martes, 16 de agosto de 2016

Relato 125

                                     Nietzsche ( y 2)   (Ver relato 115)

Ni la ciencia ni la filosofía ni la religión tienen verdades objetivas, son meras herramientas de dominio. Dionisio es la fuerza vital creadora ¿Qué es la razón humana frente a esa fuerza imponente? —te preguntas, retóricamente. ¿Qué dirías hoy de las grandes corporaciones que controlan el mundo a su antojo? El conocimiento es algo falso, una elaboración mental, nada frente al poder del instinto. Tu filosofía, Friedrich, quiere invertir todos los valores tradicionales que sustentan tu época y la civilización occidental, es avasalladora, novedosa, lúcida, también destructiva, corrosiva, antisocial, desarrollas una crítica feroz sin una alternativa viable para la mayoría. Tampoco pretendes mostrar el camino a nadie, es cierto, sólo darle un par de hostias. Conmocionas las conciencias individuales, nos quitas el suelo, nos lanzas al mundo a vivir sin argumentos. Detrás de ti, nada permanece igual, levantas sospecha de toda actitud humana. Todos nos movemos por el instinto de la voluntad de poder, nos demos cuenta o no, lo disfracemos con lenguaje o no, lo asumamos o no. Rebelas el fondo de la psicología humana. Luego vendría Freud. Afirmas de modo corpulento y sanguíneo que el instinto merece más autoridad que la razón y te tomas la historia tan a pecho igual que si la vivieras y sufrieras personalmente. Para ti, la muerte de Dios significa acabar con toda moral de opresión, justificada filosóficamente a lo largo de los siglos y significa también acabar con el cristianismo en sus variantes y con el idealismo. Muertos todos lo dioses, que sea el superhombre. Tú lo anuncias. El hombre debe ser superado, es un eslabón entre la bestia y el superhombre.
         El superhombre es un proyecto humano diferente. No es una raza nueva ni un nuevo Dios. Nada que ver con el uso político que devengó con el nazismo. El superhombre es el que llega a ser líder de sí mismo, el que transmuta la moral corriente, el legislador y dominador con libertad de espíritu más allá de la mediocridad. Sus virtudes no tienen nada que ver con la de los demás mortales atrapados en la mentira de la moral y es quien desprecia todo movimiento democrático que lleva —aduces— siempre a una decadencia. El superhombre que prefiguras, Friedrich, es el hombre elevado, el filósofo del futuro, el profeta de una nueva humanidad fundada en valores vitales, que pertenecen a todos los seres vivos y han de despertar. El superhombre es fuerte, independiente, poderoso, libre, semejante a un dios epicúreo capaz de aceptar con valentía el universo y la vida tal como es. El superhombre supera la mezquindad de la vida, es el lúcido que conoce su cruel verdad (sólo es voluntad de poder, imponiéndose al otro) y la sobrelleva con un pesimismo estoico y certero. A mi entender, tu superhombre, Friedrich, fue mal interpretado y preparó la llegada de un líder irracional, un líder político que se tomó tus palabras como anillo al dedo, Hitler. Aún a pesar que sustentas que no hay que adherirse a ninguna persona, patria, a ninguna compasión ni ciencia pues cada individuo es completo. La voluntad de poder es su horizonte, sin más límite que el peso de un pasado que asumes como propio. El superhombre vive afirmando la vida y su vida con exaltación en cada acto, aceptando su soledad existencial, el nihilismo y la no trascendencia con naturalidad, no es compasivo ni moralista, sino un entusiasta adherido a la naturaleza viva que toma su vida como una especie de obra de arte en perpetuo presente igual que si fuera un juego o una fiesta divertida para su disfrute. La vida está para vivirla, no para pensarla. Tu proyecto fue de tal calado que seguramente superó tu delicada sensibilidad. Admirablemente trágico. Y acabaste loco.
