! reclama, lloroso,  ¡ay! si pudiera correr el sol a las ocho de la mañana, qué dichoso sería. Son voces familiares, queridas, voces del mundo de los adultos, del mundo seguro y fiable para un crío de pocos años, voces que no engañan. ―Esto para A, esto para B, esto para C y ¿aquello?. Aquello para los tres, para que lo compartan, no hagas ruido, cuidado, no se despierten, comprueba que estén dormidos―.
        Al poco una delicada sombra se perfila por la hendidura de la puerta, asoma su cabeza de cabellos rizados y un sable de luz irrumpe de repente en el dormitorio, hiriendo de quietud a un niño despierto con los ojos cerrados aparentemente dormido ¡Qué no se rompa la magia! ―Duerme―, escucha que les dice en voz muy queda y la luz huye y se aviva afuera el trasiego, se abren otras puertas, otros silencios expectantes y las mismas palabras, ―duermen, todos duermen―, resume la voz afable y el crío con la respiración retenida vuelve a las sombras del sueño interminable y al movimiento de pasos, de cajas, de papeles, de ruidos amables más allá del fortín de su cama.
        ¡Ojalá fuera ya mañana!