martes, 27 de octubre de 2015

Relato 83

                                       Carlos ...

Sabes bien, Xavi, que yo no tenía ganas de casarme con Rosa, fue ella quien tenía más ilusión y quien tiraba del carro y quien se encargó de buscar piso y los preparativos de la boda y todo esto; yo me dejaba llevar, le dejaba hacer, no en balde llevábamos siete años saliendo juntos y el matrimonio parecía ser el proceso que culminaba nuestra relación, era ella quien quería casarse y además casarse por la iglesia, era casi una imposición de su familia, ya sabes, muy beata, a mí, como te pasa a ti, me daba absolutamente igual, me daba igual casarme que no o hacerlo de una manera o de otra, pero también creía que había que querer mucho a una persona para casarse con ella y yo francamente no estaba nada seguro de quererla tanto, de hecho creo que no la quería bastante pero me dejé llevar, seguí lo que ella decía más que nada por no decepcionarla; Rosa, tú la conoces, es una buena chica, algo dominante pero muy voluntariosa, sus padres están mucho de ella, claro que al ser la mayor es la más responsable y todo esto... Y yo también me llevaba bien con ellos, ya sabes que yo no conocí a mis padres, me abandonó mi madre en un hospicio, nunca he sabido quienes son mis padres verdaderos, crecí en adopción, no te creas todo esto influyó en mi carácter y necesitaba un cariño familiar y Rosa me quería y yo también la quería, a  mi modo; como te digo, seguramente no lo bastante para casarme con ella, el compromiso me venía grande entonces, de hecho me ha venido siempre grande, pero bueno así estaban las cosas y nos casamos, era lo que tocaba.

        Entonces pasó lo que me temía, en casa mandaba ella, organizó la vivienda a su antojo, yo para complacerla la acompañaba a todas las tiendas, que si muebles de tal estilo, que si la cubertería de cristal de no sé qué...¡Estaba de ilusionada! Claro que esto duró un par de años o así, ya que pronto me empezó a agobiar con tanta organización y tanta limpieza, pero yo la complacía para satisfacerla, sé que eso le gustaba  y a mí me costaba poco porque cada vez aparecía menos por casa, ya sabes como soy , lo que me gusta la libertad, yo necesitaba y necesito moverme en ambientes diferentes, la variedad es mi fuerte y Rosa era un plato fuerte, sin duda, pero único, y eso no me valía. Gracias a mi profesión de viajante de productos de cosmética, conozco muchas peluquerías y lo que es más importante peluqueras, no veas cómo están; no es por hacerme el guapo que no lo soy, me basta ser atractivo y dejarme querer, tú lo sabes bien, cuando me sale el ramalazo ligón se me pegan como moscas. No puedo evitarlo, no me cuesta nada enrollarme con cualquiera que esté buena y se ponga a tiro, un favor se le puede hacer a cualquiera, ya sabes, todos queremos cariño y yo más, que no lo tuve en la infancia...¿Quieres otro güisqui? Ten sin hielo, este sí que es bueno y no el que tomábamos en la mili, aquel era de garrafa, como no; sabes, amigo mío, fue una suerte que estuviera este apartamento libre en tu bloque, porque así nos podemos ver con mayor frecuencia, necesito vuestro apoyo, el tuyo y el de Marta; yo puedo tener muchas relaciones pero al final lo que cuenta son las viejas amistades, como no. Sé que soy un bala, que no paro en ningún sitio, pero gracias a vosotros no soy una bala perdida; este apartamento ha sido mi refugio, sabiendo que estabais vosotros arriba, no me he sentido tan solo.

        No pienses que estoy a gusto dentro de mi piel, cuantas veces pensé  acabar con todo tirándome del balcón de casa, no te creas; detrás de mi don de gente y de mi aparente seguridad se esconde un niño inmaduro que busca desesperadamente amar y ser amado. Sinceramente fui infiel infinidad de veces a Rosa, a veces tenía relaciones por la mañana con una en Granollers, al mediodía con otra en Sabadell y a media tarde con  una tercera en Cerdanyola... y así varios días por semana... cumpliendo con todas, no te vayas a pensar. No podía evitarlo, me sabía mal por Rosa, ella tan comprensiva: “vale, vale Carlos, tal vez mañana tengas ganas, trabajas mucho.” Rosa se había convertido en mi desconocida madre, demasiado orden, demasiada monotonía, demasiada comprensión. Yo necesitaba y necesito caña, necesito conquistar el mundo y las mujeres, necesito sentirme vivo en cada instante, necesito probarme constantemente, probar mi masculinidad. Es así como lo siento, qué voy a hacerle, Xavi. Seguramente no soy bueno como hombre casado, la fidelidad no tiene sentido para mí, ella quería un hombre para lucirlo en todos los ambientes, que siempre quedara bien, ingenioso, con las palabras adecuadas siempre en la punta de la boca, pero además que le fuera fiel, que limpiara la cocina, pasara la aspiradora y que no fumara. Sabes, me tenía prohibido fumar en casa, tenía que hacerlo a escondidas en el balcón... Poco a poco la relación fue aburriéndome, luego ella se empeño en que “tendríamos que tener un hijo” y yo para sacármela de encima diciéndole que no era todavía buen momento... y así estábamos cuando sucedió lo de las cartas, ya sabes.

