martes, 29 de mayo de 2018

Relato 218


                                           Ictus

Por más que preguntó y preguntó nunca consiguió llegar al Centro de Logopedia.

martes, 22 de mayo de 2018

Relato 217


                                    "Noche"

        —¿La primera vez?
        —Sí, ¿y tú?
        —No, llevo unas cuantas, como una docena.
        —¿En Montserrat?
        —Sí, siempre aquí. Es una montaña sagrada, un centro de poder de conexión entre alienígenas y humanos.
        —¿Y habéis visto algo?
        —Algunos sí y lo han fotografiado, pero yo no, hasta ahora.
        —Debe ser alucinante.
        —Sí, debe serlo.
        —Sois bastantes.
        —Sí, algunos vienen desde hace tres años.
        —¿Siempre en noches de luna nueva?
        —Salvo cuando llueve, que entonces no venimos.
        —Hace relente.
        —Sí, estira un poco la manta. ¿Tú crees en los ovnis?
        —Yo estoy aquí por mi primo, aquel larguirucho de allí.
        —Pero, ¿crees o no?
        —Creer, ¿ayudaría?
        —Claro.
        —Yo creo en la vida universal e inteligente, no podemos ser los únicos seres vivos del mundo. La noche me subyuga, me llena de temor, me asusta. Ha de haber algo más, vida extraterrestre. No podría soportar tanta soledad.
         —Ni yo. Igual somos todos extraterrestres. ¿Ves aquel de la barba?
        —Sí.
        —Es un pleyadiano. El que organiza toda esta movida. A él le dijeron telepáticamente: iremos a Monserrat en noches de luna nueva. 
        —Aquello que brilla tanto, ¿son las Pléyades?
        —No. Es el planeta Júpiter y el puntito rojo que tiene al lado es Marte.
        —Me parece que se mueven.
        —No, nos movemos nosotros con la tierra.
        —Es todo tan misterioso.
        —Sabes que hay puntos radiantes que vemos que ya no existen y puntos que aún no vemos pero que existen en algún sitio. Son mundos desconocidos.
        —Me fascina y me aterra la noche. Esta cúpula me empequeñece.
        —Sí, empequeñece. Nos creemos dueños del planeta y somos briznas de hierba de la montaña mágica.

        —¿Rumbo a...?
        —Montserrat. ¿Es la primera vez para ti?
        —Sí. ¿A qué vamos?
        —A reactivar la mutación genética de los humanos en su origen, actualizando los registros akásicos. Hay que ir y aparecer de vez en cuando igual que sucede con los milagros para que surtan efecto. Nos esperan. Los humanoides han perdido la trascendencia y el norte. Ir antes que se destruyan y acaben con las cuatro primeras dimensiones y nos quedemos solos y sin continuidad en este multiverso.
        —¿Como hizo Moisés?
        —No, ahora es distinto. Esa civilización ha alcanzado lo cuántico, aunque sigue ignorando su proyecto de vida global. Somos hermanos lejanos. Nos necesitamos. Todos somos hijos del mismo polvo estelar.
        —¿Cuál es exactamente nuestra misión en Montserrat?
        —Despertarles del sueño terráqueo. Allí hay de los nuestros. Avivaremos el programa de la reminiscencia cósmica con la poderosa palabra que corresponde a esta quinta raza raíz, la palabra que alienta el sentimiento de unidad sideral. Cada vez que la mencionen se les excitará automáticamente en el hipotálamo el recuerdo original de pertenencia a un organismo vivo, al Supraversal.
        —¿Y la palabra clave para este planeta es...?
        —"Noche".
        —En marcha, pues.                       

martes, 15 de mayo de 2018

Relato 216


                                    Tren

        Un tren en marcha,
        árboles borrosos,
        gasolineras, coches,
        bares, cristales empañados,
        túneles y apeaderos.
        Deambular humano,
        miradas transitorias,
        café de buena mañana,
        corto, amargo, fuerte y escaso.
        Estaciones con parada,
         la humanidad bascula
        en el tren de la vida.
        Se detiene la máquina,
         parada obligatoria,
        el maquinista se apea. 
        Inmovilizado el tren
        en la maqueta eléctrica
        huérfana de vida
        en miniatura.             

