martes, 15 de octubre de 2019

Relato 290


                                Canard

Arribà un dia en el país d'Internet en el que la confusió era tant enorme que ja poca gent distingia la veritat de la mentida, i, de fet, aquest era l'objectiu dels propagadors de les notícies falses i relats inventats, ja que el joc els hi resultava engrescador, ambigu i divertit. Exercien descaradament el domini de les masses enganyant-les a consciència i mantenir-se en els càrrecs de poder sense perdre pistonada, obtenint, a més a més del favor i reconeixement de l'establishment, un bon profit econòmic.
        L'engany durà més temps del que pot durar una processó de mentides, a quina més absurda, però la veritat acabà imposant-se, posant a cadascú en el cadafal corresponent.  
        Passaren a la història com els canardencs de la enya.    

martes, 8 de octubre de 2019

Relato 289


                                  Imagen

Está desvelada en la cama, a su lado hay alguien, es de noche, oye voces lejanas, ininteligibles, el mar lo cubre todo. Agudiza el oído, están hablando alto, parecen un hombre y una mujer mayores, o el muchacho y la jovencita que fueron, quién sabe, siguen discutiendo.
        El mar apaga sus voces y las llena de sal, salitre y saliva. Dormir estaría bien, pero abajo están alterados.
       Su imagen cruza el ventanal sin levantar la persiana, siente el aire fresco del Mediterráneo, la libertad de la huida y las voces que resuenan más cerca. Desciende por los balcones, unos tras otros, como hace la niebla, revolotean polillas alrededor de la farola nacarada o puede que sean murciélagos, es difícil de saber, la noche carece de luna y está oscura. 
      Asciende el humo de los cigarrillos de la pareja, huele a tabaco rubio, se mezcla con la neblina, proyecta volutas sombrías en el paseo, el mar ensordece sus palabras, las llena de pesadumbre, del llanto de una imagen no correspondida.

martes, 1 de octubre de 2019

Relato 288


                                     Calumet

Pudo zafarse, lo esquivó con una finta de alguien que había sido bailarina. Se precipitó por las escaleras de caracol, un piso y después otro, parecía ser un edificio de mil plantas, no llegaba nunca, atrás seguía oyendo unos pasos que la perseguían, no se acababan, por fin llegó abajo, sudaba, la frente, las cejas, las mejillas, las piernas, la nariz le moqueaba, las manos le quemaban, los dedos le escocían por las rozaduras contra la barandilla, una modernista muy desgastada, de roble, cruzó rauda el patio de losetas de piedra, tropezando con unos tiestos de aspidistras que casi la hacen caer, trastabillándose. Por nada del mundo podía detenerse, aquella cosa enorme la acosaba, los pasos seguían acercándose y no era un sueño. No, no lo era.
         El anuncio decía: calumet en perfecto estado. Subasta abierta a las 21 horas de hoy en Rue Jacob 22, 3º 2ª. Para Elena, como buena antropóloga y coleccionista de objetos aborígenes del norte de América, era un artículo que le interesaba. El anuncio (en Le Monde) añadía: original sioux. Entonces, aún con mayor razón, -pensó- siendo de una de las tribus, los Sioux, con la que me he doctorado cum laude. Elena estaba contenta, quería acudir a la puja, adquirir esta pipa sagrada y se combinó los tiempos y los encargos de ese día para asistir a tiempo al conocido centro Planchard de subastas en el centro de París. Acudió con media hora de adelanto, para estar en primera fila y poder examinar con ojos atentos el calumet en cuestión. Al cruzar el portal sintió en el patio repleto de plantas rústicas que algo la echaba para atrás, algo indefinible, algo que sólo una mujer intuitiva como ella podía captar y se puso en alerta. El ascensor no funcionaba, había un cartel en la puerta que decía pas de travail, así que con ademán incierto tomó la escalera de mármol, modernista, que se alza a la derecha del patio y cuyos escalones se elevan ampliamente siguiendo la forma elipsoide del caracol. A medida que ascendía Elena sentía que sus pasos se achataban en la piedra caliza, que le costaba avanzar, los zapatos se fundían, los pies se le dormían, parecían hundirse en cieno blando, algo no iba bien, algo o alguien no quería que siguiera subiendo, pero Elena no hizo caso a las señales del más allá, insistió y siguió hacia arriba. Fue  en el tercer rellano cuando una cosa ciclópea se le abalanzó encima, algo inhumano y bestial.
         Atravesó, aún no sabe como, el portal de hierro forjado de doble hoja que por suerte para Elena aún no estaba cerrado con llave, el aire frío del invierno le castigó el rostro, sintió miedo, la humedad verdosa y mugrienta del Sena, humeaba vapor caldoso de su boca, inconscientemente repasó con la lengua sus labios entreabiertos, pintados de rosa tenue, se los mordía, sudaba. Se detuvo un instante, dudaba hacia donde ir, no podía confiarse, atrás oía pisadas que se le acercaban, eran profundas y estridentes, chafaban las losetas del patio, aquello era un monstruo y debía alejarse a toda velocidad, huir, si la cogía se la comería como haría un ogro, debía seguir huyendo, huir al otro lado del río, huir a donde fuera, por encima de todo correr. Enfiló la rue du Bac, no había nadie, le daba igual, la noche era desapacible, en el puente resonaban sus pasos, el traqueteo de los botones de su gabardina contra el bolso, ansiosa, corría y corría, y ya no oyó nada más. Se detuvo, sólo escuchaba su respiración jadeante, tomaba aliento apoyada en la baranda, una barcaza surcaba el río, miró hacia atrás, nadie, no vio a nadie, nadie la seguía. Se repasó la frente con un pañuelo, resoplaba sin parar, temblaba. Fue al relajarse cuando, recortada al fondo, en el portal, acertó a ver la grandiosa figura de un hombretón vestido estrafalario que se la estaba mirando, desafiante. Rodeando su cabeza, una infinidad de plumas de águila relucían como rayos de sol. Elena reconoció de inmediato al mítico pájaro del trueno, al espíritu universal, al chamán protector.
         Entonces, se echó a llorar.

