martes, 19 de septiembre de 2017

Relato 182

                                         Itinerario

17/Noviembre/2010,  miércoles.

20 horas. Sale puntual de clase de escritura. El profe le ha encargado un Diario breve para la semana que viene. ¡Madre mía! Coincide en el ascensor con un árabe ¿Os lo podéis creer? Lleva chilaba clara, pañuelo en la cabeza y un carrito de la compra. Le saluda y sonríe. Vendrá de dar algún curso de cocina, piensa, estos de La Sedeta. Planta baja. Ja mai jalem ni jalarem, le suelta entre bromas. Ríen. Se acuerdo de su suegro. Él lo decía con mucha más gracia. Además, escribía fluido, mejor que yo. ¡Madre mía! Alcanza la calle. Frío. Ya no llueve. Tres días seguidos, demasiado. Avanza con zancadas rápidas como si tuviera prisa ¿Prisa? Absurdo. Costumbre. Aminora el paso. Un autobús, el 55 le parece, escupe humo negro. Creí que esto estaba prohibido. ¿Pasaran la ITV, supongo? Enfila plaza Joanic. No viene nadie. Cruza en rojo. Desde el otro lado una mujer se lo recrimina con la mirada. La ignora, o hace ver que la ignora. Si tuviera que ser siempre legal acabaría más neurótico. También os ocurre eso, ¿verdad?
        La floristería todavía abierta. Huele a romero. Toma Escorial. Ve a un tipo que hacía tiempo que no veía. ¡Qué cambiado está! Claro que él dirá lo mismo de mí. Además, ahora cojea. Yo no, de momento. Toco madera. Y se detiene para tocar el marco de una puerta. Una señora habla a su perro. Él les mira, sin pararse. Le abronca —¡Chelín!— por hacer caca fuera de donde el plástico del suelo. Culea y se sitúa bien, moviendo las orejas, buscando la aprobación de la dueña. Alguien grita, ¡me queda el último para hoy! En confianza: siempre le queda el último a esa señora miope. Gira a la izquierda por Encarnación. El bar, preparando el lleno para la Champion, mesas con cervezas, tele panorámica, todo a punto. Al otro lado de la calle ve al vecino plasta. ¡Madre mía! Os lo aseguro, plasta, plasta. Reduce el paso. Se entretiene ante un escaparate apagado. Disimula. Hace como si no le hubiera visto. El tipo le desconcierta. ¿Qué? Parece que él hace lo mismo conmigo: mira al cielo oscuro, acelera el paso y menea la cabeza como si se hubiera olvidado algo. Me lo tomo con calma. Cuando llegue al portal de su casa habrán pasado unos minutos y el tío plomo ya estará en su pisito con la bata puesta, soltero y solo. Efectivamente, así es, se ha librado. No hay moros en la costa ni en el portal. Sube. Nadie en casa. ¡Qué extraño! Se pone a escribir su pequeña peripecia. Puede servir para el Diario ese. ¡Madre mía! No creo sirva, la verdad. Su mujer llega poco después con el carro de la compra, repleto.
        —¿Si que vienes tarde?
        —Calla, calla, que he visto al pesado del Porras y me he ido a dar un par de vueltas a la manzana con el dichoso carro éste. ¡Cualquiera le aguanta!

        ¿No os decía? 21,30 h.     

martes, 12 de septiembre de 2017

Relato 181

                                            ¡Finita!

