martes, 7 de mayo de 2019

Relato 267


                                        Jardín

La sorpresa se la llevará él cuando al final eche un vistazo a la calle desde el torreón.
         Por encima del murete de piedra que rodea el risco sobresale un letrero blanco y elegante que dice: Se alquila torre + jardín. Razón aquí, los martes todo el día. Fincas Edén. Es un anuncio recurrente, de cada primavera.
        Ellos no lo han visto todavía, pero hoy es martes.
        —Ve despacio, cielo, esta zona me encanta. Fíjate qué mansiones. Vivir aquí debe de ser el paraíso. 
        —Esto es Pedralbes, querida, aquí está lo mejor de Barcelona.
        Circulan en un Mercedes C-420, verde metalizado por la avenida Pearson a 30 por hora y la mañana es gris. El tipo, de 55 años, fuma un habano y tira la ceniza por la ventanilla. Los coches de atrás le tocan el claxon por la lentitud con que circula, pero él ni se inmuta, con la mano del puro les hace un gesto de que adelanten, aunque no hay espacio.
        —Para aquí, cielo, hay un letrero en alquiler.
        Paran. Ella sale del coche y se alisa la falda azul turquesa. Cielo sube el Mercedes en la acera, los transeúntes se lo recriminan, pero él sin alterarse, saca un cartel de la guantera que dice: averiado y lo coloca en el parabrisas, en el lado del conductor. Activa las luces de emergencia. Le adelantan los coches tocándole el claxon y haciéndole la peineta. Tira el puro al lado de una papelera y se retoca el corbatín. Se miran y ríen. Ella pulsa el timbre de la puerta del torreón, no para de dar saltitos y mientras esperan le besa en los labios, manchándole de carmín rosa.
        —Adelante. Soy Gloria, de fincas Edén, pasen por favor.
        —Gracias.
        —¿Por dónde quieren empezar?
        —Empecemos por el jardín, ¿verdad, cielo?
        —Perfecto, señorita. Hoy están replantando algunos árboles. Ya sabe, trabajos de mantenimiento. Vayan con cuidado. Síganme.
        El jardín es de estilo inglés, lleno de césped ondulante que recubre la colina de gelatina lustrosa. Abajo, el estanque elíptico rodeado de sauces que lloran. Unos operarios han hecho con una excavadora un enorme boquete para plantar un ciprés Lawson que tienen preparado en un gran contenedor negro. El césped está salpicado de cipreses Lawson estratégicamente distanciados para dar una sensación de libertad. Muy del estilo inglés.
        —¡Maravilloso, cielo, maravilloso! —exclama la enamorada feliz.
        El sol se impone al gris y enciende el verde de la ladera sur. Recorren el jardín poco a poco. Los operarios los miran, hablan entre ellos y fuman. Las palas están en el suelo, junto al hoyo. Fuman, miran y hablan entre ellos.
        —Ven, querida, acerquémonos al agujero.
        —Maravilloso, cielo, maravilloso —dice, dando vueltas sobre sí misma.
        Están muy cerca del hueco, unos gorriones merodean entre las ramas del ciprés por trasplantar, mientras que en el estanque una bandada de cuervos bebe agua y crascita ruidosamente. Como si presintieran algo.
        —Maravilloso, cielo, maravilloso —repite, extasiada.
        Un palazo la manda al fondo de la cavidad. Algo impactante y rápido. El golpe aún resuene por el jardín inglés cuando el de la excavadora empieza a echar tierra sobre la mujer de la falda azul turquesa. Seguramente aún respira. Inconsciente, seguro. El nuevo ciprés Lawson ocupa su lugar. Crecerá vigoroso como todos los demás, el abono orgánico es de primera calidad.
        —Gracias, amor. Ya no podía soportarla más.  
        —Siempre he de ser yo quien te saque del atolladero.     
        Cuando los obreros se retiraron, Gloria y su esposo hicieron salvajemente el amor sobre el césped húmedo. Como en la primavera pasada  o aún mejor.
        Al quitar el letrero blanco y elegante del muro el tipo se da cuenta de que a pesar de todas las precauciones la grúa se le ha llevado el Mercedes.

