martes, 18 de abril de 2017

Relato 160

                                                 Pilar

         "...T'estimo, Pilar..." pronuncià Joan emfàticament amb veu profunda davant del mirall de casa seva, un de cos sencer i ovalat, i continuà gesticulant amb to emotiu: "...t’estimo perquè sé que darrere de les teves ulleres d'aire intel·lectual s’amaga un cor sensible que batega per alliberar-se, perquè ets profunda i oceànica com una sonda en alta mar, t’estimo perquè dintre del teu cos fràgil i reservat es remou una energia inabastable que em commou i em transmet la fortalesa del teu nom, que..."
          Aleshores, contrariat, el Joan s'atura, s’apropa a uns fulls que té a sobre la taula, els revisa i llegeix de pressa: "...del teu cos fràgil i reservat es remou una energia inabastable que em commou i em transmet la fortalesa del teu nom, ..." i tornant al mirall declama en veu alta: “...que em trasbalsa, que em transporta a un naufragi infinit en una illa plena de llum vermella, de tu, de mi...”
          I Joan es para de nou i s'observa al mirall amb els papers a la mà, somriu amablement, s’hi apropa en silenci i abraçant-lo s’abraça, i li diu: jo també t’estimo, i li dóna un petó i els seus llavis deixen el rastre vaporós sobre el cristall i durant uns segons observa el senyal com una penyora en el vidre del temps. Després mig somriu i reprèn el monòleg: “...Amb tu, Pilar, navegaria solitari per qualsevol mar...” i es torna a parar i sense saber ben bé perquè s'apropa al finestral, és capvespre, se li enlluernen els ulls i els mig tanca, amb tot es pot fixar que darrere les cortinetes blanques, el disc solar envermelleix tot d'una i pensa que segurament no serà de vergonya perquè ho fa cada dia i sempre se’n va sense acomiadar-se de ningú i descobreix que el paisatge és ple d'antenes dels edificis propers i que estan surant per sobre l’espessa boira rogenca i li semblen pals de barques navegant i les teulades, onades del mar Roig, que tremolen, parpellejant...Fins i tot sent la remor suau i constant de la mar que l'acarona. 
         I de sobte se’n recorda de la senyoreta Pilar, de quan va dibuixar-li un mar amb ratlles ondulades amb el seu bolígraf, de marca Bic, un de vermell, i li va fer uns peixets en forma de vuits allargassats i uns triangles llunyans que volien ser veles i la senyoreta Pilar, tot somrient li digué: “Molt bé, Joanet, acabes de dibuixar el mar Roig” i ell no va entendre què volia dir la senyoreta, però ara sí, ara el veia de nou surant per sobre dels edificis veïns, una filera de vaixells invisibles solcant l'horitzó, darrera les cortinetes blanques del seu estudi, navegant oceans infinits com quan era un infant. Així estava Joan d'abstret i de pensarós quan algú el va cridar fent-lo retornar de cop a la realitat.
        —Joan, a sopar, que són dos quartsi a les nou has d’estar al teatre.
        — Ja vaig estimada, un instant  —li contestà. 
       Joan es va refregar els ulls humits amb les mans procurant no mullar els papers del guió que estava estudiant, es posà davant del mirall i afectuós declamà: “...Amb tu Pilar, embarcaria en qualsevol rai que surés pel mar, en qualsevol llit escumós de vela blanca contra vents, contra corrents, contra espants,  amb tu, estimada, el que fos.”
        —Però vols venir —sentí de nou— que l’escudella és a taula i es refreda, va, Joan, sis plau, vine a sopar.

        — Sí, —li contestà— ja vaig, Pilar.      