¡Finita! ¡Qué poca sería mi vida sin los recuerdos, Finita! Sobre este papel virtual te estoy viendo partir con tu madre a la vendimia, a Francia. ¿trece, catorce? No tendrías más años, no más, Finita, y te ibas de mí para siempre. Yo no volvería al pueblo, ya con catorce años tenía edad de trabajar. Eran los primeros días de septiembre, hacia las ocho de la noche, ibais a coger un tren nocturno, no quise despedirme, o no pude, lloraba tras la persiana de la cocina, te fuiste con tu maleta de cartón y tu cola de caballo, miraste atrás al girar la esquina y te detuviste, me buscabas con tu mirada, caí en la cuenta de que me estabas viendo a contraluz, que la luz de la cocina me delataba, y enseguida me aparté, estaba llorando.
        Finita, no quise que lo supieras, me daba vergüenza, y mi tía detrás de mí cocinando en los fogones de leña, trasegando aros, se reía con disimulo, qué haces Raúl, no te pongas triste, esto no es nada. Para ella no sería nada, para mí era mucho, por la esquina se había ido mi amor, el primero, y sin habernos despedido.
        Finita, antes de que te convirtieras en Josefina, tú fuiste mi primer amor, aunque nunca te lo dije, ni tú tampoco. Por las mañanas me bastaba con estar contigo en tu portal. Hacíamos planes para ir a bañarnos al río o a pasear por el puente, aunque no recuerdo haberte cogido de la mano, estaba mal visto tan jóvenes, demasiado atrevido quizás. Me caía bien tu madre, gallega, de sonrisa fácil, espontánea y amable. Tu padre me infundía respeto, cuando él llegaba de la mina, dejábamos de vernos. Cuando se iba con su viejo 4L volvía a tu portal y nos reencontrábamos. A veces estaba semanas fuera y nos solazábamos, podíamos jugar al escondite por la noche con la cuadrilla de la calle hasta las tantas, mientras que las familias del arrabal se arremolinaban a tomar la fresca, después de la cena. Se sentaban en sillas de anea, haciendo corrillo delante de la casa de mis tíos, dialogando con la noche, antes de la llegada de la tele. En ocasiones compartían caracoladas picantes en una enorme cazuela de barro y corría la bota de vino negro y nos lo dejaban probar. A ti, Finita, muy poquito porque te manchabas, alegaban que el agua no casa nada bien con los caracoles. Después de tanto jugar, cansados y sudados también nosotros nos sentábamos en coro junto a ellos y me situaba detrás de ti y acariciaba con los dedos tu larga cabellera que pendía del respaldo de la silla de anea, una de bajita, la peinaba finamente, le daba repasos sucesivos como si pasara un rastrillo con mis manos, como si arara tierra de barbecho, delicadamente y tú cerrabas los ojos y me gustaba relajarte y verte relajada. Y a veces también te abanicaba y tú me abanicabas con tus ojazos tristes. Y yo quería hacerte feliz, Finita, ahuyentarte el halo de tristeza que te carcomía. Esto fue antes de que te fueras aquella noche con tu madre a Francia a la vendimia. Antes de que yo dejara de ir al pueblo en los veranos y no te viera nunca más. Justo antes de que terminara nuestro sueño de adolescencia y empezara la leyenda.
         Seguí preguntando por ti año tras año. Te habías ido. Conociste a un chico de Tarragona y te fuiste con él. Tuvisteis un hijo. Te asfixiaba el ambiente hogareño, tu padre con silicosis se había vuelto aburrido, agresivo y bebedor, imposible la convivencia, incluso tu madre perdió la sonrisa grácil y tuvo que abandonarlo. Mientras él se juntó con una pelandusca de otro pueblo, tu madre, sola y amargada, envejeció de golpe, volviéndose histérica, desquiciada y hasta perdió la cabeza. Encontrarla así me rompió el corazón, de eso hace tiempo, casi no la reconocí. Me dijo que al principio ibais a verla con frecuencia, que luego las visitas se distanciaron porque teníais trabajo y que al final ya casi ni tú ibas. Mi tía, en cambio, me aseguró que habías dejado de ir porque te avergonzabas de ella, que no entraba en razón porque la había perdido y no soportabas ver a tu madre así de loca y que le estabas buscando un lugar de acogida, que tú ya tenías lo tuyo, que tu marido se había quedado en el paro y lo llevaba mal, había engordado y empezado a beber sin control y estabais en proceso de separación.
         Lo siento mucho, Finita, nada presagiaba un futuro así cuando de niños jugábamos por los soportales de la calle. ¿Por qué no puede seguir la vida tan hermosa como cuando somos críos? ¿Por qué perdemos la inocencia y los problemas se hacen grandes cuando crecemos? Tal vez te hubiera ido mejor si no te hubieras convertido en Josefina. Tal vez.
        Te sigo viendo, Finita, a través de la persiana verde en esta noche de septiembre, sigo llorando desde la cocina de mi tía, quien tampoco existe, de un tiempo que sólo existe en mi memoria, ni siquiera sé si a estas alturas de la vida, Finita, existes tú. Con todo, quiero decirte que fuiste mi primer amor, el amor más romántico que tuve, no recuerdo haberte besado ni acariciado tu cuerpo nunca. Salvo el cabello, permaneciste virgen para mí. Fue el nuestro un amor sin contacto.