         La Vida (de todos) no tiene finalidad alguna aunque sí necesidad de perpetuarse como vida por su voluntad de poder y de regresar infinitas veces sin que se produzca nada nuevo, en la misma sucesión y en el mismo orden, en un círculo eterno. Ni resurrección ni reencarnación, porque no hay nada que sobreviva a la muerte, es la naturaleza actuando sin otra necesidad que la de repetirse. Influido por Goethe y su sentido pagano de la tierra, de la admiración por un tipo idílico de naturaleza. La naturaleza —afirmas— es derrochadora e indiferente, carece de piedad y de justicia, de intenciones y miramientos, es incierta y cruel, ¿cómo se puede aspirar a vivir así? Vivir es querer ser distinto a esa naturaleza salvaje y despiadada. La vida misma es voluntad de poder y la auto conservación una de sus consecuencias. Vivir y auto conservarse más allá del otro me suena a mí a una especie de imperativo vital egocéntrico, natural, sí, pero muy poco socializador. Así como —afirmas—en la naturaleza retornan las hojas de los árboles que son iguales y al mismo tiempo diferentes, así todo es eterno y nada del pasado no deja de retornar. La vida del superhombre ama tanto la vida que supera el tiempo y se convierte en un eterno presente. La materia se recompone por la voluntad intrínseca para hacer el mismo individuo, que va a repetir eternamente la misma vida y el mismo proceso vital. La vida se expresa a través de la vida individual, continuamente, a eso le llamas el eterno retorno, si lo entiendo bien. La vida se exalta a sí misma, se auto acepta en el mundo, expresando material y cósmicamente el poder de la voluntad de la vida de reafirmarse en un círculo repetitivo, una circunvalación no evolutiva. Algo que parece desde mi punto de vista, Friedrich, desesperante.  Y acabaste loco.
        Consideras el arte como el refugio del hombre en su vida de sufrimiento. Afirmas que es la expresión más alta del hombre. La vida es dolor, pesimismo y búsqueda de disfrute y el arte en general y la escritura en particular te la hacen soportable. Está condicionado por un sentimiento de fuerza instintiva y el arte no engaña, es mentira manifiesta y esto lo hace acreedor de verdad. La vida es pesar y el arte medicina  para el hombre.
        Y así, Friedrich, fue como culminaste tu vida más allá de razones y palabras, más allá de ti mismo, de tu voluntad de vivir, según el modo que más o menos voluntariamente elegiste ante una filosofía de tanta disolución: acabar loco. Seriamente enfermo de sífilis abandonaste la universidad de Basilea en 1882, para instalarte en Italia donde aparte de conocer en Roma a la joven rusa Lou Salomé de veintiún años y enamorarte con treinta y ocho años como un poseso, (y no como un superhombre) y después que ella rechazara tu proposición de un amor a tres bandas y se casara con el tercero en discordia, el amigo común Pablo Ree (tú lo tomaste como alta traición)  te dedicaste a escribir y editar tus libros en Turín hasta un par de años antes de tu muerte, cuando perdiste la cabeza. Te refugiaste en la creación literaria. Siempre te creíste un tipo elegido, alguien especial y crítico para despertar las consciencias de mundo. Además de filólogo, fuiste teólogo, mas que filósofo, propiamente hablando. Desapareciste en 1900 a la edad de cincuenta y seis años, sin saber (o quizá sí) que tus ideas retumbarían poderosamente durante el siglo XX y que ya nada, absolutamente nada sería lo mismo. Un abrazo. 