martes, 11 de abril de 2017

Relato 159

                              Rataplán

Semana santa en Mora de Ebro. Rataplán. Desfile de romanos, Misterios y beatas. Velones, cofrades, pasos tradicionales. Es de noche. Estoy mirando una multitud que marcha militarmente por el centro de la calle con caperuzas negras, al paso. Resuenan los tambores, rataplán, golpean en el suelo las lanzas, las armaduras avanzan a ritmo, el capitán al frente voltea y hace sonar la corneta florida, marca el compás de la procesión, todos a una, impone  la cadencia. Una ancha hilera de espectadores nos agolpamos en derredor de la santísima procesión y yo con siete años, medio escondido entre las faldas de mi madrina, asustado. Ante mí y en fila india desfilan las cofrades, descalzas, con túnicas negras de arriba abajo y cíngulos con una borla blanca de remate, enfundadas en capitostes amenazantes con dos aberturas achinadas por donde veo ojos que me miran y remiran, que brillan en la noche como luciérnagas, me inspeccionan unos tras otros como si quisieran engullirme. Rataplán. Visten guantes negros, llevan velones enormes, inclinados hacia dentro, se les cae cera al suelo, huelo a cera derretida, llevan sucias las plantas de los pies. Mi madrina me ha llevado.
               —Ven, Javierin, verás algo que no has visto nunca y te gustará.
               "¿Me gustará? ¿Este jaleo ensordecedor?"
               Entre los soldados con gallardetes y armaduras, se aproxima un corrillo de gente y en el centro una mujer descalza avanza dándose azotes a la espalda con unas cuerdas.
               —Es una penitente —me dice mi madrina.
               —¿Qué?
               —Imita el dolor de Cristo, busca la purificación por el sufrimiento.
               —¿Cómo?
                Le sale sangre de las heridas, se está flagelando a conciencia, casi no puedo mirarla, siento incredulidad y pena. Se detiene ante mí y se atiza con fuerza, medio arrodillada, sin quejarse. Un poco más allá avanza otra mujer, también descalza, vestida de negro, arrastra lentamente una enorme cruz de madera, gime, llora y se cae con frecuencia.
               —Ésta es por una promesa, su hijo se salvó de una muerte segura, hay que cumplir las promesas.
               —¿Qué? ¿Martirizándose?
               No entiendo nada, estrujo mis manos en las de mi madrina, me sudan, ella permanece atenta al gentío.
               —Vámonos —le digo, en un gesto de valentía inusitada.
               —No seas miedica —me responde, medio burlándose.
                 Me muerdo el labio inferior hasta sentir dolor. No doy crédito a lo que ven mis ojos, el escarnio de un ritual católico que no entiendo, y que sigo sin entender. No comprendo aún por qué la Iglesia elige el sufrimiento de la cruz antes que la alegría de la resurrección. Rataplán. Tampoco me parece una elección ingenua.
                Avanza con tronío la comitiva al ritmo del capitán con su corneta y la tropa que le sigue, armada de lanzas y tambores, atruena la calle a cada paso que da: ran, ran, rataplán, ran, ran, rataplán, ran, ran, rataplán... Aún martillea en mi cabeza. Me siento atrapado en una ceremonia no apta para menores. No sé qué hacemos allí mi madrina y yo. Se lo digo.
               —Volvamos a casa.
               —Espera un momento.
               Espero. Sigo viendo figuras enmascaradas con ojitos que se balancean de un lado a otro, buscando presa fácil, que me miran hambrientos tras la tela rasgada. No conozco a nadie, sólo a mi madrina, me escudo tras ella, tengo miedo de las miradas furtivas, de las que buscan raptarme, no sé a qué demonios esperamos. Rataplán. De pronto, surge una mano de la noche, rataplán, una mano que me coge del brazo, una mano con guante negro que me atrapa con tacto áspero, ceroso, una mano enemiga, doy un salto hacia atrás, aterrorizado, quiero huir, mi madrina me retiene, me escondo tras ella, la mano me sigue sujetando firme, la cofrade de la mano se sale de la fila, me persigue. Rataplán.
               —No, no —grito— que se me quieren llevar, ayuda, por favor, yo no tengo la culpa, yo no he hecho nada.
               —Pero no te asustes, mi niño, si es tu tía.
               —Soy yo, Javierin, soy yo, tu tíita.
                No reconocí su voz, se me erizó la piel de puro pánico, aún ahora al escribirlo la tengo otra vez erizada. Rataplán. No creí que fuera ella, mi tía Carmen, no creí que estuviéramos allí esperándola, sólo para verla pasar. Me fui aprisa, me escabullí de la garra que me apresaba  y salí corriendo, llorando, despavorido. Jamás he vuelto a una procesión. Rataplán. Aún hoy en día cuando oigo tronar una procesión de Semana santa me recorre un escalofrío de pies a cabeza y me acuerdo del terror que pasé cuando tenía siete años, un terror no superado, rataplán, y que tampoco me hace falta.
               La bruja aquella disfrazada de tía se me quería llevar con los soldados armados.                                                