         Y ahora, en esta bochornosa noche de septiembre, cincuenta años después, me acuerdo de ti, Finita, de nuestro dulce y puro amor. Quiero que sepas que aún te amo, lloro y recuerdo.              

martes, 5 de septiembre de 2017

Relato 180

                                       Quadre

A l'escola d’art Carme Muset del carrer Gran de Gràcia 159 de Barcelona tothom anava aquell matí plujós i fred de corcoll. S'havia perdut un quadre. De vegades succeïa que quadres petits es canviaven de lloc i apareixien penjats en una altra ubicació, però sempre es trobaven. Per això, tot el desviure i el neguit generalitzat d'aquell matí de dilluns, ja fossin professores o alumnes els que cercàvem l'obra extraviada, era força excepcional. Tothom se’n feia creus, no era possible que s'hagués fet fonedís, ni que s'hagués perdut, era obvi que ningú havia entrat a robar en el cap de setmana, no pot haver marxat sol! —s'exclamava, airada, Maria José, la directora de l'escola. Es tractava d'un fet molt estrany ja que aquell quadre, no era precisament de mida reduïda. Tenia la grandària d'una figura humana. L'interessat, una persona de mitjana edat, calb per més senyes, l'havia deixat el divendres anterior recolzat a la paret que dóna al carrer Gran, de la sala on es posa la model, però, quan va anar a recollir-lo aquell matí per continuar pintant, allí no hi era.
        L'home s'estava fent un autoretrat de cos sencer seguint les indicacions de la titular de l'escola, la Sra. Carme, mare de Maria José i duia unes quantes sessions, però no es podia dir de cap manera que estès acabat. És cert que tenia les expressions facials força resoltes, incloent-hi una calba esplèndida i unes ulleres de pasta enllestides, i en el tors nu i més aviat escanyolit se li apreciaven les clavícules i, cobrint-lo duia una camisola sedosa i lleugera, una mena de vel blanquinós que insinuava un cos dret i, a pesar de la primesa, ben proporcionat. Des de la cintura li queia una túnica vaporosa d'un blau celeste, cenyida amb un cordó daurat, que s'estenia mandrosa per sobre d’uns peus encara inacabats, conformant uns plecs delicats que mig ocultaven les sandàlies només esbossades i que volien ser alades. Encara que la cara se li semblava força la resta era una recreació irreal, una mena d'auto idealització que aquell alumne s'estava pintant mentre imaginava, mirant-se al mirall, ves a saber què amb la inestimable ajuda de la Carme. Faltaven les mans i el ram de flors silvestres que les unia en el centre de la composició, una mena d'ofrena floral no se sap pas a qui. Per més que cercàvem no apareixia.
         La professora Anne va suggerir que potser s'havia guardat enrotllat, ja que al ser de tela hagués estat factible sense ocupar gaire espai. Es varen revisar la sala de les carpetes de l'entrada a l'esquerra, així com la principal, després del rebedor i les contigües, però sense que les perquisicions donessin per desgracia cap resultat satisfactori. Fins i tot la noia xinesa de la carbonera (així anomenàvem a la sala on es fan els dibuixos a carbó) va plegar un moment per unir-se a les forces de cerca, tornat de seguida al seus models d'alabastre, decebuda. No es va trobar res. L'alumne es deia Francesc Xavier i feia gairebé cinc