martes, 25 de agosto de 2015

Relato 74

                                        Árbitros

Hablaban de fútbol, los de la mesa del lado. Eran tres hombres. El tres es un número excelente en una tertulia pues siempre hay dos que se ponen de acuerdo en contra del otro. En este caso no, en este caso el consenso era completo, los tres coincidían con ligeros matices en que los árbitros son unos mequetrefes. Llevaba un rato sentado, había acabado el segundo repaso al periódico, resuelto los crucigramas y los tres sudokus y como la conversación del lado se estaba animando pedí otra clara, en jarra.
         ―Se creen los amos del terreno de juego, hacen lo que les da la gana y aunque se equivoquen jamás rectifican. Se creen por encima del bien y del mal, como si fueran imparciales, ¿tú, te crees?, imparciales esos tíos, cuando les tiran los colores de su equipo más que a un hincha y yo creo que hasta llegan al extremo del odio o de envidiar a algún jugador. Basta con que éste haga o diga algo que se le antoja negativo para que le expulse con la tarjeta roja.  
         Hablaban del Barça, de un partido reciente, la final de una copa con el Bilbao y que el Barça perdió o el Bilbao ganó, según quien lo dijera. Al parecer el árbitro expulsó a un defensa central  de modo exagerado y arbitrario y que ese atropello sucedió en un momento clave del partido y fue decisivo para la derrota de su equipo. Aducían que el árbitro tenía y tiene manía a este jugador, un tal Piqué, y que actuó vengativamente con alevosía y rencor, abusando de galones, -hacía gestos tocándose los hombros- pues ya se las había tenido con este jugador unos años atrás. Dos eran seguidores apasionados del Barcelona, mientras que el otro era más del Bilbao.
         ―Que mequetrefes ni ocho cuartos, son unos maricones, de tanto llevar el pito en la boca todo se pega, eso es lo que son: unos maricones. No me gusta insultar pero alguien ha de cargar con mi malhumor―sentenció el más fervoroso de ellos, y se bebió el resto de su cerveza de un largo trago, riéndose ostentosamente luego.
         Debo ser de los pocos hombres a los que el fútbol no nos dice nada, lo reconozco. Me pasa, como a algunas mujeres, que aún nos cuesta entender los fueras de juego. Si está fuera, ¿cómo puede seguir jugando? Un galimatías. El deporte que más me gusta es montar crucigramas y el ajedrez, aunque puede que no se considere deporte a esas actividades, solamente juegos, no sé.
         ―Hoy en día carece de sentido que unos cuantos tipos vestidos de negro decidan jugadas complicadas, porque el error es humano y siempre posible. No tiene sentido con la tecnología actual, con todas las cámaras siguiendo el juego. ¿Acaso no sería mucho mejor recurrir al arbitrio de un grupo de expertos que estuvieran ante una pantalla y pudiera resolver los lances complicados, en vez de dejarlo todo a la decisión de una sola persona? Éste no puede ni debería poder asumir tal responsabilidad, en según qué partidos, obviamente. ¿No os parece más lógico y moderno, más razonable? Seguro que habría mucho menos debate, seguro ―enfatizó― pero eso en realidad no interesa a nadie, ya lo veis, interesa crear corrientes de opinión, que haya discusiones de café entre amigos, como ahora mismo nosotros, ¿no creéis? En diciendo esto el partidario del Bilbao se ajustó las gafas, estiró el brazo y ensartó con el palillo las últimas aceitunas de la cazoleta del centro de la mesita de mármol.
         ―Lo que pasa es que se ponen calientes y los jugadores –no olvidemos que son unos profesionales- dicen o hacen cosas que bien podrían evitarlas. Son finales, más que partidos y los nervios van a flor de piel y eso los árbitros deberían tenerlo en cuenta, -ellos también están en tensión permanente, el reto les supera-  y yo creo que deberían recurrir más a la advertencia o a la amarilla que a la dura sanción de la expulsión. Es evidente que cuando los árbitros toman la decisión de expulsar del terreno de juego a un jugador sin una razón bien meditada desequilibran arrogantemente las fuerzas de un equipo en beneficio del otro, lesionando el corazón, el estado de ánimo y la emotividad de sus seguidores, además del resultado del encuentro. Tal decisión no se puede dejar en manos subjetivas, hay demasiado riesgo en juego. Hoy en día con la gran difusión del fútbol, con todo el dinero  y fervor que lleva, podrían derivarse reclamaciones por daños y perjuicios a según qué decisiones arbitrales. Además, surgen tirrias particulares, muy humanas, como os decía antes, y a veces no son ni tan inconscientes ni tan inocentes, que hay intereses creados, también en el fútbol, creedme. Detrás de todo este enorme negocio están los colores del equipo predilecto, sí, pero también el afán de protagonismo y el dinero.
         ―Yo creo ―apunta el menos exaltado de los dos del Barça ―que los entrenadores tienen mucho que decir en este asunto, bastaría con recomendar efusivamente a sus jugadores que no protestaran ninguna jugada a los árbitros. Así de sencillo. Por muy injusta que sea, nada de nada, ninguna. Más bien al contrario, felicitarles por todas las decisiones que tomen, por erróneas que sean, no importa, incluso aplaudirlas, mostrarse de acuerdo, eso sí, sin reírse en sus caras, pues aún se molestarían. Podrían tomar esos actos aprobatorios como una ironía o una burla inteligente y ser sancionados con una tarjeta morada.
         Creo que dijo morada, pero no estoy seguro. El caso es que se pusieron todos a reír a mandíbula batiente y se levantaron de un bote, ágilmente, y les vi alejarse brazo sobre brazo como compinches luciendo cada cual en la espalda la camiseta de su equipo amado. Los del Barça invitaban a cenar a los del Bilbao, iban a por sus esposas, creí entender, entre felicitaciones, carcajadas y alirones al flamante y merecido nuevo campeón de la Supercopa 2015.     
                                                 



