martes, 25 de noviembre de 2014

Relato 35


                                         Naturalesa

Eulàlia vivia allunyada de la ciutat i de la civilització en una vella masia del baix Empordà per decisió pròpia des feia uns vuit anys. Va fugir de Girona perquè la trobava massa provinciana i es va refugiar en aquell mas, que havia estat dels avis, convençuda que tindria una vida més sana envoltada de natura. Farta dels convencionalismes socials i dels destorbs de la família  —deia— aquí, sola, seré feliç.  Rodejada d'animals de granja i de camps de cultiu era força autosuficient. Sovint parlava amb els conills i les gallines, i de vegades també amb els enciams. Rentava a mà d'un riu pròxim, de on treia l'aigua per regar, i estenia la roba en un cordill penjat darrera del mas. Feia servir llum d'oli i com tenia molt poques necessitats tot se li estava prou bé, no costant-li gens acomodar-se a viure segons l'horari solar. Amb poc menjar quedava satisfeta i estava força esvanida de l'aigua de la cisterna perquè segons deia: era molt fresca, gustosa i sanadora. Per la Laia tenia propietats miraculoses. Feia un grapat d'anys que no prenia cap medicament i d'aquest fet se sentia molt cofoia i satisfeta. Sempre que arribaven les al·lèrgies de la primavera i li sortien a la pell uns exantemes molt fastigosos en tenia prou amb incrementar la seva ingesta de l'aigua de la cisterna per guarir-se immediatament. Podia donar-ne fe pels casos viscuts en anys anteriors. Així que quan, a la primavera de 2014, es varen presentar de nou les erupcions a la pell dels seus braços i cames, Eulàlia va recórrer una vegada més a l'aigua salvadora. Se'n prenia a glopades i a totes hores, i encara que notava un gust un xic diferent a l'habitual no va fer-ne cas, va atribuir-ho a la molta pluja caiguda recentment que havia regirat  —deia— la cisterna. Però, s'equivocava.   

           Sense saber-ho s'havia esquerdat en el subsòl del mas un congreny de la canonada de les aigües fecals que comunicava amb el pou mort. L'aigua estava contaminada, de manera que quan més bevia, més picors tenia i major era l'exantema que se li anava estenen pel cos. Quan va irrompre la febre es va posar  al llit , incapaç ja de sortir a demanar ajut. Quan la trobàrem tenia la pell enrogida a causa de la infecció vírica que la cobria per complert, la cara desfigurada i els ulls buidats. A les ungles tenia encara enganxats trossos de pell morta, resseca, i la manta que la embolcallava completament rossegada. A sobre la tauleta hi havia una ampolla mig plena d'aigua putrefacta de la cisterna.

martes, 18 de noviembre de 2014

Relato 34

                                   Enamorado

Enamorado de un torbellino de mujer. A mi pesar. Déjame espacio ―le digo, pero ella no sabe qué significa esto. Tan orgullosa de mí que me lleva a todas partes, me exhibe como un trofeo de caza. Este es mi novio, del que ya os he hablado ―me presenta― Eduardo, bueno, Edi. Entonces yo trato de estar a la altura de sus amistades, y de ser ingenioso y divertido, para complacerla. Cada vez el listón está más alto. En el baile se me aferra como una leona, ella, una niña de apenas dieciséis. Pocos más yo, diecinueve. Me da corte, me lo pone muy fácil. Podría aprovecharme, huele a jazmín, llevarla a un rincón oscuro de la sala, besarnos con la lengua hasta donde nos diera la gana, acariciar nuestros cuerpos bajo la ropa, dar rienda suelta a nuestro amor febril, a nuestro enamoramiento, magrear sin límites nuestra adolescencia hasta el anochecer. 
      Sin embargo, tengo miedo, le digo: Isa por favor, no me atosigues, déjame espacio, dame un respiro, pero ella no sabe qué significa esto. Juro que la amo. En el cine la rodeo con mi brazo, ella me deja hacer, le desato los botones superiores de la blusa, ella deja hacer, la miro y sin mirarme sonríe, con los ojos fijos en la pantalla, veo que en silencio dice: sigue. 
      Sigo, experimentamos, le alcanzo el sostén, la miro, ella a la película, sonríe, no me pone freno, introduzco mis dedos, siento la calidez de su piel desnuda, la miro, ella calla, sonríe atenta a la pantalla, cierra los ojos, se deja llevar por el embrujo del amor, le acaricio el seno, su seno izquierdo, ella se relaja, se hunde en el asiento, me deja hacer. La beso, es tan complaciente, esboza una sonrisa de aprobación, sigo friccionando su seno bajo la ropa, tierno, caliente, convulso, está tan enamorada que me da miedo, estoy tan excitado que me da miedo, tiemblo, me detengo, retiro el brazo, podría haber ido lejos, mucho más, esta mujer torbellino me lo está dando todo y a mí me entra el pánico. 
     Prisioneros del amor, sin espacio, abrumado, demasiado jóvenes, aquel día a la salida del cine la dejé sin una explicación, sin un sencillo lo siento. Como éste.