martes, 24 de septiembre de 2019

Relato 287


                                   Vulnerable

Vulnerable, más, a medida que envejezco, lo constato. Y no me asusta, pero tampoco me gusta, desestabiliza. Una sensación extraña, aunque no nueva. La tuve en el pasado, en ocasiones, flotaba a centímetros del suelo y avanzaba veloz sin impedimentos. Ahora vuelve y persiste, otra vez lo mismo, levito metros y metros, recorro kilómetros, me mantengo sobre la línea del horizonte azul, fatigado, en un equilibrio inestable. Caer, tan fácil como no caer y en cada levantamiento algo se queda abajo. Tal vez vivir sea eso, andar en la cuerda floja lo que toque a cada cual vivir. Y reconocerse vulnerable y amar y amarse.
        Serena me dices: tú lo estás pidiendo. ¿Yo? Lo acepto, te escribo, lo escribo. Rompes el molde que me encierra y resguarda, me agrietas los poros, penetras ultravioleta por mi epidermis y lo distinto, el otro, lo de los otros, me broncean lo humano, sintiéndome igual, viéndome desigual. Extraño fenómeno el de unos y otros, el de la unicidad y la separación. Dejo inseguro seguridades vanas y me acerco al mundo que palpita, sufriente, vulnerable como tú, como yo, como todos, lo veo claro, hoy lo veo claro y puedo escribírtelo. Y desharé provisionalmente muros mentales, trampas y buhardillas, y caerán relámpagos como intuiciones y por unas horas me abriré y no veré diferencias entre tú y yo ni en lo profundo ni en la superficie. Seremos lluvia fina sobre la mar indistinta. Seremos agua fecunda y transparente de los arrecifes. Por unas horas seremos verdaderos. ¡Tan cegato he sido, tan cegato soy, tan cegato no seré!
         Como vivientes aturdidos por la luz oscura y radiante del cosmos, me siento vulnerable, felizmente vivo ahora mismo, electrificado y sin cercas, aunque sea tocando el abismo a flor de piel y ...temblando.    