martes, 4 de abril de 2017

Relato 158

                                          Sueño

Corro y corro pero mis piernas no avanzan, no las puedo mover, paralizadas, me esfuerzo titánicamente pero no responden. Llevo una maleta en mi mano derecha, una maleta de cartón con tiras marrones y calcomanías de coches, pegadas, y pesa mucho, muchísimo, casi no la puedo arrastrar.
        El tren, mi tren se aleja, intento desesperadamente alcanzarlo, pero cargado con la maleta, llevo lastre, voy medio de costado, no avanzo, no puedo dejarla ahí, abandonada en el andén, no prospero, ni me muevo del sitio, me veo que ni siquiera me muevo del sitio, —eso me desespera— y veo que se va sin poder evitarlo. Huye su vagón trasero, uno de madera con estribo reluciente y un chispeante farolillo rojo, huye irremediablemente, me remuevo, trato de levantar mi brazo izquierdo, de hacer aspavientos, de avisar al maquinista, pero no puedo, algo me aprisiona, el tren se aleja, impotente. Necesito tomar ese tren, sudo —siento que estoy sudando— un sudor frío y pegajoso empapa mi piel, se me revuelven las tripas, grito, por fin, libero un vozarrón, resuena por la estructura férrea de la estación de Francia, reverbera en el vacío como niebla sonora, eco encerrado por los siglos, hasta alcanzar el convoy, que se detiene y retrocede lentamente para detenerse y abrir la puerta ante mí.
         Subo a la plataforma con la maleta, ¡cuánto pesa!, la puerta se cierra y el tren arranca. Avanzo por el pasillo, está todo ocupado, la gente no repara en mí, arrastro los pies y la maleta que llevo delante, veo un asiento libre al lado de una señora vestida de negro, con moño y  tocado antiguo que está leyendo un cuento, me fijo, es El gato con botas, ¡qué rojas son las botas y qué rápidas que van! ¿Dónde demonios dejaré la maleta? Le pido que me deje pasar, pero no me atiende, sigue leyendo con sus monóculos, alzo la voz pero nadie me escucha, tal vez estén todos sordos, todos ciegos, por la ventana pasan árboles verdes y praderas almagres a mucha velocidad, siento el traqueteo del tren, la señora mayor me obvia, la maleta en medio del pasillo, alzo la voz, pero nadie responde, siguen sin enterarse, tengo ganas de orinar, voy al lavabo, arrastro la maleta, la empujo, avanzo ruidoso y lento, a nadie le importa, alcanzo la puerta del servicio, es muy estrecha, cabemos media maleta y yo, me presiona la orina en el vientre, la tapa no se levanta, hago fuerza pero parece soldada, me miro en el espejo oval, veo a un niño solo jugando con canicas multicolores. 
         Conozco a este niño rubiales, conozco la calle donde juega, y las casas y hasta el pueblo, se lo quiero decir y se lo digo: ¡Eh!, te conozco. Pero él tampoco me oye, sigue ahí de cuclillas con sus canicas, me ignora, todo el mundo me ignora, golpeo el cristal y se rompe, el niño se multiplica por cien o por mil, pero sigue ahí, sin verme, y yo que me estoy orinando. El golpe me ha lastimado la mano, me sangra orina del dedo corazón, del pulgar también, entonces me despierto.
        Estoy impregnado en sudor, tengo una erección enorme y muchas ganas de orinar. Me inspecciono, no estoy herido. Percibo el traqueteo del tren que no cesa y por la ventanilla descubro que afuera empieza a clarear. Desciendo por la escalerilla de la cucheta, estoy solo en el compartimiento y zarandeado entro a trasquilones en el minúsculo lavabo, levanto la tapa del váter y me alivio orinando. Por fin. Vaya pesadilla, casi me meo encima.

         En el espejo oval veo al niño rubiales que me mira sonriente, ahora sí, y me dice: ven a jugar conmigo.

martes, 28 de marzo de 2017

Relato 157

                                 Fragmentos

*Anoche soñé que te mataba y al despertar estabas fría.
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*Justo a las doce el uno va hacia un lado y el dos hacia el otro.