martes, 11 de noviembre de 2014

Relato 33

                                         Ventanal

Marta descorre la cortina y abre completamente las dos hojas del gran ventanal que da a la calle; en unos segundos ve el trasiego de la gente, el resplandor del sol circulando sobre el capó de los coches y unas ramitas del Plátano de la acera enredadas entre los hierros forjados del balcón; están casi sin hojas ―susurra. El aire otoñal ladea la cortina y mueve algunos paños que cubren provisionales unas telas inacabadas. La humedad de la mañana la reconforta, un baño de frescura que la hace sentir viva; sonríe, cierra los ojos y se concentra en una respiración profunda y lenta para darse ánimos, hoy es un día especial, piensa, y deja ir todo el aire directamente a la calle.
         ―Conviene airear esto, hijo, el olor de los barnices lo impregna todo. Será sólo un momento.
        Marta comparte el Estudio, una sala amplia y luminosa del Ensanche barcelonés presidida por un gran ventanal, con otras dos pintoras que a estas horas no están. Ha decidido  resolver de una vez por todas la incertidumbre que la consume hablando a solas con su hijo Jacobo, con la excusa de hacerle un retrato.
        ―Gracias por posar, hijo ―le dice, afectuosa.
        ―De nada, madre. ―le contesta él, circunspecto.
         Jacobo, que hoy no tiene clase en la Universidad,  intuye que su madre le ha citado esta mañana para hablar de su supuesta adicción con la excusa de hacerle un retrato y se siente intranquilo, pues aunque ella sea una mujer culta, no sabe cómo se lo va a tomar.
        ―¿Te acuerdas ―le dice Marta, sonriendo, mientras le sitúa sobre la silla del siglo XVI con las piernas cruzadas, las manos en el regazo y el rostro hacia el ventanal ―cuando tu padre te regaló aquel paquete de Ducados?―
        ―Sí, ya lo creo― Jacobo deja que su madre le acomode los brazos en la pose apropiada ―fue por mi cumpleaños, el treceavo; queríais que me fumara un piti ante vosotros, ¡el primero! Qué vergüenza. Pero lo hice, aunque tosí, ¡al negro no estaba acostumbrado!― Ambos se rieron sin ganas.
        ―Me pregunto –le dice Marta mientras le alisa el jersey granate ―si aquello no fue una temeridad por parte nuestra.
        ―No, madre, yo ya había fumado antes ―le contesta Jacobo― todos mis colegas lo hacían por entonces.
        Marta no dice nada, se aproxima al ventanal, lo entorna ligeramente, ―Mejor, ¿verdad?―, quiere entrar en el tema de la droga pero no sabe cómo seguir. ―Sí, madre, menos ruido, menos ventolera, mejor así, gracias.
        ―Bien, ahora estás bien, hijo; no te muevas― Pensativa, va hacia el caballete, mirando el suelo, a pasitos, resigue un hilo de luz que rebota sobre las baldosillas modernistas, busca palabras adecuadas. Finalmente recurre a una frase hecha: ―Pero, hijo, ¡el tabaco mata!
        Jacobo con la mirada hacia el ventanal,  el rostro iluminado y montado sobre la silla del siglo XVI  se siente solemne: ―También la monotonía mata, madre.
         Marta deja de sonreír, toma el óleo montado en un bastidor de 61x50 cm., lo encarama sobre el caballete en posición vertical, lo afianza con un par de pinzas,  mira a su hijo de reojo, lo ve bañado en luz anaranjada, ―¿será ángel, será demonio? –se pregunta, silenciosa. El día que decidió ponerse a pintar rompió su monotonía, se acabó su infierno. Pero ahora tiene enfrente un nuevo averno, el de su hijo drogadicto ¿Cómo es posible?
          ―¡Y las drogas, hijo, y las drogas, esas sí que matan!”―exclama, de improviso.
          ―Bueno, eso depende, madre.
          ―¿ Qué quieres decir, Jacobo? ¿ De qué va a depender?
     ―Pues, del tipo que sean, que hay algunas que están aceptadas legalmente como el tabaco y el alcohol que sí que matan y otras que no.
        ―También las hay de prohibidas ―acorta Marta―¿verdad, hijo?
     ―Sí, claro, están las duras como el caballo o las anfetas que también matan, pero las blandas como la maría o las alucinógenas derivadas de vegetales, no, más bien despiertan.
       En ese momento a Marta lo que la despierta es el fuerte olor del aguarrás que sin querer ha derramado con el pie.
    ―¿Despiertan,?―, mientras frota una bayeta en el suelo,―¿Qué despiertan, hijo?
  ―Los ojos internos, madre. Estas drogas blandas son en verdad herramientas para ver más y mejor.
    ―¿Herramientas para ver más y mejor?― Marta rompe sin querer un carboncillo y toma otro, ―¿Eso es lo que te enseñan en Filosofía, hijo?
     ―Son herramientas ya que por sí solas no hacen nada, no acarrean ningún peligro― Jacobo se rasca la nariz con rapidez y prosigue ―únicamente  nos ayudan a relajar nuestro pensar que se ha vuelto obsesivo y a entrar en contacto con el propio fondo oculto.― Y se queda expectante mirando de reojo a su madre, menuda, oculta tras el caballete.