        Sé bien que fue una estupidez guardar las cartas de Irene en el cajón de los calzoncillos, demasiado expuesto; tal vez  algo dentro de mí quería provocar la ruptura, no sé. Ella las leyó, dejaban a Rosa de vuelta y media, Irene, tú la conoces,  era una chiquilla de veinte años, que se lo creía todo, y no veas lo que me escribía y lo que aprendía. Yo, con treinta y seis y con experiencia con una jovencita que se abría a la vida, madre mía, y como se abría. Aquella noche me las echó en cara, se puso a llorar desconsoladamente, no lo olvidaré: “qué significa esto, Carlos, qué significa esto.” La abracé como se abraza un témpano de hielo y para calmarla le mentí, le dije que eran historias pasadas, pero cuando me refregó las fechas por la cara, tuve que admitir que tenía un lío con Irene, y que lo nuestro no iba. Lloró con amargura, no puedo soportar ver llorar a una mujer, me suplicó que volviera con ella, me recriminó que la hubiera engañado con lo comprensiva que había sido siempre conmigo, qué le iba a decir a sus padres, en su trabajo, a sus amigos... qué iba a ser de ella.

        Me sentí muy mal, deseé desaparecer, fundirme como lo hacen los bloques de hielo, me desembaracé de ella, empujándola violentamente contra la cama, era la primera vez que lo hacía, estaba rabioso contra mí mismo, contra ella, contra el mundo, antes de hacerle más daño me fui sin decirle nada, me consideraba indigno de vivir a su lado, encendí un cigarrillo, salí dando un portazo,  llorando escaleras abajo alcancé la calle, el aire fresco de la noche  me espabiló, otra vez solo —pensé.          


martes, 20 de octubre de 2015

Relato 82



                            Pesadilla                A la memoria de R. QUENEAU

        — ¿Qué decías del botón, amor? —grita ella desde la cocina donde está calentando leche en un cazo.
        —Que lo he perdido, Leda, esta noche, ha sido horrible, una pesadilla—responde él en voz alta y llorona desde el comedor donde está untando de mantequilla cuatro tostadas. Aún lleva el sombrero de fieltro con cordón marrón.
        — ¿Por un botón?
       —Era del abrigo que me regalaste, son valiosos, de piel repujada, el del pecho, imposible de restituir. El amigo del tipo que siempre está empujando, el pelma que te cae tan bien, el que se parece a mi hermano y me jode todos los asientos ¿te acuerdas?, me lo encuentro en plena plaza de Roma y me dice: eh, usted, veintiséis años ¿verdad? Pues sepa que le falta un botón a su abrigo gris, el del corazón. Y fue decírmelo y empezarme a sangrar.
        —¿A sangrar, amor? —inquiere Leda yendo al comedor con la leche en dos tazas de porcelana vidriada. — ¿A sangrar y en colores? ¿Los viste?
       —Sí, Leda, violetas y rojos, colores bien claros. Luego sin más, el pájaro se mofa de mí y me introduce veloz sus dedos de guadaña por el ojal del abrigo, arrancándome el corazón de un estirón certero. Y mana sangre a borbotones y en technicolor. Y me asusto y pido ayuda. Desamparado, en el centro de la plaza pública, con esa oquedad profunda en mí, carcomiéndome y todo lleno de gente, al mediodía y sin que nadie me oiga o vea, nadie y yo desangrándome.
        —No te quemes, amor.
   —Estas dos tostadas son para ti. Nadie, absolutamente nadie. Increíble. Y yo muriéndome. Y enfrente la estación de San Lázaro, tan concurrida. Nadie.
   —Castañeabas los dientes. Me has despertado. Me ha costado volverme a dormir.
      —He intentado cambiar de sueño, sabe Dios que lo he intentado con todas mis fuerzas, todo inútil. Atrapado en un círculo sin salida. Eso era. El boquete en mis entrañas: un agujero negro, ruin y pestilente. Una alcantarilla que se abre, una tumba, la incertidumbre. Sin poder evitarlo, me moría.
       —Y entonces, ¿qué? Pásame la mermelada, amor.
      —Entonces apareciste tú, Leda, en la cocina con un cazo de leche en el fuego gritándome: ¿Qué decías del botón, amor?