anys que acudia a rebre regularment classes a l'escola i era la primera vegada que li succeïa alguna cosa semblant. No podia ser. A qui podria haver interessat aquell autoretrat força fantasmagòric i encara inacabat? La Mercè, una altra professora, va proposar que potser s'havia entaforat darrera del les aquarel·les; però després d'una exhaustiva comprovació d'una per una es va haver també de descartar. Allò era un misteri. Algú va dir d'avisar a la policia, crec que va ser una companya, L'Anna Cap Problema (l’anomenàvem així pel seu bon caràcter), però de seguida es va descartar fer intervenir personal aliè a l'escola. Havia de sortir, fos com fos, no podia haver escapat sol, encara no tenia els peus completats, i les sandàlies a penes eren esbossades. A més, on havia d'anar sense flors a les mans? 
            La primavera va irrompre de nou i pels amplis finestrals orientats a Llevant l'escalfor del sol omplia de calidesa les principals estances de l'escola. L'obra continuava sense aparèixer, però, en el món de l'art, sempre es confia en un atzar favorable a situacions compromeses. L'alumne,un xic contrariat, va començar un de peixos sobre fusta, que seria el seu darrer quadre, ja que a final d'aquell mes de març plegava. Tenia massa obra acumulada i no disposava de suficient espai per guardar-la, sense dir que les exposicions no li havien anat prou bé. Les classes continuaven com sempre. Podia sentir a la professora Maria José insistir en la necessitat de construir grisos acolorits i de cercar la harmonia pictòrica ampliant la gamma dels matisos, evitant sobretot emprar colors directes del tub. La Carme repetia sovint davant les pintures de les seves alumnes tres frases fonamentals per estimular la creativitat de la sempre posada en qüestió auto afirmació personal de l'artista: m'agrada molt, és molt maco, et felicito. Té molta experiència didàctica ja que va fundar l'escola fa més de vint-i-cinc anys.
            Va ser l'Anne la primera qui es va fixar. L'alumne ja no estava a l'escola. Darrera de la columna de marbre de la sala on se situa la model va veure al terra un manyoc de roba arrugada d'un color blanquinós. La Carme va identificar-ho com una part de la vestimenta que duia el personatge del quadre de l'autoretrat perdut. Al cap d'uns dies enfront del mateix lloc va descobrir-se la túnica blavosa de la mateixa composició. Era incomprensible. Ningú no entenia res. Anaven sorgint miquetes per aquí miquetes per allà, però el quadre restava invisible. Un altre dia, concretament un dimecres, que es quan acudeix més alumnat a l'escola es materialitzà davant de tothom unes sandàlies alades al bell mig de la sala gran i allí mateix a la vista de tots els presents es va anar configurant un preciós ram de flors silvestres, cenyit amb el cordó daurat de la túnica del quadre perdut. Duia margarides i alegries, anemones, fresies i blauets, i entre mig una targeta on tothom va poder llegir amb lletres grosses parpellejant una paraula: GRÀCIES. El misteri no va acabar de ser resolt mai. Al cap d'uns dies trobaren una tela blanca enrotllada de la mateixa mida que la perduda i al darrera figuraven unes inicials F.X. Del personatge ni rastre. Es diria que s'havia evaporat com l'alè de la primavera.