martes, 30 de abril de 2019

Relato 266


                                            Amanecer
        —¿Cuándo le fusilan?
        —Al amanecer.
        —Me cae bien.
        —Sí, es un buen tipo. Nos cae bien a casi todos.
        —Se cargó al coronel.
        —Se lo merecía.
        —Fue por ella.
     —Claro, quien no lo hubiera hecho. Él, un borracho, ella, un bombón pinturero.
        —Tenía acceso a su chalet como carpintero soldado.
        —Le echó coraje. Demasiados cajones desalineados.
        —Un tipo con suerte.
        —Menudo era el coronel.
        —Sí, menudo pájaro. El regimiento se ha quedado con un tirano menos.
        —Estrenó el cetme con él. Le descargó el cargador entero.
        —Sí, eso dicen, parecía un colador.
        —Un colador con mango de bigote felpudo.
        —Sí, les pilló en plena faena.
      —Fue un arrebato, locura transitoria —dictaminó el tribunal militar—  pero le han condenado. Al paredón con éste, al amanecer.
        —¿Cuánto le queda?
        —Apenas tres horas.
        —Al menos las está disfrutando.
        —Una gracia especial, inusual para un reo.
        —¿Qué hacen?
        —El amor, de nuevo.
        —Un tipo con suerte.
        —Y que lo digas. Un vis a vis con la mujer amada, la ex del coronel.
        —¿Están desnudos?
        —Claro, aunque no se distinguen mucho los detalles en la pantalla.
        —¿Y, ahora?
        —Están hablándose:
        —Abrázame, amor, no dejes de abrazarme. Necesito estar dentro de ti,  fundirme en tus entrañas, desaparecer contigo. Abrázame fuerte, te amo, lo volvería a hacer, volvería a descargarle el cargador. No merecía vivir, no te lo merecías. No me arrepiento de nada, eres lo que más adoro. Cómo podías soportarlo. Abrázame, por favor, abrázame tiernamente, como tú sabes.
        —Sigue, amor, sigue, te amo, te amo, no malgastes saliva, ámame, así, muy bien, sí, ámame, te amo, sigue, sigue, sí, no pares. ¡Oh, Dios mío!, sigue, amor, sigue, ¡sí!
        —Es una lástima.
        —¿El qué?
        —Que lo tengamos que fusilar.
        —Conmigo que no cuenten.
        —Ni conmigo.
        —Siempre encontraran cómplices sobornados con dinero o con miedo.
     —Arendt decía que sin la complicidad de los judíos no habrían habido campos de exterminio.
       —Exagerado. Solamente buscaban sobrevivir en un entorno terrible. Ten en cuenta que los nazis se cargaron más de seis millones de judíos. Fue una masacre.  
        —La jerarquía militar dejaría de tener sentido con la desobediencia.
        —Quieres decir que hacen falta más ¡No, señor!
        —Exactamente. Te imaginas un mundo sin órdenes.
        —No.
     —Un mundo donde cada cual asumiera la responsabilidad de sus decisiones y no las derivara a terceros.
        —No.
        —Un mundo sin el recurso sistemático a la violencia o a la represión.
        —No.
       —Un día eso será posible. Un día nos levantaremos en un mundo nuevo, donde habremos dejado para siempre atrás la niñería de la humanidad.
        —¿Cuándo será eso?
        —Al amanecer.                      