      ―No te muevas, por favor ―le dice, asomándose tras el cuadro ―estoy situando el centro y las proporciones. No sé, hijo, todo eso que dices, se me antoja como muy peligroso.
     ―Si tú misma, madre, lo has dicho infinidad de veces <dentro de uno mismo se encuentra todo el misterio del Universo.> Es exactamente esto.
     Marta le escucha sorprendida. Está esbozando el perfil de la cara de su hijo en las tres divisiones académicas y de repente  se detiene. ―Pero, qué tiene que ver eso con las drogas, hijo?
   ―Todo y nada. A través de las drogas alucinógenas, madre, se puede acceder fácilmente a dimensiones desconocidas de la propia mente.― Jacobo gesticula con los brazos mientras habla, alterando la pose  ―y conocer directamente una realidad muy diferente a la usual, amplifican la percepción sensorial y potencian todos los sentidos, es, madre -Jacobo parece transfigurado- un enorme ventanal como éste― señalando el de la sala ―hacia la luz interior y exterior, hacia ese misterio que tú dices.
       ―No te muevas, por favor –le espeta Marta, mientras le mira por encima de las gafas buscando verificar en su rostro alguna incerteza: ―¿Me estás diciendo, hijo, que tomas drogas alucinógenas?
    Jacobo aprieta los dientes, suda, le tiemblan las piernas sin poder controlarlas <ha llegado el momento>, piensa, se llena los pulmones de aire y como quien dice “agua va”, suelta: ―Sí, madre, las tomo, de hecho sólo una, tomo ácido lisérgico.
      ―¿Tú sabes en dónde te estás metiendo, te das verdaderamente cuenta del peligro que corres, que está en juego tu vida y la de quienes te queremos?― Marta se atrabanca al hablar, está indignada, atolondrada, no se creía lo que le habían dicho, pero ahora constata que sí, que era cierto, que su hijo andaba con malas compañías, que no iba a terminar bien. Nerviosa, agitando el carboncillo, continua: ―No ves que la calle esta llena de drogadictos sin ninguna posibilidad de sobrevivir, que es un callejón sin salida. ¿te das cuenta, hijo, de lo que estas diciendo?
    ―Sí, madre, no hay riesgo, no temas, no es ninguna huída ni refugio, es una experiencia para crecer como ser humano, tomándolas de manera controlada no me crea ningún tipo de adicción y me permiten descubrir a través de esa apertura sensorial un mundo encendido de vida y color por doquier, dentro y fuera de mí, un mundo que desconocía. Te digo, madre, yo las considero eso, herramientas, para abrir mi corazón y ver la totalidad con los ojos del espíritu. Incluso te las recomiendo, Ma.
    ―¿Me las recomiendas, dices? ―exclama Marta, aún convulsa, con el carboncillo colgándole de los dedos como si lo tuviera posando.
        ―Sí, madre, al fin y al cabo tú eres una artista.
        Marta está desconcertada. Ante su hijo se ve aún más menuda, siente la fuerza de sus palabras, le suenan verdaderas, pero es aprensiva, tiene miedo, duda ―¡Ni que hubieran drogas beneficiosas! ―exclama, convulsa, mientras se le acerca.
        ―Pues sí, madre,― Jacobo se incorpora de su silla siglo XVI y continua ―aunque te resulte extraño. En Antropología está demostrado que en el origen de todas las religiones hay siempre el mismo agente desencadenante: una planta alucinógena.
      ―O sea que, según tú, sería prácticamente como un acto religioso.― Ahora, ambos están muy cerca.
     ―Exacto, madre. Sé que te preocupas por mí.― Jacobo la abraza cariñosamente escondiéndola entre sus fuerte brazos, ―pero no temas, Ma, en el grupo controlamos bien.― Marta lo estrecha contra su pecho, confía en él, lleva veintidós años haciéndolo, es un ángel como ella se imaginaba, <¡qué tontería, mira que dudarlo!>, aunque eso sí, un ángel arriesgado. Un rayo de luz los enmarca abrazados a contraluz en medio de la sala. Aún se respira aguarrás.
        ―Hijo, ¿por qué te arriesgas así?
     Jacobo coge de la mano a su madre y le muestra el gran ventanal:           ―Tengo hambre de saber, no puedo evitarlo, hoy por hoy, Ma, es el único medio que tengo para reconocer la luz que centellea fuera de la caverna.― Jacobo hace una pausa, señala su pecho y continua: ―Puedo acceder aquí, donde nacen mis emociones y reacciones, y aprender a dirigir mi vida con  mayor conciencia.
        ―Fuera de la caverna, dices, ¿cómo el prisionero de Platón?
        ―Sí, madre, la prisión del inconsciente, es la misma prisión.
    ―Qué cosas dices, hijo. Vayámonos a casa.― Marta corre la cortina, llenando el Estudio de penumbra, ―el cuadro lo continuaremos otro día ¡Prometido!
         Mientras se van, ella le comenta: ―Sabes, creo que a mí también puede irme bien descansar un rato de la mente ¿Cuándo puedo probar ese alucine, hijo?