martes, 17 de septiembre de 2019

Relato 286


                                          Echavarría

José Antonio Echavarría, llamado el mejicano está tumbado en el camastro con los ojos cerrados y de cara al techo, y nadie sabe si está vivo, muerto, en el limbo o durmiendo. Lleva cuarenta días y noches seguidos en la celda de castigo, un minúsculo cuchitril  de dos por un metros, aislado por completo en medio de la ladera, incomunicado, a oscuras y sometido al inhumano contraste de las temperaturas que en Birmania son extremas, especialmente en esta época con humedades que superan el 96%. Hoy, diecisiete de septiembre, en el cuarentavo día del arresto, se levanta el duro correctivo y el mismo sargento Narváez que lo detuvo, acude, siguiendo órdenes (pues si por él fuera el reo podría repetir cuarentena) acompañado de tres soldados y dos sanitarios al lugar para proceder a su excarcelación. Se detiene ante la puerta acorazada y echa una larga ojeada por la mirilla ayudándose de una linterna antes de entrar. Lo que ve le pone en alerta, le resulta extraño.
        El mejicano está cómodamente acostado en el catre, impasible, con la cara hacia arriba y los brazos junto al cuerpo. En un primer momento cree que está muerto, que no ha podido soportar el aislamiento, pero Narváez se fija más y pronto descarta esta opción, pues bajo el mono carcelario anaranjado se mueve el cuerpo del mejicano, ligeras oscilaciones nerviosas, como corrientes de viento, casi imperceptibles. A Narváez le parece que el tipo quiere tenderle una trampa y se prepara para lo inesperado. Ahora no caerá en su treta, como cuando ese cruel sanguinario intentó huir del penal tomando como rehén y a la fuerza a su esposa, a la que asestó sin ningún tipo de miramiento una navajada profunda que le cruza la mejilla izquierda. Ahora será diferente. Seguro que es un ardid, Narváez repara que en la pared hay unas raspaduras que bien podrían ser más o menos los días contados, el astuto criminal sabe que hoy es su exoneración y le está preparando una emboscada. Un buen motivo para deshacerme de él de una vez por todas, piensa. Su deber consiste en cumplir las ordenes y fueron muy taxativas: mantener al reo vivo a ser posible hasta el momento del ajusticiamiento, fijado para las doce de la noche del próximo veinte de noviembre.
        —¿Pero, respira?
        —No lo sé, alcaide, no lo veo desde fuera, si me da su permiso, procedo.
        —Proceda. Vaya con cuidado.
        —Bien, señor, ahora mismo.
        El sargento Narváez cuelga el auricular de un porrazo y hace llamar a tres guardias más, venid —les ordena— quedaros en la puerta, voy a inspeccionar dentro. Cala la bayoneta al fusil, descorre los tres cerrojos de la puerta, comprueba, antes de entrar, que el preso sigue en la cama y entra.
        Lo primero que percibe Narváez es olor a muerte, esa olor nauseabunda, asfixiante y dulzona del aire encerrado que le hace tirar la cabeza hacia atrás y taponarse las narices con dos dedos de la mano izquierda, mientras se las ingenia para sostener la linterna con la boca. Una legión de moscas pequeñas y pegajosas que pululan por el aire infecto se le enganchan sin poder evitarlo en el sudor de la cara y le buscan los ojos. Se sacude y se las quita de encima dando brincos como puede.
        Lo segundo que hace Narváez es iluminar la letrina, atestada de moscardones verdes y de excrementos, mezclados con trozos de comida desparramada, fuera de los cuencos, acumulada de días, en descomposición, gusanos blancos enormes con ojos rojos que se iluminan con la luz, parecen estarle mirando, devorando mendrugos, migajas y restos de algo parecido a carne en putrefacción. En un rincón, la poza de agua, llena de orina, completamente emponzoñada de mosquitos que levantan el vuelo con las ráfagas de luz.
         Vaya mierda —murmura— cabizbajo.
        Lo tercero sucede bajo sus pies: el extraño crepitar del suelo cuando camina... Al enfocar abajo contempla asombrado que está todo atiborrado de cucarachas birmanas, grandes como elefantes, no sólo por el suelo, sino por el techo y paredes, por todos los muretes del cubículo. Cuando Narváez las ilumina ve que esos insectos de caparazón de élitros granates cuelgan por doquier, racimados, se apiñan en el techo como murciélagos echándole encima un jugo amarillento, apestoso que expulsan por la cloaca y que le mancha los labios, la frente, el fusil, la linterna, el uniforme...
         Nota, además, en las piernas un hormigueo creciente, y al enfocar ve un escuadrón de cucarachas, militarmente ordenadas, ascendiendo por sus botas a la caza de un hueco por donde morder sus peludas piernas. Narváez se asusta, patea repetidamente el suelo, algunas cucarachas saltan, aplasta unas cuantas, sacude de nuevo con cuidado, no quiere provocar una estampida, le sería fatal, un buen número huyen y se ocultan bajo el camastro de Echeverría.
        Narváez avanza lentamente hacia él, iluminándose con el foco de la linterna, a cada paso que da nota el chasquido de las cucarachas reventando bajo sus botas, ¡chaf! ¡chaf! Avanza hacia Echeverría. Cuanto más se le acerca más escucha un rumor persistente, como de máquina tejedora a toda marcha, y más se acrecienta la pestilencia, se le hace insoportable. Pero Narváez es un tipo duro, formado en la guardia de élite, no se va a achicar ante la tropa por un desgraciado, le repugna, sí, escupe, sí, está cerca de desmayarse, sí, venga, tío, aguanta —se envalentona. Narváez ilumina al homicida.
         Echavarría sigue impasible, con los ojos cerrados y su gran bigote en forma de arco, sigue ahí, sin moverse, aunque sus ropas naranjas no paran de agitarse como si el tipo estuviera temblando o a punto de saltarle encima. Narváez no se deja sorprender, apunta con la bayoneta el pecho de Echavarría, está a su merced, entonces lo advierte, ve como el corazón del asesino palpita, está vivo el muy canalla, bajo aquella ropa anaranjada esta respirando, inconfundible, lo ha descubierto, el corazón de Narváez se acelera, tiembla, le rezuma saliva de la boca, casi se le cae la linterna, algo está respirando en el pecho del mejicano bajo su mono.
         Narváez ilumina con decisión el tórax del condenado y con la punta de la bayoneta descorre unos botones, el tejido se deshace, entonces las ve, ratas, a millones, bajo la ropa, devorando la carne del reo, con sus vibrisas afiladas y sus ojos achinados, les rezuman sangre aún roja por los morros, las vísceras del condenado al descubierto, las costillas descarnadas le brillan como purpurina, todo el cuerpo de Echevarria está siendo devorado a fondo por las ratas, por su boca asoma ahora una de gris, enorme, de pequeñas emergen ensangrentadas de las escotillas de sus ojos, lo están dejando ahuecado, vacío, como una caña de bambú.
          ¡Dios mío! —grita Narváez, horrorizado, y su voz aflautada retumba por las paredes, sacudiéndolas.
        Cuando los tres soldados entran presurosos y en tropel ven un cuerpo caracoleándose en el suelo recubierto de escarabajos granates y de ávidas ratas, un fusil con la bayoneta calada y una linterna oscilante que alumbra en el fétido aire de la celda una gran carcajada de José Antonio Echeverría.
                                                        

