martes, 27 de septiembre de 2016

Relato 131



                                      Husmeadores

Puede que sea indecoroso, incluso infame por mi parte, y les ruego benevolencias anticipadas por algo que podrían calificar de osadía, tal vez desvergüenza, pero no he podido resistirme a publicar en este blog unas páginas manuscritas que, por azar, encontré hace unos días en el suelo, hechas una pelota del tipo de las que juegan los niños, mientras paseaba por el parque de la Pegaso, del distrito barcelonés de Nou barris. Estaban en muy mal estado, completamente arrugadas y pegajosas, que con gran esfuerzo y paciencia por mi parte (también curiosidad, lo admito) pude desenredar y transcribir minuciosamente el texto que ocultaba y que someto a su consideración, confiando no les sea indecoroso. Estaba escrito en tinta roja:

         “¡Estúpido lector!" ¿Cómo se atreve a husmear en historietas ajenas? Éste es el canto final de un hombre desesperado. Sí, desesperado y desahuciado. Desde que mi madre me parió con dolor y menosprecio sólo he sido un apéndice de vida. ¿Para qué querrá usted sumergirse en la pocilga de este trozo de carne? No les va a hacer ningún bien, se lo aseguro.  Me abandonó en un frío portal, donde solían hacerlo las putas, aún con el cordón colgando. Alguien me oyó llorar y me trasladó a la puerta de un hospicio. Era miércoles de ceniza. De esto hace veintisiete años, absurda vida. ¡Déjenlo, no vale la pena! Todo en mí ha sido una desgracia continuada. ¿Por qué desearán mancharse de porquería conmigo? Es estúpido. Nada tiene sentido, nada. He vivido muerto y sólo en estos momentos últimos me siento vivo. Me alimentaron con leche infantil y para mi desgracia sobreviví. Portaba el sida. Puto cabrón, puta madre, puta vida. Había un director que me vejaba. Me decía: —Felipe, acércate a mi regazo. No he importado nunca a nadie, todos me han utilizado. Sólo veía miradas perdidas entre mis colegas del orfanato. Nos zurraban cuando no queríamos hacer lo que nos pedían. Nos exigían de todo, para su beneficio. Teníamos que devolverles el favor de habernos permitido vivir. ¡Qué puta vida de soledad la mía! Mejor no sigan, no es nada agradable. Cuando tenía siete años me escapé por primera y única vez. Afuera era peor. Me molieron a palos cuando regresé, —para que aprendiera a obedecer—. Unos tipos me quisieron adoptar, reían a carcajadas y él me acariciaba el mentón con sus peludas manos. No tenían los papeles en regla. Luego pasó una pareja mayor que se sentía sola y buscaban alguna chiquilla para cuidar y que les cuidara cuando fueran viejos y se fijaron en mi sonrisa triste y les di lástima y me llevaron con ellos, aunque no fuera niña. Me dieron el apellido de Garzón. Duraron poco, cuando se enteraron que era seropositivo renegaron de mí y me echaron a la calle. Apenas sé leer y escribo malamente mis intimidades como pueden ver. Con catorce años malvivía del pillaje. Devolvía toda la rabia que llevaba acumulada dentro a una sociedad que me seguía marginando y que era una mierda. Me sentía un fracasado porque todo en mí era un fracaso. A nadie importaba y nadie me importaba. Vivir seguía siendo un juego sin sentido en donde jamás pedí las cartas. Por fortuna me estoy liberando de esta pesadilla. Me enganché pronto a la cola. Me pasaba días enteros inhalándola. Robaba todo lo que podía para colocarme. Era el único momento de mi vida que no tenía que rendir cuentas a nadie y donde me sentía plenamente feliz aunque durara poco, cada vez duraba menos. Puta mierda que me consumía en vida. Nací en mal día y mi desgraciada suerte viene marcándome la piel con hierro candente. Por doler me duele hasta la lúnula de las uñas. Soy un bulto de carne merodeado por piaras de ricos cerdos y mediocres buitres al acecho. Por favor, no sigan, no más desgracias, mi vida ha sido un completo desastre. Me enamoré de una prostituta a la que le pasaba cola. A veces ella me pasaba caballo. Tenía el sida también, así, ¿a qué preocuparnos? Estaba todo el pescado vendido. Murió ayer, aquí a mi lado, bajo este puente de piedra romano. Una desgracia como cualquier otra, todo mi álbum es una colección de calamidades. Por eso, déjelo, se lo ruego, deje que cada cual tenga sus miserias en paz, soy un despojo humano al que ni los carroñeros quieren ya. No sea más estúpido, no ve que esto es el lamento exasperado de un naufrago que se ahoga en una maldita tierra de nadie. ¿Decís Dios? Todo mentira. No lo he visto recogiendo comida caducada frente a los supermercados, ni cuando se fue mi Loli, tampoco cuando en cenizo día mi madre decidió parirme, ni lo veo ahora entre la sangre que corre por mis brazos, deslizarse roja, fluida, humedeciendo los cabellos de mi amada muerta. ¿Decís cobarde?  Sí, lo admito, no he tenido coraje de tirarme desde arriba del puente, nunca me ha ido la violencia. Me estoy liberando. Mi inútil existencia huye por este reguero de sangre y con ella estoy escribiendo este postrer hálito amargo. Por fin he podido decidir. Si habéis tenido la desvergüenza de llegar hasta aquí, interfecto lector, que os den, que la vida es una gran estafa para la mayoría y yo os dejo con placer mientras apuro mi última bocanada de cola en este infecto mundo. ¡Que os den, husmeadores!”
                                                     