martes, 4 de noviembre de 2014

Relato 32

                                     Ciclamen

"Quédate, por favor, Ana, quédate, no me abandones esta noche, no me dejes ahora con nuestro bebito. Cómo voy a poder avanzar solo, por favor, Ana, esta noche no. Y me puse a llorar destilando rocío a horcajadas, ahí, medio tumbado en el suelo de la terraza, junto al desagüe, por donde gustoso me hubiera escabullido. Por favor, Ana, no nos abandones, que sólo tiene ocho meses."
        Padre escribe de todo, cada día, cada noche, alegrías y zozobras. Aún le veo sentado en el despacho a la luz del flexo con la cabeza ladeada en la mano izquierda mirando el bloc con espirales arriba, de hojas en blanco y escribiendo veloz, ensimismado, con su boli azul, siempre uno de azul.
        Al día siguiente, el once de agosto de 1982, anota: A pesar de mis súplicas Ana se fue anoche, se fue, maldita sea, con aquel holandés errante. Cogió la maleta, dio un trompazo a la puerta y salió para siempre de nuestras vidas dejando la llave en la mesa. Qué va a ser de nosotros, Dios mío, qué voy a hacer yo. Del cielo oscuro cayeron lágrimas de San Lorenzo, lloro y escribo, escribo y lloro.
        Y se conoce que sí, que padre lloró, todas las páginas restantes del bloc están abarquilladas. En la del treinta y uno de agosto señala: mi peque empieza a gatear, me reconforta. Sigo hundido, me duele la cabeza todo el tiempo, navego entre tinieblas. Mañana vuelvo al curro, hasta puede irme bien.
        Su pequeñín ha crecido, treinta y dos años, no conozco a madre ni la recuerdo. Padre borró todo rastro de Ana, eliminó toda fotografía, no trajo mujer alguna a casa y me educó solo y con canguros lo mejor que pudo.
        Ayer, dos de noviembre de 2014, fui a verle, a Collserola, nicho 381. Le llevé su planta favorita: un ciclamen púrpura. Según él, es un bulbo poderoso, el bulbo que renace siempre del abatimiento.