martes, 8 de mayo de 2018

Relato 215


                                        Metro

 Un seient blau, m'assec, he tingut sort, bon senyal, va força ple, és d'hora, fins Les Corts són disset, tres quarts i llestos, ajeu-te, Franklin; res de fer tard, a les entrevistes mai, deia la mare, pobra, sempre treballant i guaita, ja veus, criant malves, coi de mal de cap, no se me'n va; la tercera en un mes... ja l'avisarem, i no ho fan mai; el cafè sense efecte, llarg i aigualit, una aspirina, el meu regne per una aspirina, tinc basca, ho noto; què mira la nena?, no em treu els ulls de sobre des que hem entrat al vagó, què fem? Quiet, Franklin; refrega't la cara amb les mans, estan suades, sí, deu ser la corbata cridanera, se'm nota que no en solc dur, guaita, els peques ho veuen tot, la mare la renya, les sabatetes al seient, no, s'embruta, treu-les, Pola, no vull, mami, es posa a bramar, el que em faltava, seu, Franklin; van a fer-se unes ulleres, baixen a Lesseps, sort, dura poc, més xivarri, quina sotragada, la mare conduïa millor, l'acordionista romanès, les cançons de sempre, vint, cinquanta o res, quant li donem? Escoltar-lo ja paga, el mòbil, uf!, la bateria, s'apropa l'home, un dels darrers WhatsApps de la mare: "La vida és com el Metro amb estacions i túnels, recordeu, fill, t'estimo". Què fem?, li'n dono una de vint; i si em poso el nas, Franklin? Podria fer-ho, el duc a la butxaca, atreveix-te, Lluís, fa anys vas fer-ho en un bus, assegut seriós i amb el nas de pallasso, tothom somreia menys tu, no et donaren res, tampoc demanaves, ara podries, unes monedes t'anirien bé, dinaríeu de franc i et prendries l'aspirina; va, ximpleries, no estan per bromes, fotut ofici el meu, no queden ganes ni de riure, amb la crisi tot s'acaba; guaita, Franklin, sembla el meu fill, oi? Que no ens vegi, millor em tapo amb el barret, vindrà i em preguntarà, què fas amb aquesta fila, més mentides, no tinc ganes, tres anys que no estic al circ Flic, si ho sabés, s'enfonsaria, suficient té repartint amb la bici, no pot veure'ns, massa ple, aquesta parella gran també du a la solapa un llaç groc; tranquil, Franklin, seu, sí que és en Pol, va amb l'Anna, els veig contents, me n'alegro, duen l'uniforme blau i carbassa de menjars a domicili L'ou ple, no ens miraran, embadalits com estàtues... a la estació de Passeig de Gràcia feia d'estàtua fenícia, m'anava bé, Franklin, als turistes, Gaudí els embogeix; baixen a Drassanes, millor... I encenedors? Abans en venia, a un euro, la gent no té diners ni per fumar, ningú em mirava, saps, Franklin, els avergonyeix veure algú demanant, un jove amb pírcings a les celles va ser l'únic, gràcies, li digué, ets el primer que em mira als ulls abans de comprar-me'n un, ell somrigué sense entendre'm, devia ser estranger, ningú mira, la pobresa ofèn. Si sabessis, Franklin, quantes vides queden soterrades en l'anonimat en el Metro! Nova sotragada, Espanya, la mare conduïa millor, algun dia em substituiràs, quina dèria, però, fill, arregla't, vas fet un desastre, els tatuatges del braç te'ls has d'amagar, fan mala impressió, no trobaràs mai feina. Guaita, mare, no vaig fer de maquinista com tu, no et veia mai, sempre amunt i avall a cop de xiulet, horaris canviants i jo ja era un mono saltimbanqui de petit. T'estranyo, amb tu les estacions i els túnels de la línea verda del Metro eren més planeres. De totes les línies.
        Sí, crec que sí, Franklin, em poso el nas vermell, a veure si animem els passatgers, traiem alguns calerons i se'm passa el mal de cap.

martes, 1 de mayo de 2018

Relato 214


                                        Llueve

No te asustes, mi niña, eso que oyes son truenos, eso que ves son relámpagos, eso que cae es lluvia. La lluvia es buena para todos, para los campos, los árboles, las plantas, y también para las personitas como tú y como yo. La lluvia, hija mía, rejuvenece el verde, renueva corazones, limpia calles y aceras, y llena de alegres sonajeros ríos y pantanos. Esa lluvia se convertirá en el agua que bebamos, hijita, la necesitamos para vivir, nos  alimenta, purifica y sana. Ven a mis brazos, mi niña, deja de llorar, abrázame fuerte, se te pasará el miedo, con mamá estarás segura. Ven y veamos bien juntitas el espectáculo de la vida.    