         Y aquí concluía el texto, y aunque la última palabra se alargaba mucho dando muchas redondeles a las os y eses puedo conjeturar con casi total seguridad que quería decir lo que dice. Aparte de este detalle final, el redactado es fidedigno, aunque corregido hasta la exasperación de continuas faltas ortográficas, que me he permitido ahorrarles en la trascripción. Movido por la curiosidad y dudoso en si difundir o no este macabro testimonio pregunté por el barrio y resultó que hacía unas tres semanas habían encontrado muertos bajo el puente de Alcántara a dos pordioseros esqueléticos en medio de una charca de sangre completamente reseca. Que lo sepan. 

martes, 20 de septiembre de 2016

Relato 130

              
                        Fotografía             (Recordant a Erri di Luca)

El meu germà Jordiet és a braços de la mare; està ploriquejant una mica perquè té gana: és l’hora de menjar i el pare els ha fet sortir a corre-cuita de la botiga per fer-nos una foto. Jo era al carrer, a l’altra punta, i m’ha fet venir de pressa llançant a l’aire un xiulet acompanyat de gestos, i jo hi he acudit volant amb la meva bici amb parafangs. Té dues rodes perquè és de grans; abans, n‘hi duia quatre, quan era petit i durant un temps tres, mentre n’aprenia, caient-me de vegades del costat que no tenia rodeta. Me va la regalar Jordiet, quan va néixer, quan em va fer caure de la banqueta, totes les atencions eren per ell, sort que em va regalar la bici que sinó... L’altra persona de la foto és ma padrina, germana de ma mare, vestida de negre perquè feia ben poc havia mort el seu marit, el Pere, el meu oncle estimat; és l’oncle pacient que em va ensenyar a anar amb la bici de dues rodes; ell corria al darrera agafant-la pel portaequipatges tot dient-me: “Mira lluny, fill,  al manillar no” i així anàvem fent equilibris amunt i avall del carrer i de tant en tant sense dir-m’ho em deixava sol i jo confiat continuava fins que amb veu llunyana li sentia dir: “Molt bé, Javierin, vas sol”, i aleshores queia. Després els pares me’n compraren una de molt grossa, de les preparades per ser gran, amb un seient extensible, dues rodes enormes i uns pedals que no m’arribaven als peus; “Ja creixeràs” deia sovint el pare, qui no es perdia mai el Tour de França.  El pare estava poc amb mi, molt poc, sempre ocupat amb la botiga que surt a la foto, on hi venia figures de porcellana que complementava amb objectes de regal i peces de ceràmica que ell mateix muntava en el talleret de darrera la botiga.I pastissos, molts pastissos, perquè el pare era pastissser. Així que quan aquell migdia va reclamar-me em vaig alegrar molt perquè devia ser per alguna cosa extraordinària. Ma padrina era planxadora i en el moment de la foto va deixar la planxa al terra, llevant-se el davantal per atendre al pare que estrenava en aquells moments la seva primera màquina de fotografiar. Ens estiguérem plantificats molta estona perquè el pare no sabia com anava; la padrina va tenir temps de pentinar-me amb la ratlla al costat amagant la pinta i la colònia en el pedrís que es darrera seu de la foto. El meu germanet plorava perquè cada vegada tenia més gana, posant nerviós al pare qui emprenyat mirava les instruccions i la màquina. Ens va dir tantes vegades: “No us moveu, somrigueu ara” que al final quan ens va fer la foto de veritat sortírem així d’expectants perquè no ens ho acabàvem de creure. Quan per fi, doncs, va fer-nos aquesta foto, tots somriguérem perquè el meu germà va poder menjar, ma padrina va continuar planxant i jo vaig poder tornar amb la bici a jugar.

martes, 13 de septiembre de 2016

Relato 129

                                            Sucede
       
Algo sucede los miércoles a la tarde en casa de los Gálvez. Julia siempre tiene trabajo extra en la oficina y la canguro llega a casa puntualmente a las tres.
       —Hola amor —le dice a su marido cuando viene sudorosa a eso de las nueve y media. Para entonces la canguro ya no está, los niños están acostados y durmiendo y Gabriel tiene la mesa preparada con la cena a punto y un par de velitas encendidas, chispeantes.
     —Hola, amor, ¿cómo te ha ido hoy? —le dice sonriente mientras se acerca a la puerta para darle un beso de bienvenida.
 Y le da un beso en los labios no muy largo.
  —Es trabajo de nunca acabar —le contesta ella mientras deja la chaqueta de cualquier modo sobre el sofá y añade —me doy una ducha rápida y vengo en seguida.

        Gabriel recoge la chaqueta, se la acerca a la cara y la huele cerrando los ojos. Huele como siempre huele la chaqueta de Julia los miércoles por la tarde, huele a tabaco rubio de esto está seguro y sin decir nada la guarda en un colgador libre del armario de la entrada. La luna se cuela por la ventana a través del visillo e ilumina el parquet del suelo del pasillo. Al girarse, Gabriel ve su sombra que se proyecta y alarga hacia la puerta de la calle, como si quisiera sin su permiso marcharse. Aún se alarga más cuando se acerca a la ventana, fuera está la noche, la luna y la calle solitaria. Y el silencio. Los niños duermen. 
       Escucha como se apaga el ruido de las cañerías del agua caliente y sigue mirando por la ventana y sin saber porqué llora. Luego vendrá la cena íntima, las buenas palabras y la conversación animada. Ella ya no olerá a tabaco rubio y se irán a dormir como siempre en camas separadas.  