martes, 9 de agosto de 2016

Relato 124

                                    Siesta

         —¿Sexo sin pagar?¿A tu edad? ¡No me lo creo!
        —Como te lo digo, dos franchutas, la mar de buenas, una rubia, la otra morena, venían por ese camino, iban perdidas, buscaban una granja que está al otro lado del valle, me vieron aireando la paja con la horca y no sé qué les entró al verme, tal vez porque iba descamisado, que vinieron directas a por mí.
        —Sí, hombre, a por ti, con setenta y nueve años.
        —Setenta y ocho, aún me quedan dos meses, no como a ti. Uno que es atractivo.
        —Y, ¿qué pasó?
        —Venían sudadas y cansadas, les ofrecí beber agüita fría de mi cántaro.
        —¿Me lo pasas?
        —Ten.
        —Y, qué más?
        —Se sentaron ahí en la sombra, en el poyo ese, les ofrecí el agua, sus camisetas de colores vivos transpiraban y se transparentaban sus senos. Eran firmes, del tamaño justo de las copas de champagne. Yo las miraba entre incrédulo y sorprendido y se conoce que a ellas mi desconcierto les gustó y no paraban de reírse y de mirarse divertidas. Como si se burlaran o estuvieran coqueteando conmigo, te lo juro, Raimundo, estaban para comérselas, pero no para mi boca hambrienta, por supuesto. Estoy seguro que les debí parecer un viejo demonio con mi horca y mis pantalones rojos.
        —Y, ¿cuándo fue eso, Teofilo?
        —Hace unos días, a principio del pasado mes de julio, a media mañana, el calor era sofocante, me acababa de duchar y ya estaba casi sudando; lo que más me apetecía era acabar con el pajar y volver a la ducha.
        —Y esas supuestas francesillas, ¿cómo eran?        
        —De película. Vestían shorts ajustados, sandalias de cuerda y camisetas: una naranja y la otra verdosa. No debían tener más de veinticinco, eso es seguro. Mientras bebían les caía el agua por la canalera, yo creo que lo hacían a posta o casi y a mí se me caía la baba. Estaban sedientas y juguetonas. Se echaban miraditas sin parar y se reían como si estuvieran en un plató de esos. Yo pensé: esas son bolleras. Luego cuando preguntaron por la granja sin quitar ojo a mi entrepierna, lo reconsideré. Con todo no podía sospechar lo que iba a ocurrir después. Incluso ahora pienso que tal vez no ocurriera nada y todo fue un delirio mío, porqué lo que recuerdo que pasó es literalmente increíble. Ellas estaban muy cerca de mi. Olían a lavanda fresca, el mismo perfume o a mí me lo pareció que usaba mi mujer, que en paz descanse.     
        —¿Y os entendías en francés?
        —No nos hizo falta. La rubia me metió mano al paquete. Así, como te lo digo con toda la naturalidad del mundo, mientras la morena me desabrochaba el cinturón.
        —¡Hala, tío!, que no me lo creo, ya te lo he dicho. Y tú, ¿qué hiciste?
        —¿Qué iba a hacer?, Al principio me resistí, luego, lo acepté. Me apoyé en esa columna, sin decirles nada, cerré los ojos y les dejé hacer.
        —¿Y, entonces?
        —Me bajaron los pantalones, hurgaron por mis calzoncillos y sacaron a la luz el artefacto. Se conoce que tenían mucha práctica, luego pensé que serían actrices porno por lo bien que manejaron la situación. No dejaron ni una gota, realmente estaban sedientas. 
         —No me lo creo, Teofilo, no me creo que te la limpiaran.
         —Ni yo, Raimundo, ni yo. Ya te digo que puede que todo fuera fruto de mi imaginación. Lo que sí es cierto es que me tiré luego una siesta de día entero y sin pizca de calor.