martes, 24 de abril de 2018

Relato 213


                                      Cortapisas           

Lo primero que emerge del pueblo en niebla es el tañido de la campana. Siete veces. Lo segundo, el pincho de la cruz del pináculo piramidal del campanario. Lo tercero, la mañana con los tejados y las chimeneas de las casas echando humo. La tejas transpiran sudor, las paredes derriten blancura, los maderos de las puertas se desatrancan, giran los goznes, algunos pastores surgen de la nada, se oyen tronar voces de reclamo a los animales, las vacas mugen, corren cerrojos, los bastones las guían hacia el monte, se van cencerros arriba, los perros saltan sobre sí mismos, no hay olor a café recién hecho, solo huele a estiércol y alfalfa mojadas. Mientras el pueblo se espabila, el sol seca cañadas y humedades, el río exiguo del valle fluye dibujando perezosas eses y el cadáver del niño de la Aurora flota con siete años estancado en un recodo del agua. Igual que un nenúfar azul. Desapareció anoche. Nadie le echó a faltar salvo el sacristán cuando Pedrito no acudió a la preceptiva misa de las siete. Era su único monaguillo.
        Cinco puñaladas —dictaminó el forense —no se ha ahogado. Aurora lloraba la pérdida de Pedrito, su sexto hijo y el menor, lloraba y se derretía como las paredes de las casas. El inspector investigó a fondo, echaba humo por la boca y por la cabeza, hizo preguntas a trochemoche, casi todo el pueblo pasó por su despacho de la ciudad, incluso las vacas, oliendo a estiércol y alfalfa húmedas. El caso le resultaba complicado, no habían testigos ni motivos. Aparentemente. Y siempre aquella espesa niebla traspirando vapor y tinieblas. Jamás lo resolvió, ni huellas, ni ADN, ni nada que hablara en el muerto. Le dolía la mala conciencia. Ni girando goznes ni desatracando puertas, ni con buen café. Todos parecían inocentes y dolidos. El cuchillo era común, una daga de matar cerdos, apareció en una acequia, cualquiera podría haberlo asesinado, no presentaba signos de violación ni de haberse defendido. Los cortes en brazos y piernas, el último en el cuello, el definitivo. Todo parecía indicar que lo habían atacado de espaldas, antes de asestarle el tajo final. Entre cáñamos enhiestos flotaba el nenúfar azulado.
        Pedrito era buen estudiante. El maestro lo tenía por un superdotado. Le bastaba leer un texto para aprenderlo y razonaba lógicamente. El maestro decía que sería el orgullo del pueblo, que lo pondría en el mapa del mundo. Era con siete años el más espabilado del pueblo, todo un cortapisas.