martes, 18 de agosto de 2015

Relato 73



                                        Fantasmal

 Debe tener más o menos la misma edad que tendría mi hermano Víctor, unos setenta. En invierno suele llevar abrigo marengo con solapas levantadas y guantes de lana azulina. Por primavera, una chaqueta vieja, raída y gris, bolsillos desbocados y las manos dentro. Ahora, en verano, le da por vestir camisas lisas, blancas y con las mangas remangadas. Siempre las mismas gafas de sol, oscuras, haga el tiempo que haga, los mismos pantalones largos, sin dobladillo, barba de días, cabello ralo, desaliñado.
       Anda tieso, con la mirada recta, hacia adelante, lejos, muy lejos. A veces agacha la cabeza, y mira el suelo, en especial cuando viene gente, para evitarla. Nunca saluda, siempre hace el mismo camino y los mismos gestos mecánicamente, incluso cuando se desvía para tirar una pequeña bolsa negra en una papelera del paseo, también entonces se repite. Resulta previsible y eso me llama la atención, lo veo raro, enigmático, verle pasar por delante de mi casa, decaído, con ese ritmo pausado y  ademán cansino, si pudiera verse en una película él mismo, creo, se sorprendería. Vive en el edificio de al lado, igual que el mío, el que compartía con mi hermano, frente al paseo marítimo, y desde hace unos tres años le veo rondar con este aire lánguido cada mañana, hacia las once, por delante del balcón. 
     Parsimonioso, llega a la esquina, se para, mira arriba y abajo y si no hay coches cruza la calle raudo hasta desvanecerse de mi vista. Como una escena ensayada, ya perfecta. Llevo meses preguntándome qué le pasa, a dónde va, el por qué. En más de una ocasión he estado tentado de bajar a preguntarle, pero no, no me atrevo, puede que tema saberlo o que me contagie algo, yo que sé, la soledad o la muerte por ejemplo. No es que me sienta amenazado, me incomoda, me recuerda a Víctor, también él era taciturno y huraño y verle pasar cada día como si fuera un cadáver viviente me produce escalofríos. Es algo instintivo, mi cuerpo se tensa, siente su desprecio, como si pasara de todos y de todo, como si la vida le importara un bledo. Hacia las tres vuelve por el mismo camino, anda a trompicones, esquivando las palmeras del paseo con habilidad, por el mismo sitio, como sonámbulo. De su mano derecha cuelga una bolsa transparente con tres o cuatro cervezas de lata, San Miguel, leo, y lleva además algo alargado envuelto en papel de aluminio, parece un bocadillo. Así cada día. 
     Cuando llega a la altura de su edificio se sienta en el banco que tiene delante, se sienta cuando no está ocupado,(cuando lo está lo hace en el siguiente) y se deja caer pesadamente. Se remueve en el asiento, busca el mejor apoyo, se acomoda en el respaldo, se toma su tiempo, la bolsa entre las piernas, levanta el mentón, eleva ligeramente los hombros, suspira, se ajusta las gafas oscuras, luego otro soplido, más suave, siempre lo mismo y se queda pasmado mirando el mar, más allá de los espigones, con la cara altiva y sus gafas oscuras, hipnotizado por la lejanía, como si inspeccionara el horizonte y se preguntara qué hace ahí él sentado en un banco del paseo, solo, triste y ciego y sin nada más que hacer. 
     Al cabo de unos diez minutos se despierta del trance, se agacha, parece más animado, recoge la bolsa, se pone de pie de un golpe y se da la vuelta. Y se va a su casa, clavada a la mía, zigzagueando, con su abrigo marengo en invierno y su camisa blanca arremangada en verano, pero siempre, siempre con ese aire suyo tan infinitamente fantasmal. 
     Como mi hermano Víctor.

martes, 11 de agosto de 2015

Relato 72



                                Intruso (y 2)

