martes, 16 de marzo de 2021

Relato 364

 

                                   Puente (4)

Ese puente que has partido en mil pedazos por un momento de inconsciencia.

Gracias a los ingenieros del verso y de la obra los puentes salvan lo que la naturaleza separa.

Nunca caigas al puente del olvido, podrías romperte la crisma, ceder un turno y perder la vida.

martes, 9 de marzo de 2021

Relato 363

                                       Maletas

 

Eugenia, la nueva, permanecía callada, medio sentada en una de las ocho sillas de cojín violeta ocupadas por mujeres y dispuestas en círculo en el centro de la sala principal de La nostra illa, en el barrio de Gracia de Barcelona.

        Todas la miraban, todas querían ayudarla, animarla, espabilarla.

        —Haz la maleta, déjalo. Pon sólo lo imprescindible, no hace falta más. Tenemos experiencia. No puedes seguir así, te destruirá...

        Una de las presentes, amiga de Eugenia, le había aconsejado ir a esa sesión de soporte y Eugenia había aceptado a regañadientes. Su amiga, que le había dicho que si aceptaba los hechos daría el primer paso para el cambio a mejor, se sentía satisfecha. Eugenia se había presentado al Centro.

        —Las denuncias sirven de poco, él no va a cambiar. Apodérate...

        Eugenia estaba allí, es cierto, pero ausente. Las manos, agarrotadas, sujetando el asiento, la mirada perdida hacia un parquet desgastado y viejo, el rostro veteado de costras, el pelo, revuelto, las cejas, deshechas, los pómulos, vencidos, la ropa a jirones, en especial la camiseta, una con festones rosas que decía: RESPÉTAME.

        —Puedes quedarte aquí unos días... hasta que te recuperes y te sientas mejor. Te dejaremos ropa..., lo que necesites...

        Sonaba la música acuática de Haendel, majestuosa y relajada, una de las preferidas de Eugenia, cosa de su amiga, seguramente, pero Eugenia no la oía, apresada en el cuerpo de dolor, absorta en su mundo interior.

        —Ahora lo ves todo negro, pero hay luz al final del túnel, hay solución...

        Eugenia apenas levantaba la cabeza y reseguía con la mirada las vetas agrietadas del suelo, le parecían arrugas del tiempo, lloriqueaba como una niña herida, hipaba, se sonaba la nariz. A su alrededor pañuelos de papel arrugados flotaban en el parquet como ánades semihundidos.  

        —Tenemos abogadas, no te preocupes por el dinero, saldrás adelante...   El sol de las primeras horas de la tarde y una ligera brisa se colaban por el ventanal de aluminio blanco y dibujaban en el parquet sombras chinescas con la cortina batiente, sombras que bailaban y se escondían en las esquinas de la sala. Eugenia, que las perseguía con la mirada, tiritaba y se estremecía.

        —Ten, chiquilla, ponte este jersey, estás temblando.

        Eugenia hizo un gesto de agradecimiento, se puso el jersey por encima, levantó un poco el rostro, todas la miraron, rehuyó las miradas, le parecían acusatorias, se sentía observada, perseguida, culpable. 

        —No tienes la culpa de nada, chiquilla, estamos contigo, dinos algo...

        Eugenia se fijaba en las hormiguitas que caminaban por el zócalo, eran muy pequeñas, una detrás de otra, inseguras, a veces daban vueltas sobre sí mismas y reemprendían el camino batiendo las antenas. En otras circunstancias Eugenia las hubiera seguido para encontrar el hormiguero y fumigarlo.

        —Yo salí con lo puesto, con el camisón y las bragas en la mano, sin maleta, ni llaves, ni nada...

        Eugenia sonrió levemente el gracejo de la rubia oxigenada y se sonó una vez más la nariz. Había aflojado la tensión en manos y cuello. Se alisó el cabello hacia atrás con los dedos y se frotó los ojos varias veces seguidas. El parquet se encendió de luz en una bocanada de sol limpio.

        —No tengas miedo y no te preocupes por la maleta, te acompañaremos a casa, aquí tenemos muchas. Aquella habitación está llena de maletas usadas, ya vacías y olvidadas, de maletas que superaron el maleficio machista.   

        —Gracias —acertó a musitar Eugenia antes de desmayarse.

martes, 2 de marzo de 2021

Relato 362

 

                                         Tablas

 Voltea sin parar la cabeza, incontrolable, a los dos lados. Había firmado tablas por repetición de jugadas con el maestro de ajedrez Reblov, pero el tic nervioso le indica que algo no funciona.

