martes, 3 de noviembre de 2020

Relato 345

                                         Maquillaje

­―Como sabéis, queridos, mi trabajo consiste en preparar los cuerpos, dejarlos bien presentados para que su familia los vea por última vez. Empecé a los doce años con mi papá que me ingresó en este gremio y comencé con él y con mi tío que también me enseñó. Con ellos inicié mis primeros trabajos y algunos de vosotros seguiréis mis pasos. Empecé a vestir los cuerpos, pero no lo hacía bien aún, no era la hora. Yo les dije que a mí me gustaba, que quería aprender más y hacerlo mejor. Y les he demostrado que sí, que podía. Me dieron la oportunidad y empecé a trabajar con ellos.

El hombre que hablaba ante el micrófono de la sala tendría unos sesenta años, cabello abundante y cano, cobrizo de piel, de baja estatura y enjuto. Vestía traje oscuro con corbata negra y leía en voz alta y vellosa unos papeles que tenía en el atril.   

―El nuestro es un servicio universal, poco reconocido, ayudamos a que gente anónima se despida mejor de sus difuntos. Yo siento cuando trabajo que cada persona, que cada alma me está mirando y que debo arreglar su cuerpo con respeto, tanto cuando acciono sus articulaciones para vencer el rigor mortis o le masajeo enérgicamente su piel, o cuando le visto o maquillo su rostro. Debo tener máximo respeto por el ser que se va y procurar darle una buena presentación para la familia. La última impresión es la que cuenta, lo sabemos, aunque vaya a ser incinerado como en este caso.

La voz le salió aflautada en este momento, tuvo que carraspear para recuperar el aplomo, hizo una pausa para ajustarse la mascarilla y continuó:

        ―Cuando recibo un cuerpo lo baño, lo desinfecto, le inyecto formol por la femoral, a veces por la aorta, aspiro el agua y la sangre residuales con el trocador, y cierro con sutura la incisión. Voy, como os he dicho con mucho respeto, pero con poco cuidado, nada le hace daño. Yo le veo como un ser vivo, muerto, no como un muñeco de cera. Algunos compañeros lo ven como un muñeco de cera, le han perdido el respeto al muerto, a la muerte. En ocasiones extraigo sus vísceras, las desinfecto, se las vuelvo a poner y suturo de nuevo. En este caso no ha sido necesario. Lo baño otra vez, le tapono los orificios con algodón y le visto con la ropa que me ha dado la familia. No podemos darle la vida al ser querido, pero podemos simularla.

        El hombre se detuvo, bajó la mirada hacia el atril y se secó las lágrimas con un pañuelo de papel. Al poco siguió leyendo y hablando por el micro:

        ―Después lo maquillo, el maquillaje de un difunto no se ha de ver, ha de ser natural, lo más parecido a la vida. Uso la mejor crema: Tanatos Plus, mejor que la de los teatros, resiste los tres grados de la cámara. Peinarlo como él lo hacía, si frotas su cabello, se seca, pues ellos también vivieron y sus almas me observan mientras les acicalo y merecen todo mi esmero. Tenemos corazón, tenemos familia, tenemos sentimientos, nos queremos, apreciemos la vida. Es mi trabajo. El contacto diario con los muertos me hace valorar más la vida, los grandes detalles de la vida. Cuando llegamos a este mundo somos inexpertos y mientras unos empiezan a vivir otros empiezan a morir. Siempre trato el cuerpo con cariño, que esto es ser buen profesional, tratarlo bien, tanto si está vivo como muerto. Podemos preparar cinco, diez, al día, depende, el trabajo es relativo, papá me decía que tengo que ser yo, que tengo que estar cerca de mi corazón, permanentemente.

        Al hombre se le quebró la voz de nuevo e hizo una pausa para aclararse la garganta. Señalando el féretro ovalado que estaba a su derecha prosiguió:

         ―Tanto da lo que uno tenga, queridos, todos somos iguales. Aquí, en el laboratorio entran ricos, pobres, mediocres y de todos los estratos, todos pasan por la sala de maquillaje y salen por la misma puerta. Ahí cae la vanidad y el orgullo, aquí termina todo. Cuidar a los hijos a cada instante, en menos de cinco minutos un descuido puede ser fatal. Preparar un niño es lo más triste que he tenido que hacer, creedme… Peor que la frialdad de un cadáver es la indiferencia. Y valorar la vida y estar con la familia, es lo más importante.