martes, 10 de septiembre de 2019

Relato 285


                                          Recuerdo

Fue sólo un instante lo que duró el encuentro de tu mirada y la mía en el espejo huidizo de una página en blanco. Sin embargo, aún la recuerdo.

martes, 3 de septiembre de 2019

Relato 284


                                      Consulta
       
        —Loca, me dicen, ¿usted se cree?, loca porque veo lo invisible. ¿Qué puede hacer yo, si nací así, medio bruja? Me sucede desde pequeña, lo que me sorprende es que no le pase a usted, francamente. Para mí es normal, me he acostumbrado a esta doble vida, trato a los visibles como hace usted y a los invisibles que les acompañan. A veces no sé a quien he de hacer más caso si al visible o al invisible, es un jaleo para mí, se lo aseguro y me pierdo en la conversación, por eso me dicen loca, pero no lo estoy, al contrario, nací con este don o desgracia: el de ver los dos lados del espejo al mismo tiempo. Es una experiencia vital que nadie ni usted puede desmentírmela.
        —Bien, bien, Carmena, no se enfade ni se disguste, estamos aquí para  resolver este conflicto. Eso que le sucede a usted  es más habitual de lo que se suele admitir, se lo aseguro. No es mi especialidad pero la Física actual reconoce que las leyes científicas que rigen el universo son muy pobres y limitadas, que se refieren exclusivamente al universo visible y éste representa, Carmena, y quédese con este dato, sólo el cuatro por ciento de la materia perceptible mientras que el noventa y seis del universo restante es materia y energía oscuras, invisible para nosotros y la ciencia. Han demostrado que el comportamiento real de la materia visible no se puede entender sin la necesaria existencia de la materia y energía oscuras que son como le digo invisibles a nuestros medios ópticos y que, además, gobiernan este universo visible. No se ven porque según los expertos: la luz queda absorbida por la energía oscura. Y no tratamos a los físicos de locos, ¿verdad, Carmena?     
        —No, claro, pero tampoco ellos se ven obligados a ir al psiquiatra.
        —No dé las cosas por seguras, se lo aseguro, Carmena, no las dé, por muy obvias que parezcan. Lo obvio no es demasiado común, todo puede ser sopesado y ser objeto de sospecha. Pero no nos desviemos del tema, prosiga.
        —Doctor, no se vaya ya, por favor, doctor, no desaparezca.