martes, 6 de septiembre de 2016

Relato 128

                                         Madre


Madre está con nosotros pasando unos días de vacaciones delante del mar que tanto le gusta. El primer verano, viuda. No lo lleva bien, ni yo tampoco, eso de no tener padre. Estamos en duelo, aunque tratemos de disimularlo para no hundirnos. Estarnos un par de semanas ante el mar nos irá bien para despejar la cabeza de pesares, nos la refrigerará. Yo me lo tomo como una oportunidad para conocer mejor a mi madre, ahora que no ha de cuidar a su marido, que sólo ha de velar de sí misma. Jamás había estado tantos días seguidos con ella sola, siempre ocupada en cuidar de la extensa familia, generosamente, que todo esté bien, que todos disfruten de su compañía. Ahora ya no hace falta. Cada vez le hace menos falta. Siente que se le acaba la vida y se adhiere como una ventosa a la roca. La admiro y quiero. Pensar no sana, andar sí y por la playa más. Siempre tan realista. Hacía tiempo que no venía al apartamento, el que ella compró, en primera línea. Convencerla nos fue difícil. Los cambios no gustan a las personas mayores y madre, aunque bien llevados, tiene ya noventa años. Su espíritu es joven, increíblemente joven, pero no su cuerpo. Al principio le daba vergüenza mostrar sus arrugas cuando lucía el bikini. —Esta barriga, estos pliegues, estas colgaduras, qué dirán—, pero luego pasó de todo y de todos, bronceando hermosamente su cuerpo y su espíritu. Exageraba, mantiene buen tipo a pesar de ser bajita, se cuida con cremas y potingues, un despliegue de productos de belleza. Me sorprende que siga siendo tan coqueta. Todo un descubrimiento. Debe ser su motor vital, un aliciente para madre, para seguir viviendo, eso de verse bonita, de sentirse atractiva. Un día le pregunté: ¿qué te impulsa hacia adelante?, —no lo sé —respondió, mirándome extrañada, como si la pregunta fuera absurda. Seguramente es absurda. Madre es mujer de acción, no de pensamientos. ¿Qué vas a hacer quedándote sola en Barcelona? Ella dudaba. Vente con nosotros al apartamento. Antes no hubiera dudado, pero ahora sí, dudaba. Tal vez para no molestar, para no interferir en el matrimonio. Ve a saber qué pasa por la cabeza de una mujer mayor que es madre y suegra a la vez. Ante sus reticencias fue definitivo que la ayudáramos a hacer la maleta entre mi esposa y yo. Combinaron adecuadamente ropa y colores, mi mujer es extraordinaria, con una paciencia y ternura a prueba de bombas, mientras yo, más rudo, me cuidé de preparar la medicación a llevar, que es variada desde que madre sufrió un ictus. Una afección grave de hace casi un par de años. Con admirable tesón y sesiones de logopeda se ha recuperado bastante de la afasia. Aún confunde algunas palabras, pero mantiene el pensamiento claro y le entendemos todo. Llegamos hace unos días y lo primero que hizo fue calzarse cómoda —voy sola, no os preocupéis— y salir a recorrer a paso lento la playa, respirando profundo, oteando vivaracha el horizonte, humedeciéndosele tal vez los ojos al recordar a su marido cuando paseaban juntos por la orilla cogidos de la mano. No la he visto casi nunca llorar, reserva sus lloros para sus adentros, lo considera una debilidad. Lo extraño, todavía —nos dijo al llegar, nos lo dice a cada momento —aún le veo sentado aquí. Y yo, pero engullo saliva para no aguar la fiesta. Lo que disfrutaría —añade. Lo disfrutamos en su día, el pasado es pasado, pero aún llevamos el duelo encima, como una losa negra, nos pesa padre todavía, inevitablemente. Quiere seguir siendo autónoma como siempre, aunque sabe que anda más lenta e insegura, que se tuerce, que está perdiendo el sentido del equilibrio y que infinitas manchas negras nublan su vista desde hace unos meses, deprimiéndola. No se queja, casi nunca lo hace, lo considera una pérdida de tiempo. Los años no perdonan, ni falta que hace —replica con energía. Ese primer día quiso salir a caminar sola y se lo respetamos. Hacía más de diez años que no recorrería esta playa, cuando aún vivía su marido. Volvió renacida, repleta de energía, resplandeciente. Andar es su válvula de escape, quedarse quieta le parece sinónimo de la muerte. Así que anduvimos todas las mañanas por la playa y las tardes por el paseo marítimo, recorriendo las tiendas y hasta una noche salió a desahogarse a la luz de las farolas y a perderse entre la niebla y el relajante rumor del mar. Conozco pocas personas con la vitalidad de madre y me duele, me duele hondo que también ella tenga que morirse, me duele no poder evitarlo ni saber si podré soportarlo. Es una batalla perdida, lo sé, pero me sabe peor la muerte de un ser querido cuando no se rinde, cuando es tan valerosa, activa y llena de vida como madre. No sé cómo podré superarlo, aunque ahora, por fortuna, no sea el momento de planteármelo.  

