martes, 30 de octubre de 2018

Relato 240


                                   Gambes

Divendres, 21/9: La Júlia ha anat a la peixateria del poble. No hi havia esta mai i no tornarà, diu. La Nuri és de vacances. Era a última hora i havia poc peix i de qualitat diversa. La Júlia n’entén i ha seleccionat les peces. Ha dut navalles per a mi, cargols de punxa, musclos per compartir i escamarlans per ella. També sardines per esmorzar un dia d’aquests i ha triat una sípia entre un grapat que sabia segur que tindria sencera la bossa de tinta. Ha descartat els llucets, tenien els ulls apagats. Al darrer moment s’ha fixat en una caixeta de gambes salades i n’ha dut una pel vermut del diumenge. Ha estat arribar a casa, treure-la de la bossa i estendre’s per la cuina una pudor insuportable. Això put, li he comentat, aquestes gambes estan dolentes. Ha buscat la caducitat i no caduquen fins el 27, ha obert la caixeta traient-li el precinte i la fetor s’ha estès pel pis com una bafarada pestilent. Encara així n’ha provat una i l’ha escopida immediatament, rentant-se les mans i la boca de seguida. Demà aniré a reclamar els quinze euros de les gambes, ha exclamat, emprenyada. S’ha sentit estafada i ferida en l’amor propi. Res com la Nuri, una persona de confiança, xiuxiuejava.

Dissabte, 22/9: La botiga era plena de gent, s’ho temia i encara haver anat amb cura amb la reclamació l’espectable ha estat lamentable. La caminada sota el sol per arribar-hi i per tornar-hi l’ha deixada sufocada, ha arribat suada, i ara mateix s’està dutxant. La peixatera li ha tornat els quinze euros no sense muntar-li un xou amb la clientela. En certa forma era inevitable, ella tracta de mantenir la parròquia fidel, ha de protegir el seu negoci. Quan Júlia després de fer una llarga cua li ha dit amb tota la delicadesa del món que la caixa de gambes estava dolenta, que pudia intensament a podrit i estaven toves, la peixatera ha alçat les celles, ha agafat la caixa, l’ha olorada, què dius, reina!, aquesta és l’olor normal de les gambes salades, t’ho pots ben bé creure, estan bones, jo n’entenc. Júlia, estorada, s’ha quedat callada i ha pogut copsar en dècimes de segon com si fos una espectadora la mirada de la gent fitant-la de dalt a baix, sentint-se jutjada i condemnada a parts iguals. De seguida i amb gran desimboltura la peixatera n’ha agafat una, de gamba, l’ha pelada i se l’ha menjada sencera davant de tota la clientela que se la mirava expectant. Boníssima, reina, ja t’ho dic, no t’ofereixo una altra caixa perquè ja deus tenir mania, ja se sap com van aquestes coses, però estan perfectes, me les van dur al matí, t’ho ben asseguro, mira que et dic, guapa, ves per on, ja tinc aperitiu per compartir després amb la família. En vol provar una, vostè, Sra. Hermina? És que estic refredada i sense gust, saps, Rosa. Aleshores, la peixatera seguint el seu domini de l’escenari es dirigí, segons m’ha contat la Júlia, a un client obès i calb de la segona fila i li soltà, i tu, Ricard, què en vols provar una? L’home va dubtar de primeres, però després la va assaborir lentament conscient que era el blanc de moltes mirades inquisidores, jo la trobo bona, afirmà per fi, que me’n pots donar una altra? No, que me’n quedaria sense!, exclamà la peixatera i tothom va riure menys la Júlia, qui va marxar capcot, però amb la sensació d’haver complert la missió que s’havia encarregat.

Dilluns, 24/9: De camí al tren ens hem desviat una mica per passar pel davant de la peixateria. És tancada. A la persiana hi ha un cartell mal escrit a mà i enganxat amb cinta adhesiva que diu: tancat per malaltia.

martes, 23 de octubre de 2018

Relato 239



                               Inevitable

Vive pendiente del móvil, cada vez que suena le salta el corazón, no importa la hora que sea. En cualquier momento puede suceder lo inevitable. Su madre y/o un infarto.