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*Oscura vida, oscura pesadilla, oscuro pesar y eso que es mediodía. 
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martes, 21 de marzo de 2017

Relato 156

                                         Primavera

Heus aquí, companys, heu-la aquí, puntual com una migració, a les dotze en punt, la primavera s’ha escolat per casa meva aquest dilluns passat i m’ha dut ametllers blancs i rosats, i estores de roselles enceses sobre els camps verds; i m’ha dut també records de faldilles al vent, de rialles encisadores i de vells jocs d'infants despreocupats. A la nit, era despert, esperant-la dempeus davant la finestra, amb els ulls escodrinyant el cel com a un estrany, i al meu costat una espelma verda tremolava. A l’hora en punt he obert la finestra com qui obre el seu cor i l’he convidada a passar: entra primavera, il·lumina el meu hivern. L’espelma ha bategat, jo també, de sobte he sentit un esgarrifament. En altres llocs del jardí del món la primavera està alimentant les guerres. I jo aquí amb la finestra del cor dolgut, mirant un cel esquitxat de roselles brillants, impotent, gairebé plorant, desfent-me per dintre igual que la cera regalima espalmatòria avall. Demano ajut a la primavera: si us plau, parlem dels ametllers florits, del prodigi de la vida que no s'acaba mai, si us plau parlem de l’essencial. Però ella només se’n riu, ho veig clarament, em dóna l’alegria com a resposta, se’n riu fresca com la neu, com les fonts dels rius, com el somrís net de la joventut. Demano ajuda a la nit: si us plau, parlem del misteri de la foscor, dels teus ulls clars, si us plau, parlem de l’essencial. La nit se’m queda mirant com només ho fan els mussols, igual d’enigmàtica, igual de fosca, igual de brillant; percebo un xiuxiueig nocturn: és quan es fa fosc que es veuen millor els estels. Però això no em consola. Potser l'essencial que reclamo ho tinc davant dels ulls i les llàgrimes o els prejudicis m'ho velen. Potser sí que no ho miro prou bé.
         Els camps de batalla tacats de sang primaveral, de roselles innocents, de somriures esquarterats m’apareixen i desapareixen en cada parpelleig. La munió de refugiats fugint de l'horror absurd, víctimes innocents de la bogeria dels governants. No em serveix el recompte estadístic que ens diu que actualment hi ha al món més de cent vint conflictes armats ni que la guerra és tan antiga com la Humanitat ni tampoc que sigui el darrer recurs possible entre els humans; no, companys, no em consola. Tampoc em serveix, no em serveix prou, el plec de manifestacions mundials en defensa de la pau hagudes i per haver si és que no van acompanyades d’un compromís ferm i personal de defensar la vida, de construir la pau, a cada moment, amb tu, amb mi i amb aquells que governen el món, els que prenen les decisions, la classe política i els poderosos i també en l’àmbit de les relacions personals que tenim més a prop. És, de fet, l’únic marc on podem practicar del cert la pau quotidiana, des de les ganes de fer concòrdia. El món necessita la pau per sobreviure, és imprescindible. Al meu costat l’espelma continua encesa, continua crepitant, consumint-se i em dóna llum igual que fan les estrelles a la nit, i no sé perquè, havent tants astres nocturns fonent-se al mateix temps és sempre tot tant fosc. Res em consola.
        Tot al meu voltant  pampallugueja misteriosament i aparèixer i desaparèixer resulta ser el destí de les estrelles, de les persones, de la cera i del ble, però també del dia i la nit, de la guerra i la pau, de la vida i la mort, de les paraules i del silenci, d'aquest escrit. La contingència ens sustenta i ho oblidem massa sovint en les nostres decisions quotidianes. A mi em sembla, companys, que el nus de l’Univers i dels qui l’habitem és la lluita constant entre oposats, la interdependència de valors enfrontats i a l’hora connectats entre sí, les dues galtes d’un mateix rostre d’infinites cares que pivoten entorn un eix central i simètric en perpetua vibració. I jo aquí davant la finestra, davant la nova estació, travessat pel mig per ella, per l’equinocci de primavera, a les dotze en punt, meitat dia, meitat nit, meitat mort, meitat viu, en un equilibri sense quietud. I és un univers dual, sí, però dinàmic, un univers que malgrat tot avança, que a  pesar de tanta violència domèstica i per domesticar avança, que a pesar de tant de sofriment provocat per la despietat d'alguns humans el món continua endavant, continua existint, els ulls de la nit em diuen que sí, l’alegria de la primavera rebrota en el meu cor de nen, alguna cosa fem bé, moltes coses les fem millor que malament. ¿Per què? Perquè el món continua existint. El futur és incert, sí, però el bé s’imposa al mal, ha succeït fins ara, i això em dóna un consol provisional.
         S’apaga l’espelma, tanco la finestra, em poso al llit, abraço la meva estimada, és mig desperta, li dic: t’estimo, Marta, t’estimo molt. M’embolico entre els seus braços i les seves cames, m’hi nuo, sento el seu alè molt a prop del meu, el segueixo atentament, compassats respirem des fa segles el mateix univers.
         A poc a poc ella i jo ens fusionen com el dia i la nit en un sol cos equidistant; la primavera ha rebrotat de nou ,companys, tinguem-la en compte.
                                                                     

martes, 14 de marzo de 2017

Relato 155

                                         Venecia (9)          (ver relato 144)