        Le dije: gracias, padre, gracias por haberme elegido.   

martes, 28 de octubre de 2014

Relato 31


                                          Abandono

Lloriqueaba y emitía gemidos lastimosos. El sol estaba en lo alto y la poca gente que transitaba iba distraída o escuchando música con los auriculares y no le prestaba atención. Yo estaba de vigilante armado en la entrada principal de las atarazanas de Cádiz, frente a la alameda de Apodaca. Iba uniformado y no podía moverme del puesto de guardia. Parecía un gato herido, aunque había algo de humano en los berridos y procedían de unos matorrales de la misma alameda, bajo una exuberante palmera canaria. A veces callaba y entonces me tranquilizaba. El sudor me caía por las sienes y el casco reluciente con un remate en forma de flor de Lis me estaba torturando y matando. Como los quejidos proseguían avisé al capitán de guardia, quien con un pequeño grupo de soldados se acercó al lugar. Les vi hablar y gesticular de pie tras el matorral y uno de ellos alzó los brazos y me gritó:
             —Es un bebé mulato.
             Y añadió:
             —Parece abandonado.
          Levantaron con cuidado un bulto oscuro medio envuelto en un chal que  percibí en la distancia de color blanco algo manchado en sangre.
             —Aún tiene el cordón umbilical— gritó el mismo de antes —y  en la espalda una pedurría azulada.

         Con delicadeza el capitán tomó al bebé en brazos, quien se calmó al sentir la calidez del cuerpo que lo acogía, y sonriendo le vi iniciar el regreso al puesto. Entonces sucedió algo horrible, en décimas de segundo, capté un fugaz destello que el sol iluminó, algo brillante en el saco del bebé, algo parecido a un chispazo. Entonces explotó. Se produjo una fogonazo enorme, la palmera se tronchó, todo se lleno de humareda y de olor a pólvora, donde antes estaban mis compañeros de armas ahora sólo entreveía un socavón de órdago, todo se fue, absolutamente todo al carajo en un instante. Trozos de metralla y de carne despedazada salieron esparcidas por todas partes, impactando y destruyendo todo lo que encontraban a su paso. 
         Fue espantoso, no lo podré olvidar nunca, ni reaccionar pude. Gracias al casco salvé la vida.  