martes, 13 de octubre de 2015

Relato 81

                                    Indecisión

―No puedo más, hijo, me va a estallar la cabeza, estoy segura.
Madre tiene ochenta y ocho años, una sobreviviente de la guerra, terca, de carácter fuerte y poderosa intuición. Mantiene la cabeza despierta, el control de la casa y de padre enfermo con noventa y uno, a rajatabla.  
―Llevas demasiadas cosas, madre, aflójate, libera tensión, permítelo. Acabará sucediendo una desgracia, temo tus presentimientos, te lo digo de verdad, madre, y luego qué, todos a correr.
  ―Hago todo lo que puedo, hijo, he de poder seguir adelante, cuidar a tu padre, atender los pagos, las reparaciones de casa, ir al médico, recetas, cuidarme la tiroides, no quiero importunaros más, mucho hacéis ya, os lo agradezco, disfrutar de la vida ahora que podéis. La vida es una estafa.
Madre se viene ocupando de padre con Alzheimer desde hace cuatro años y por su manera de ser dirige personalmente todos sus movimientos, le hace ir como títere de aquí para allá, y le obliga a hacer por su bien —dice, lo que corresponde en cada momento como si no quisiera aceptar las limitaciones de padre y sobretodo no quiere que nadie de fuera venga a casa a echarle una mano.
—No ves, madre, que estás agotada, con los nervios a punto de reventar, así no puedes seguir.
—Día a día, hijo, así vamos nosotros viviendo, cada día que llega es un día nuevo que agradezco.
—Unas horas a la semana, por favor, madre, una asistenta de geriatría os iría estupendo, padre se acostumbraría a su cara y tú podrías orientarla y guiarla en lo que necesitaras. Sería tiempo ganado al futuro, a mejor no iremos y si te gustara podría más adelante quedarse incluso a vivir con vosotros.
 —Insisto: nadie, no quiero a ningún extraño en casa, te lo pueden robar todo, tú no sabes lo que sucede en el mundo, da miedo. Los cuidadores se vuelven despiadados y crueles, son unos profesionales sin amor. A los viejos no nos quiere nadie, sabes hijo, estorbamos en todas partes.


Ahora toca correr, madre con un ictus en el hospital incapaz de decidir. 