martes, 30 de agosto de 2016

Relato 127

                
                                      Agatha

Su repentina muerte cayó como un jarrón de agua helada sobre la ya de por sí fría, húmeda y desapacible ciudad de Londres. Provocó una especie de conmoción general entre la clase aristocrática de una ciudad que se afanó en difundir rápidamente el triste deceso entre sus allegados, amigos y sirvientes. De modo que cuando la noticia del fallecimiento del famoso detective Hércules Poirot ocupó la primera página de los principales diarios londinenses, y la mayor parte de los rotativos europeos en ediciones extraordinarias, casi todo el mundo en la ciudad estaba al corriente del fatal desenlace. Hasta The New York Times publicó una esquela muy sentida al día siguiente, el seis de agosto de 1975. El rumor de tan luctuoso suceso se había extendido como densa niebla por las calles de Londres y nadie parecía ignorarlo, desencadenando una enorme polémica. Eran pocos los que daban crédito al informe preliminar que, según el Times y citando fuentes policiales, “situaba como la causa más probable de la muerte del Sr. Poirot a un fallo cardíaco acaecido mientras dormía en su residencia de Thorny Bridge.” 
          Yo tampoco me lo pude creer, entre otras cosas porqué Hércules Poirot era amigo mío desde hacía mucho tiempo, desde que servimos juntos en el ejercito, cuando yo aún era teniente. Gracias a él pude resolver infinidad de casos de asesinatos de una complejidad inusitada a lo largo de los últimos treinta años. Aún siendo una persona exquisita de modales, incluso humilde pese a la fama universal de que gozaba, no me cabía duda de que, en su dilatada carrera contra el mal, se habría creado también enemigos capaces de buscar venganza del modo que fuera y hasta de asesinarlo. Él decía que la verdad acaba triunfando siempre a través del esclarecimiento de los hechos y esto fue precisamente lo que me dispuse a hacer a fin de  dilucidar si murió de muerte natural como afirmaba el forense o si fue asesinado como intuía, aunque no supiera por donde empezar. "Ojalá estuviera Hércules ahora conmigo, investigando este caso con sus pequeñas células grises, ojalá estuviera vivo, pues sin él, resolver este misterio se me antoja difícil”. Quise ser minucioso y empecé repasando los hechos.
          En la noche anterior a su muerte estuvimos cenando juntos en Gourmet, su restaurante preferido, donde comimos la especialidad de la casa: le  salmonelle a la belgue con pasas regado con un caldo francés, blanco y extremadamente dulzón de la Borgoña, y en el que pasamos una velada sumamente cordial con sus ingeniosas ocurrencias acerca de cómo diferenciar le salmon de le salmonelle. Acudimos al teatro para ver una obra titulada Telón y luego le acompañe con mi auto, dejándolo frente a su residencia en Cholmes street. Cuando alcé el brazo para decirle adiós, sonaban las doce en el campanario de la torre de Londres. Nunca hubiera imaginado que aquella iba a ser la última vez que vería con vida a mon ami. Fue una pérdida irreparable, todavía no me lo podía creer, Poirot muerto, Poirot asesinado, Poirot hallado cadáver en su dormitorio con la puerta cerrada y la llave por dentro. No lograba explicarme cómo habrían hecho para franquearla sin percatarse y asesinarlo sin dejar huellas.
         El forense certificó que su muerte tuvo lugar entre las cuatro y las cinco de la madrugada. El cuerpo lo descubrió la Sra. Rhisciet, su ama de llaves hacia las diez de la mañana, según constaba en su declaración jurada: “ abrí después de extrañarme de que el Sr. Poirot no se hubiera levantado ni dado ninguna señal de respuesta a las insistentes demandas que le había hecho llegar a través de la puerta, temiendo que estuviera enfermo”. En los más de treinta años que llevaba a su servicio  aquella había sido la primera vez que no le había visto levantado antes de las ocho y media. Durante todo este tiempo, la Sra Rhisciet en su calidad de ama de llaves y jefa del servicio de la mansión, había sido su mano derecha y la persona de confianza más cercana, la que con la dedicación y esmero más diligentes se ocupaba de resolver los numerosos pequeños detalles, algunos de enojosos, del día a día del Sr. Poirot, manteniéndose siempre en un segundo plano, discreto, pero imprescindible. Insistió que era un hombre muy meticuloso con el horario sin que importara que se acostara tarde y escrupuloso con sus costumbres que mantenía por encima de las modas pasajeras.
        Cuando entré en el dormitorio no se había movido nada por expresa orden mía.  Lo primero que me llamó la atención fue que mi amigo estaba acostado mirando hacia arriba, con los ojos cerrados, el semblante relajado, la cara oblonga de siempre, y su bigotito rizado enroscado por las guías y protegido por una especie de celofán. Era evidente que para mantener este protector de bigote mon ami se veía obligado a dormir toda la noche en posición supina. De modo que tuvo que ver al asesino y si lo hubiera visto habría hecho alguna cosa y en tal caso no se hubiera quedado reclinado en la cama tan plácido como ciertamente aparentaba. Además el dobladillo de las sábanas que le cubrían hasta el pecho estaba perfectamente planchado sin una sola arruga que denunciara ningún tipo de violencia. Fuera quien fuera quien le había asesinado, si es que había sido un asesinato, lo había hecho sin causarle prácticamente ninguna molestia. No había tampoco movido ninguna prenda, su traje de lino gris y su chaleco estaban colgados impecablemente en el perchero del armario de caoba y sus dos puertas, adornadas con incrustaciones de nácar formando cuadraditos, entreabiertas. Pude distinguir la perfecta alineación de un gran número de trajes, todos a juego, algunos recordaba habérselos visto puestos, de diferentes tejidos, de gran elegancia, bien planchados y clasificados por colores, gruesos y texturas. En un estante del armario había un extraordinario surtido de corbatas de lazo, corbatines y pajaritas ordenados por conjuntos y numerosos sombreros guardados en cajas de cartón plisado. Encima del aparador de líneas rectilíneas tenía dispuestas la pajarita y el sombrero hongo que había utilizado en la cena del día anterior conmigo. Los zapatos de charol, relucientes, debajo de la mesita y al lado, simétricas, las pantuflas. Su monóculo de leer sobre un libro cerrado con un grabado oscuro en la portada y  una señal de lectura entre las primeras páginas. Era de Simenon, un autor reciente.