martes, 21 de octubre de 2014

Relato 30


                                            Pirgüin

Cochín le lamía la cara, se apartaba, miraba y volvía a lamérsela, se retiraba, ladraba, gruñía, meneaba la cola de un lado a otro, se le acercaba y de nuevo rebanaba con la lengua el rostro inerte de su amo, pero éste no respondía a sus carantoñas ni a sus desesperos. El hombre se había desplomado hacia un rato en la cabaña, completamente abotagado por una comida excesiva o en mal estado. Cochín no se había encontrado nunca con una situación semejante; ambos estaban muy lejos de la civilización, aislados en medio del pastizal, junto al río Lirios, en la alta montaña astur. 
    Cochín estaba en dificultades, su dueño medio reclinado en el suelo de la choza echando espuma por la boca y afuera un rebaño de casi un centenar de ovejas, que había que cuidar y sin nadie para dirigirlas. Se acercaba a su amo, ladraba en su oreja libre, la relamía, y a veces desesperado gruñía y le rodeaba, olisqueando en su derredor como si buscara algo para levantarlo. De vez en cuando chupaba sus babas, rozaba su cuerpo con las patas traseras como invitándole a despertarle, saltaba el bastón de un lado a otro, pero el viejo pastor continuaba en el suelo, yerto, aparentemente muerto. 
     Cochín no sabía qué hacer: si seguir allí, junto a su amo como fiel servidor intentando reanimarle o por el contrario, dejarlo,  salir afuera y organizar por sí solo el cerramiento de las ovejas en el aprisco. Cada noche lo hacía, pero llevar a cabo sin guía semejante acción era demasiado peligroso, —le parecía— pues habían cerros cortantes y despeñaderos que salvar hasta alcanzar la zona de protección. Además estaba lloviendo, sentía que no podía demorar su decisión y oscurecía. Cochín estaba en dificultades. Los lobos merodean las zonas abiertas y las ovejas estarían sin ninguna posibilidad pues los lobos matan para comer y también por el gusto de matar. Una manada de lobos acabaría con el rebaño en pocas horas y todo se habría terminado. Cochín tomó una decisión heroica: huir (o irse para pedir ayuda, pues eso nunca lo sabremos).
        Al cabo de unas semanas la guardia civil subió al monte ante la denuncia del ganadero y se encontró con una mortandad inesperada: extendidos por el altiplano estaban todas las ovejas muertas, algunas descuartizadas, y una piara entera de lobos desperdigados a su alrededor también muertos. Todos estaban con las bocas abiertas, con muestras evidentes de sufrimiento y de haber expulsado agónicas babazas. Cochín yacía cerca del camino, se distinguía bien su pelaje gris, pero sus  vísceras casi putrefactas estaban siendo devoradas por cantidad ingente de gusanos gruesos y blancos, que ya terminaban. En cuanto al viejo Casto seguía reclinado en el suelo de la cabaña, junto al cayado, pero sólo le encontraron sus huesos descompuestos.
         Estudios forenses posteriores determinaron que la causa común de la muerte de todos los animales había sido la contaminación del río Lirios por un agente patógeno extraño llamado Pirgüin, algo aún insólito en Astur. 
         La plaga sigue extendiéndose por otras comunidades autónomas sin que por el momento nos puedan detener.