martes, 2 de agosto de 2016

Relato 123

                                Contraseña                        A María Cinta

        —Ve a por unos caracoles, Toni, que los pondremos a las patatas, que me he quedado sin bacalao.
        —Voy, tío.
        Antonio deja los soldaditos de plomo con los que estaba jugando en el suelo, descuelga hábilmente de un clavo una gorra verde con las iniciales DDT, baja las escaleras sin barandilla de dos en dos, cruza la cortina de plástico, da un silbido, viene Estrella meneando la cola y se van afuera, a buscar caracoles por los márgenes de piedra y en las zonas húmedas cercanas al pozo del segundo bancal. Es domingo, mediodía y el sol abrasa. No dejan trabajar, ni segar ni trillar en domingo. Los domingos son fiestas de guardar. Vuelve sudando.
        —He traído diez, tío, dos son blanquillas.
        —Dámelos, lavémoslos un poco.
        Pedro, que así se llama el tío de Antonio, tiene preparado un cubo con un poco de agua de la cisterna, toma los caracoles entre las manos, los refriega enérgicamente en el agua y los echa tal cual a la olla del fuego, donde además de las patatas hierven un par de dientes de ajos y  una cebolla cortada.
        La chimenea es enorme, aún cuelga la cadena de la llar del caldero pero ahora usan el trébede, más práctico y la olla, de barro recocido, gotea un poco por una grieta del culo. Junto al fuego hay ramas y algunos troncos de olivo y en un estante mugriento tres lámparas de aceite con sus mechas desgastadas y dos de carburo, de aluminio brillante. 
        —Enseguida estarán, prepara la mesa.
        Antonio toma dos platos hondos del trinchero, son de barro esmaltado con un gallo policromado en el fondo, y los deja sobre el hule de la mesa y pone un par de cubiertos de alpaca. De servilletas utilizan el pañuelo.
        Pedro ha preparado una ensalada a base de lechuga cortada, dos tomates y aceituna negras que ha cogido de la tinaja de cosecha propia con un cucharón agujereado de madera. Sirve las patatas y los caracoles.
        —A comer.       
        Se sientan en las dos sillas de anea disponibles. De la rama han improvisado dos palillos. Comen con hambre. Ambos visten pantalón corto y camiseta raída, el hombre calza albarcas, el chaval chanclas. Se ha levantado un poco de ábrego y golpea la persiana que da a la era. Se escuchan las cigarras y el trasiego de los gorriones y el golpeo de las pezuñas de la mula de la cuadra de abajo.
        —Está bueno.
        —Sí.
        —Ponemos el transistor, tío.
        —Luego, cuando termine el parte.
        El transistor es un Marconi, de la medida de una pastilla de jabón Lagarto, pero más delgado, con una funda de piel desgastada, con un orificio grande para el altavoz. Lleva una antena telescópica pero no girante, hay que mover el aparato para sintonizar las emisoras. 
        —Tío.
        —¿Qué?   
        —¿Ponemos la radio?, que van a empezar el programa de las canciones dedicadas.
        —Vale.
        Antonio pone en marcha el aparato, hay que cambiar pronto las pilas, tío —dice en voz alta y tantea con finura el dial donde la emisora se oye mejor hasta encontrarla.
        El programa radiofónico acaba de empezar y precisamente la primera canción que suena es para ellos dos. Iniciamos la emisión de hoy, 4 de agosto de 1963 —dice el locutor— con una canción que sus familiares dedican con mucho cariño al Sr. Pedro Masip y a su sobrino Antonio que se encuentran en las afueras de Mora de Ebro en un día muy, pero que muy especial para toda la familia. La canción que le dedican con todo su amor es El Pireo.
        —¡El Pireo, tío, es una niña, he tenido una hermanita, tío, una hermanita!
        —¿Pero, no era la de los cuatro muleros?
        —No, tío, esa era por si nacía un niño, la del Pireo era para una niña, esta es la contraseña, tío, he tenido una hermanita y le llevaré 10 años, tío, ¡qué alegría!