Volvía de Berga con su Fiat, reproduciendo mentalmente la partida. ¿Qué pasa si en la cuarenta le meto la dama en e7? Creo que gano. Sólo con pensarlo, le tiemblan los párpados. Repasa la secuencia: el peón de alfil cae, y con él, el flanco de dama no lo puede defender, no Ad5, como decía, le sacrifico el caballo en f7 y la dama no puede zampárselo por la descubierta, y tampoco el rey, cinco jaques seguidos, ¿cinco?, sí, y le cazo la dama por la retaguardia. Además, forzado comer el caballo, pierde calidad ¡Cómo se me ha pasado algo tan simple!

El tic le da la razón, menea la cabeza como un áspid. Quizás él sí lo vio, disimuló y me enredó con palabrería. Después de cinco horas de juego, le duele todo, hasta las meninges, regresa a Barcelona hecho un revoltijo.

Sí, he sido ingenuo, apurado de reloj me he precipitado, he aceptado demasiado pronto sus tablas, una celada. Aunque tablas tampoco está mal, vamos a ver, es un maestro con buen Elo, yo, con negras, la partida liosa y larga, cuarenta y tres jugadas, la sala, ¡uf!, siempre igual en los pueblos, barullo, mirones, no te dejan concentrar.

Aun habiendo seguido la rutina de comerse las dos tabletas de chocolate negro y bebido las tres tónicas tiene la boca seca, rezuma saliva espesa, además de estragado, ahora, fastidiado.

De7 ganaba, cómo no me fijé antes, y mira el retrovisor desenfocado por el tic y da golpes al volante con las palmas de las manos ¡Cómo no la vi!

¡Qué ganas tiene de llegar a casa para reproducir la partida en el Fritz y confirmar los temores! Si pudiera retroceder en el tiempo, ¡ay!, si pudiera, le jugaría De7 y su rival tendría que abandonar. Le vería restregarse los cabellos con sus gruesos dedos y ajustarse los lentes al mismo tiempo, la cara, descompuesta, el asombro en sus ojos.

Y el tumulto de la gente alrededor del tablero, el sudor infame, los murmullos crecientes, va a ganar, va a ganar el pipiolo, el maestro no puede defender el peón de alfil, no puede, se le cae la posición, mirad, mirad ¡Qué excitación! Su cabeza en estos momentos parecía un ventilador.

        A la altura de Manresa se saltó un stop y un camión cisterna le arrolló.

martes, 23 de febrero de 2021

Relato 361

 

                                Silencio (3)

Esto sí es vivir bien, vivir en paz y silencio, exclamaba un urbanitas el primer día de vacaciones en un remoto campo del remoto pueblo Remoto.

martes, 16 de febrero de 2021

Relato 360

 

                                Mandala

        ―Ets, tu, Roser?

        ―Si, senyora Carme, sóc jo. És l’hora, oi?

        ―Sí, sí, endavant, ja ho tinc tot a punt.

        Hi ha una taula rodona recoberta fins als peus d’un tapet verd pistatxo que du gravat amb fil un mandala octogonal amb motius florals de peònia. A sobre, amb les candeles enceses, un canelobre de tres braços, de plata vella. De les dolles pengen vuit llàgrimes de vidre encastades en argent. També hi ha al voltant de la taula dues cadires encoixinades a joc.

        ―No és una mica fosc?

        ―No, no ens cal més llum, seguem-nos.

        Les dues dones s’asseuen al voltant de la taula rodona. Un gat siamès, el Pelussa, es posa de seguida a sobre la falda de l’amfitriona, mentre l’altra dona, la Roser, de trenta i tres anys i vestida de negre rigorós, resta silenciosa amb els braços a sobre del tapet i rebrega entre les mans un mocador brodat amb seda sense deixar de mirar fixament les espelmes enceses. Els ulls li brillen, titil·len emoció i espant.

        ―Comencem?

        ―Comencem.

        La senyora Carme tanca els ulls i durant uns minuts només se sent suau, molt suau l’adagi d’Albinoni. L’estança es paralitza en el temps, la música embolcalla el fum de les metxes que puja capriciosament amunt.

        ―No tinguis por, mare, no t’espantis ―diu la senyora Carme en estat alterat de consciència ―sóc jo, Ricardet, el teu fill, no t’espantis, mare, no.

        ―Oh, Déu meu! Déu beneit, gràcies! De veritat ets tu, fill meu?

        ―Sí, mare, i no puc estar-m’hi gaire. M’han concedit aquest permís per parlar amb tu, per calmar-te, mare, aquesta angoixa que t’ennuega.  

        ―Ai, fill, quin goig, patia per tu, quina alegria que em dónes, saber que ets viu, que puc parlar amb tu, quina sort, Déu meu, quina sort. Estàs bé, fill?