martes, 14 de octubre de 2014

Relato 29

                                       Desmemoriat

—Sí, digui’m? Sí. /.../ —Ah!, ets tu, fill, no t'havia reconegut. Te'ns la veu enrogallada, oi? Què estàs refredat? /.../ —Ah, que truques des del mòbil  i, és clar, se sent diferent. Vaja! Doncs, jo sí que estic constipat, tot el dia amb el moc penjant del nas, des  que em vaig vacunar. /.../ —Que és només per la grip? Home, ja ho sé, vaig seguir a ta mare. Sempre la segueixo, ja saps. Ella es va vacunar i jo també. De fet la porto seguint des que ens vàrem conèixer als catorce anys i ara n'hi tinc vuitanta no sé quants./.../ Com? /.../—Sí, això mateix, vuitanta i quatre, així que calcula tota una vida al seu darrera. Quant de temps sense saber de tu, m'alegro de sentir-te! /.../—Què vas trucar ahir i abans d'ahir?/.../ —I que vas parlar amb mi? /.../ —Noi, no ho sé, tinc tantes coses al cap que sembla un timbal i me n'oblido. Què et contes de nou? /.../ —Ah, sí!, aquest matí, és veritat, a l'hospital de sant Pau, m'han fet despullar, només duia els calçotets i una bata verda a sobre, i també m'han fet firmar un paper conforme acceptava posar-me dintre d'aquella màquina. Jo no volia, però com ta mare ha insistit./.../ —Sí, tots els ferros: els ponts de la boca, les ulleres i l'anell. M'he descuidat de dir-les allò de la pròtesi del fèmur, però com només volien veurem el cervell, no ha passat res, suposo /.../ —Home, una mica d'angoixa sí que la he sentida, això d'haver d'estar-se quiet estirat en aquell llit més de mitja hora, és emprenyador. /.../ —Sí, disposava d'un botó a la ma dreta per si em sentia malament, però ja saps com sóc de dur, si és el que toca, doncs, endavant./.../ —Un soroll, sí, un soroll continuo, com si anessin passant llesques de pa pel meu davant./.../—No, cap molèstia, només la incomoditat d'haver d'estar dintre d'aquell artefacte tanta estona./.../ —A mitges, de vegades amb els ulls oberts i també de tant en tant els tancava./.../ —Pensava, pensava en aquella mena de taüt blanc on em trobava, tancat del món, i que jo veia com un avís del que m'espera a no trigar gaire./.../ —Sí, tu ja pots dir el que vulguis, però els anys passen i sobretot pesen. A la teva edat jo encara no havia reformat la botiga ni coneixia Nova York ni Canadà. Mira, ja sé que és impossible, però ja m'agradaria veure't per un foradet, quan tinguis vuitanta i quatre anys. Tu ets molt jove encara i no saps que és tenir la meva edat./.../ —Els resultats?, ah!, espera un moment. Dona!, quan estaran les proves d'aquest matí? Sergi, ta mare diu que el proper dimarts tretze a les nou del matí hem d'estar allí. /.../ —Home, sí, si ens pots  acompanyar molt millor. Saps què passa, fill? Què se m'oblida tot, no puc fer-li res més, ta mare es posa negra, sembla ser que sempre li estic preguntant el mateix i acaba cridant-me i se'n va fotent un cop de porta, “me'n vaig a esboirar-me —diu— ja tornaré”. Té els nervis destrossats, però jo no ho faig expressament, sempre em diu que la estic martiritzant, però no és cert, és ella qui em maltracta a mi fent-me fer coses que no vull. Ja n'estic ben tip, jo només vull descansar al sofà./.../ —Sí, és cert, caminar és necessari, ja ho sé, ja ho sé que ho diu pel meu bé, però és que em canso, em canso, coi! Començo a sentir el doloret del ferro a cada passa que faig i acabo rebentat i fins i tot em costa respirar./.../ —Llegir, dius?, des que m'operaren de cataractes de l'ull de la bala, l’esquerra, ja saps, de quan la guerra, no veig res de prop i quan intento llegir les lletres es fan majúscules i es barregen totes, me marejo i he de deixar-ho. La tele és el que em va millor i de quan en quan em poso alguna pel·li de l'Oest que he vist moltes vegades, però que sovint ja no me'n recordo./.../ —Què, quines veig? Doncs per exemple, jo que sé, Río bravo, Sólo ante el peligro, són dues que no em cansen mai. Gary Cooper m'ha agradat sempre molt, també John Wayne, és clar. Tots són morts, per cert. /.../ —Què m’aniria bé una llibreteta? Ta mare no ho sap, però se m'està oblidant escriure. No li diguis, sobretot no li diguis, que encara s'emprenyaria més./.../ —Sí, ara n'hi prenem quatre al dia, em doblat la dosi, ta mare ho fa i jo també, com dius què és diu? /.../ —Ginkgo!, no havia sentit mai aquesta paraula en la meva vida. És dramàtic això, perdo la memòria i el més fotut és que me n'estic adonant, jo que era el rei de la fórmula, que les tenia totes al cap, em deien Lluís, el Kings Loren!, i pam!, tant de sucre, tant de farina, tant d'ous. Lluís, el Plum Cake!, tant de rovells, tant de mantega, tant de farina. Lluís, el Sàcher!, tant de xocolata, tant de sucre, tant de llevat./.../ —Sí, l'esperit jove, no em facis riure!, això no fa res quan un se sent vell i cansat. És cruel la vida, aparenta donar-t'ho tot, et fots uns farts de treballar i després veus que no ha estat més que una efímera il·lusió./.../ —No, si no em poso trist, sóc realista, sempre ho he estat, tu no saps que es tenir vuitanta i quatre anys, no ho pots comprendre. Quan arribis, si hi arribis, i que Déu vulgui, cas que existeixi en algun lloc, m'entendràs./.../ —Ja ho fem, sí, agafadets de la ma com una parella de vells, el que som, fill, el que som, però encara enamorats i només pels carrers propers de casa i quan fa bo, que aquest hivern està sent molt fred./.../ —Això mateix, doncs, fins dimarts tretze. Ja saps que en “martes y trece ni te cases ni te embarques.” /.../ —Sí, ja tens ben be raó, jo estic casat i embarcat i saps cap on, oi? /.../ —No, cap a Itaca!, on sinó. /.../—Gràcies per trucar i fes-ho més sovint que nosaltres som uns vellets, saps?, uns vellets. /.../ —Sí, jo també t'estimo, t'estimem, m’apunta ta mare, adéu, Sergi, adéu i gràcies.