Al día siguiente, sábado, trabajé todo el día, medio zombi, en la tienda de ropa de una cadena muy conocida en Barcelona, ninguna compañera se podía creer lo que me había sucedido con el dichoso murciélago. Imposible ―me decían― entre grandes carcajadas, ―te lo estás inventando. Ojalá hubiera sido una invención mía, ojalá. 
    A la noche llegué a casa otra vez agotada, aquello era un horno, me puse ligera de ropa y tras ducharme repetí la misma operación del día anterior, abrí la puerta de la galería, la del lavabo, la tele, la luz de la lámpara, y en esta ocasión el ventilador recién comprado y sin más me tumbé en el sofá, frente al frescor de las aspas que me daban la ilusión de estar en el polo sur, a pesar que seguía sudando por todos los poros de mi cuerpo. Al poco estaba durmiendo. No transcurrieron ni cinco minutos cuando una sombra pasó por delante de mis ojos cerrados, lo juro, algo volaba muy cerca, algo batía sus alas peludas, algo que se confundía con la monótona vibración del ventilador.       Sabía que el intruso estaba de nuevo allí, el movimiento del aire me había secado el rostro un poco, aunque seguía con las manos húmedas y volví a sentir el mismo estremecimiento de la noche anterior. Me armé de valor, pensé vuelvo a estar en la misma pesadilla, entreabrí los ojos y era verdad, de nuevo, el murciélago, el mismo, mirándome, otra vez, como si fuera parte de su familia, como si quisiera algo de mí. Temblé otra vez, pero no grité, me lo quedé mirando, él seguía ante mí como un ovni, balanceándose hacia un lado y hacia el otro, yo creo que estaba calculando el ángulo para atacarme. Con lentitud me fui escurriendo al suelo, sin dejar de mirarle, y juro que él seguía lo que hacía con sus vidriosos ojos y entonces se me ocurrió hacer algo que seguro que el mamón (es un mamífero, dicen) no se esperaba, ni yo. Di una palmada fuerte, luego otra con mayor brío, el bicho se quedó suspendido en el aire, aturdido, como si le doliera los oídos, ya sé que es una tontería, pero plegaba las alas, tapándose las orejas redondeadas, como si le dolieran de verdad. Aproveché este desconcierto suyo para refugiarme en el lavabo, cerrando la puerta. Sudaba de nuevo. Afuera el ventilador me impedía oír nada más. Presté atención, más, muy concentrada y creí captar el aleteo de un animal que al poco cesaba. Se habrá marchado, pensé, por el mismo sitio que ha entrado sencillamente se ha ido, al fin y al cabo ya conoce el camino, es el mismo de la noche anterior. A todo eso ya eran las doce y veinte de la noche, yo seguía cansada y sin hambre. Esperé un tiempo razonable, como cinco minutos y salí. El ventilador girando a un lado y al otro, la tele en marcha, la lámpara, encendida, nada en el techo, nada en el suelo, todo parecía tranquilo, me fui a la galería y cerré la puerta. Por fin volvía a estar sola. Eso me reconfortó y sonreí, hasta me habían venido ganas de cenar.
     Me estaba preparando un sándwich de jamón y queso, cuando al mirar la pantalla de la lámpara, vi algo oscuro dentro, junto a la bombilla. ¿Os lo podéis creer? Pues, creedlo, me acerqué cautelosa, en mi mano derecha el bocadillo con Parkinson, en la izquierda el cuchillo untado de mantequilla, allí estaba colgado de un alambre del interior de la lámpara, el murciélago, cabeza abajo, durmiendo. Parecía tan indefenso, tan repugnante y al mismo tiempo tan tierno. No sé qué me dio pero en ese momento sentí pena y asco, de existir la palabra sería penasco
    Lo observé con detenimiento, sus alas son muy finas, de piel elástica, van desde la barriga y la espalda hasta las patas y la cola, recubiertas de fibras musculares, conductos sanguíneos bien visibles y nervios. Su pelaje es pardo rojizo con el vientre más pálido. Los dos caninos asomaban amenazantes por el hocico triangular. Por lo demás el animal yacía acurrucado, oscilaba ligeramente como un péndulo y su cuerpecito de apenas unos gramos daba sacudidas, bateaba al ritmo de su corazón, que latía, seguro, a mayor velocidad que el mío. Era un animal asustado, eso es lo que sucedía, tan asustado como yo, un animal que buscaba compañía, un mamífero como yo y como tú, pero mucho más feo, que buscaba refugio en mi casa y entonces ocurrió algo increíble, algo inesperado, una locura: decidí adoptarlo. 
     Abrí la puerta de la galería, corría algo de aire, y me puse a cenar tan a gusto, mirándolo sin pestañear. Le puse Penasco de nombre (él ya se reconoce) y guarda casa cuando salgo y al llegar cansada por la noche, la estancia está limpia de mosquitos, polillas, arañas y de las indeseables hormigas que invadían antes mi cocina. A cambio le permito dormir dentro, en la lámpara, y fuera, en la galería, entre las sábanas blancas colgadas del tendedero. 
     Es un animal atípico: duerme de noche y caza de día. Le he enseñado a defecar en un cubilete gris, su guano es saludable para mis plantas. Cuando está despierto, ya no me espanta verlo voltear por el apartamento. Le doy a beber leche y come carne trinchadita con algo de sangre. Con frecuencia miramos la tele juntos, mientras él revolotea por la pantalla buscando alimento fresco y yo le digo que se aparte que no veo. Una compañía adorable, mi Pipistrellus pipistrellus (así se llama su especie, me he informado) un auténtico y peliagudo mamífero como tú y yo, más o menos. 

martes, 4 de agosto de 2015

Relato 71



                                          Intruso (1)

Sobreviví, sólo que, recordarlo ahora me pone los pelos de punta. Lo que relato a continuación puede que suene increíble, incluso gracioso, pero para mí que vivo sola fue una experiencia dramática e intensa. 
     Sucedió hace unas semanas, el pasado viernes veintiséis de junio del año en curso, 2015, cuando después de una jornada laboral agotadora llegué a casa, un minúsculo apartamento de las afueras de Barcelona que tengo alquilado a un precio demasiado alto. Es un primero y lo tenía todo cerrado, la calor era sofocante, así que abrí todas las puertas habidas y por haber, (fundamentalmente la de la galería, que da a la calle para que corriera algo de aire, que no corría y la del lavabo), encendí la tele y una pequeña lámpara de pie y me dejé caer rendida en el sofá sin ganas ni de cenar. A los pocos segundos estaba dormitando, incluso soñando pues no me explico como vi pasar por delante de mis ojos cerrados la sombra de algo huidizo, un destello fugaz, incluso sentí una corriente de aire. Abrí los ojos y no había nada, la tele seguía con las noticias de siempre, y la calor insoportable, pero me puse en alerta. Volví a cerrarlos y al principio nada, pero al poco de nuevo volví a oír un ruido parecido al aleteo de un pájaro muy próximo a mi rostro, podía notar el movimiento del aire delante de mis ojos, allí había algo o  alguien, alguien que me estaba observando, empecé a sudar de miedo, no me atrevía a abrir los ojos, pensé que tal vez estaba soñando, pero no, el aleteo continuaba, estaba aún más cerca, no sabía qué hacer, casi podía sentir el aliento del intruso soplando en mi nariz, el miedo me paralizaba las manos, me las mojaba, resbalaba en el asiento, no sé cómo me atreví a abrir los ojos, lo hice poco a poco, ¡Dios mío, no me lo podía creer!, no me podía creer lo que tenía delante, mirándome con sus ojitos peludos, batiendo las alas pelosas a toda velocidad, era un murciélago repelente que me estaba observando a punto de atacarme. 
    El grito que salió de mi garganta despertó al vecindario, hasta el mismo bicho empezó a volar asustado por todo el apartamento a media altura, me escurrí al suelo, lo esquivaba andando agachada, manchando las losetas con el sudor de mis manos, parecía una enferma deambulando a cuatro patas, retemblando, la cosa esa volaba a vuelo rasante, buscándome, protegiéndome la cabeza con un trapo huí rápidamente al lavabo, me encerré, horrorizada. Desde el otro lado oía al animal revolotear desesperado buscando una salida sin encontrarla, yo tiritaba, acerté a marcar el número de un amigo, eso a las doce de la noche, no se lo podía creer, me dijo que venía enseguida, seguía oyendo al animal dando tumbos por el otro lado de la puerta hasta que de golpe percibí un ruido seco y se acabó. 
    Me quedé un rato escuchando en el lavabo, no se oía nada, temí estuviera colgado, esperándome al salir en algún lugar, agazapado, esperé un poco más que me pareció suficiente, no se oía nada y me atreví a salir con el albornoz encima de protector. La tele encendida, la lámpara de pie, también, inspeccioné el lugar, todo parecía en orden por el techo pero cuando miré delante de la puerta de la galería, le vi, allí estaba, aturdido en el suelo, en su intento de huida precipitada se había estrellado contra el cristal de la puerta. Me acerqué con precauciones, llevaba una escoba en la mano, no se movía, me aproximé aún más y lo contemplé de cerca, es un bicho asqueroso, con pinchos en las alas y carita de pollo. Fui a por una linterna y le enfoqué el rostro, comprobé que al girar la linterna giraba los ojos, aunque creía que son ciegos, eso hacía. 
     Así que no estaba muerto, pero me hacía asco verlo, siquiera tocarlo, además yo sabía que estos animales transmiten la rabia si te muerden, sólo me faltaría eso después de un día de trabajo tan duro. Me sorprendí a mi misma diciéndome que eso no me estaba pasando, que debía estar en la pesadilla de un sueño, que algo así era imposible, pero no, el murciélago seguía ahí, atolondrado en el mosaico, medio muerto, pero vivo. Debía hacer algo antes que se espabilara, entonces llegó Edu, mi salvador. Lo primero que hizo fue echarse las manos a la cabeza. Lo segundo coger la pala y la escoba y tratar de barrerlo allí mismo. En el tercer intento el animal se despertó o lo que fuera, anduvo un poco por el suelo dando botes sobre sus alas pegajosas hasta alcanzar un plafón de madera que tengo en la galería, entonces reptó por él en un santiamén y se quedo colgado boca abajo al llegar arriba, durmiendo. 
     Sólo quería dormir, el muy murciélago, y eso a las tres y media de la noche. Cerré la puerta de la galería y lo dejamos durmiendo fuera. Naturalmente pude dormir muy poco, ni cuando Edu se fue. Al levantarme por la mañana, el animalillo había desaparecido. Por precaución dejé todo cerrado cuando salí a trabajar. Otra nochecita así no la podría soportar ¿No la podría soportar?   (continuará)