         Había en la sala una enorme dignidad a pesar de que mi amigo estaba acostado de cuerpo presente y todos los pequeños detalles que veía en la amplia sala me seguían hablaban de él.  El bastón con empuñadura dorada, representando la cabeza de un león reposaba junto a la puerta, la botella de anís en el licorero perfectamente ordenadas con otras bebidas dulces, y sobre un estante de vidrio brillaban una docena de copas de cristal reluciente. Observé que  la ventana que daba al jardín estaba atrancada por dentro, los cristales pulcros y las cortinas blancas con una parte de visillo en la zona central impolutas y almidonadas. La propia cama donde reposaba el cadáver de mi amigo era un rectángulo perfecto, en la que él ocupaba todo su centro. La estancia estaba limpia y bien acondicionada para el descanso y no faltaba nada ni había ningún objeto fuera de lugar como me confirmó la Sra Rhisciet. 
         El robo quedó descartado de inmediato. Encima de la otra mesita había un frasco y una cucharita. La misma Sra. Rhisciet me explicó que era la medicina que el Sr. Poirot se tomaba antes de acostarse. Había adquirido el hábito de tomársela sólo en los días pares para mantener su estómago protegido y libre de ardores. Examiné el frasco, leí Digestin, todo parecía normal, aquella noche era un doce de modo que mon ami se habría tomado su cucharadita de día par. Recordé que era muy excéntrico como suelen ser los genios. Hice examinar el producto en el laboratorio y me confirmaron que se trataba de un antiácido natural sin ningún riesgo para la salud, aunque favorecía el sueño. Los análisis de sangre habían resultado normales, la inspección visual del cadáver también, de modo que todo parecía indicar que mi amigo había fallecido de un ataque al corazón.
          Pero yo me resistía a aceptarlo. Cierto que últimamente había engordado mucho, pero jamás le oí quejarse de ningún problema cardíaco. Había algo que se me escapaba, no lo entendía. Volví a explorar el cadáver. Llevaba puesto un pijama de seda floreado de azul que contrastaba con su semblante blanquecino y rollizo, y me acordé de lo mucho que detestaba el sol. Me aproximé a revisar el punteado de su bolsillo donde lucía un escudo floral y me puse muy cerca de él. De respirar casi podría haber sentido su aliento. Algo me llamó la atención: tenía el primer botón de la camisola, empezando por arriba, desabrochado. No tenía sentido, hubiera sido imposible que se lo hubiera soltado él mismo. Debajo se encontraba el corazón, el causante de su muerte súbita. Le descubrí un poco el pecho y no aprecié ninguna señal extraña, salvo la mancha de nacimiento que, con gran pudor me mostró un día, situado en la misma aureola de la tetilla izquierda. Allí estaba como siempre y me quedé unos segundos mirándola como pensando, ¿cómo podía haberse parado aquel corazón tan de sopetón con toda la generosidad que mon cher ami había ofrecido siempre a tanta gente incluso a  muchos a los que no llegaría a conocer nunca? Entonces tuve un presentimiento al ver una minúscula sombra en la parte inferior de la mácula.
          Necesité una lupa para cerciorarme. Allí había un microscópico orificio tiznado que se disimulaba fácilmente con la marca general. Parecía un pinchazo. Avisé a mis colegas de la científica quienes después de minuciosos análisis concluyeron que eran restos de tinta china muy poco común, de una de elaboración muy reciente y tóxica, que fabrican en Taiwán, y que resulta invisible al ojo humano, ya que se evapora con el aire y desaparece en segundos. Por alguna razón desconocida o precisament como diría mi querido amigo en su pecho había quedado inscrita la huella de su asesinato.
          Respecto al tipo de objeto punzante que podía haber utilizado el asesino no se pusieron de acuerdo los de la especial, pero coincidieron en que debía ser una especie de estilete con la mortífera carga de tinta invisible en la punta. Inoculada certeramente en el ventrículo izquierdo entraría en el torrente sanguíneo, bloqueando la circulación durante el tiempo que tardara la tinta en evaporarse sin dejar rastro. Eso le provocaría un paro cardíaco fulminante sin que pudiéramos en los análisis detectar restos físicos del agente letal en la sangre. Entonces la muerte sería instantánea, casi sin que el muerto se diera cuenta.
         La minúscula punción demostraba, pues, que lo habían asesinado, y según el modo descrito. Sólo quedaba localizar al asesino. Fue sencillo. Nadie salvo la ama de llaves podía haber entrado en el dormitorio por la noche, era la única que disponía de un juego completo de llavines para acceder a su interior.  Cuando intenté localizarla se había esfumado como la tinta china, y por eso dicté inmediata orden de búsqueda y captura internacional. — ¿Capitán Hastings?— preguntaron por teléfono, —Díganme— contesté. La Sra. Rhisciet había sido localizada en el aeropuerto de Healthrow cuando intentaba huir del país disfrazada burdamente de Agatha Christie, siendo en seguida detenida y arrestada.
          Confesó su crimen en las mismas dependencias policiales donde la trasladaron después del  breve interrogatorio a la que le sometí. Fue la Sra. Agatha Rhisciet quien acabó con la vida de mi buen amigo Poirot en la madrugada del cinco de agosto de 1975. No podía soportar todo la fama que había conseguido, le envidaba el reconocimiento social y los éxitos que como detective había logrado en el mundo entero. Le había servido con eficacia a lo largo de más de treinta años y siempre a la sombra de sus hazañas, siempre ignorada. No quería continuar en el anonimato. Quiso reparar esa gran injusticia para la Historia. Aquella noche, a las 4 y media, entró en el dormitorio a hurtadillas, él dormía profundamente por el medicamento y roncaba, le desabrochó un botón de su camisola de dormir y le clavó con precisión la pluma de escribir cargada con la tinta asesina justo donde tenía la señal de nacimiento para ocultar la punzada. Nunca pensé en quedar impune, nunca, —confesó, sin pudor.