        Y se pusieron a saltar y a abrazarse y a rodear la mesa de júbilo, y Estrella subió de la entrada y empezó a ladrar y a brincar loca de contenta en torno a ellos. Llevaban seis días en aquella masía remota, Perles, y aún les quedaban tres para regresar al pueblo con el carro y la mula, dos horas de camino, y poder llamar desde una centralita a Barcelona para asegurarse y celebrar así la excelente noticia ¡Menuda impaciencia!  

martes, 26 de julio de 2016

Relato 122

                                       Venecia (6)       (Ver relato 111)

Preguntas, Albert, por las cloacas, por tu super nariz sensible. En eso tienes razón, aquí huele mal, en verano más. Venecia no tiene cloacas como puedes tener tú en Barcelona, con un alcantarillado, es imposible al estar sobre una laguna en el agua. Fíjate que se calcula (eso de los números te pirrará, seguro) (por fin, un poco de claridad lógica en la turbia agua veneciana) que el diez por ciento de las casas sufren invasión de ratas que se introducen por los conductos del baño cada vez que sube la marea y eso sucede al menos dos veces al año. Aunque por raro que te parezca los venecianos tememos más a la marea baja, cuando los canales se secan en verano y entonces edificios y palacios dejan ver todos sus cimientos, algas y elementos adheridos y de todos emanan al podrirse un hedor insoportable, que apestan la ciudad, aunque yo casi ni lo noto, debo estar inmunizada. Las casas de Venecia no tienen cloacas hay que reconocerlo y es verdad, cada día, quince metros cúbicos de excrementos caen al agua, todo esto sin contar con el guano de las colombas que crecen sin cesar. Por eso es mejor que en verano no vengas: por el mal olor, el calor sofocante y húmedo y las mosquitas que son pequeños avionetas en vuelo rasante que campan a sus anchas por la calle y dentro de las casas. Sí, es cierto, Venecia huele mal, muy mal (por fortuna no todos los días ni en todas las zonas). Preguntas, ¿qué son los traghetti? Muy fácil, son ferries, un simple medio de transporte que operan exclusivamente en el gran canal y llevan a los pasajeros de un punto a otro en un viaje corto y rectilíneo. Antes eran góndolas a las que han quitado todo adorno, guiadas por dos personas, uno a cada extremo del bote, a diferencia de la góndola usual, y son barcas austeras, ideales para el uso rudo y el transporte de la quincena corta de pasajeros que caben. Al ser prácticas carecen de todo glamour. Hablando de góndolas, sabías que son negras en señal de luto por la gran peste del XVI, que miden once metros de eslora y que el gondolero mueve un remo y no una pértiga como muchos turistas creen. Desconocen que el canal tiene cinco metros de fondo. Hoy tengo un día criticón. Mira, en Venecia, sin el ruido de los coches y con toda esa agua para transmitir el sonido, por la noches se puede oír fácilmente a las parejas haciendo el amor en su casa, te lo aseguro, es una orgía colectiva. (Qué romántica y realista al mismo tiempo, una combinación extraña para mí, se lo comentaré). La gente joven se mete en los vaporetti vacíos durante la noche, lejos del delatador silencio de los canales que ejercen de altavoz, para hacer el amor. Aunque los jóvenes se están yendo de Venecia, ésta es la triste realidad. La falta de laboro, el precio de la vivienda o la imposibilidad de tener un coche en la puerta, obligan a abandonar Venecia cada año a unas mil personas. En fin, hoy no tengo muchas ganas de hablar, con esta calor sofocante y pestilente, además ya no me queda espacio. Otro día te hablaré de la Basílica y su fachada. Tengo pendiente lo de la piazza. Dime como van las pesquisas con tu viajera anónima. Besos. Ciao! X X
 (continuará)                    

martes, 19 de julio de 2016

Relato 121

                                         Glez

Me levanto. Voy al baño. Las tres treinta y seis. Orino. Oigo la puerta de la calle ¡Por fin! Suspiro. Hola hija... Qué tarde llegas... Que descanses... Me acuesto de nuevo. Pido soñar. Pido recordarlo. Sonrío. En la mesita un bolígrafo Bic naranja, una linterna perlada y mi libreta de sueños. Cierro los ojos, los aprieto, busco dormirme, cuento cuentas. A mi lado una mujer se enroca y resopla. Anoche se estropeó el lavaplatos: nado en aguas jabonosas. Mientras cenaba vi una entrevista gravada a un escritor hambriento apellidado Glez. Escribe sobre zapatos muertos en las costas de Tarifa y sobre el fuerte viento de Poniente. Escribe dejándose la piel –dice. Silencio oscuro. Oleaje suave. El mar gaditano mece mi patera hambrienta. Me duermo.