martes, 28 de julio de 2015

Relato 70

                                         Aprenenta


Feia només tres mesos que treballava a la fàbrica de pell i com tota aprenenta es dedicava a la feixuga feina del desgreixatge de la pell de vaca per deixar-la ben neta i apta per la corresponent absorció de l'adob i el tint, segons quina fos la demanda del departament comercial.  De la confecció de les sabates pròpiament dites s'encarregaven les més veteranes, ja que venia sent, fins i tot amb la maquinaria, la tasca més delicada. Eugènia mirava l'altre costat del riu Merder (a Vic), on era la  fàbrica de confecció, amb enveja, perquè sabia que hauria de passar molt de temps abans no se li permetés accedir-hi. La pudor de la pell encara ensangonada era insuportable i li semblava que no s'hi podria acostumar mai a aquella pestilència, i neguitosa fregava i plorava, plorava i fregava sense altre consol que el d'imaginar-se que arribaria un dia que podria treballar com una senyora a l'altre costat del riu Merder i que llavors seria finalment feliç. Amb setze anys i pocs estudis, encara no sabia què era ben bé la felicitat. Sa mare afectada de fibrosis quística no es podia moure de casa i el seu pare fart de la mala astrugància de la família els havia abandonat feia temps.  El seu sou era l'únic que entrava a casa i era molt minso. Rascava i plorava, plorava i rascava i les seves companyes se'n reien al veure-la tant desolada. No feia més que mirar l'altre costat del riu, allà on ella havia de ser feliç, allà on ella era feliç imaginant-se que es trobava allí, fent sabates, netes i brillants envoltada de bona gent i  de la agradosa olor de la cola. Això la reconfortava i li feia oblidar la tristesa que sentia dia sí i dia també. I un matí va veure un  fadrí, el fill de l'amo, que la mirava amb ulls tendres i li feia l'ullet i de seguida va imaginar-se una sala de ball i elegants vestits fins als peus amb sabatetes d'or i que tothom l'admirava ballant en braços del seu amo i amant i es va veure seduïda per aquell xicot altiu i presumit i sobretot ric i va sentir a la boca la seva besada embruixadora amb un cert regust a cola. I, ensomniada, va relliscar de sobte i va caure al llaquim del riu i es va ofegar feliç, perquè, ves per on, no sabia nedar. 