         Declaró que Hércules Poirot murió sin siquiera pestañear, con una gran dignidad como había vivido y se quedó muerto, con los ojos cerrados, mirando al techo con el celofán pegado entre los labios.                                        

martes, 23 de agosto de 2016

Relato 126




                                            Insomnio      

Hace tiempo que dejó de tomar café, incluso descafeinado, supone él que algo de cafeína llevará, por poco que sea, demasiado. Y es que ha comprobado que el café le excita, a veces hasta la taquicardia y le altera gravemente el sueño nocturno. No es ninguna novedad, le pasa a mucha gente. Tanto da cuando se lo tome. Si con el desayuno, luego a la noche, oye una vocecita interior que le dice: es por el café que te tomaste a la mañana, Víctor, que no te deja dormir. Mi hombre está convencido que el cuerpo guarda memoria de esta droga para recordárselo luego y se lo suelta mientras intenta dormirse. Tampoco toma refrescos de cola por el mismo motivo. La última vez que tomó una Coca-Cola, y fue apenas un sorbo de media tarde, pasó la noche pulcramente en blanco. Al día siguiente, el pobre, no vale ni para rastrillar. Se le caen el móvil de la mano, los párpados, las cejas, los ojos. Se arrastra por la oficina sin dejar de bostezar, se mueve como un buzo, no coordina ni lo que dice ni lo que hace, todo se le mezcla en la cabeza y sólo le apetece un rincón para cerrar los ojos y descansar. —Vaya nochecita de farra que has pasado, tío —le dice Pascual, su compañero de mesa. Si tú supieras —le contesta— sin especificar, para mantener la fama de noctámbulo juerguista que él mismo ha confabulado. Cuando antes salía de noche lo hacía con un amigo quien a todas horas bebía Coca-Cola, de las de verdad, que por entonces no habían tantos gustos. No bebía agua para nada, sólo este refresco yanqui siempre bien frío y con cualquier tipo de comida. Ricardo, que así es como se llamaba ese colega suyo, (hace años que no se han visto, lo sé a ciencia cierta) era un adicto a la cafeína, no le afectaba para nada, dormía y hacía el amor plácidamente y el único síntoma que tenía era el de estar todo el tiempo balanceando ambas piernas, de aquí para allá, incluso sentado. Tenía lo que ahora se conoce como síndrome de piernas inquietas. Tal vez Ricardo estuviera enfermo, aunque no le afectara el sueño. (En realidad de enfermo, nada de nada). En cuanto a Víctor, acostumbra a tomarse antes de acostarse una infusión de Valeriana, que le hace de somnífero natural. Adora la Valeriana. Se la imagina mujer de mirada seductora, como yo, de larga cabellera rizada, pelirroja y de ademán simple, montada en una bicicleta e invitándole a ir a la campiña. Como sacada de un cartel de Mucha. Suerte tiene de la amiga Valeriana. Sin embargo, esta noche no le está ayudando a dormir, bien al contrario, aquí está en la cama con los ojos como velones encendidos, dando vueltas de un lado a otro, irritado, desvelado, jodiendo. No se lo explica, no hay ninguna preocupación a la vista (supongo) y sin embargo, la mirada al techo, tenso e inmóvil, pensando, retando al desvelo, en posición supina. Posición supina, ¡qué gracia!, así le llamaba el instructor de gimnasia cuando en 4º practicaban la tabla sueca en el suelo pasando de la posición prono a la susodicha. Víctor las diferenciaba porque la supina es, como su propio nombre indica, con el “pino” hacia arriba. Era un tipo fornido el profe, campeón olímpico de anillas, un atleta muy completo. Se imagina ser un gimnasta desafiando el insomnio a las supinas altas horas de la noche y, montado en una bicicleta con anillas voladoras sobrevolando el mar de las Bahamas con la dulce Valeriana, sintiendo la cálida brisa nocturna, cuando sin más el océano se convierte en un huracán de categoría cuatro y femenino de nombre. Resulta frustrante dar tumbos por el catre sin poder conciliar el sueño cuando más lo ansias. Se produce entonces un fenómeno paradójico: cuanto más desea uno dormir menos lo consigue. Su propio empeño se convierte en el mayor obstáculo. Así que Víctor trata de relajarse y de centrarse en la respiración del vientre, pues en cierta ocasión leyó que por la noche practicamos la respiración ventral de modo inconsciente, y en un intento desesperado por dormirse trata de acompasar su respiración a un