martes, 23 de abril de 2019

Relato 265


                           Discusión

        —Fue él quien puso el herbicida total a los árboles, ¡se lo vi hacer!
        —No sabe lo que está diciendo, no le hagáis ni caso.
        —¡Cómo que no sé lo que estoy diciendo! ¡Cómo se atreve!
        —Yo amo los árboles, pero en este jardín comunitario están de más y acordamos en Junta eliminarlos cuando enfermaran y yo como presidente y ellos como vecinos responsables es lo que estamos haciendo.
        "¡Qué sinvergüenza, encima quiere hacernos creer que ama los árboles! ¡Qué cinismo! Con todos los problemas que me causa por tener plantas en el balcón, sólo porque vivo encima suyo."
        —Señor, le vi echar salfumant a la base de los tres troncos, usted hacía como si los regara, cuando en realidad los estaba matando expresamente, vi salir humo del suelo. ¿Cómo puede negarlo ahora ante todos?
        —No te alteres, Jordi, y sobre todo no hables así a un hombre mayor.
        —Si, te ruego que moderes tu lenguaje.
        —No te indignes, por favor. No es bueno para nadie.
        —¡Este hombre está mintiendo!, echó a propósito un mata árboles atroz y radical para destruirlos y tener la excusa para quitarlos del jardín.
        —Qué equivocado estás, Jordi, mentir no forma parte de mi manera de ser. Destruir un ser vivo... ¿A quién se le podría ocurrir semejante barbaridad? Sólo a una persona enferma. Desde luego, a mí, no. El día ese de que hablas estaba echando abono, sólo eso. Eres un vecino conflictivo, si me permites que te lo diga, te gustan demasiado las plantas y poco las personas.
        "Me repugna este tío. Su sonrisa de buen hombre viejo esconde un ser mezquino que no duda en denunciarme a la policía por cualquier incidencia que no le guste, ¿cuántas llevo, tres, cuatro? Se esconde en las buenas formas, en el lenguaje amable, en una sonrisa tolerante, el ceremonioso le cae que ni pintado, qué cabrón, un perfecto hipócrita." 
        —Hasta que llegó usted, aquí nadie era conflictivo, señor. Si quería una excusa para quitar los tres árboles del jardín reconozca que usted los mató. Estos chopos los planté yo hace nueve años, y no había ninguna razón para quitarlos, salvo que a usted le tapaban las vistas del mar desde su balcón. Sin embargo, los árboles estaban aquí cuando usted compró el apartamento, señor. Con sibilinas palabras usted convenció a la Junta para eliminarlos, reconózcalo, señor, porque a usted le molestaban.
        "Estoy tartamudeando, lo que me faltaba, nadie me va a creer, me tiemblan las rodillas, no puedo evitarlo, como se den cuenta, estoy perdido. Hasta me cuesta respirar y se debe notar. Por Dios, mantén el tipo. Me he puesto en un berenjenal... Con todo, me he atrevido, bien, felicidades Jordi."
        —¿Es necesario seguir escuchando tantas sandeces seguidas? Vecinos, continuad vosotros desabrazando la zona, sois testigos que me ha tratado poco menos que de criminal, es intolerable, no voy añadir una palabra más, el silencio es la mejor respuesta, me cambio y me marcho. Voy a denunciarlo por maledicencia ahora mismo a la policía, esperadme.
        —Tampoco te pongas así, Ricard, no hace falta denunciar a nadie, estamos hablando, somos vecinos. Aquí nadie ha ofendido a nadie.
        "Qué cabrón, ahora hace el papel de ofendido, el de víctima que busca castigar al agresor, me desespera, el tipo sabe moverse en el escenario, lleva años de práctica y lo sorprendente es que parece convencer a todos. ¿Se han vuelto ciegos? ¡Les está manipulando en sus propias narices!"
        —Señores, lo dicho, continúen, ni una palabra más, con personas así hay que cortar de raíz. Necesitan un baño de ley. Es lamentable, pero es así. Es inaguantable que con todo lo que estoy haciendo por esta comunidad encima me traten de asesino. De juzgado de guardia. Ahora mismo voy a denunciarlo. No insistan, es mi deber como ciudadano y vecino.  
        "¿Será capaz de complicar la vida a la vecindad por un asunto privado? De ese tipo tan quisquilloso me puedo esperar cualquier cosa. Debería haberme callado...los árboles estaban agonizando...He desenmascarado al carcamal. Eso sí, a mí no me engaña. En fin, otra denuncia en ciernes. El juego continua."
        —Feliz santo, Jordi, por cierto.


martes, 16 de abril de 2019

Relato 264


                                      Embarcación
            
         —Continuad con los ojos cerrados. Eso es. Muy bien. Seguid inmóviles sobre vuestros almohadones, relajados, yo os invito a que toméis conciencia de vuestros cuerpos en estos momentos, respirad poco a poco, sentid el aire que inunda vuestros pulmones, que entra y sale suavemente, el aire que todos compartimos, eso es, sin prisa, cada cual a su ritmo, lo hacéis muy bien. Aquí, sentados en el suelo de esta sala climatizada quiero haceros ver que estáis a punto de emprender un largo viaje, un largo viaje a un lugar desconocido. Permitidme que os guíe en esta travesía y sobretodo disfrutadla...
        
        —Y ahora, amigos y amigas, naveguemos. Imaginaros un barco de vela, no uno cualquiera, sino el barco de vela más hermoso que jamás hubierais creído que existía, imaginarlo con todas vuestras fuerzas, vedlo con todo lujo de detalles, sus medidas, su cubierta, el color y el tipo de casco, su calado, el número de velas, el refulgir del mástil, su grosor, la madera torneada del timón, los distintos cabos, el bauprés… Imaginad que os subís en él, que lleváis el timón, que sopla un ligero viento de popa, que hincha las velas vaporosas y blancas, que navegáis por una mar tranquila, bajo un cielo azul, sin nubes, sin aviones, ni gaviotas, ni móviles, sólo el suave mecer del sereno oleaje y os dejáis llevar. Permitiros descansar, oled el salitre, respiradlo, sentid el hormigueo del calor en la nuca, ved el pez que salta que os hace sonreír, sentid la paz, oíd el delicado chapoteo del agua acariciando el casco, escuchad el silencio profundo que emerge del fondo del océano...
        