martes, 21 de julio de 2015

Relato 69


                                      Teresa

Me triplicaba la edad. Yo tenía quince y ella cuarenta y cinco. Se llamaba Teresa. Jamás la podré olvidar. Fue mi primera vez. Sucedió en el pueblo, en verano, un quince de agosto de 1969. Era festivo, la Asunción de la madre de Dios. La mayoría de la gente se encontraba en la iglesia. Yo no, estaba de vacaciones escolares. Mis padres me habían enviado a Rubiales del Sereno con mis tíos. Ellos descansaban y yo también. Aquel iba a ser mi último verano en el pueblo. Era media mañana, hacía mucho calor. Llevaba pantalones cortos. Mascaba chicle. Con el papelito hacía bolitas con los dedos que luego deshacía. Me encontraba sentado en unas escaleras, las de la casa de Teresa. Estaba oscuro, estaba fresco. No sé porque estaba allí. Tal vez porque a veces me daba bollos recubiertos de azúcar. Había silencio, no se oían ni las campanas. De vez en cuando el repiqueteo del grifo en el patio empedrado. Estuve bastante tiempo, a solas, a gusto. Me sentía feliz de haber esquivado la misa, de haberme escondido en un lugar seguro. Al rato oí voces fuera. Murmullos que se acercaban. Mujeres (reconocí a mi tía). Despedidas. Tacones que se aproximaban. Teresa era una mujer casada. Su marido, marino mercante, siempre navegando, llevaba barba y fumaba mentolado en pipa. No tenían hijos. El portón que daba al patio se abrió y dejó entrar un ramalazo de luz y calor. Los pasos se acrecentaron. En mis manos el papelito ya se había desmenuzado. Al girar el recodo Teresa me vio. Pero, ¡qué haces aquí Ricardín —me dijo— vaya susto que me has dado! Y se arremolinaba hacia atrás su cabellera morena. Vestía de negro, con falda por debajo de las rodillas y una medias negras con costura. Los zapatos, de charol, de talón alto. La chaqueta, corta, con espejuelo en el ojal. Debajo una camisa fina con adornos florales grisáceos, algo escotada. La cadena de oro con una cruz, discreta. En sus manos la mantellina y un bolso a juego. Sus dedos, nerviosos. Se los llevaba al pecho y sobresaltada decía: ¡Qué me quieres matar o qué! ¡Madre de Dios, qué susto! ¡Pero, qué haces aquí! Y resoplaba y se mecía los cabellos oscuros hacia atrás. De la sorpresa se le humedecieron los ojos, le corría el rímel. Con un pañuelito se los limpiaba delicadamente. Eran unos ojazos afables, vivarachos, cariñosos. Sonreía. Sus labios, rojos.
         —¡Nada!, aquí estoy, fresco, sin nada a hacer, mascando chicle, esperando que vengan los chicos de la calle para jugar.
         —¿Quieres un par de bollos de ayer? Aún están tiernos, ¿sabes?
         ―Vale —le respondí, mientras empezaba a saborear anticipadamente el exquisito gusto del azúcar quemado.
         —¿Subes?
         Me levanté y la dejé pasar. Unos veinte escalones hasta la puerta principal.  Ante mí, su movimiento de cadera, ondulante,  taconeo en la escalera, suave roce de tejidos, las líneas traseras de sus medias de seda y la  fragancia del azahar. Rebusca en el bolso, extrae un llavín, me mira, sonríe, le sonrío, pienso en mis amigos, ya estarán en la calle, me estarán buscando, abre la puerta, entramos.
         ―Espérame aquí —me dice y señala el dormitorio, deja el bolso y la chaqueta en el armario del recibidor y se va corriendo hacia dentro. 
         ―En seguida vengo —añade en voz alta desde el pasillo.
         No había estado nunca en aquella pieza. En la cocina sí, donde guarda los bollos en la alacena. Olía a jabón de lavanda en las mesitas y a esencia de azahar en el marmolillo del aparador. Encima un frasco del perfume con pulverizador de goma con mechones dorados. La cama, de matrimonio, la colcha de punto, impecable. Poca cosa más: un par de sillas de rejilla, un lavamanos antiguo con agua en la jarra y una fotografía ovalada en la pared de Teresa con su marido. El chicle lo enganché  detrás de la foto. Estaba sin gusto. Me acerqué a la ventana que daba a la calle. Tras los visillos pude ver a mis amigos con un balón en la mano. También estaba Finita. “Cuando tenga los bollos bajaré rápido” pensé, “ya me están buscando.”  “¡Cuánto tarda!” Hice gestos para avisarles, pero no se fijaron. Demasiado enfrascados en el juego.
         Pasaron unos minutos, eternos me parecieron. Apareció Teresa con un par de bollos en las manos. Se había cambiado de ropa, una bata ligera le cubría, de color rosa, sujeta con un cinturón del mismo color. Llevaba la cabellera mojada y suelta. Iba descalza.
         ―Hace tanto calor que me duchado —me dijo sonriente y estiró sus brazos hacia mí, ofreciéndome los bollos azucarados medio envueltos en un papel marrón. Al abrir los brazos ahuecó el escote. Los pechos adheridos a la camiseta mojada, enormes. Los pezones, nítidos, abultados. Absorto, me los quedé mirando. ¡Vaya par de bollos!, se me ocurrió pero no dije nada. Su piel, blanca, húmeda, con puntitos brillantes. Sin tacones era de mi estatura. Tomé los bollos azucarados, se me había pasado el hambre.
         ―¡Qué calor! ¿Verdad? —exclamó de repente.  Se me acercó, me estrechó contra ella y me dio un beso en la frente. Encajó mi cabeza entre sus senos. Respirar me costaba. Me refregó en su piel color canela, sentí el calor, el sudor, la ternura, lavanda fresca, el latir de su corazón y hasta el roce de su medalla. Me acariciaba el cabello separando los dedos. Me gustaba. Cerré los ojos. Una de mis manos a un lado para que no se aplastaran los bollos. Mis piernas flaqueaban y mi corazón, acelerándose.