Empecemos por lo prometido: el palazzo ducale, lo tienes en la foto. (Angelina  escribe en verde y en la postal aún se distingue un enorme edificio brillante). Como ves es un palacio de forma cúbica, como un gran bloque de mármol dorado al sol. Esto es cierto, el palacio cambia según la luz del día, adquiriendo una tonalidad rosa muy delicada, pero conservando en las ojivas góticas, que son simétricas, un color rosáceo y blanco. Estás viendo, Albert, una de las obras maestras del gótico veneciano del XV aunque su construcción empezó en el IX. El interior del palacio, de mármol de Verona, se apoya en arquerías de piedra con un soportal con columnas, cuyos capiteles y esculturas en las esquinas son cosa bona. La planta baja y el piso principal tienen una galería, más arriba, el muro liso, y grandes ventanas espaciadas en el paramento, presentando una decoración de tablero de mármol rosado y blanco. El pórtico de la planta baja se apoya en treinta y seis columnas, no creo las haya contado nunca, (ni falta que hace, Angelina, te creo) con ricos capitales decorados de los siglos XIV y XV. En las esquinas del palacio, grupos escultóricos representan de izquierda a derecha el Juicio de Salomón, Adán y Eva, y Noé ebrio. La galería superior, abierta, posee setenta y una columnas rematadas con óculos cuadrilobulados En un principio, era una fortaleza, de planta cuadrada con altas murallas de defensa. Ahí se tomaban las decisiones más importantes para el destino de Venecia. Además de ser la residencia del dux y la sede del gobierno y la magistratura, acogía a muchos altos funcionarios, tenía sala de armas, tribunales y prisiones. (Angelina, versión guía turística, ¿por qué me haces esto?). A causa de varios incendios, el edificio fue reconstruido a finales del XIV. La entrada principal al palacio es la Puerta della Carta,(porta de paper, dirías tú) porque en ella se exponían al pueblo los decretos oficiales; es de estilo gótico flamígero de 1442, muy hermosa, Albert, te lo juro y presenta en el tímpano un león de San Marcos ante el que se arrodilla el dux Foscari. Si te fijas en la foto pequeña hay una boca di leone. (Muy desgastada, por cierto) Son los buzones de la época en donde los ciudadanos depositaban sus denuncias de forma anónima y son muchas las bocas o ranuras existentes a lo largo del palazzo. Cruzando la porta della Carta y siguiendo por un porticado, se llega al Arco Foscari y al patio interno donde se halla la Escalera de los Gigantes, (la otra foto, no te despistes) (Casi no se ve nada, Angelina, la postal está apolillada, igual ya ni existe en Venecia) la famosa obra del siglo XV, donde se coronaba al dux de turno. Tintoretto, (con su gran mural Crucifixión), Veronese, (quien, no te lo pierdas, fue perseguido por la inquisición por su Última cena), Tiepolo, Tiziano (ese también me gusta a mí) y otros pintores embellecieron paredes y techos de los atrios y las estancias de los tres pisos de este edificio para que el palacio reflejara la gloria y ostentación del poder de la República de Venecia. La fachada principal del patio, renacentista, con una bella decoración escultórica, una sucesión de arquerías y ornamentación a base de pilastras, frisos y óculos. Hay, como en todo lugar que se precie, un itinerario secreto que se inicia en el patio, una estrecha porta te lleva a las pequeñas y húmedas celdas, el Pozzi, sombrías y ahora vacías cárceles donde, en época de la República, prisioneros hacinados y refugiados de otros países, languidecían en condiciones de extrema dificultad. Ya ves, Albert, la crueldad es una constante en la Historia humana. (Y qué lo digas, me estás martirizando con tanta cultura de arte). Aquí también. ¿A qué te has quedado intrigado, caro mio? (francamente, Angelina, no). Besos, Ciao, XXX                Continuará...