martes, 6 de octubre de 2015

Relato 80


                                                 Llicó

El metro avançava veloç pel soterrani de Barcelona i s'apropava a l'estació de Penitents en direcció a Trinitat vella, on era el final de la línia quatre l'any 2008, moment en el que es refereixen els següents fets. Exactament era mig matí del dimarts quinze de juliol, quan jo em trobava viatjant en aquesta línia de metro (la groga) per qüestions de feina, tenint la meva parada a Valldaura. Recordo bé que a aquelles hores en el vagó on anava havien moltes més dones que homes, dones de mitjana edat, algunes amb nens, i que sovint duien un carret de la compra buit per omplir-lo segurament al mercat de la Vall d'Hebró. Entre els homes la majoria eren persones d'edat i suposava jo que devien d'anar a fer una passejada per la muntanya o més probablement acudien a alguna consulta externa programada de l'Hospital general, situat a la mateixa línia. Sense res concret a fer m'entretenia a veure el moviment de pujada i baixada de la gent del vagó en  les andanes i per distreure'm imaginava quin devia ser el seu destí i quina podia ser sa vida. De seguida em vaig adonar que el més jove dels presents era jo, i això que rondava la trentena.
           Quan el tren es va aturar a Penitents un home gros i barroer, amb molta pudor d'alcohol, va irrompre violentament al vagó on em trobava empenyent de mala manera a una senyora d'uns cincuanta que duia un nen en braços contra una de les finestres. La dona va protestar i el crio es va posar a plorar, però ningú no va fer res. L'home, que era corpulent i duia barba descuidada de feia dies, es va endinsar cap a dintre sense miraments obrint-se pas a cops d'espatlla sense importa-li res ni ningú i avançava obrint els braços i proferint amb veu alta insults, paraules malsonants i amenaçadores contra la gent, qui espantada s'allunyava. De seguida es va quedar sol al mig del vagó com si fos un empestat, i amb la mirada fuetejava a qui s'atrevís a sostenir-se-la. Una anciana li va recriminar la seva desconsideració i ell li va engegar una cop de peu que no li va donar per ben poc. Es va agafar a la barra central i feia ganyotes com si fos una fera tancada i exhibia la seva musculatura, com si volgués fer-nos una demostració de força, enmig d'una gran cridòria. Un home li va dir que respectés les persones grans presents en el vagó i que es callés però ell, esgrimint una gran riallada desafiadora, li va ensenyar una navalla i apropant-se-li amb molta rapidesa li va fer un tall fi al braç dret amb el que el pobre home es protegia el rostre. El borratxo s'havia fet l'amo de la situació i tots teníem por, era ben bé com si ens tingués agafats pel coll.
         Amb tot, jo vaig intentar mantenir la calma. Em sentia per edat amb el compromís de defensar a aquella pobra gent de semblant malfactor. Encara que només feia un any que anava a rebre classes d'aikido, em considerava (il·lús de mi) prou preparat per fer front a una situació d'emergència, i allò ho era. Ben cert que mai m'havia trobat amb una baralla, d'altra banda prohibida en l'aikido al ser una tècnica marcial no d'atac sinó merament defensiva. En aquells moments difícils sentia que devia de fer alguna cosa i alhora em ressonava pel cap les paraules del meu mestre Jordi: “l'aikido es l'art de la reconnexió a través d'un fusionar-s'hi amb l'altre per reconduir l'energia de l'univers, de manera que deixi d'haver enemics i divisions entre l'un i l'altre.” Ja m'hagués agradat saber que hauria fet ell, ja que allí, al meu davant, havia un enemic molt clar que estava a punt d'esbatussar a un ancià que li acabava de mirar segons l'energumen amenaçadorament. Quan tenia el cop de puny alçat se'm va acudir cridar-li: “ep vostè, que s'atreveix amb vells, per què no ho prova amb mi?” I immediatament vaig adoptar la posició de defensa en aikido (*). Això va aturar la seva descàrrega agressiva i vaig endevinar un cert agraïment en la mirada del vell a qui el talús anava a matxucar.
          Havia arribat el meu moment de glòria, el moment de posar en pràctica tota la teoria apresa fins llavors i poder fer alguna cosa de profit per aquella desvalguda gent. Tenia la mirada fixada en la cara d'aquell embriac indecent qui, se'm quedà mirant amb insolència uns segons (li vaig mantenir mig tremolant la mirada desafiant-lo), i de sobte arrencar a córrer contra mi giravoltant els punys pel seu davant com si fos un molinet mentre cridava “al ataque”. Reconec que això em va desconcertar i atemorir un xic, però estava segur que el venceria, és més, que el destrossaria, ja que podria aprofitar el seu propi impuls, com dictaven les lliçons, per reconduir la seva energia al meu favor i esclafar-lo contra la filera de cadires del meu darrera. Aleshores li aplicaria alguna clau d'immobilització i a la propera estació podríem avisar els agents de seguretat que el detindrien, deslliurant-nos del perillós individu. Per enfurrunyar-lo encara més li vaig engegar en veu alta i burlant-me descaradament: “vine, si ets prou valent”. Òbviament, la batalla estava servida.
              Quan l'home es llençava a sobre meu i jo estava a punt d'entomar-lo amb tota la musculatura ben tensada una veu molt poderosa del meu darrera va cridar: “¡aquí!” Ens va sonar com una ordre, causant-nos gran sorpresa, i tant la bestia com jo ens quedàrem estorats i aturarem per uns segons tota acció bel·ligerant “¡Aquí!”, tornà a sonar una veu forta, d'home, des del fons del vagó. I sonava com si algú que havia perdut alguna cosa l'hagués trobat inesperadament i ho estès assenyalant. Es va produir un breu silenci i de nou un “¡Aquí!”, més suau que els anteriors, percebent que l'ordre provenia d'uns seients del darrera meu. Vaig girar-me amb precaució mirant de reüll  per no descuidar la guàrdia i  vaig  veure a un vell assegut qui, amb tota la tranquil·litat del món, es dirigia a l'home violent dient-li: “¡Aquí, vingui aquí!, vingui aquí que parlarem”, i acompanyava la invitació amb un lleuger moviment de mà i un somrís.
           L'alcohòlic s'aturà i deixar de moure els braços agressivament i de mirar-me, per dirigir-se perplex directament al vell, qui assegut semblava afectuós però ben insignificant.
            —Què collons vols tu, vell de merda? —Li soltà molt emprenyat, sense baixar els punys i mirant-me de tant en tant. Com s'havia avançat el tenia al meu abast i amb una simple clau hagués pogut tombar-lo al terra i deixar-lo fora de combat, però vaig fer molt bé d'atendre'm a les regles de l'aikido i de no atacar-lo, perquè el que esdevinguí després va ser per a mi tota una lliçó magistral.
             —Què has estat bevent? —li preguntà el vell amb uns ulls petits i plens d'interès.
           —Vi negre —li respongué fastiguejat— només vi negre. Però, què cony n'has de fer tu, vell de merda, el que jo hagi begut?
          —Vi negre, caram!, això si que és casualitat —li contestà el vell tractant de mantenir un to de veu serè, mentre la suor li feia brillar la calba. Sap vostè? —continuà— a mi també m'encanta el vi negre, de vegades a les tardes faig unes copetes amb la dona, sap?, ella té setanta i set anys, i ens quedem observant des de la terrassa de casa el deambular del la gent atrafegada que torna de treballar o que camina amb els nens agafats de la mà mentre berenen. La vida ens sembla aleshores un riu inacabable de gent amunt i avall, i sempre trobem motius per seguir interessats i ben vius, un amb l'altre, sap?, encara a la nostra edat. S'ha d'anar en compte, però —continuà parlant sense parar i guaitant-lo de tant en tant amb uns ulls cordials que l'estaven radiografiant —amb la qualitat del vi i encara millor —afegir amb un gest significatiu amb la mà —si va acompanyat d'un petit aperitiu.
            —Sí, és clar que és important això del vi —respongué l'home violent visiblement més temperat, però sense desfermar els punys tancats— encara que avui he begut sense que m'importés el tipus de vi i sense menjar res— va admetre.
        —Estic convençut que vostè també té una dona meravellosa amb qui poder compartir una tarda i passar plegats una estona esplèndida compartint una copeta de bon vi —completà l'home vell, mentre li somreia afectuosament.
           —No —respongué l'home corpulent, qui ja havia obert els punys i baixat els braços. — La meva dona va morir fa un any i no tinc ningú al món, ni feina ni lloc on dormir ni menjar i la meva vida és una merda, una completa merda —afegir desconsolant, mentre començava a singlotar.
              —Bon home, vostè està passant un tràngol molt dolent, el comprenc ben bé, sap? Quan era jove la feina estava com ara molt malament i també vaig haver de superar infinitats d'obstacles. Però, vingui, si us plau, vingui aquí al meu costat, asseguis i expliqui-m'ho. —Va concloure el vell, qui amb un gest cordial amb el braç dret el va convidar a seure amb ell.
               No podia donar crèdit al que estava veient, la fera s'havia transformat en un infant que plorava a sobre de l'espatlla d'aquell vell d'aspecte feble i en canvi tot un home savi. Sí, savi, perquè aquella persona m'estava ensenyat que la via de l'amor era un camí més ferm que el que pretenia jo, el de la violència, i que darrera de qualsevol conflicte per estrany que sigui s'amaga una causa oculta, quelcom que fa mal per dintre i que s'allibera al compartir-la. Em vaig adonar que la famosa reconnexió de l'aikido  no era més que actuar amb afecte amb l'altre i que la violència física genera més violència perquè crea separació. Quan vaig girar el cap abans de baixar a la meva parada de Valldaura, l'home que feia una estona estava completament enfurismat es trobava en aquells moments recolzat al costat de l'home gran, mussitant-li en veu baixa unes paraules mesclades amb saliva que em semblaren accelerades. El savi calb, sense dir res ni protestar l'escoltava amb atenció, mentre tendrament li acaronava el cabell brut, canós, encara enganxós i amb ferum d'alcohol.          