          Ella se  despegaba de vez en cuando de mí, me miraba, sonreía, y decía —¡Ay Ricardín, Ricardín, mira que eres travieso!—, y volvía a abrazarme y a acariciarme el pelo de la nuca. Noté que me crecía algo en la entrepierna, algo muy agradable. Ella también lo percibió. Acercó una de su piernas, estimulándolo. No sabía qué hacer con la mano libre. La apoyé temeroso sobre su espalda. No dijo nada. Apoyé más firmemente. No dijo nada. Empecé a acariciarle por la parte central. No dijo nada. La recorrí lentamente, temeroso. Hacia arriba. Hacia abajo. Estaba húmeda. No dijo nada. Dejé caer los bollos. Añadí mi otra mano. Con ambas la pude ceñir con facilidad. Su talle era delgado. Su piel, caliente, a mi contacto se estremecía. Enredé los dedos en su cabellera larga como si la deshiciera. Teresa me guiaba. Se me separó un poco, empezó a peinar mis cejas revueltas, me llevó una mano a su oreja izquierda, la otra a su cuello blanco, me mostró cómo acariciarla, notaba la tersura de sus senos presionados contra mi cuerpo. Su aliento a berberecho. Abrazados en medio de la sala, sudorosos, a merced de la ligera brisa que levantaba los visillos ¡Ricardo —gritaban de la calle— ,¿dónde estás?, ven que nos falta uno! Pero yo no estaba en condiciones de responder. Ni de hablar.
          Teresa deslizaba sus dedos por mi cara, seguía una ruta alrededor de los ojos, pasando por las orejas resbalando a lo largo de la nariz y exploraba mi boca. La entreabría. Introducía sus dedos, se los mojaba con mi saliva, me hacía cosquillas en la lengua, me humedecía los labios, sonreía, cerraba los ojos, los abría, me miraba, se los ponía en su boca, los chupaba y me los devolvía. Luego me pedía que le hiciera lo mismo. Y tembloroso le dibujaba los labios palpitantes con mis dedos. Reseguía sus contornos, en las comisuras introducía el meñique y le llenaba de saliva el hoyuelo de la barbilla. Y ella no decía nada. Y deslicé mi lengua por su cuello y fui bajando lentamente. Le relamía la piel,  la cadena de oro, el Cristo. Y hasta el blanco de su seno izquierdo, liberado de la camiseta. Y me dijo que continuara, que la besara y le besé la cruz entre la canalera y descubrí su pezón izquierdo, erecto, de aureola oscura, blanco como el azúcar. Al principio apenas rozaba mis labios, ella me dirigía, luego me dijo que mordisqueara suavemente y lo hice. Ella gemía, jadeaba, sudaba, tragaba saliva. Me presionaba la pierna contra el pantalón, restregaba  el bulto, considerable. Seguía frotando. Seguía creciendo. Mordisqueé con más pasión. Estaba muy hinchado, ensalivado, resbaladizo. Me cogió las manos y me las puso en sus nalgas. La tela fina de la bata, un obstáculo. Se la fui levantando. Ella no decía nada. Se estrechó a mí, pude sentir sus pitones enhiestos clavarse sobre mi pecho. Me chupaba la oreja derecha, lo mismo yo con la suya, me hacía cosquillas, le excitaba. Seguí subiendo la bata pliegue a pliegue, liberándola. Cuando puse mis dedos sobre la braguita Teresa echó un largo suspiro. Cuando hice el ademán de introducirlos por debajo ella gimió, lacerando con más fuerza mi oreja. Sentí dolor, también placer. Amasé alternativamente cada glúteo primero por encima, luego por debajo. Al principio suave, luego vigorosamente. Ella se escurría en mis brazos. Me alentaba. Palpé poco a poco, reseguí la grieta, resbalaba. No sabía qué hacer. Yo no había tenido nunca nada así entre mis manos. Instintivamente opté por continuar magreándola. Ella debió captar mi indecisión cuando me espetó: “quítate la camisa”. Y se apartó ligeramente de mí y empezó a desabrocharme los botones uno a uno empezando por el de arriba. Mis manos seguían masajeándole el culo con fruición. La camisa floreada, regalo de mi tía, cayó al suelo. En seguida ella se desató la bata, dejándola de cualquier manera sobre el respaldo de la silla. La camiseta, arrugada, por encima del ombligo, un pecho al aire y el otro apresado, empapada. Las braguitas, negras, muy cortas y mullidas. Sobresalían pelillos por los lados y por arriba. Pelillos negros. Yo esto no lo había visto nunca. Cuando jugaba a médicos con Finita apenas tenía y además casi no se veían, eran rubios. Sonreía, me miraba, yo enrojecía. Ven, Alfredo —dijo— ven, no tengas miedo, y se sentó en la silla ante mí, frente a mis pantalones. Se quitó la camiseta y le saltaron los dos bollos azucarados, altivos, sudorosos. Quise agacharme para sujetárselos, pero  me lo impidió con una mirada complacida. Ella desabrochó el botón del pantalón, que era corto. Le agarré la cabeza. Horadaba los dedos en su melena negra, la erizaba. Frotó por encima notando mi verga erecta. Aquello iba a estallar de un momento a otro. Lo intuía. Pasó los labios por encima del pantalón, dejó ir saliva espesa, amasé sus cabellos con fuerza, noté el calor de su boca, la humedad de su lengua, la intensidad del momento. Ella proseguía relamiendo y con los brazos, estirados, me acariciaba las tetillas. Estaba trastornado, nervioso, excitado, mi corazón bombeaba sangre a mil por hora, parecía que iba a explotar. Pero no. Teresa paró sin mediar palabra. Se puso de pie, me miró dulcemente y me besó en la boca como nunca nadie había hecho antes. Un beso con lengua (de eso me enteré después). Largo, apasionado, impaciente. Me cogió de la mano y me hizo que la siguiera a la cama.
         Tenía un cuerpo impresionante. Sus pechos, enormes, media luna blancos, oscilaban vaporosos, empinados pezones, amenazándome. Su cintura frágil, sinuosa, de piel de seda, sin grietas, arrugas, ni engaños. El vientre redondeado, el ombligo, romboide, hundido. La cadera, fina, proporcionada, con unas nalgas tersas, duras, de color leche, rezumantes. Las piernas, contorneadas, flexibles, rodillas discretas, pies de bailarina. Cuando en el campanario daban un montón de campanadas, las doce, imaginé, ella me espetó: “Ven querido, ven aquí, no pasa nada, confía”. Temblando la seguí.