movimiento imperceptible, con los ojos cerrados, quieto, como si estuviera durmiendo. Así transcurren unos minutos, no sé, bastantes, son ya cerca de las 2, por el rato que hace que nos acostamos. Procura meterse dentro de la respiración, ser aire que entra y sale de ese cuerpo que yace tendido en la cama cara arriba. Adentro, afuera, adentro, afuera, eso es, sosegadamente, muy bien Víctor —farfulla y sigue estático con los brazos extendidos junto al cuerpo. Todo va suave cuando oye un siseo perturbador de la ventana, ¿qué será? y acucia el oído, y otra vez y, ¡gran error!, abre los ojos: ha empezado a llover, ¡maldita sea!, ve el resplandor de un relámpago y se desvela, ¡Oh, no, por favor, sólo quiero dormir!  ¡Hasta el cielo lo tengo en contra! Se le ocurre que al cerebro, siempre alerta, no se le puede engañar con un mero simulacro de sueño. He de probar de nuevo —se dice— ahora con una técnica: la de la meditación. —Eso es— y se  anima. Sin moverse ni una coma, cierra de nuevo los ojos y vuelve a intentarlo, situándose mentalmente en los pies para visualizar cada parte de su cuerpo desde ahí a la cabeza, siguiendo el método de relajación. Sabe bien que el cerebro consume el 40% de la energía total del organismo, de modo que si logra distanciarse con la mente empezando por los pies, ¡qué fríos!, podrá dormirse a medida que las partes de su cuerpo se vayan durmiendo. Concentrado, Víctor los contempla con los ojos cerrados, mientras respira rítmicamente como un fuelle. Ahora tiene la ayuda extra del monótono picoteo de la lluvia contra el cristal. Siempre le ha gustado ver y escuchar el goteo de una tormenta discreta, pacífica, casi callada. Se nota cómodo y en apenas unos minutos ya se encuentra por los tobillos, acercándose a las rodillas y con los pies calientes. Al ascender por las pantorrillas nota un picor en el centro de la mejilla izquierda, debo proseguir inmóvil —musita, centrado en lo mío, la picazón acucia, pero al poco remite y sigue con el pensamiento hasta el vientre. Lo observa subir y bajar con  lentitud y se siente relajado. Lo voy a conseguir  —dice para sus adentros— voy a poder dormirme en seguida, y procura no fomentar ansiedad alguna para no desvelarse. Ahora nota que le pica la nariz, ¡cómo le pica!, le causa más enojo que cuando lo de la mejilla, ¿qué hago?, y para desviar la atención aprieta el entrecejo centrándose más en el sube y baja de la barriga. En estos momentos de tensión se acuerda de una frase del profesor atleta. Decía: el éxito se basa en la disciplina y quien insiste consigue siempre su propósito. Se carcajeaba, lucía bíceps voluminosos y  pectorales de esfinge. Recordarlo le ha dado confianza. Percibe como el picazón de la nariz se ha extendido hasta ocupar parte del labio superior y el filtro, lo observa con detalle, le hace compañía un rato, ¡qué remedio! resiste a moverse y al cabo de unos segundos largos el comezón se va. Sonríe satisfecho. Esto promete,—se dice, y ya casi se ve durmiendo, va a conseguirlo. Escucha las tres y media. En seguida centra su atención en el pecho, observa el latir de su corazón retumbando suave en el hueco de las costillas e imagina la ubicación de los pulmones: los ve hincharse y  aflojarse, acompasados, enormes, gelatinosos, y todo el cuerpo de Víctor se afloja sobre la cama como un pelele y siente la levedad del ser que se hunde en un espumoso colchón, envuelto en sábanas azules y flotando en el cielo. En ese momento crítico percibe un febril hormigueo en los dedos de manos y pies, incluso el inicio de un calambre en el dedo gordo del pie derecho, pero ya nada le afecta, ha tomado carrerilla y ha cruzado el umbral de los sentidos ruidosos. Muy centrado en la respiración ventral escucha el tintineo de la lluvia que se mezcla con el regular batir del corazón, y se convierte en un flamante bergantín de vapor suspendido en el mar que avanza silencioso a cada vaivén del pistón, arriba y abajo, arriba y abajo, a ritmo de cada respiración, mientras echa humo oscuro por una chimenea azul. Y entonces lo consigue, Víctor se duerme.
         Luego un ruido ensordecedor de la calle transforma el buque de vapor cerúleo en un camión de recogida de basuras gris merengue y cabreado decide levantarse e ir a su despacho, a eso de las cuatro, a escribir sobre el insomnio, despertándome.
        