        —En esta singladura, amigos y amigas, sois amos y señores de vuestra embarcación imaginada, y aunque vais solos, no os asustéis, sois libres, radicalmente libres. Cada cual marca su rumbo, su dirección, su ritmo, tenéis todo lo que os hace falta para gobernar vuestro maravilloso barco de vela, el universo palpita dentro de cada uno de vosotros, vais acompañados, seguros, protegidos, noche y día. Dejad de resistiros, asumid vuestra mayoría de edad, implicaros con el mundo, aunque estéis rodeados de agua ilimitada, no tengáis miedo, nadie, nadie puede haceros daño, sois completos en sí mismos, confiad, estáis en paz, que no os confundan, vais directos al éxito, porque sois un éxito evolutivo. Todo anhelo que pronunciéis ahora se va a cumplir, es inevitable. Pedid y se os dará. En estos momentos, amigos y amigas, todo está a vuestra disposición, sois poderosos, todo fluye, fluye fácil y mansamente. Permitidlo. Seguid respirando suave como si inflarais las velas de vuestro barco. Eso es, dejaros llevar, confiad en vosotros mismos, todo es posible, lo estáis haciendo bien, lo estáis consiguiendo, lo habéis conseguido. Habéis llegado. ¡Felicidades!
        
         —Y ahora, lentamente iréis moviendo las articulaciones de vuestras extremidades y poco a poco, sin prisa alguna, pero sin pausa abriréis los ojos y terminaremos esta primera parte del viaje...
       
          "No quiero abrir los ojos, no quiero abandonar este paraíso, esta paz, este sosiego. ¿Será esto algo parecido al éxtasis? ¡Qué estupidez! Oigo susurros a mi alrededor, la gente tose, se está levantando, tengo calor, no quiero moverme, estoy tan lejos, pero he de regresar, he de hacerlo, no puedo continuar aquí otra eternidad más, navegando."
        
        —Bien, cuando el amigo Felipe pueda, abrirá los ojos y continuaremos todos juntos con este viaje...
       
          —Lo siento, lo siento de veras, estaba tan feliz, tan ensimismado.  Seguía flotando en mi barco de vela sobre una mar resplandeciente. Gracias.
        
         —Bien, todo está bien, no sucede nada que no tenga que suceder, hemos de continuar, todo fluye simple y fácilmente. Eso es. Bien. Y ahora, queridos amigos y amigas, llega el momento crucial, el más inesperado, os invito a contemplar de cerca el barco de vela que cada uno de vosotros ha imaginado, os invito  a desnudaros.

martes, 9 de abril de 2019

Relato 263


                                                   Cita

        —¿Siiilvia?
        —¿Juan José?
      —Sí, Juaaanjo, peeerdona, puedes llaaamarme Juanjo, si no teee importa.
        —Hola, Juanjo. Clago que no me impogta. No te hacía tan alto.
        —Caaasi dos meeetros, ¿ pueeedo seeentarme?
        —Clago, que sólo tenemos cinco minutos.
        —Graacias, Siiilvia.
        —¿Quién empieza?
        —No sé, como tú quiiieras. Caaasi mejor empiezas tú al ser chiiica.
        —Me llamo Silvia Cano Albego y soy de Talavega de la Geina, pgovincia de Toledo, pego vivo aquí en Madrid. Estoy sepagada desde hace dos años y busco una pageja cagiñosa con quien compagtir mi vida y teneg hijos. Los adogo. El próximo mes de mayo, el día 27 hagé treinta y uno años, así que yo soy Géminis. Y tú, qué eges, pogque eso es impogtante paga congeniag, ¿sabes?
        —Yo me llaaamo Juanjo Gáaalvez Hiiinojo, nací en Alcaañiz, proviiincia de Teeeruel, el 28 de diciiiembre, no sé que siiigno soy, no creo en esas tonteeeerías, peeerdona, teeengo treinta y siete años, y soy ingeniero aaaeronáutico por la universidad de Miiichigan y traaabajo en Aaairbus de Geeetafe, ahora vivo allí en un aapartamento, soolo. Nunca he tenido paareja, mi padre dice que soy un diaamante virgen. Y tú ¿qué eeres?
        —¿Yo? Pues no lo ves soy una mujeg mogena gesuelta en la no duda y algo gogdita.
        —Peeerdona, ya veeeo que eres una mujeeer, me refería en que traaabajas.
        —Soy enfegmera de La Paz. 
        —Enfeeermera, creí que eeeras doooctora.
        —No, aunque en las fotos lleve bata blanca. ¿Qué aficiones tienes tú, Juanjo? ¿Te gusta el baloncesto?  
        —Lo ooodio, padres siempre me lleeevaban, no me guuusta nada. A mí lo que me guuustan son los coooches y los aaaviones. Fui caaampeón de Espaaaña de Scalextric, dos aaaños seeeguidos. Pero ahora con el traaabajo no puedo dediiicarme tanto como antes. Y a ti, Siiilvia, ¿qué te guuusta?