(*) posició dempeus i semi inclinat: el peu dret amb la ma dreta pel davant dels esquerres i aquests igual que braç i mà dreta.

martes, 29 de septiembre de 2015

Relato 79

                                                        Quique

                                                
Verano de 1959. Cantos del Ebro, provincia de Zaragoza. El pequeño Enrique disfruta en el pueblo de las vacaciones escolares. Sus padres le dejaron hace unas semanas con la tía Jacinta, regresando a Barcelona. Tiene nueve años, pecas y una novia secreta de ocho. Ambos juegan en la calle al tejo y a saltar la comba. Le encanta ir en bicicleta. Hasta aquel día Enrique era una criatura alegre.
         Tiíta le quiere mucho. Labriega, más bien pobre y arrugada atiende el campo y a sus mayores. Disfruta yendo a misa cada domingo. Su hijo está en el servicio militar y Quique le ayuda en todo. Con frecuencia van en bicicleta a regar el maizal juntos. Aquel día también. Aquel día le dijo que fuese amable con el Jefe de los Regantes, no fueran a escatimarle agua. Quique no sabe qué quiere decir ser amable.
         El Sr. Bernal es el Jefe de los Regantes. Es un hombre influyente en el pueblo. Casado, más bien bajo y de sonrisa perversa. Disfruta desfilando de Centurión romano cada Semana Santa. Aquel día abrió las tres horas de agua para el maizal. Mientras Jacinta regaba, Enrique era amable con el Sr. Bernal. Hubo cuatro horas de agua, pero tiíta nunca quiso saber porqué.


PD: En España uno de cada cinco niños o niñas sufren algún tipo de abuso sexual en  su infancia por parte de su familia o conocidos.