martes, 16 de octubre de 2018

Relato 238


                                           Mochila

Espera que llegue el autocar de línea y sube, lleva una mochila grande, pero extrañamente nervioso se la deja en la parada. ¡En qué estaría pensando! El vehículo arranca y cuando se da cuenta le dice al conductor que pare, que se ha descuidado la mochila en la acera: creía que la iba a colocar usted en el portaequipajes. El hombre le responde sin mirarle: no es asunto mío, la mochila va con el pasajero y  usted decide qué hacer con sus pertenencias, si cargarlas o dejarlas, el viajero es dueño de su vida, allá usted. Y añade con aire cansino: si tuviera que estar pendiente de todo, acabaría loco. Y puso la tercera y la cuarta casi al instante, el motor ronqueó, el tipo, satisfecho, esbozó una sonrisa pérfida, mientras apuraba una breva maloliente y ocultaba su calvicie con una gorra de plato azul con una estrella centrada. Será desgraciado, piensa el viejo que acababa de subir y le suplica: por favor, necesito la mochila, se lo ruego, deténgase. El conductor hace como si fuera a levantar el pie del acelerador, pero aborta el intento y continúa conduciendo aquel trasto a mayor velocidad. El viejo piensa, ¿qué le habría costado parar un instante a ese jodido? Cómo se lo digo a mi hermana? Su hermana Luisa vive en Tachuela, a 250 kilómetros de donde se encuentra, y lleva algo importante para ella en la mochila, algo que la liberaría de la depresión en la que está sumida desde hace trece años. ¿Cómo se lo digo a mi hermana? ¿Me creerá? Avanza por el pasillo del autocar rápido hacia el fondo, va casi vacío, "en Lozana se llenará, seguro", repiquetea los cristales con las puntas de los dedos, aprisa, más aprisa, alcanza el asiento trasero y busca con la mirada la mochila, la ve al fondo, de pie en la parada, va haciéndose cada vez más y más pequeña, hasta que la pierde de vista. Se revuelca en el asiento, rebobina mentalmente, cae en la cuenta de que en realidad lleva poca cosa de valor en la mochila: unas cuantas piezas de ropa de recambio, un bocadillo de tortilla, unos planos de la heredad que anhela su hermana, la cabeza de su cuñado, pero ningún documento personal, ni recuerdo, ninguna fotografía, nada que merezca la pena. Aliviado, se sienta junto a la ventanilla y contempla el paisaje que fluye libremente, se frota los ojos, sonríe apenas, musita: mi hermana comprenderá, comprenderá, seguro.

martes, 9 de octubre de 2018

Relato 237

                                   Animales                                (A Ricardín)

        —Está bien, mami.
        —Ahora, cómete tu sepia.
        —La sepia no es de verdad,¿no?
        —No.
        —Entonces, no habla ni tiene cabeza, ¿no?
        —No.
        —En dónde está su cabeza?
        —No tiene cabeza. Sólo es parte de la sepia cortada.
        —¡Ah!, y la cabeza está en el mar.
        —No. Está en la pescadería.
        —¿Un hombre la cortó?
        —Sí, la cortó.
        —¿Por qué?
        —Para que podamos comer. Si no, nos la tendríamos que comer entera.
        —Pero, por qué?
        —Para comerla, es muy grande, igual que cortan los pollos y las gallinas.
        —Ah!, los pollos y las gallinas. Nadie come gallinas.
        —¿Nadie come gallinas?
        —¡Ellos son animales!
        —Eh? Vale, hijito, entonces, cómete las patatas.
        —Sólo las patatas y el arroz.
        —Está bien.
        —Las sepias son animales.
        —Está bien.
        —Todo eso son animales, mami. Los peces son animales, las sepias son animales, las gallinas son animales, las vacas son animales, los cerdos son animales.
        —Pues sí.
        —Entonces, cuando comemos animales, ¿ellos mueren?
        —Así es.
        —¿Por qué?
        —Para que podamos comerlos, amor.
        —Pero, por qué ellos mueren. No me gusta que ellos mueran, me gusta que sigan de pie, felices.
        —Bien. Entonces no volveremos a comer carne. ¿Está bien?
        —Esos animales debemos cuidarlos, no comerlos.
        —Tienes razón, hijito. Cómete entonces las patatas y el arroz.
        —Está bien. Pero, ¿por qué estás llorando, mami?
        —No, no estoy llorando, es solo que me tocaste el corazón.
        —¡Ah!, entonces, dije algo bonito.
        —Ahora come, hijo, no es necesario que te comas la sepia. Así está bien.                                                        

martes, 2 de octubre de 2018

Relato 236



                                    Pesadilla  
                             
En la mañana del uno de octubre de 2017 Estéfano Pablos Ñame no sobrevivió a la pesadilla y quedó convertido definitivamente en una araña doméstica, todo casco ahuecado, ojuelos de sapo y largas patas aporradas. 