martes, 2 de abril de 2019

Relato 262



                                            Ayer

Fue en el entierro de su madre, ayer. Fui a darle las condolencias. Olía triste, a sándalo y a murmureos enlatados. Aún me duelen las pituitarias. Quería a tía Luisa, la quería de veras. Fue monja misionera, enfermera, esposa, beata, madre, en orden sucesivo, una mujer siempre dispuesta a ofrecer su ayuda con una gran sonrisa. El ataúd blanco, ella, dentro, muy enjuta, también de blanco, con una diadema ancha y blanca, siempre dominó el blanco en su vida y en su muerte. Recé a su lado, por su memoria, por su bondad. Se me acercó su hija, sentí su presencia a mis espaldas, me giré, la abracé, le di dos besos en las mejillas, un abrazo, un lo siento sincero, ella aguantó mi emoción entre sus brazos, también mis lágrimas y al poco se separó de mí lentamente, se me quedó mirando a los ojos y sin darme tiempo a recuperarme me propinó:
        —¿Nunca te diste cuenta?
         Me quedé desconcertado. ¿A cuento de qué venía esta pregunta y en ese momento, junto al cadáver de su madre? Me ruboricé, suerte de la luz tenue de la capilla, que me ayudó a disimularlo. ¿De qué tenía que darme cuenta? ¿De qué había engordado pero seguía siendo la misma prima rica y corpulenta de siempre con sus largas pestañas de acero curvado? ¿De qué seguía siendo hombruna, ancha de espaldas, de hombros alzados y más alta que yo por unos centímetros? ¿De qué, Dios mío? Habían pasado no menos de treinta años desde que nos vimos por última vez. ¿De qué? Ella seguía mirándome fijamente, ansiosa, esperando una respuesta. Su cara continuaba tan extraña y desencajada como cuando de adolescentes jugábamos a escondite en su torre de Horta. Ahí seguía, estática, sus cabellos, lacios, le recubrían las orejas y sus pómulos, tallados al fuego en piedra homérica desde su infancia, continuaban encendidos como ascuas ahora tal vez de tristeza, de rabia, de dolor o de añoranza, o de todos a la vez. No lo sé, estaba perplejo, siempre he sido inocentón y lento de reflejos, así que sintiéndome acuciado por dar una respuesta y sin poder ordenar mis ideas, balbuceante, le respondí:
        —¿De qué, Nuria?
        Ella torció el labio inferior, los tenía abultados, se lo mordisqueó un poco, hasta enrojecerlo, recordé que era un gesto que hacía habitualmente cuando se sentía contrariada, me agradó recordar este detalle. Intuí que le había fallado, que esperaba una respuesta más contundente, el sudor corría por mi espalda, un sudor frío como el cadáver que nos acompañaba me mojaba las manos sin que pudiera evitarlo. Seguía mirándola como si me hubiera hipnotizado.
        — Tú me gustabas.
        Creo que hasta tía Luisa parpadeó el ojo derecho en señal de sorpresa. O puede que ya lo supiera: madre e hija se tenían mucha confianza y yo fuera el único idiota que estaba en blanco. Es cierto que Nuria y yo jugábamos con un montón de amigos en su torre de Horta de jardín salvaje a escondernos y me llevaba a sitios oscuros y alejados de la gente y nos divertíamos mucho. Pero jamás (que yo sepa) se me insinuó, jamás se me hubiera ocurrido ni siquiera darle un beso en los labios, jamás sentí deseos de hacerlo, jamás hizo ella nunca para incitarme, jamás hubiera podido liarme con una muchacha que yo siempre consideré tan poco femenina. Mi cerebro empezó a borbotear y temí que Nuria pudiera atravesar mis neuronas con su mirada penetrante y adivinar mis pensamientos y ofenderla sin querer en una situación tan delicada como la del entierro de su madre. Seguía oliendo a triste sándalo y me ofendía la nariz.              
        —No, Nuria, lo siento.
        —Ni siquiera un poquito.
        —Siempre te vi como mi prima, Nuria, nunca como una mujer.
        Ella apartó la mirada de mí, se restregó los ojos, me dio un beso rápido en la mejilla como si con ese gesto sellara y cerrara un ciclo irresuelto de siglos, respiró acongojada, luego profundo, me miró y sonrió tiernamente antes de salir sollozando a la búsqueda de su esposo e hijos. Todos los presentes fueron a consolar sus lloros en tan triste momento. 
         Aún me duelen las pituitarias.