martes, 22 de septiembre de 2015

Relato 78

                                             Proesía

         —Pero, ¿qué dices?, vaya palabreja que se te acaba de ocurrir, proesía, eso no debe estar ni en el diccionario; a ver, déjame ver en este Moliner.... Lo ves “proemio” y luego “proeza”, así que de proesía nada de nada.  ¡Qué no hombre, que no!, que aunque quieras ser escritor no puedes ir inventando palabrejas por ahí, como si fueras, yo que sé,  un Gómez de la Serna. Además, para decir eso que quieres decir ya existe la expresión “prosa poética”, que viene a ser lo mismo que ese engendro de proesía.
         —Dile engendro, vale, te lo admito, pero algún día esa bella palabra estará en todos los diccionarios. ¿No ves que proesía es más breve, que dice más con menos?, y esa concisión es importante para el lenguaje escrito. Mi padre me decía: “Adri, con pocas pero certeras palabras basta”, y citaba a Baltasar Gracián. Lo recuerdo bien pues a mí me hacía mucha gracia lo de Baltasar, me lo imaginaba negro como un rey mago llevando mirra condensada.
         —¿Quieres café o té?
         —Un vasito de vino, si no te importa, Antón.
         —No, si tú con tal de llevar la contraria lo que sea.
         —Oye y añade unos taquitos de jamón.
       ―Vale. Veo que tú defiendes, —le contesta Antonio alzando la voz desde la cocina donde está cortando el jamón— lo que estos físicos actuales que quieren reducir toda teoría a lo más simple.  A eso le llamo yo la enfermedad de la unidad. (y lo dijo con retintín) . Creo que eso viene de Einstein —añadió.
        ―¿Qué va!, —le responde Adrián gritando para que le oyese— no es algo moderno, ¡que va! Acuérdate de Tales cuando situaba el origen de todo en el agua, y eso debía ser por el V antes de Cristo. No, yo creo que es una aspiración humana legítima, reducir todo a lo mínimo.  Unir la Relatividad general con el Universo cuántico a través de la hoy hipotética teoría de las cuerdas responde a una pregunta antigua. Oye, ¿Este jamón es de paletilla?
         —Sí, claro, lo compré ayer en La Bellota.
         En confianza os he de decir...sí, sí a ustedes, amables lectores, que tengo mucha fe en Adrián, vamos, mucha confianza en su intuición. Mirad, hace unos 8 meses, en el verano pasado, en una de esas tardes de chicharrina concentrada en las que el aire no corre ni en la sombra estábamos él y yo, en silencio, sentados bajo un algarrobo en lo alto de un otero desde donde se divisaba la campiña tostada por el sol, como se suele decir, y de improvisto, quitándose el trocito de espiga que mordisqueaba entre los labios para entretenerse espetó: “mañana a la 5 caerá granizo sobre este campo y sobre mi pueblo” y señalaba hacia adelante, más allá del torrente seco. Me quedé de hielo, casi hasta me refrescó su disparate, si me permitís la broma, y nos reímos un buen rato. Nada ni nadie hubiera asegurado jamás algo semejante. Vamos ni los meteorólogos a los que consulté por la tele por si acaso, mientras cenaba. Pero, prestad atención, el caso es que al día siguiente y con precisión taurina, a las cinco de la tarde, tal como abruptamente había pronosticado  mi amigo, se desató el cielo. Se puso de un oscuro gris plomizo y sin mediar trueno alguno empezaron a caer pedregones como estoques que reventaron claraboyas y agujerearon tejados de Uralita, parecido a  una descarga de metralla. Duró poco pero harto suficiente para provocar enormes daños. A eso le llamamos en mi tierra maña caer chuzos de punta. Así que cuidado con las precogniciones de mi amigo aprendiz de escritor, que si él dice que Proesía figurará algún día en los diccionarios o que la teoría de las cuerdas será la gran teoría unificadora (una especie de Dios, me imagino) yo no lo pondría en duda tan en seguida. Los escritores son gente rara, ya sabéis de lo que hablo. Sin ir más lejos ahí está Luis, un amiguete mío y de Adri, y que trabaja de chupatintas en una agencia de seguros a tiempo completo y por la noche casi a hurtadillas o cuando está inspirado según él mismo dice compone poesía breve, una de japonesa, no recuerdo ahora cómo se llama pero Llullo dice que son de 17 sílabas, algo crucial —asegura él.  La atracción a las letras le viene de lejos, de su infancia y a su afición a la sopa de letras. No me refiero a esas que forman parte de  juegos y crucigramas sino a sopa de letras de verdad, de pasta. De pequeño era su plato preferido. Cada mediodía su madre le servía de entrada un platito de sopas de letras. Luisillo se entretenía en ajuntar letras sobre el borde del plato y a formar palabras. Para completar su nombre tenía que buscar las letras correspondientes y luego recortar dos pedacitos de una cualquiera para formar un par de puntitos con que coronar las íes que necesitaba a fin de construirlo. Era y sigue siendo muy meticuloso. También formaba la palabra Amalia, que era la chiquilla que le gustaba entonces y con el tiempo se convirtió en su mujer. Decía que le costaba porque en la sopa habían pocas as. De la misma forma hacia de vez en cuando, recortando muchas eles y alineándolas, corazoncitos. Su madre siempre le regañaba: “otra vez la sopa fría, ¡ay Luisillo, qué haremos de ti!”. Pues eso, oficinista de día y poeta de noche. Una vez, no hace mucho, me leyó varios poemillas suyos, de los que sólo he retenido uno y para que veáis de qué van estas cosas japoneses os recito uno, ahí va: “Desde la playa /constante, incontenible/ el rumor del mar.”  Me quedó grabado porqué hablaba del mar y a nosotros, los de gente de adentro, el mar nos fascina. Me parece que habla de monotonía,  aunque percibo una tensión interna,  no sé. Este sí que era un tipo extraño de pequeño (y de mayor) como Adrián con su afición a escribir proesía de esta. Tal como canta Serrat cada loco con su tema. Yo, en cambio, soy bastante normalillo. Me dedico a pintar.