         Potser havia estat només un somni, potser es tractava d'una emoció que havia volat o un sentiment de melangia, o tal vegada no fos més que un esperit divertit que havia volgut gastar una broma pujada de color.     

martes, 29 de agosto de 2017

Relato 179

                                         Verborrea

        ―No, si ya verás, te acuerdas, Encarna, cuanto te conté lo de mi hermana, sí, que se fue de vacaciones a la costa unos días sin decirme nada y dejando a papá en la residencia, con lo mayor que es, eso no me pareció nada bien, pero escucha lo que me ha hecho ahora, resulta que su hijo me llamó por teléfono cuando yo estaba en el mercado, fui a por unas berenjenas ya sabes que a mi marido le encantan rebozadas y de paso compré unos pimientos y un par de kilos de patatas, pues fíjate lo que me dijo mi sobrino Dominguín, me dijo que si quería ir a pasar unos días con ellos, que estaban en un camping de LLoret, que a mi hermana le haría ilusión, ¿tú te crees? le hace llamar a él, ella no tiene lo que hay que tener para hablar directamente conmigo, sabe que lo hizo mal y no se atreve. Que, qué le dije, pues que muchas gracias pero que alguien tenía que quedarse en Barcelona para cuidar a su padre que es también el mío. Ea, pues qué se ha creído, a ver si así aprende, me quedé tan ancha, es que no te dejan más remedio que ser grosera, hay cosas que caen por su propio peso pero no sé, chicas, hay gente que no lo ve, eso de estar siempre cantando la caña es muy triste, ea, pero no me queda más remedio.
        ―Pues a mí, Pili, me pasa parecido con mi suegro, que tiene una hija que es una descastada, ella a su peluquería, a sus masajes, a sus amigas y que le zurzan a su padre y a su marido, a Carlos, mi hijo, que se pasa el día trabajando y ya ves como están las cosas y muchas veces llega a casa y ni un triste plato de macarrones en la mesa porque su mujer está fuera de compras o visitando a alguna amiga o eso dice y no le ha dejado nada preparado, en fin que he de ser yo, quien le llame y le pregunto como estás, hijo, y él,  que es una persona buenísima, bueno que he de deciros, ya lo conocéis, quiere taparlo todo, pero yo sé por lo que está pasando gracias a Lola, la vecina que tienen enfrente, con la que guardo una gran amistad pues es del mismo pueblo que yo, Destroy, y que tú, Josefa, ya la conoces, ya sabes que es una gran persona, pues bien ella me lo cuenta todo de pe a pa. Parece ser que el otro día mi nuera llegó a casa con un vestido nuevo y que era extremado y según Lola  un poco putero, pero eso que quede entre nosotras, y llegó justo cuando Carlos estaba preparando la comida y tú te crees que a ella sólo se le ocurrió preguntarle cómo le quedaba. Lola  me mantiene informada, suerte de ella, que si fuera por mi hijo ni pum, es un santo, de su boca no sale nada y del suegro se cuida más su hermano Luís que vive en Badalona que mi propia nuera. El hombre tiene ochenta y tantos, vive solo desde que enviudó hace año y medio, yo le llamo con frecuencia, por desgracia no tiene fina la cabeza, pero su hija no, ella a sus trapitos y que a su padre le den morcilla, ¡ah no!, eso de cuidar no, eso que lo haga su hermano Luís que para algo es el mayor, según dice ella. Además yo, por ejemplo, no puedo ir a verles tanto como me gustaría pues tengo esta rodilla que me duele mucho cuando llevo un rato andando sobre duro y por eso los baños de agua de mar y los paseos por la arena que me van bien, según asegura mi traumatólogo que es el mismo que el tuyo, ¿verdad, Josefa?
        ―Sí, Encarna, y es una buena persona, uno de los mejores que conozco, a mí me trata de las plantillas desde hace años y desde entonces como una seda, oíd, chicas, como una seda y antes me quedaba doblada si andaba un poco. La gente se está volviendo loca, hacen cosas sin sentido, todo ha cambiado mucho y para mal, ya no hay urbanidad ni respeto, todo el mundo va a la suya y una se siente de otro mundo, no sé qué les pasa hoy a los hombres, debe ser la pitoflauta esa porque están de una tontería que no se pueden aguantar. A José le ha dado ahora por ir a pescar, va como loco, sólo quiere que llegue el fin de semana para pillar sus bártulos de pesca y un par de paquetes de rubio para sentarse en el espigón, solo. Miradlo, allí está, con sus tres cañas de cinco metros, mirando el mar, como dice la canción, eso, y no os creáis, que a la seis de la mañana ya está en la playa con sus trampas para pillar los cangrejos blancos esos y luego se pasa todo el día pescando o intentándolo, mientras que yo a pasear arriba abajo por estas playas de Dios por ceder a sus gustos y sin plantillas, que no me va bien, ya veis, pero bueno. Luego no pesca nada, la mayoría de las veces vuelve de vacío y cabreado y si vierais cómo se pone si no tengo la comida lista y a punto de sal. Hace un rato he pasado a verle y sólo acercarme me ha echado una mirada de reojo como si le molestara, os lo queréis creer, pues eso, y yo me he dado la vuelta, para que voy a interrumpir sus pensamientos, yo, que le he dado toda mi vida, molestarle. Con los años nos hemos hecho mayores y hemos perdido atractivo para esos hombres y nos han perdido todo el afecto, ahora somos viejas para ellos, serán sinvergüenzas. Suerte que nosotras mantenemos una amistad firme de cuando niñas y tenemos nuestros buenos ratos, eso, que sino de qué íbamos a transigir tanto como hacemos, ¡por Dios! Hay que tomarse las cosas como vienen, sufrir y paciencia, ¡vaya!