martes, 17 de abril de 2018

Relato 212


  
                                          Seller

Biblioteca pública, segunda planta. Elijo un libro policíaco al azar, me dejo guiar por la portada: un fogonazo en primer término, todo lo demás oscuro, eso promete, me siento.  Abro al albur por una página, resulta ser la setenta, leo: Tras la cortina granate de la biblioteca central en Manhattan algo se mueve, no por la brisa de las ventanas que están cerradas ni por el aire condicionado alejado de las esquinas, sino por alguna razón desconocida. Sólo Seller sigue el aleteo de las cortinas, sólo él lo ve. Tiene el gaznate seco, hace rato que no bebe, se afloja el nudo de la corbata y repasa con la lengua sus labios, resecos, sin quitar ojo al bamboleo amenazante. Su instinto de ex-policía le advierte de un peligro, las cortinas sufren erecciones extrañas, él las sigue al milímetro, pero a su lado la mayoría lee absorta sin reparar en los movimientos que se extienden a otras partes del cortinaje.
        Como una estaca invisible asoma un doble cañón, una recortada del 44, y luego otras, refulge el brillo del arma con la luz de la mañana, se enderezan y sin apuntar disparan ráfagas de plomo. Suenan como un trueno, el destello y el consiguiente retruécano. Resuenan verdaderos. ¡Qué sucede!, alguien farfulla antes de caer herida o abatida sobre una mesa. No me asusté, seguí leyendo, la trama era emocionante ,me sorprendió mi frialdad, fueron muchos los que trataban de huir despavoridos, buscando las escaleras, tirándose al suelo, o escondiéndose tras las estanterías, otros corrían y caían cerca, a mi alrededor, la metralla azotaba como un ciclón en Corea, oía gente que gritaba asesinos y chillaba, lectores desvanecidos junto a mí, en el suelo de losetas hexagonales, nadie podía sobrevivir a la masacre, llevaban pasamontañas y vomitaban fogonazos, traté de mantener la calma, seguí leyendo, ignoraba el por qué nos disparaban aquellos bestias, temí lo peor, morir ametrallado, la pestilente olor de pólvora impregnaba la sala del segundo (dedicado a las novelas policíacas), tenía que hacer algo, decidí no seguir leyendo, me tapé la cara con el libro, en vano, sentí tras las páginas que una mirada asesina taladraba mi cabeza, muy desagradable, demasiadas artillería, demasiada sangre, nadie quedó vivo, ni yo.
        Vaciaron los cargadores. La macabra sesión fotográfica se quedó sin flashes. La sala segunda, devastada. Olía sólo a pólvora. Los proyectiles habían destrozado cristales, mesas, sillas, fluorescentes, pantallas, cortinas, perforado libros, estanterías, puertas, mostradores, aniquilado a todos los lectores de esa mañana de junio en apenas un minuto, ¡qué rápido pasó todo, Dios mío!
         Por detrás del cortinaje no menos de tres sombras negras, tal vez cinco, como cofrades sin capitoste, enfundando Kalashnikov en lugar de cirios, habían disparado a quemarropa, me habían pillado sentado, de espaldas, mi cabeza había recibido una ráfaga mortal y caído herido de muerte sobre la página setenta. De mi cabeza la sangre fluye fácil, a borbotones, líquida y escarlata, se coagula sobre el libro, lo apelmaza, lo deja  cartón reseco, inservible.
         He dicho muerto, pero no, casi muerto, rectifico que es de sabios, (no podría narraros este horror) el impacto me ha derribado y he caído de bruces, desmayado sobre el libro, la placa metálica que recubre mi cerebelo me ha salvado, aunque se ha hundido y desplazado, aplastando mi cerebro. Lo que me faltaba. Si me implantaron una placa para corregir a medias los ataques epilépticos (y como consecuencia me incrementó la miopía a ocho en cada ojo), ahora con la placa hundida, qué va a ser de mí. Sencillo, os lo avanzo.
         Al principio me tomaron por otro muerto, pero un espasmo eléctrico me hizo mover los brazos en molinete como un muñeco de cuerda y un enfermero se dio cuenta y allí mismo me pusieron un par de vías de emergencia. —Que se nos va —les oí decir en la ambulancia y yo tan pancho, lo que tiene el quedarse sin sangre, además, ¿a dónde ir en estas condiciones? En fin, luego, y avanzando, en el hospital los médicos me intervendrán, me operaron con pocas esperanzas, transfusiones y más transfusiones, suerte que mi sangre es del tipo corriente, AB, que sino. Les oí decir: se ha salvado por poco, aunque hay que esperar, por les efectos colaterales. Eso es. Me han vuelto a la vida, pero, ¿a costa de qué?
        La pregunta es pertinente, en aquel momento lo desconocía, no saldré bien, eso lo comprobaré más adelante, avanzo acontecimientos, quedaré afectado de Parkinson, temblaré como un merengue día y  noche (lo que me cuesta escribir), volverá  la epilepsia con mayor virulencia, empeoraré la vista a catorce dioptrías y quedaré sordo como el fondo del mar por las detonaciones, dicen. Muy desagradable. Sobreviviente del atentado y con pensión del Estado, eso sí. Igual os preguntáis qué pasó con los terroristas. Lo de siempre, las fuerzas especiales los abatieron en la planta primera, donde los libros históricos, cuando se les acabó la munición, como era de esperar. Habían gastado toda la disponible en la segunda planta.
         Los de la biblioteca tuvieron un detalle conmigo, me regalaron el libro manchado de sangre, el que estaba leyendo y cobijó mi cabeza. Se llama Hemorragia y es de T. T. (Thomas Taylor), una novela, visto lo visto, muy realista. Po cierto, Seller acabó loco, no pudo soportar el sufrimiento ajeno.