martes, 7 de marzo de 2017

Relato 154

                                    Piscis

Me llamo Carola Mielga Esteva aunque mamá me dice Carol y a veces se confunde y me llama Pilar. Nací el domingo veintinueve de febrero de 2004 a las siete y cuarto de la mañana en la clínica del Pilar de Barcelona; así que soy Piscis. Yo no me acuerdo pero mamá dice que todo fue normal, que pesé tres kilos trescientos, medí cuarenta y nueve centímetros y que superé con un diez el primer examen de mi vida, uno que llaman test de Apgar. Mamá dice que cuando nací tenía los mofletes rojos y la cara arrugadita, que ya era pelirroja y que mi piel era tan blanca y delicada como lo es ahora, y también dice que los ojos se me  quedaron azules cuando tenía unos tres meses y que comía mucho y que reían mucho conmigo. Ahora tengo la cara llena de pecas y estoy un poco gordita porque me gustan mucho los pastelitos de chocolate y de crema y por eso estoy en cama. Mamá, que está aquí conmigo, se llama Carola Esteva i Doménech y me dice que es arquitecta, pero que ahora no trabaja, que se ha tomado una cosa que llama excedencia para estar conmigo y que nació en Rubí, y que papi se llama Ricardo Mielga Pacheco, que es ingeniero industrial y tiene cuarenta y nueve años y trabaja como director en una fábrica de lámparas en Ripollet y también me dice que nació en un pueblo de Murcia, llamado Alcantarilla. Somos cinco hermanos, Ricard de veintiuno años, Marc de diecinueve, Biel de dieciséis, Lluc de catorce y yo de seis y casi nueve meses. También había una hermanita que se llamaba Pilar que nació el doce de octubre de 1999 en la clínica donde nací yo, en la del Pilar, pero mamá me cuenta que se fue al cielo al verano siguiente por una cosa que se llama muerte súbita. Papás se pusieron muy tristes porque era una niña y luego fueron a buscarme a mí. Vivo en la calle Mandri treinta en el segundo piso y tenemos una portera muy simpática que se llama Verónica que siempre me da un palote de chocolate. Dicen que soy una niña muy espabilada porque me gustan las matemáticas y hacer puzzles y porque me sé de memoria el número de teléfono de mamá, el 649 340 157. Tío Franc, que también está aquí conmigo, me dice que esto no hacía falta que lo pusiera, pero lo dejo porque no me gusta hacer borrones. Hace unos meses empecé a ir a una escuela inglesa de la Avenida Pearson llamada Mendel’s School. Papá dice que el inglés es tan importante como el castellano y más que el catalán. El catalán lo hablo con mamá —oi que sí, mama?—  y escribo y dibujo y hasta como con la mano izquierda igual que hace ella.  Quiero mucho a mamá, a veces la veo llorar y entonces la abrazo y le digo: Per què plores, mamà? Pero ella se seca las lágrimas y me dice que llora de alegría. Ya sé nadar, —nadas como un pez —me dice tío Franc —se nota que eres una Piscis—, y también sé ir en bicicleta y he montado un poco a caballo que me gusta mucho. Cuando sea mayor quiero ser domadora de caballos. También recibo en casa lecciones de piano de un maestro ciego a quien le gusta mucho la música clásica. Mamá siempre está escuchando lo mismo, una que llaman la inacabada de Schubert y a mí me cansa porque luego se sienta junto a la ventana de visillos y se queda mirando a la calle y empieza otra vez a llorar y llorar y yo otra vez tengo que ir a consolarla y más consolarla. Mido más de un metro, peso unos veintinueve kilos y me gusta llevar calcomanías pegadas en mi brazo derecho. Mi cabello es rizado y como he dicho antes pelirrojo y me cae hasta el hombro y mis ojos son grandes y azules y si ahora estuviera en casa pondría aquí mismo una fotografía para que me conocierais. Pero estoy en cama, malita, en una habitación verde de la segunda planta del hospital de la Fundación Carreras, en Collserola. Estoy escribiendo esto para mi tío Franc, que me lo ha pedido. Antes he visto por la tele a Bob esponja y a la vaca Connie, que es mi preferida. Pero ahora estoy un poco cansada y me duele la cabeza y ya no quiero escribir más. Esta tarde me han de hacer un trasplante de una cosa que se llama médula y mi tío estará conmigo en la operación. Mamá dice que él tiene lo que a mí me falta, pues no lo tiene ni ella ni papá, ni Ricard, ni Biel, ni Marc, ni Lluc, ni nadie más. También dice que debe ser porque soy Piscis que se me hace la sangre agua. Pero yo creo que es por los pastelillos de chocolate y crema.

Te quiero, tío Franc. Os quiero a todos.
 Carola Mielga Esteva: diecisiete de noviembre de 2010.