        Las tres mujeres se alejan descalzas por la orilla del mar enlazando en su conversación varias calas seguidas, van a buen ritmo, animadas, gesticulando, una de ellas tranqueando, ajenas a la soleada que cae a plomo y a las huellas de lágrimas ensangrentadas que dejan tras de sí sobre la arena de la playa.

martes, 22 de agosto de 2017

Relato 178

                                      Sincronía

Me dijo que se llamaba Julia (espero que siga bien), que tenía veinticuatro años, que era médica, que estaba pasando unos días de agosto de vacaciones por Cantabria, que era de Bilbao y que se paró porque le llamó la atención la pinta que llevaba con mis tejanos ajustados, la mochila a rayas, la camisa de flores y el sombrero amarillo. Parecías un espantapájaros me diría más tarde en la cama entre risas cuando tuvimos más confianza. Subí a su Citroen Dyane, matrícula Bi-25.752 (apuntaba las matrículas de todos los vehículos que me cogían), dejé la mochila atrás y me senté a su lado. Entonces se presentó así: soy Julia de Bilbao y al decírmelo di un bote en el asiento.
        —¡Qué casualidad! —dije, llevaba rato tarareando palabras para Julia.              Ella me miró con sus ojazos azules, aún no sabía que era un poco bruja, puntualizó que las casualidades no existen, que había sido una sincronía más como el capicúa de la matrícula de su coche que coincide con su fecha de nacimiento, 25 del 7 del 52, como muchas otras cosas que le estaban pasando últimamente. —añadió riendo.
         —¿De dónde vienes? —me preguntó.
         —De Barcelona.
         —¿A dónde vas?
        "¿Estaría ante la mismísima Esfinge egipcia?" —A Finisterre —respondí.
         —¿A dedo?
         —Sí. ¿Y tú?
         —A Santoña, a una sardinada, he quedado con gente. ¿Te vienes?
         —Vale.
        Julia era mayor que yo, unos cinco años, tenía un mentón pronunciado, la risa fácil, un talante generoso y dominante, le gustaba la fiesta y el vino, se pasó la tarde presentándome, riéndose con sus amigos, el calor y el humo salado de las sardinas nos embriagaba y seducía, todo resultaba fácil con ella, se nos hizo noche cerrada.
        —¿Dónde duermes? —me preguntó.
        —No sé, buscaré algún camping.
         —Vente conmigo, tengo alquilado un apartamento en Laredo.
        Accedí.
        Abrió una botella de vino, puso trocitos de queso, algo de jamón, dos vasos, los llenó, bebimos, me dijo que era Leo.
        —Casualmente domino la astrología —dije, medio en broma.
         Ella sonrió, calculé su ascendente.
         —Eres Acuario, Julia, como mi signo.
        —Otra sincronía, —exclamó, divertida.
        Hablamos del enigma de los vivos y de los muertos, de la ausencia, se le había muerto una abuela recientemente. Dijo que habían días de melancolía que le daba por ponerse a escribir sin pensar, que la relajaba, practicaba la llamada escritura automática, me mostró garabateadas algunas páginas, su letra era ampulosa y grande, azul como sus grandes ojos.
        —A mí también me gusta escribir —dije.
         Y ella repitió feliz aquello de la sincronía. Seguimos bebiendo. Me habló de Jung, del inconsciente colectivo, del sueño del escarabajo negro y del mismo escarabajo egipcio en el cristal de la ventana, un espécimen raro y de cuando surgió la palabra sincronismo. Una ráfaga de aire recalentado nos puso en alerta y nos hizo acercarnos al ventanal.
        —Ese tan brillante es Venus —dije sin más— y el que tiene justo debajo, más pequeño y rojizo es Marte.
         Y nos quedamos absortos, en silencio, uno al lado del otro ante aquel cielo oscuro, misterioso, ignoto. Junto a mí, sentí su cuerpo temblar o tal vez fuera el mío, no llegué a alcanzar su mano, nuestros cuerpos se acercaron, casi se rozaron, fatigados, sudorosos, inmóviles, esperé una señal, un gesto, algo, la noche nos envolvía, escalofríos, seguimos quietos, uno junto al otro, callados, como faraones pétreos, como si temiéramos que cualquier palabra fuera a romper el hechizo o aún peor, que por el bochornoso aire que nos engullía se nos fuera a colar otro escarabajo negro o el espíritu de su abuela muerta o ve a saber qué conjuro. Fue entonces cuando al cabo de unos segundos, Julia dijo que ya era tarde, que se iba a duchar, que yo podía hacer lo mismo, me mostró mi cama, yo dormiré allí, señalándome otro dormitorio.
        Mientras tanto, inexorablemente, Venus y Marte en el horizonte llegaban a la conjunción exacta una media hora después, otra sincronía. 