        Calló unos segundos como queriendo dar peso a sus últimas palabras… El numeroso grupo de amigos y familia presentes en la sala le miraban consternados guardando la distancia de seguridad por el Covid y cubriéndose la boca y nariz con mascarillas negras.   

        El hombre ladeó la cabeza en dirección al ataúd, lo miró detenidamente y con respeto, tenía los ojos como uvas de rocío. Con voz temblorosa les dijo:

        ―Esta mañana he preparado a papá, me ha llevado más de una hora, su rostro reluce serenidad y paz, podéis verlo, como si siguiera entre nosotros. He hecho un gran trabajo, papá, gracias a ti, espero que te guste.

         Y dirigiéndose al auditorio terminó balbuceando:

         ―Nuestro duelo será, queridos, mucho más llevadero. 

martes, 27 de octubre de 2020

Relato 344

                                      Puente (2)  

La rosa amarilla naufragó bajo el puente de la pasión roja y ciega.

Desde el puente mirábamos las aguas turbulentas. ¡Qué tiempos aquellos!

La torrentera se llevó el puente una noche y a la siguiente otro. Así hasta que se vació en el desierto de las lágrimas.

martes, 20 de octubre de 2020

Relato 343

                                 Campanero

Cada mañana a eso de las ocho, puntual como una campana, pasaba por delante de mi casa Don Venancio montando una escandalera con sus perritos Trolo y Triqui, sus pelotitas de goma y su vozarrón de labriego saludando entusiástico a quien se encontrara en el paseo marítimo, incluso a los pescadores alejados del espigón. Lo que fuera por soltar la milonga con cualquiera echando vozarrones.

“¿Cómo va hoy la pesca? Claro, claro, pronto no habrá peces ni en la mar, acaban con todo.” Y chasqueaba los dedos y se reía por debajo del bigote… o “Buenos días, tenga usted, voy a ver si sigue el mar por ahí…u Hoy tenemos niebla, válgame Dios, a ver si despeja… o parece que va a llover, esos nubarrones no pintan nada bien, llevo el paraguas por si las moscas… o está picada la mar, ¿verdad? A quién habrán cabreado esos políticos de mierda… o han pintado unos grafitis en el murete, al otro lado de la riera, no tienen vergüenza, a porrazos iría tras esos pillastres, con la lengua les haría limpiar las paredes, jodidos… habrase visto… o Triqui está malita, la tengo a régimen, alguna porquería se comió ayer, en fin, qué le vamos a hacer, la vida sigue, ¿verdad?”

A veces hacía parar a quien pasaba haciendo jogging para comentarle: “parece que viene fresco el día hoy, ¿verdad?” Y rápido continuaba: “Vaya, vaya, no le entretengo que usted tiene prisa…” Y el corredor le sonreía con extrañeza, se secaba el sudor y seguía sin detener la zancada.Sin embargo, con quien más chillaba era con otros paseantes de perros, ahí sí estaba en su salsa, ahí sí se entretenía y arreglaba el mundo generalmente ante el portal de mi dormitorio: “hay que seguir, eso son cuatro días, apruebas lo que ha hecho Rajoy, a mí me parece bien, hay que ser duro con los rebeldes.Y que lo digas, amigo, y que lo digas. Hay que reírse, qué sino qué has de hacer, es lo que toca, a la nuestra edad, jodidos…”

A Don Venancio, con quien no hablé nunca, (cuando a las ocho de la tarde le veía hacer la misma ronda perruna, yo solía girar la cabeza para que no me saludara, pues él saludaba a todo bicho viviente, pero yo le evitaba, me producía repelús), a Don Venancio, digo, yo le llamaba el campanero, por su costumbre de pasear a Trolo y Triqui a la misma hora de la mañana ( y de la tarde) todos los días, dándole igual fuera o no festivo, despertando a todoquisqui durmiente.