        ¿Os lo podéis creer? Rematadamente jodido y absurdo. (Con Ricardo eso no me ha sucedido nunca). 

martes, 16 de agosto de 2016

Relato 125

                                     Nietzsche ( y 2)   (Ver relato 115)

Ni la ciencia ni la filosofía ni la religión tienen verdades objetivas, son meras herramientas de dominio. Dionisio es la fuerza vital creadora ¿Qué es la razón humana frente a esa fuerza imponente? —te preguntas, retóricamente. ¿Qué dirías hoy de las grandes corporaciones que controlan el mundo a su antojo? El conocimiento es algo falso, una elaboración mental, nada frente al poder del instinto. Tu filosofía, Friedrich, quiere invertir todos los valores tradicionales que sustentan tu época y la civilización occidental, es avasalladora, novedosa, lúcida, también destructiva, corrosiva, antisocial, desarrollas una crítica feroz sin una alternativa viable para la mayoría. Tampoco pretendes mostrar el camino a nadie, es cierto, sólo darle un par de hostias. Conmocionas las conciencias individuales, nos quitas el suelo, nos lanzas al mundo a vivir sin argumentos. Detrás de ti, nada permanece igual, levantas sospecha de toda actitud humana. Todos nos movemos por el instinto de la voluntad de poder, nos demos cuenta o no, lo disfracemos con lenguaje o no, lo asumamos o no. Rebelas el fondo de la psicología humana. Luego vendría Freud. Afirmas de modo corpulento y sanguíneo que el instinto merece más autoridad que la razón y te tomas la historia tan a pecho igual que si la vivieras y sufrieras personalmente. Para ti, la muerte de Dios significa acabar con toda moral de opresión, justificada filosóficamente a lo largo de los siglos y significa también acabar con el cristianismo en sus variantes y con el idealismo. Muertos todos lo dioses, que sea el superhombre. Tú lo anuncias. El hombre debe ser superado, es un eslabón entre la bestia y el superhombre.
         El superhombre es un proyecto humano diferente. No es una raza nueva ni un nuevo Dios. Nada que ver con el uso político que devengó con el nazismo. El superhombre es el que llega a ser líder de sí mismo, el que transmuta la moral corriente, el legislador y dominador con libertad de espíritu más allá de la mediocridad. Sus virtudes no tienen nada que ver con la de los demás mortales atrapados en la mentira de la moral y es quien desprecia todo movimiento democrático que lleva —aduces— siempre a una decadencia. El superhombre que prefiguras, Friedrich, es el hombre elevado, el filósofo del futuro, el profeta de una nueva humanidad fundada en valores vitales, que pertenecen a todos los seres vivos y han de despertar. El superhombre es fuerte, independiente, poderoso, libre, semejante a un dios epicúreo capaz de aceptar con valentía el universo y la vida tal como es. El superhombre supera la mezquindad de la vida, es el lúcido que conoce su cruel verdad (sólo es voluntad de poder, imponiéndose al otro) y la sobrelleva con un pesimismo estoico y certero. A mi entender, tu superhombre, Friedrich, fue mal interpretado y preparó la llegada de un líder irracional, un líder político que se tomó tus palabras como anillo al dedo, Hitler. Aún a pesar que sustentas que no hay que adherirse a ninguna persona, patria, a ninguna compasión ni ciencia pues cada individuo es completo. La voluntad de poder es su horizonte, sin más límite que el peso de un pasado que asumes como propio. El superhombre vive afirmando la vida y su vida con exaltación en cada acto, aceptando su soledad existencial, el nihilismo y la no trascendencia con naturalidad, no es compasivo ni moralista, sino un entusiasta adherido a la naturaleza viva que toma su vida como una especie de obra de arte en perpetuo presente igual que si fuera un juego o una fiesta divertida para su disfrute. La vida está para vivirla, no para pensarla. Tu proyecto fue de tal calado que seguramente superó tu delicada sensibilidad. Admirablemente trágico. Y acabaste loco.
         La Vida (de todos) no tiene finalidad alguna aunque sí necesidad de perpetuarse como vida por su voluntad de poder y de regresar infinitas veces sin que se produzca nada nuevo, en la misma sucesión y en el mismo orden, en un círculo eterno. Ni resurrección ni reencarnación, porque no hay nada que sobreviva a la muerte, es la naturaleza actuando sin otra necesidad que la de repetirse. Influido por Goethe y su sentido pagano de la tierra, de la admiración por un tipo idílico de naturaleza. La naturaleza —afirmas— es derrochadora e indiferente, carece de piedad y de justicia, de intenciones y miramientos, es incierta y cruel, ¿cómo se puede aspirar a vivir así? Vivir es querer ser distinto a esa naturaleza salvaje y despiadada. La vida misma es voluntad de poder y la auto conservación una de sus consecuencias. Vivir y auto conservarse más allá del otro me suena a mí a una especie de imperativo vital egocéntrico, natural, sí, pero muy poco socializador. Así como —afirmas—en la naturaleza retornan las hojas de los árboles que son iguales y al mismo tiempo diferentes, así todo es eterno y nada del pasado no deja de retornar. La vida del superhombre ama tanto la vida que supera el tiempo y se convierte en un eterno presente. La materia se recompone por la voluntad intrínseca para hacer el mismo individuo, que va a repetir eternamente la misma vida y el mismo proceso vital. La vida se expresa a través de la vida individual, continuamente, a eso le llamas el eterno retorno, si lo entiendo bien. La vida se exalta a sí misma, se auto acepta en el mundo, expresando material y cósmicamente el poder de la voluntad de la vida de reafirmarse en un círculo repetitivo, una circunvalación no evolutiva. Algo que parece desde mi punto de vista, Friedrich, desesperante.  Y acabaste loco.
        Consideras el arte como el refugio del hombre en su vida de sufrimiento. Afirmas que es la expresión más alta del hombre. La vida es dolor, pesimismo y búsqueda de disfrute y el arte en general y la escritura en particular te la hacen soportable. Está condicionado por un sentimiento de fuerza instintiva y el arte no engaña, es mentira manifiesta y esto lo hace acreedor de verdad. La vida es pesar y el arte medicina  para el hombre.
        Y así, Friedrich, fue como culminaste tu vida más allá de razones y palabras, más allá de ti mismo, de tu voluntad de vivir, según el modo que más o menos voluntariamente elegiste ante una filosofía de tanta disolución: acabar loco. Seriamente enfermo de sífilis abandonaste la universidad de Basilea en 1882, para instalarte en Italia donde aparte de conocer en Roma a la joven rusa Lou Salomé de veintiún años y enamorarte con treinta y ocho años como un poseso, (y no como un superhombre) y después que ella rechazara tu proposición de un amor a tres bandas y se casara con el tercero en discordia, el amigo común Pablo Ree (tú lo tomaste como alta traición)  te dedicaste a escribir y editar tus libros en Turín hasta un par de años antes de tu muerte, cuando perdiste la cabeza. Te refugiaste en la creación literaria. Siempre te creíste un tipo elegido, alguien especial y crítico para despertar las consciencias de mundo. Además de filólogo, fuiste teólogo, mas que filósofo, propiamente hablando. Desapareciste en 1900 a la edad de cincuenta y seis años, sin saber (o quizá sí) que tus ideas retumbarían poderosamente durante el siglo XX y que ya nada, absolutamente nada sería lo mismo. Un abrazo.