martes, 15 de agosto de 2017

Relato 177

                                          Venecia(11)  (ver relato 166)
 Hoy me siento guerrera, hoy voy a romper algunos mitos de Venecia. Aquí, a diferencia de tu Barcelona, (eso era antes, querida) el volumen de turistas se está haciendo insostenible, casi insoportable y las relaciones fluyen rápido, pasan raudas, y son como yo digo de metacrilato, de plástico transparente pues Venecia es sólo un gran escaparate donde se venden quimeras y sueños. Ten en cuenta que por aquí pasan más de doce millones de turistas cada año y los residentes no llegamos a sesenta mil. Hay un contador digital en la farmacia Morelli en el Campo San Bartomeo (Campo es tu plaça y la farmacia Morelli figura a la izquierda de la foto de la postal) que recuerda a los transeúntes la larga hemorragia de Venecia. Esta mañana he pasado por allí y la cuenta era de 58.855 habitantes. (De nuevo, Angelina, es desesperante, esta mañana, cuando es esta mañana). Venecia —continua— desaparecerá pronto del mapa, se quedará sin venecianos. Ya no queremos vivir aquí, infectados de ratas, olores, humedades y sofocante calor en verano. Nos perjudica la salud. Queremos tener el coche aparcado en la calle, delante de nuestras casas como todo el mundo y no en los inmensos aparcamientos de la piazza di Roma, a las afueras de Venecia. El jaleo es permanente, noche y día, todos los días del año, la paz es imposible, tu amada paz, a pesar de que no hay tráfico rodado en Venecia ni siquiera bicis, el ruido se transmite por el agua a todas las casas, alucinante, como te dije. Venecia no es la sereníssima que venden los anuncios. La horda de pisadores que vienen a diario están hundiendo la isla, quieren verlo todo lo más rápido posible, vienen programados, van en cadena como los embutidos y no pueden imaginar, fascinados por el embrujo de la seductora Venecia el daño que están causando a los edificios y al equilibrio ecológico. La explotación económica aquí es tan brutal que provocan sin saberlo la huída de los venecianos y el hundimiento de la ciudad. Venecia corre el peligro de desaparecer, insisto, Albert. Desde 1.900 se ha hundido veintitrés centímetros, un palmo de los míos, y los depósitos de algas y musgo infectos corroen los cimientos. Y las lanchas, que pasan a tutto vapore, provocando olas que golpean los basamentos de la ciudad, y agravan aún más la situación. Para aliviar este problema, el gobierno italiano aplica el proyecto "Moisés": un sistema de diques que tratan de controlar las mareas y la entrada de agua en la laguna, pero es paliativo, sólo para retrasar la catástrofe, la naturaleza sigue su curso impepinable. Sin Venecia me vendré a vivir contigo a Barcelona. ¿Qué te parece? (Otra catástrofe, qué me va a parecer, pero eso no se lo diré, de momento) Ya ves, hoy tengo un mal día. Pero no quiero ponerme triste otra vez, Venecia no se lo merece, ni yo ni tú ni Aznavour (creo que aún canta). A ver si te hablo de la Basílica, la joya de la corona, que siempre me despisto. ¿O eres tú quien me haces despistar desde la distancia? (Sí, claro, por telepatía, la tengo en la cabeza todo el tiempo, no te digo. Todo el tiempo no, claro, pero sí que espero sus postales con ilusión como un adolescente, pero eso no se lo diré).  ¡Uf! qué tarde, seré menos pesada otra vez,  Besos, Ciao! X X   
PD: de las fotos del carrete, ¿qué?                          
   (Continuará...)