Se encarnecía especialmente ante el portal de mi casa donde repetía una y otra vez el mismo ritual: se pasaba la dichosa pelotita de una mano a otra durante un rato, a veces minutos, los perritos no paraban de mirarla ni de ladrar sin descanso dando vueltas como posesos alrededor de Don Campanero, que sonreía bajo su bigote y cuando les veía flaquear aceleraba el peloteo de mano a mano y al cabo de poco echaba la jodida pelotita lo más lejos que podía con su brazo derecho y los perritos (Yorkshires o así) corrían tras ella como locos de contento a traérsela a sus pies y ahí se quedaban, mirándole a él, oliéndole lo zapatos, mordisqueando los cordones, esperando que cogiera la pelotilla del suelo y reiniciara el ritual de cada mañana.

Oler los zapatos era lo que Trolo y Triqui hacían cuando Don Campanero se detenía a dar la parrafada con algún incauto y también olían con fruición los culos de los otros perros paseantes; todo ello, amenizado a toda voz estruendosa con constantes “¡Triqui, cállate!,Trolo, ¡estate quieto! ¡Parad, por favor, ya vamos!” Formaban parte del juego de cada mañana. Para recoger los excrementos (Don Campanero era muy exigente, a veces había colgado carteles en las farolas del paseo sujetos con celo que decían: recoge la mierda de tus perros que es tuya.) para recoger, digo, los excrementos de sus perritos no llevaba bolsa de plástico, sino cuadraditos de papel del diario ABC, convenientemente recortados.

        Su vestimenta era peculiar, la misma camisa blanca cada semana y el mismo pantalón cada mes. Tenía andares de torero y venteaba los brazos de un lado a otro como si fuera un vendaval. El sombrero de paja en verano era un clásico y de fieltro en invierno. A veces el pantalón de pana no se lo quitaba hasta bien entrada la primavera y solía llevar un gabán a cuadros grises y rojos y guantes de piel marrón con al que lanzaba las dichosas pelotitas. Vivía en unos bajos de una casita cercana al muelle, a primera línea de mar.

        Maldije a Don Campanero infinidad de veces desde la cama, ya está aquí el trueno de cada mañana, farfullaba, no podía seguir durmiendo, me desvelaba desde el otro lado de la ventana cerrada, donde él proclamaba su espacio de libertad. He de confesar que respiré aliviado cuando una tarde le vi sentado en un banco del paseo visiblemente desmejorado, había adelgazado mucho, el pantalón desvencijado le sobraba, la camisa no era blanca y llevaba unos tubitos transparentes que le entraban por la nariz y, eso sí, hablaba sin parar. Sus dos compinches perrunos yacían quietos a sus pies.

        Y ahora que va para tres años que no pasa, válgame Dios, hasta le encuentro a faltar. Don Campanero me sigue despertando cada mañana a eso de las ocho. 

martes, 13 de octubre de 2020

Relato 342

                                     Olivia

 

Con cuidado de no despertar a su marido Olivia se levanta de la cama sin encender la luz, se calza a tientas las zapatillas y silenciosa se desliza por el parquet del dormitorio hasta el baño; luego va a la cocina a prepararse un vaso de leche bien fría, la luz de la nevera la sitúa. El plato roto de la discusión de anoche aún está hecho trizas en el suelo, siente el crepitar punzante bajo las finas zapatillas, una sacudida dolorosa electrifica su piel de pies a cabeza.

        En el comedor suenan las cuatro en el reloj de pared. Sigue oscuro. Se sienta en una silla, bebe a sorbos lentos, piensa. Le acompaña el tictac permanente del reloj y de fondo el respirar profundo y arrítmico de su marido. Abre el móvil, se le ilumina el rostro, busca en el correo: “ven, Olivia, déjale, no tienes porque soportar tanto desprecio. Regresa, regresa conmigo.” Oscar la ha encontrado, Oscar ha vuelto a su vida del pasado, de cuando de críos jugaban a médicos en la alcoba de los abuelos, de cuando fueron novios, su primer novio, su primer beso, su primer desengaño.

        Olivia se remueve en el asiento y gime, se refriega los ojos, de repente se ha hecho mayor, ha pasado mucho tiempo, demasiado, apura la leche, va a escribir algo: “Oscar, yo...”, pero apaga el móvil, lo deja en la mesa junto al vaso, y silenciosa regresa al dormitorio, se descalza y se acuesta al lado de su marido sin encender la luz.

martes, 6 de octubre de 2020

Relato 341

                                      Existió

 Crepitan palabras en el fuego de la memoria, chispean verbos, adjetivos y hasta tu nombre, amiga, para acabar consumidas, chamuscadas, convertidas en rescoldos calientes que se enfrían lentamente, simples cenizas del olvido que el viento esparce, levantan al aire en todas direcciones y desaparecen. Tanto da lo cerca que estuviste, tanto da la preñez de tu rostro alegre, lo mucho que te quise o me quisiste, tanto da todo, pues cuando el viento llega escampa las cenizas de lo que fue vivo y vivió y de lo que murió y está muerto.