       —¿Este cuadro es tuyo, Ton?
       —Sí, claro, de Rupit.
       —Me pones más vino, por favor. Oye sabes que esta torrentera parece salirse del cuadro, diría que hasta la puedo oír. ¿Cómo conseguiste este efecto?
       —Muy fácil, le eché un poco de polvo de mármol que combina muy bien con la pintura acrílica.
    — ¿Y esa tormenta?, vaya tormenta que has pintado, me recuerda la del verano pasado, aquella que causó tantos destrozos en las casas de mi pueblo.
    —Sí aquello fue espantoso, pero no, esta me pilló in situ pintando el cuadro junto al torrente. Por fortuna no cayeron chuzos como en aquella.  Se me ha terminado el jamón, Adri,  ¿quieres gruyere?
       —Sí y trae la botella, si no te importa. Ten, toma tú y así nos la acabaremos. Y qué hiciste?
       —Pues nada, ¿qué iba a hacer?, pues seguir pintando, estaba en un momento clave y no podía dejarlo. Cuando arreció me resguardé y dejé el cuadro plano sobre el caballete para que se mojara durante un par de minutos. Ves estos goterones mezclados con el color son de lluvia y realza el efecto del bravo salto del agua, ves aquí y aquí...,y aquí también. Yo creo que le da a la obra un toque especial, a mí me encanta; Sabes cuando aquel día volví empapado al hotel con los trastos de pintar me sentí muy feliz. Es fantástico esto de estar unido a la naturaleza. No sé, fue como si supiera que formaba parte de una unidad más grande.
       —¡Ves, lo acabas de decir, Ton!, seguramente sin querer pero has mencionado el término de unidad.
        —Sí, es cierto pero es una unidad sui generis.
        —No, si al final también tú vas a acabar siendo un minimalista como yo.
       —Bueno Adri, vamos a ver, tanto ir  y venir con la proesía y, ¿no me vas a poner ningún ejemplo?
        —Vale, te citaré un fragmento de mi biografía.
   —¿Tu biografía, no me digas que estás escribiendo tu autobiografía a los 46? Acaso tienes miedo de morirte mañana?
        —Quién sabe, quién puede sabe algo así?
       —Yo diría que mejor que tú nadie con el don este que tienes de prever el tiempo futuro.
        —No te burles, Antón, que eso no se puede programar. Sabes, hay que hacer las cosas cuando se tienen ganas de hacer y sobre todo memoria. Mira mi padre, toda la vida repitiendo las mismas frases reducidas, las mismas anécdotas, las mismas historietas vividas a lo largo de su vida (ahora creo que lo hacía para crear surcos seguros dentro del cerebro para no olvidarse) y ya ves, a sus 84 años  lo ha olvidado todo, incluso lo que acaba de decir u oír y pronto ni su nombre recordará. Más que surcos son precipicios los que han disociado su cerebro en dos. Pobre padre mío, verlo así, con lo que nos ha querido y él que en su profesión era el rey de la fórmula, todos acudían a preguntarle, era un portento, se acordaba del vademécum entero. Se lo oí decir millones de veces y ahora ni se acuerda. Por eso te digo Antón que cuanto antes mejor, que los años se lo llevan todo hasta las ilusiones.
       —Lo siento, de verdad, Adri, lo lamento de veras. Los años arrugan las cicatrices y los surcos se ensanchan hasta hacerse cataratas  ¿Te acuerdas de los discos, de los elepés? Cuando has hablado de los surcos me ha venido esta vieja imagen a la cabeza y de cuando se enganchaban y se quedaban repitiendo en plan tartaja la última palabra: “Noelia, Noelia, Noelia, Noelia” decía Nino Bravo y no se cansaba nunca y venía Luis y repetía “Amalia, Amalia, Amalia, Amalia”..., y qué terco era, no admitía corrección, él erre con erre y pa adelante, maño había de ser también. Pues eso que tu padre tiene el cerebro como uno de estos discos antiguos, con muchos surcos, desgastados por el uso y rayados, que no hay repuesto todavía para el cerebro, amigo,  que no se le puede hacer nada.
         —Por eso Antón, ahora es el momento, ahora tengo fuerzas y ganas y aunque no tinc vint anys, como decía el poeta, me estoy dedicando a escribir mis memorias. Oye, sabes que está muy gustoso este queso, sí, pero que muy gustoso. A ver, déjame que seleccione, sí, esto mismo, te voy a leer un fragmento que escribí cuando la muerte de mi querido tío:
         “No et vaig plorar quan vas morir: era com si ho sabéssim, com si sabéssim que ja et tocava marxar. Ets un exemple per a mi de com prendre’s la vida; ajuda’m des d’on estiguis, tío estimat. Només vull ser una mica com vas ser tu, només una mica. El cor se m’obre com una font només de recordar-te. Ara ploro el que no vaig plorar quan vas morir. Ajuda’m. Plego, per avui plego d’escriure. Ja en tinc prou. Gràcies.”          
         —Suena bien, no entiendo paparruchas pero me gusta, parece de corazón.  Así  que según tu don profético a eso que me acabas de leer algún día vendrá definido en el diccionario como proesía y pondrá: palabra ideada por el Sr. Adrián Nanascoll i Cusach.
         —Vale ya, vale de tanto cachondeo.