martes, 8 de agosto de 2017

Relato 176

                                            Sofoco
       
        ...¿Te engaña?, ¿estas segura?/...  Segura no, Elisa, lo intuyo. Alfonso se comporta distinto, ríe por todo, está más suelto, hasta cuenta chistes, él que es un palo, y se retrasa para cenar, eso no lo había hecho en los treinta años de casados. Estoy preocupada./...Pero si tu marido es un ángel, Clara. En mi vida he visto una pareja tan unida como la vuestra. Ya verás que no es nada, será por trabajo o la crisis de los cincuenta, no te preocupes. Ojalá mi Pedro fuera tan honesto como tu Alfonso./... Sí, pero algo no va, te dejo que he de colgar, oigo la puerta. Ciao!/...Besos, Clara.
        —Hola, amor, ¿cuatro cubiertos?
        —Sí, tenemos invitados, nuestro hijo quiere presentarnos a su novia.
        —Ah, ¡qué bien!, veremos cuánto le dura ésta. Me da tiempo para una ducha rapidita, amor.
        —No tardes, que están a punto de llegar.
        —Voy volando, amor.
         Y se va dando saltitos en el aire.
        Lo que digo, especialmente alegre. Clara acaba de preparar la mesa, el pollo, hecho en el horno, se mantiene caliente, de primer plato una ensalada variada con flores y frutos secos. Clara se quita el delantal a rayas, pone música suave, se prepara un coñac, lo saborea, se sienta en el sofá, oye a su marido cantar desde la ducha. ¿Quién será la mala puta?  
         El reloj de cuco solfea las ocho cuando suena el timbre de la puerta.
        —Pasad, os estamos esperando.
        —Hola madre, te presento a Gemma, mi novia. Se saludan con un beso.
        —¿Y padre?
        —Ahora viene, se acaba de arreglar ¿Queréis tomar algo?
        —Una cerveza para mí y tú, una tónica con ginebra, ¿verdad, Gemma?
        —Sí, gracias. Qué bien huele, tenéis una casa muy bonita. Pasea.
        Alfonso sale vestido para la cena silbando una melodía.
        —Padre, te presento a Gemma, mi novia. Él se le acerca, le da la mano rojo como un tomate. Hace calor —comenta.
         Sólo Clara se da cuenta.