         El viento se lo lleva todo, todos los te quieros que nos dijimos, todos los proyectos y esperanzas urdidos en secreto, todos nuestros anhelos, risas y deseos, tus cabellos sueltos, tu mirada chispeante, tu perfume de magnolia, todo, el viento se lo lleva todo, hasta la misma palabra amiga.

         Ahora te recuerdo aquí, agonizando, en medio del desierto frente a este fuego fatuo que he prendido con este bolígrafo incendiario, sintiendo sangrar la zanja de mi pecho: no es que mientan los sueños es solamente que te sigo viendo despierta en mi insomnio. Veo contornear tus manos y tu figura como sombras vivas entre las llamas, desvelándome tu recuerdo. Escucho el canto de tu risa ahogada entre los trigales ociosos, fatigados de tanto deambulo de un lado para otro sin moverse del sitio. El viento los mece como acariciaba tus cabellos, este viento infame que arrastra con todo. Una llamarada enciende el brillo de mis ojos, la vida y la muerte imponen una senda indeseada, no hay consuelo para este presente, hermano, no hay consuelo. Y pensar que ella existió, que estuvimos paladeando los mismos bocados, respirando el mismo aire, y ahora sólo me queda el hueco de esta fogata amiga.

        Cuando llegue el día que el viento extienda a cualquier parte también mis cenizas, quien se acordará de ti, quien, amiga, tendrá la caridad de ver crepitar el pasado en una hoguera, quien dirá aquí estuvieron unos que se amaron, unos eslabones anónimos de la cadena vital, sí, que existieron, pero quienes eran lo desconocemos. Tal vez digan: ¿sintieron como sentimos nosotros?, ¿padecieron?, ¿soñaron?

        Tal vez se lo pregunten, tal vez no, pero sí podrán decir que alguien debió existir en un tiempo remoto, alguien desconocido, alguien capaz de transmitir el testigo a generaciones futuras, tal vez un biznieto de nuestro hijo o más allá no sepa nunca que en el pasado existió un hombre que lloró y se quitó la vida ante una hoguera por el recuerdo de su tatarabuela muerta.

martes, 29 de septiembre de 2020

Relato 340

                                               Burro                                 Al meu germà

       —“Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr”

       —“Reeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”

       —No, així no. Mira com poso la llengua, la punta a dalt d'aquesta corba i llavors només has de bufar.  Veus? I dius “Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr”

        —“Reeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”

        ―No, torneu a provar, va, què és molt fàcil.

        El Jordi de set anys li està ensenyant al seu germà gran de nou la correcta pronunciació del so de la lletra erra. Es troben asseguts al darrer esglaó de l'escala interior de la casa dels seus  oncles, en el poble de Móra d'Ebre. És mig matí d’un cinc d’agost, un dia més de calor d’estiu, però al replà s'està fresc.

         —“Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr”

         —“Reeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”

         —No, Xavier, repeteix-ho una altra vegada. Fixa't bé on poso la punta de la llengua, aquí a dalt darrera les dents i aplana-la una mica contra el sostre de la boca. Ho veus?

          —“Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr” A veure, fes-ho tu sol.

          —“Reeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”. Ostres Joldiet!, deixem-ho estar, què això és molt difícil. No veus que no em sult, que no em soltilà mai.

           —No et posis nerviós i torna-ho a provar.