A la mañana escribo: “En blanco y negro y desde ras del suelo veo un camión de recogida de basuras enorme y gris que engulle bolsas negras y resopla la noche en cada acometida. Algunos hombres faenan sin levantar la cabeza, trasegando las inmundicias, parecen de piel oscura. Hay farolas escampadas por la gran plaza desierta y sus destellos erosionan los adoquines en roca viva. De repente cesa el estruendo, la máquina se para y los hombres, inmóviles, se recortan en contraluz como sombras de chocolate. Se quedan fijos, sin sonrisas, igual que una fotografía antigua. Vertiginosamente los rodeo; ahí siguen estropeados, como clavados en la escena y del camión algo, brillante y jabonoso, una espuma que se extiende por los adoquines abajo por la plaza casi playa desierta. Aun de pie, parecen muertos faenando.”

“Ahora me llegan los colores, veo un coche de policía azul uniformado. Buscan a un ladrón de perlas blancas. Mi cómplice. Ha huido. Huyo. Me persiguen. Me alejo de la playa casi plaza desierta. Aparece una niña ¡Cómo se parece a mi hija! La sigo, asciendo por una duna que resbala, por una piel acantilada, por unas barcazas entrelazadas. Llevo las perlas en la garganta. Presuroso la sigo, de color escaleras arriba. Desde abajo la policía me acecha, me dispara. De su cañón veo recortado un fogonazo naranja. Por fortuna fallan. A pie persigo a mi hada voladora. Se me caen los zapatos, los oigo chocar contra el fondo del arrecife. Chirría la puerta del viento. Resopla. Estoy asustado. Me aferro a la vida como lo hace un ahogante. Me deshago de la piel, de la ropa, del miedo. Parecen conformarse. Examinan los zapatos. Hay montañas de zapatos. Les oigo resoplar igual que oigo retumbar el mar de Poniente. Hambriento de vida huyo por el oleaje, tras mi niña, tras Tarifa, tras una dignidad. La espuma blanca me envuelve como en un regalo rehusado, y con la niebla de la mañana desaparezco.”

Amanece. Guardo el bolígrafo Bic naranja y la linterna perlada; sobre la mesita de noche cierro la libreta de mis sueños. Me levanto. Voy al baño. Las seis treinta y seis.          