          Se sentó en el borde de la cama sin quitar la colcha. Abrió las piernas. Se apoyó con los brazos hacia atrás y me ofreció su cuerpo sonriéndome. Besé sus pechos solícitos, los amasé con fuerza, mis manos, se perdieron entre sus pliegues húmedos, lujuriosos. Me dejó hacer. Se incorporó un momento para darme otro beso de lengua en la boca al tiempo que  introducía algunos dedos por mi pantalón semiabierto. Rozó la punta de la verga. Aquello me enloqueció. Creo que le mordí el labio, gritó, retiró la mano, se dejó caer en la cama, rendida, con los brazos tendidos entre la cabellera desordenada. Sus pechos se balanceaban trémulos sobre la carne palpitante, jadeando. Las piernas abiertas, las braguitas negras, mojadas, brillaban. Los pelillos, por todas partes, se arremolinaban. Pelillos ensortijados.  Quítamelas —ordenó. Su voz sonó ronca, profunda, de otro mundo. Obedecí.
         Me arrodillé entre sus muslos. Con la punta de la lengua ensalivaba la parte interna de la entrepierna y paseaba los dedos por el borde de las braguitas retirándolas poco a poco empezando por los lados. Ella no decía nada, se contorsionaba, borboteaba. La mota de pelo era extraordinaria. A medida que descendían emergía una pelambrera oscura que yo nunca había visto antes a ninguna mujer (tampoco hasta ahora). Ni siquiera mi tía tiene tanto. Un día se lo vi. Sin querer entré en el cuarto de baño cuando se duchaba. Me pegó una buena reprimenda. Teresa tenía una pelambre rizada, espesa, pegajosa. Algo único. A medida que iba descubriéndolo crecía mi espanto ¡Aquello era una selva imposible de encontrar nada y estaba tan empapada! Me puse muy nervioso. Entonces me di cuenta. En mi pantalón también había algo mojado. Muy mojado ¡Lo que faltaba! Ella seguía gimiendo. Juntó las piernas, me facilitó la tarea. Bajé sus braguitas hasta el suelo, quitándoselas con los pies. Le dio un impulso tan fuerte que se quedaron colgadas en la cornucopia del retrato. Tapaban la cara del marido. Pensé, mejor así. Volvió a abrir las piernas.  Tomó mi cabeza y sin pudor ni delicadeza alguna me la arrimó a su vello pubiano, encharcado. Me perdí en el bosque, había carne sonrosada envuelta en tupida pelusilla. Hacía ahí dirigió mi cara, presionando. Me apretujó la nariz hacia dentro. No podía respirar. Estaba impregnado de un líquido viscoso, extremadamente oloroso, una mezcla de jugos vaginales, lavanda y transpiración. Levanté  un momento el rostro, inhalé aire. Pero vehemente me ordenó: “sigue, por favor, sigue.” Y añadió: “mete la lengua, métela hasta el fondo.” ¡Qué asco, pensé. Pero accedí.                 
         Y empecé a lamer aquel laberinto jugoso. No paraba de brotar un brebaje, extremadamente denso. La carne, prieta, resbaladiza, mórbida.  Con los labios despejé la zona. Entre el matorral, un agujero inmenso, un túnel, un canal oscuro. Embutí mi lengua, mis dedos. Adentro. Poco. Tuve miedo. Pliegues sanguíneos, espumarajos brillantes, mucosas encendidas, ahogos.  Mi corazón, sin control. Mis pensamientos, ausentes. Sus manos en mi cabeza, estrujándola contra su sexo. Estaba turgente, inflamado, pegajoso. Me condujo hacia el clítoris (entonces no sabía qué era). Fue fácil, sobresalía. Era un botón hinchado. Arriba, dentro de la brecha. Aclaré el espacio con los dedos. Teresa se zarandeaba de un lado a otro de la cama. Respiraba ruidosamente, hipaba, gemía.  Emitía estertores silbantes y se contorsionaba como una posesa. “Sí, así, continua así, sí, sí, ¡oh!, sí, querido” —mascullaba entrecortadamente. Abrió aún más las piernas.
          Mi rostro, todo embadurnado. Rezumaba brebajes lascivos, ansiosa se lamentaba, clamaba, suspiraba. Seguí chupando el botón mágico. Lo introduje en mi boca como antes había hecho ella con los dedos. Eso la enloquecía. Sorbía sus néctares. Me hundí en su madriguera e introduje mi lengua, dedos, boca, daba salivazos. Manaba espuma blancuzca, caliente, olía a berberecho. Retomé el clítoris. Lo repasé con fruición con la lengua, echando babazas. “Acelera” —me mandó. Aceleré. “Más” —insistió, casi rogó piadosamente. Aceleré más y más. Ella se sacudía con violencia. Meneaba las piernas, casi me atrapa la cabeza. Seguí chupando, dejaba caer la baba, bebía. Gritaba de placer, se agitaba enloquecida. Entonces soltó un alarido de ultratumba, algo desconocido para mí. No sabía qué hacer. Proseguí lamiendo con intensidad, pero ella me dijo que aflojara el ritmo, que parara. Estalló de repente con una gran suspiro seguida de un largo silencio y una ostentosa carcajada. “¡Ah Dios mío! —decía sin cesar— Ah, Dios mío qué encanto de niño.” Me apartó la cabeza, entre exclamaciones de júbilo. En el campanario sonó la una. Lo oí dos veces. Estábamos empapados. Yo, desconcertado. Me quedé un instante sentado ante su carne trémula, como derrotado, cansado, tal vez feliz. La observé. Continuaba tendida sobre la cama con los pechos descubiertos, oscilantes, aplastados. Sus pezones había perdido agudeza. Con todo, seguían apuntando al techo. Los brazos, abiertos, descansando. La colcha, manchada, un gran charco de caldo concentrado. En el suelo, borrones húmedos, chorreantes. El sudor me resbalaba por la cabeza y el torso desnudo. Olía fuerte. Apestaba a sexo. Los pantalones impregnados de mi propia corredura. Fue mi primera vez.
         Teresa se incorporó, se me acercó mansa, poco a poco y me regaló un beso en la frente. Se fijó en mis pantalones y sin decirme nada sonrió, me abrochó el botón suelto, me aproximó a sus pechos abrazándome y me dio otro beso esta vez en la cabeza. “Venga Ricardo que tu tía te estará buscando” —me dijo afectuosamente. Andamos hasta el lavamanos. Ella me restregó la cara y el pecho con una esponja humedecida en agua. Seguía sonriendo y sin bragas. Entre el pelaje, unos labios enrojecidos, secretando espuma. Los senos, enormes bollos, le pendían. En su cara, bajo los ojos, bolsas de piel arrugada. Su mirada, tierna. Me sequé con una toalla, junto a la ventana. En la calle, nadie. Ni Finita. El sol, demasiado intenso. ¡Ricardín! —Oí a mi tía llamarme a gritos— ¡A comer!, y luego más bajito —¿Dónde estará este crío?—