        ―Sí, mare, estic bé, tot està bé, més viu que mai. Va arribar el meu moment, la decisió estava presa, hi ha molt més del que ens imaginem a la terra. Vull dir-te, mare, que la vida continua, però diferent una vegada morts. 

        ―És que va ser molt fort, Ricardet, amb set anys, els metges no pogueren fer res, jo tampoc, fill, no hi ha dret, no et tocava a tu, Déu meu, no et tocava. Em trenca el cor.

        ―No ploris, mare, t’estimo i estic amb tu, vull que ho sàpigues. Encara que no em vegis t’acompanyo sempre. Vetllo per tu. Tot està bé. Ara me n’he d’anar, però tornaré...

        La senyora Carme continua amb els ulls tancats quan fa una pausa i calla mentre Pelussa aprofita el moment per saltar de la seva falda al terra i se’n va miolant. La peça de música d’Albinoni també conclou. La senyora Carme respira profundament, fa una sacsejada brusca com si s’encaixés en si mateixa a sobre la cadira, obre els ulls a poc a poc i somriu dolçament.

        Roser és plorant al seu costat, eixugant-se les llàgrimes amb el mocador brodat.

martes, 9 de febrero de 2021

Relato 359

 

                        Visionario

Mi abuelo David era un visionario.

Pintaba paredes y dibujaba rápido y bien. Captaba las almas.

Hablaba poco, pero sus palabras eran certeras como puños.

Tenía los ojos saltones, la risa fácil y una calvicie resplandeciente.

Republicano de pura cepa y represaliado en la época franquista.

Cuando me miraba sentía que me radiografiaba los huesos.

Predijo el día de su muerte, hoy hace treinta años.

De visita al hospital por una revisión de cataratas, cayó al suelo fulminado.

Un infarto, nadie pudo salvarlo, ningún médico. Él lo había anunciado.

Como despedida dedicó a cada uno de sus familiares unas caricaturas amables unos días antes.

En la mía además escribió:

“Catalunya será una republica independiente en el 2025.”

 

Y ahí estamos.

martes, 2 de febrero de 2021

Relato 358

 

                                   Falsificación


Indago con la mirada las caras de los transeúntes, entre ellas estás tú, padre. Por la calle Pelayo vienes cabizbajo como siempre, con tu uniforme de trabajo, pantalones anchos, corbata y camisa a cuadros verdes y amarillos, chaqueta raída, sombrero de paja, zapatones de payaso y tu carpeta de calcomanías. La nariz roja la llevas en el bolsillo derecho de la chaqueta, el más desbocado, te asoma la gomita.

 No te has fijado en mí, tu niño te importaba poco. Bastante tenías con traer dinero a casa y hacer reír a los niños de otras fiestas de cumpleaños. No recuerdo lo hicieras conmigo, quizá de muy pequeño, luego apenas jugábamos. Luego, apenas nada. No tolerabas mi zurdera. Un castigo de Dios, decías. Creías que lo hacía adrede para molestarte. “Quítate de delante, me haces daño a la vista, no harás nunca nada en la vida.” Me esforzaba, aprendí a escribir con la otra mano, me obligaste, mamá no quería, discutíais, hasta le alzabas la mano. Un zurdo contrariado, hoy no sería seguramente admisible.

 Durante mucho tiempo pensé que mi segundo nombre de pila era el de idiota. Mientras merendaba pan con aceite y azúcar te veía ensayar los trucos con mi hermana y yo reía y me manchaba la bata con aceite y tú me reñías y yo lloraba. ¡Falso payaso! Pensabas que era demasiado idiota para entender tus bromas, pero no era cierto, me hubiera gustado estar en el lugar de Elsa. Hacer de Pierrot. Que me pintaras la cara de indio Sioux, dar vueltas a la mesa detrás de ti y que me pusieras plumas en el cabello. Y acompañarte al circo Félix cuando ibas con mamá y poder montar a caballo.

Arrastras un carrito de la compra con tus disfraces, el carrito que mamá usaba cuando iba al mercado. Asoma un banderín catalán con el que despedías las funciones, mientras repartías caramelos Tutti fruti. Aún éramos una familia. Narizotas, te decía ella. Tenía toda la razón, tienes una buena napia. Con la bebida se te ponía más roja que la nariz roja que llevas en el bolsillo derecho. La misma nariz roja que llevo ahora en el bolsillo izquierdo de la chaqueta. La misma nariz falsa.

         Se llena la calle de gente ruidosa que va tropezando, móviles en mano, todo se acelera, te he perdido de vista, sé que estás por ahí, cerca, en mi puño, encerrado.