martes, 12 de julio de 2016

Relato 120

                                 Professionalitat

Sala de estar de la tercera planta de l'hospital de la Vall d' Hebró de Barcelona, la de cardio. Murmuri de veus, queixes, l'aire condicionat si va, va fluix, xafogor, ventalls, queixes i més queixes. La senyora Ribot, Laura, amb un vestit blau per sobre dels genolls fistonejat de blanc, seu en un cantó, allunyada de la finestra. Obre la bossa, treu una llibreta i un bolígraf blaus, mira el rellotge de la sala, un de quadrat i escriu: és la una del migdia d'un llarguíssim dimecres de fàstic, aquí tothom està rebotat. Em moro de calor, noto com la suor em regalima per la esquena i em mulla els sostens, encara els destenyirà. Joan és dintre, avui, precisament avui, el dia del seu sant i el més llarg de l'any, i ell al quiròfan. Un infart. Sort del transeünt que li ha salvat la vida. Mare meva! A pesar de la revetlla, hem sortit aviat, a les deu, volíem anar a dinar amb els papàs, a Rupit, érem de camí al cotxe i de sobte s'ha desplomat a sobre la vorera. Després els trucaré, m'empescaré alguna excusa. Encara em sobta com l'he pogut sostenir a la caiguda. M'he quedat esparverada, no sabia què fer, he cridat auxili, auxili. Un xicot ha creuat el carrer, sóc metge m'ha dit, i jo tremolant. De seguida se n'ha adonat, que era un infart, vull dir. S'ha agenollat davant seu, li ha practicat massatge cardíac, i jo que no encertava amb el 112. També li ha fet el boca a boca, pobre noi, com suava, i jo bategant per tots dos com una furtiva fulla i li ha salvat la vida. Els de l'ambulància li han posat un desfibril·lador i se l'han endut cap aquí. Fa un hora que és al quiròfan. Quina calor! Ha estat ell qui ha parlat de Silvio i jo com sempre li he negat. S'ha enfurismat, deia que tenia proves, fotografies. La seva cara ha passat del rosat al vermell en un instant i llavors s'ha desmaiat.    

        El cirurgià es treu els guants, la mascareta i el gorret verds, i es renta amb sabó les mans i la cara. L'aire condicionat al quiròfan es baix, si va, va fluix. Es treu una pinta de la butxaqueta de la bata i es pentina enrere els cabells davant un gran mirall. Té el rostre brunyit i morè, sense arrugues. En la reflexa pot veure al pacient, a Joan Ribot, que és encara a la taula d'operacions, anestesiat. També que en el rellotge quadrat i verd de la sala les busques assenyalen les setze trenta. Té gana, sent com se li regiren els budells, no ha menjat res des del matí, es repassa el front amb un mocador verd gran com un llençol. Abans de sortir es canvia la roba per una de seca i es torna a mirar al mirall. Fa una ganyota tot obrint la boca, es fricciona la cara amb les mans,  assaja un parell de somriures tot aclucant els ulls i surt.
        ―Familiars del Sr. Joan Ribot?
        ―Sí, aquí.
       ―Sento comunicar-t'ho, Laura, la intervenció ha anat bé, el teu marit se'n sortirà d'aquesta.
       ―Maleït sigues, Silvio, maleïda sigui la teva professionalitat.  

martes, 5 de julio de 2016

Relato 119

                                 Fascinación

 Otra vez esta necesidad mía de comer, otra vez. La tienda era nueva. El rótulo decía oráculos a domicilio. Ovalado, amarillo y pálido con la diosa Isis a un lado y al otro la cara de un hombre joven, con barbilla y bigote finamente recortados, de ojos azules, seductores, a lo Peter O'toole y un turbante blanco de ensaimada cubriéndole la cabeza. Diofrégenes se llamaba. Un lujazo de tío, fascinante. Me pusiera donde me pusiera él seguía mirándome. Esto me desconcertaba, como la Gioconda. Y además, su sonrisa. No sé como describirla, entre ingenua y perversa, con aires de superioridad. No podía dejar de mirarlo, hasta me dolía el cuello. A ese tipo yo lo conocía, estaba segura. Posiblemente él y yo teníamos algo inacabado. En el escaparate habían cartas del tarot y otras cosas raras y dentro, detrás del mostrador, sentado en un taburete estaba él, mirándome fijamente con su sonrisa destructiva. Me sonrojé, oscilé un poco las caderas como si me repasara las medias. Antes de entrar me ahuequé la melena caoba.
        —¿Visitas a domicilio?
        —Sí.
        —¿Y qué haces?
     —De todo, salud, dinero, amor, lo que desee. El Oráculo egipcio es mi especialidad.
        Diofrégenes. Vaya nombre para un muchacho tan joven y tierno. ¿A quién se le ocurriría? Como futurólogo, fatal. Aún me queda un trozo de su pierna derecha en el congelador y las criadillas en la nevera.