         Jamás lo supo. Esta es la primera vez que cuento esto a alguien. Tampoco Teresa dijo ni pío. De hecho al día siguiente actuó como si entre nosotros no hubiera pasado nada. Una cosa sí cambió. Desde este quince de agosto de 1969 siempre me llamó Ricardo. Algo más: ya no hubo más bollos para mí, de ningún tipo. Por desgracia.                      

martes, 14 de julio de 2015

Relato 68

                                          No
       
        ―Pelotón, ¡apunten!
        ―A mí, no, coño, al tipo del paredón.
        ―Pelotón, ¡descansen!
        ―Sargento, averigüe qué le pasa al pelotón.
        ―Sí, mi capitán.
        ―Pelotón, atención, ¡levanten armas!, ¡apunten al reo!
        ―Al reo, narices, ¿qué os pasa?, que no veis donde está el enemigo.
        ―Preferiríamos no hacerlo, nuestro sargento.
        ―¿Qué narices significa esto? ¿Os negáis?
        ―No, sólo que preferiríamos no hacerlo, que lo haga otro.
        ―Desobedecéis la orden de un superior, ¿es esto lo que pretendéis? ¿Entrar en rebeldía? Las órdenes no se discuten en el estamento militar y aún menos en tiempos de guerra, hay una jerarquía que hay que respetar. Desde cuando la tropa piensa. Por última vez, apunten al reo o yo mismo le dispararé.
        ―Hágalo Ud. si así lo desea, nosotros preferimos no hacerlo.
        ―Os vais a complicar la vida por una muerte ajustada a derecho por un juez ecuánime y legal que ni os va ni os viene. Atención, pelotón, apunten al reo. Estamos en guerra, ¡narices!, os lo recuerdo, no estamos en el patio de una escuela...
        ―Arréstelos, sargento, serán juzgados por desacato a la autoridad, sentenciados por un tribunal militar y condenados a morir fusilados. Llame a Gálvez, en la cantina, que forme otro pelotón de ajusticiamiento.
        ―Sí, mi capitán.
        ―Llévese a esta pandilla de payasos al calabozo.
        ―Sí, mi capitán. A marcha ligera, ¡ar!
        ―Atención, pelotón, ¡formen!, ¡firmes!, armas al hombro, apunten al reo.
        ―Al reo, cojones, al reo, a mí, no.
        ―Preferiríamos no hacerlo, teniente Gálvez.
        ―Yo mismo os pasaré por las armas, uno a uno, si no obedecéis mis órdenes, cojones. ¡Apunten al reo!   
        ―No, teniente, ya va siendo hora que digamos no a las órdenes de violencia. Si lo quiere matar hágalo Ud. mismo, nosotros preferimos no hacerlo, le decimos que no, que no vamos a obedecer más órdenes que vayan en contra de la vida. Ese muchacho que hay ahí no nos ha hecho nada para que tengamos que segarle la vida de un tiro, no nos comprometa en ese asesinato.
        ―Esto es desobediencia a mi autoridad, cojones y por mis santos cojones seréis juzgados y condenados con todo el peso de la ley castrense.
        ―Decimos no a la crueldad de las guerras, no a los ejércitos, no a las armas, no a las muertes, no a que dispongan de nuestras vidas como si fuéramos peleles. Ese que hay ahí, no es nuestro enemigo, es uno como Ud. o uno como nosotros que vive y respira, no es un enemigo, es una persona, un ser vivo.
        ―Malditos cobardes, yo mismo os clavaré un tiro a la sien, por mis santos cojones.
         ―Preferiríamos que no lo hiciera, teniente, ¿va a cargar su conciencia  con nuestras muertes sólo porque se lo manda el capitán?, ¿prefiere obedecer una orden que respetar la vida ajena? La vida es un derecho fundamental, no una mercancía de libre uso, la guerra es un error histórico, algo en extinción en el siglo XXI, el símbolo del fracaso de la civilización, un recurso al que nunca debe acogerse una sociedad progresista. A quién le guste montar guerras que se encargue de guerrearlas, ¡qué pocas habrían!, pero que no comprometa al pueblo, no a nosotros. Si es eso lo que desea, teniente, dispare, aquí le esperamos, allá Ud. con su conciencia. Será condenado a vivir cargando con la muerte de unos inocentes por toda la eternidad, condenado a vivir manchado.   
        ―Teniente, detenga a esta banda de cobardes y terminemos de una puta vez, coño, dispárele Ud. al maldito reo.
        ―Preferiría no hacerlo, mi capitán.
        ―Pasaré aviso al comandante.
        ―Detenga a todo insubordinado que se niegue a obedecer sus órdenes, capitán, que no cunda el ejemplo, estaríamos perdidos, toda la estructuras jerárquicas se vendrían abajo, sería el desbarajuste general, la anarquía, eso no se puede consentir. Acabemos de una vez, dispárele Ud. al reo, es una orden.
        ―Preferería no hacerlo, mi comandante.
        ―¿Se niega Ud. capitán, se le ha inoculado el miedo?, maldito sea. Será degradado y juzgado severamente por su rebeldía, voy a informar al general.
        ―Se niegan, mi general, se niegan a cumplir mis órdenes.
        ―Al calabozo con todos ellos, un consejo de guerra ejemplar les condenará y servirá de escarmiento.
        ―Sí, mi general, pero qué pelotón se encargará de cumplir la sentencia si todos se niegan, ¿quién va hacer el trabajo sucio si la tropa se niega?
        ―Formaremos uno de sicarios o de mercenarios, siempre hay gente dispuesta a matar por dinero, en eso no va a haber ningún problema.
        ―Y si se niegan, como hace la tropa, ¿quién pondrá el cascabel al gato?       
        ―Consultaré con el Estado mayor, y con el ministro de la guerra. Eso debe cortarse de raíz, ¡recórcholis!, de cundir el ejemplo, el pánico se extendería entre las naciones, sería nuestra perdición y la perdición de la patria. Es un asunto de emergencia nacional, comandante, algo muy grave.
        ―Sí, mi general, y un atentado a la jerarquía militar, la fisura de una estructura firmemente consolidada por los ejércitos de todo el mundo y de todos los tiempos. Sería el caos, el fin de la civilización y el nuestro.
        ―Exacto, comandante, no vamos a consentir que un puñado de desgraciados pacifistas acaben con nuestros juegos de guerra que tanto nos divierten y sufrimiento les causa, guerras que por otra parte no queremos, que nos imponen, organizan y declaran los políticos en defensa de los países en donde nosotros, los militares, cumplimos sus órdenes a rajatabla, con la mayor eficacia, buscando causar el máximo número de bajas con el mínimo gasto posible, entre las tropas enemigas, donde quienes mueren son los otros, anónimos desconocidos y, nosotros, quienes les mandamos a la muerte.
        ―Sí, mi general, si desafían la jerarquía militar, si nos pierden el miedo, será la hecatombe, quedaremos cuatro gatos y el cabo. Todo nuestro sistema se fundamenta en la obediencia ciega. Tendríamos que desmontar el cotarro, sería el fin de los privilegios de clase, la incertidumbre, algo intolerable.  
        ―Me temo que sí, mano dura, no podemos consentirlo, ahora bajo con la ametralladora. Que se enteren de quien manda, ¡recórcholis!
        ―Así se habla, mi general, así se habla.
           ―Mientras tanto, dé la orden que el reo se dispare, para ir avanzando.

        ―Sí, mi general, a sus órdenes.