martes, 26 de marzo de 2019

Relato 261


                                          Chéjov
                     
En el tren de ayer, sentados al otro lado del pasillo había una pareja mayor con un perrito echado en el suelo. Al subir ni nos fijamos, simplemente fuimos a por un doble asiento vacante y mi esposa se sentó junto a la ventanilla, de cara a la marcha del convoy y yo a su lado.
        Enfrente nuestro, en el compartimiento contiguo, habían tres marroquíes charlando animadamente sin levantar la voz y sin móviles, circunstancia que encontré positiva, pues últimamente abundan la música alta, la marihuana y los jóvenes gimnastas ejercitándose en las barras del tren. Si alguna vez se les llama la atención suelen devolver miradas amenazadoras. Visto lo visto el viaje de cercanías prometía ser relajado y hasta podría echar alguna cabezada.
        Sin embargo, de tranquilo, nada, desternillante de risa, sí, eso sí, de risa contenida. Cuando la señora del perrito se puso a hablar a su marido el tren se estremeció y nosotros también.
         En la vida habíamos oído una voz tan aflautada y gruñona, hasta uno de los chicos marroquíes sacó la cabeza al pasillo para ver qué sucedía. También nosotros nos giramos. Le decía a su marido en tono alto que ella tenía razón en todo y que el tiempo se la estaba dando. Él, a su lado, respondía con monosílabos como podía, con voz profunda y cavernícola, como si estuviera en el fondo de una mina, mientras en el suelo el perrito sacudía la cabeza y la volvía a posar en el suelo sin un ladrido.
        —Mejor callado, Chéjov, —le decía la señora levantándole la mano con tono severo.
        Respecto a su marido, cuánto más le respondía éste que no era así, más se enardecía ella y fortificaba su posición, un perfecto ping pong, ajenos o no al espectáculo que estaban dando al concurrido vagón. Ella llevaba un casquete rojizo de cabello liso, cara gruesa y abrigo de lana pajiza, mientras que él gastaba gafas de pasta, mostacho espeso y gris, mofletes abultados, palillo entre los dientes y gorra de pastoreo de ciudad.
        La señora del perrito estaba sentada en el lado ventanilla:
         —Mira —le decía a su marido con voz rimbombante —qué pinta que tiene éste de la estación o qué mal y descuidado que está el arcén o los cables o las vías, en fin, qué mal está todo, ¿verdad?
        Y miraba en derredor como buscando aliados y criticaba todo lo que le alcanzaba la vista, engarzando las diatribas como si formara un collar alrededor de su garganta.
        Mientras él con toda parsimonia le seguía la corriente, haciendo ver que miraba y asentía con la cabeza. El hombre llevaba un carrito de la compra lleno y la caja enrejada del animal y se quitaba y ponía la gorra sin cesar como si tuviera pulgas. Tal vez sí las tenía. Ella nos miraba de vez en cuando para que confirmáramos que le asistía toda la razón del mundo, pero nosotros resistimos como pudimos, ajenos a su juego dialéctico, al borde de un ataque de risa.
        Así hasta Sants, un trayecto de cuarenta minutos. Hubo movimiento de pasajeros, por delante suyo pasó una mujer de otro asiento y dirigiéndose al perrito le suelta:
        —Hola, bonito.
         La del pelo rojo nos mira una vez se ha alejado la pasajera y dice en voz alta:
        — Habrá gente loca.
        Y como no decimos ni mus va y se lo repite al perrito:
        —¿Habrá gente loca, verdad, Chéjov?
        Y el perrito ladró varias veces confirmando lo que su dueña decía.