         El Jordi té una paciència infinita, sovint s'entreté sol en petites coses capaç de passar-hi hores i juga molt amb els animalets de casa i no només amb el gossos o gats tan freqüents en els pobles, sinó també amb els que ell captura. Té una sargantana guardada dintre d'una caixa de sabates i també un parell de grills en una caixa grossa de llumins  amb un parell de foradets i una serp d'aigua que guarda tancada en una cubell de plàstic. És més baixet que el Xavier i de pell morena mentre que el seu germà és rosset i molt sec i li falten les dues dents del davant. Tots dos es troben de vacances escolars amb els oncles i s'estaran al poble de Móra d ‘Ebre els tres mesos d'estiu. Llurs pares els hi envien allí cada any i així ells poden atendre el negoci de Barcelona amb més comoditat tenint els nens a bon esguard. Al Jordi li sap greu que el seu germà no sàpiga pronunciar la erra. Porta un grapat de matins amb la mateixa ensenyança. Estan a la primera setmana d'agost de 1961.

          —“Reeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”

        El Xavier s'alça enfadat i vol sortir al carrer a  jugar a bicicleta o a saltar a corda amb les veïnes però encara no hi ha ningú. 

      —Deixem-ho Joldiet, anem al calel a jugal amb l'Enlic i la Losel. Segulament alivalan de seguida, cole!

       I fa el gest de voler sortir de pressa, però com el seu germà no es mou d’on és i continua jugant amb la sargantana que té entre els dits i el Xavier no sap anar enlloc sense el seu germanet Jordiet, es queda. Amb tot tracta de convèncer-lo.

       —Anem a la tela del dalela i jugalem a pilota, allà no fala calol que hi toca l’ombla. I podlé xutal amb l'esquela i tu falas de poltel.    

        —No, ara no, quan sàpigues pronunciar la erra. Vinga, practica de nou.

        —Reeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeerrrrrrreeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”

        —Molt bé, ara ho has fet una miqueta, torna-ho a provar.

        El Xavier és posa més nerviós i està inquiet. Recent ha aprés a anar en bicicleta de dues rodes i està impacient per pujar-hi de nou i practicar. És una mica alta per ell, però és el regal del pares per ser bon estudiant. “Llàstima no sàpiga pronunciar la erra” era una queixa que sentia sovint comentar als seus pares.

         —Mira com poso la llengua, millor mira't tu mateix.

         Aleshores el Jordi va despenjar el petit mirall que es trobava darrera la porta de l'entrada i li va posar davant seu per tal que prestés més atenció a la posició de la llengua en el paladar.

        —Ho veus, aquí, ara recolzes la punteta i treus l'aire suau mentre fas vibrar la llengua d'aquesta manera, a poc a poc i et sortirà el so RRR sol.  

        L'ajut del mirall va ser providencial. El Xavier podia imitar mes fàcilment la disposició dels llavis del seu germà i la situació de la llengua dintre la boca.

         —“Reeeeeeeeeeeerrrrreeeeeeeeeeeerrrrrrrrrrrreeeeeeeeeeeeeeereeee”

          T'ha tornat a sortir! ―cridà content el Jordiet al sentir-lo i repetia la mateixa frase a la sargantana qui girava el seu cap i semblava que l'estès escoltant. Torneu a provar!

        ―”Reeeeeeeeeeeeeeeerrrrrreeeeerrrrrrreeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeerrrrree”

        ―Molt bé, Xavier, ja sap pronunciar la erra, enhorabona!

        ―Gràcies a tu, Jordiet, gràcies a tu. No estàs content...

        ―Sí, molt, el que passa... és que ara... sí, em podràs dir burro correctament...

        ―No t’entristeixis, germanet, aquí l’únic burro he estat jo..., perdona’m.

        Mai més el Xavier li va tornar a dir burro al seu germà Jordiet, mai més.

martes, 22 de septiembre de 2020

Relato 339


                                       Pez  

El pez no entiende de vedas. No comprende por qué sus compatriotas son pescados en aguas donde hace bien poco no les sucedía nada. Cree que la justicia que imponen bastantes bípedos irracionales es injusta, que es sólo una herramienta que el poder usa para eliminar a los que les estorban amparándose en una apariencia de ley. El pez no entiende nada o entiende mucho, no viene al caso ahora.

El pez cree en su ignorancia animal que, en el mundo bípede, las ideologías están por encima de la justicia, que la justicia es sólo una palabra hueca que el bípedo poderoso de las cañas, red y cesto usa para su propio beneficio en detrimento del débil, quien paga con la vida.

 Los peces desconfían cada vez más de los bípedos con caña que asoman por los espigones antes libres y ahora sitiados. Se ha terminado la veda, se juegan la libertad y la vida… y ellos siguen sin entender nada, siguen pez.