martes, 25 de septiembre de 2018

Relato 235


                                                Glorieta
          —¡Aquí!
          —¿Aquí?
          —Sí, aquí irá la glorieta.
        Luisa señaló una pequeña elevación del terreno en la montaña de Collserola con Barcelona a los pies y una hermosa vista al mar Mediterráneo.
        —Y aquí pondremos el banco de piedra, el que vimos ayer, pero con cojines estampados de azul. Nada ni nadie podrá ocultarnos esta panorámica. Aquí no sentaremos tú y yo cuando seamos mayores, nos estrecharemos las manos y veremos juntos cómo se van apagando las luces de los barcos, las de la ciudad y se encienden las estrellas al anochecer.
        Puede que sea porque no tenemos hijos el caso es que Luisa sueña con algo así desde hace años, viene ahorrando desde que nos casamos, pero su tienda de bolsos da para poco más que ir viviendo y yo me gano la vida como mecánico de coches, me gusta mi trabajo, pero la gente joven empuja fuerte con la informática. Llevo mucho tiempo en el oficio, soy un experto en embragues, frenos, dirección asistida y puesta a punto de cualquier vehículo, tengo un sexto sentido, no me hacen falta las máquinas de test, que, sin embargo,  sí utilizan los jóvenes.
        —Y allí construiremos la casita, una de planta baja, con un porche que la rodee completamente.
        Luisa se dio la vuelta y miró hacia el oeste donde el terreno es más llano, repleto de maleza y arbustos bajos, con algunos pinos y encinas, un terreno susceptible de ser nivelado, aunque —pensé— habrá que eliminar casi todos los árboles para levantar la pequeña casa de montaña que ella desea.  
        —¿Un porche que la rodee?
        —Sí, que rodee la casa, y nos iremos cambiando de sitio a medida que el sol cambie, para evitarlo en verano y disfrutarlo en invierno. Sí, Raimon, es la casa que quiero para nosotros dos y ahora podemos, ahora haré realidad este sueño gracias a  mi querido tío Alfonsín, ¡menuda suerte hemos tenido!
        Efectivamente, su tío Alfonso emigró a Venezuela en busca de fortuna, cuando Luisita era una cría (y ahora ha cumplido los cuarenta y seis) y si bien es cierto que era su sobrina preferida, nunca más se supo de él hasta ahora, cuando el notario nos avisó de su muerte y nos confirmó que en el testamento había otorgado a Luisa el terrenito de Collserola, (único bien que tenía, de casi una hectárea, que heredó de su madre) para regocijo de mi esposa que saltaba de alegría.   
        Luego pasamos tres años largos ahorrando más, sacrificándonos y construyendo la casa, el dinero se iba rápido entre planos y arquitectos, aparejadores, obras y permisos. La aparejadora jefa tenía un BMW, lo llevaba al taller, me cuidaba personalmente, incluso en más de una ocasión lo probamos juntos. Estaba encantada conmigo y yo con ella, parecía que nos conociéramos desde hacía mucho. Intimamos, tal vez demasiado, bueno sí, ya se sabe estas cosas pasan. Yo me cuidaba de los elementos más técnicos de la casa como el número de enchufes y su posición mientras que mi mujer del aprovechamiento del espacio, de la decoración y de la distribución de habitaciones. Quería que hubieran tres dormitorios, dos baños completos y una sala de estar con chimenea en el centro, redonda, y una cocina con arcón frigorífico. Y que el porche circunvalara la casa con columnas jónicas. Luisa y yo nos pasamos muchas horas sentados en el peñasco donde iba a erigirse el dichoso cenador hablando de nosotros, dibujando, imaginando, discutiendo del proyecto de la casa y de nuestro futuro.
         Se dejó para el final la edificación de la glorieta en el promontorio con el banco de piedra que Luisa quería, en el mismo donde nos íbamos a sentar de mayores con nuestras manos entrelazadas para ver juntos el anochecer. Nunca llegó a verlo terminado. Una lástima, no pudo ser, todo sucedió muy rápido, sin pensar, ella pasó un tiempo en el arcón frigorífico que tanto quiso y ahora está aquí conmigo, enterrada en el centro de la glorieta, mientras yo, solo, sentado en este banco de piedra con cojines azules que nunca me gustaron contemplo junto a ella lo que un día pudo haber sido y nunca fue, apagarse las luces de los barcos, de las casas y de las estrellas de este mi último y seguramente postrer atardecer.      

martes, 18 de septiembre de 2018

Relato 234


                              Farra

Asomando la cabeza por el balcón del séptimo les dijo a sus vecinos del lado: podéis dejar de hablar tan alto, por favor, y hablar más bajito, son las tres de la madrugada, estáis montando una farra de escándalo, no me dejáis dormir y resulta que mañana he de ir a trabajar. ¿Queréis?
        Fueron sus últimas palabras.