         —¡Y no te lo pierdas, en el Moliner!         

martes, 15 de septiembre de 2015

Relato 77

                                 Venecia  (2)            (ver relato 66)

Palomas, Albert, la piazza de san Marcos está llena de palomas, (colombas decimos nosotros), hay tantas como turistas, tantas como en tu plaça Catalunya, muchísimas, pero esta piazza es más pequeña, hace 180x70 metros, la mitad de la tuya, aunque es mucho más hermosa y especial. Musset decía que es el salón más bello de Europa ¿Cuántas plazas conoces tú que se inunden periódicamente como sucede aquí? No hace falta que busques, no hay ninguna. Sabes, Albert, esta piazza de san Marcos es el lugar más bajo de Venecia y cuando el Adriático se enfurece y sube de nivel por las lluvias excesivas, la piazza se inunda y entonces ponemos pasarelas metálicas, muy divertidas, a unos 40 cm., por donde los turistas desfilan con paraguas como hormiguitas llevando trocitos de hoja encima camino del hormiguero, es decir, de la basílica que preside la gran piazza. Venecia se nos hunde, Albert, a razón de 2 Mm. por año, se nos hunde, ven pronto. Ayer (Angelina no pone fechas, nunca, en ninguna de sus postales, esto es un engorro, me molesta, pues, ¿cuándo es ayer? Podría ser el ayer de hace 20 años o el ayer de ayer mismo, incluso un ayer intemporal, en fin, un lío, así es Angelina), ayer, ―dice― me puse en el centro de la piazza, con mi blusa de peonías rosas y la falda que ya conoces, tomé la posición con los ojos cerrados como si estuviera en el corazón del mundo, tenía las manos repletas de vezas, las abrí con cuidado, centenares de colombas me asaltaron, fui extendiendo los brazos lentamente para que no se espantaran, podía sentir el frenético picoteo en los dedos, el fragor del aleteo de sus alas cerca de mi rostro, sentí que estaba en una nube, y empecé a girar sobre mí misma como hacíamos en la plaça Catalunya con mi falda larga, blanca y plisada, ¿te acuerdas? (Claro que me acuerdo, como olvidarlo) Al principio, suave, luego fui acelerando, levantaba mi falda el vuelo, giraba en el centro de la piazza, giraba y giraba como un derviche volador y las colombas se alzaron al igual que mi falda y levanté los brazos y grité con todas las fuerzas como hacía contigo volad, sed libres, volad y se fueron y oí alejarse el retumbo de las alas y poco a poco fui deteniéndome y abriendo los ojos de pura felicidad y entonces me di cuenta que estaba rodeada de turistas que me hacían fotos como si yo fuera un monumento más y me sentí también especial como la piazza, en un oasis de paz en el centro del ruidoso mundo y en derredor seguían haciéndome fotos, cric, cric, cric, todo el rato, sin parar. Y todos se reían al verme sonreír y al fondo la basílica, un buen fondo para una fotografía. Te has preguntado alguna vez, Albert, a dónde van a parar las fotos de los turistas. Viajan por todo el mundo, pueden aparecer en Hong Kong, en Chicago, o en Japón. Hasta puede que alguna de estas fotos, de una muchacha morena girando en alegre carrusel ganara un concurso de fotografía en Kioto, por decir un lugar, la foto de una loca veneciana que da vueltas sobre sí misma con los ojos cerrados y en el cielo a contraluz piélago de colombas contrastando con su falda larga y blanca. Te imaginas que ganara y yo sin enterarme. ¿Te has preguntado, Albert, a dónde van a parar las fotos que nos hacen los turistas? ¿Seguiremos viviendo en alguna parte como sucede en el cine? ¿Viviremos mientras haya alguien que nos mire? Acabo esta postal, estoy sentada en el Florián, tomándome un capuccino, no me cabe más, a pesar de mi letra tan minúscula, continuaré otro día. Seguramente te hablaré del pavimento de esta piazza, me trae recuerdos.  Besos. Ciao! X X   

                  (continuará)