martes, 24 de noviembre de 2020

Relato 348

                               Vecino


        —¿Sabéis lo último del nuevo?     

        —¿El del tercero tercera?      

        —Ese mismo, Rosa, el caradura.   

        —¿Qué? ¿Cuéntanos?  

        —¿Os acordáis de su novia menorquina?

        —Claro, aquella tan finolis.

        —Pues, hace un par de noches la molió a palos.

        —¡Qué dices, Ana!

        —Lo que oís. Lo sé de buena tinta. Rocío, que vive al lado, lo oyó todo. Al día siguiente la vio: le dejó la cara como una ensaimada.

        —¡Pobre chiquilla, si al menos le lleva quince años!

        —Se ve que estaba como loco. Gritaba que él podía irse con cualquiera, pero que ella no, que ella era suya.

        —¡Qué sinvergüenza y pensar que me caía bien ese tipejo!

        —Los cafés con leche para ellas y el té para mí, por favor, y los cruasanes los puede dejar en medio de la mesa. Gracias.

        —Ya os dije yo que no era de fiar ese franchute.

        —Pero, reconócelo, a ti también te engañó con sus buenos modales.

        —Es cierto, tan alto y educado, tan elegante, con su sonrisa recién horneada: le he traído unos eclairs, Sra. Pura, para que los comparta con su marido. ¡Qué hipócrita! ¡Quién iba a pensar que eran artimañas de gigoló!

        —Y, ¿sabéis? Es de buena familia. Un día me lo dijo en el ascensor, su madre es rica, vive en París y le manda dinero, todo el que le pide, un adelanto de la herencia, ¡qué pencas, con treinta y nueve años! A Carmen le pagó el alquiler de un año de golpe y luego no ha visto ni un euro más. Está que trina.

        —Y más que estará, se le ha acabado la bicoca, un finde vino la madame sin avisar y descubrió que su hijo era un mentiroso, que no tenía ninguna agencia de casting como le había dicho y le desheredó. Estaba indignada, sobre todo désolé. Chapurreé un poco de francés con ella.

        —Ahora entiendo, Eva, porque le veo a veces con un mono blanco de pintor. ¡Intenta ganarse la vida decentemente!

        —Y Carmen, ¿cómo que no lo ha denunciado?

        —Al parecer se la está beneficiando, al ser viuda. Eso dicen las malas lenguas, que a mí no me ha dicho ni mu.

        —¡Qué sinvergüenza!

        —El pollero ya no le fía: Pascal o me pagas lo que me debes o no vengas más. Julio es así, a las buenas, todo, a las malas, nada. Iba con invitados y tuvo que irse con el rabo entre las piernas. Eso sí, sin torcer su sonrisa gala.

        —Es un vividor, eso es lo que es, se vale de su simpatía para engatusar a todo bicho viviente. El presi me dijo que lo pilló robando luz de la escalera. Ese gandul no ha dado golpe en su vida.

        —Los reserva a sus fans, menudo canalla. Sabes, Rosa, yo cada vez lo veo más claro: esa perla, siempre rodeado de jovencitas, debe ser un corruptor de menores, un proxeneta de esos.

        —Y un drogata, la escalera apesta a maría.

        —No os extrañe que algún día venga la policía.

        —A mí, no me extrañaría, Pura.

        —¿A quién le toca pagar hoy?

martes, 17 de noviembre de 2020

Relato 347

                        Vacuna

Orestes tuvo un sueño extraño, acabó en la UVI.

Especialista en virus informáticos diseñó en sus laboratorios un antivirus para los Coronavirus.

La población se estaba diezmando en Guardilandia y había que actuar con eficacia y rapidez, antes no se derrumbara el mercado financiero.

A Orestes, un hombre poderoso y rico, le preocupaba la salud del empobrecido pueblo, ahora obligado a llevar mascarilla y sumiso.

En el sueño se veía feliz dominando el mundo desde la montaña de Jerusalén con los súbditos rendidos a sus divinos pies, rindiéndole pleitesía.

A regañadientes ideó una vacuna infalible y cara, un antivirus actualizable, su especialidad. Nobleza ética obliga, pensó en el sueño, es un bien para todos.

La puso en práctica con sus clientes y amigos importantes de Guardilandia con acierto e incertidumbre.

El poder político, judicial y ejecutivo de Guardilandia fue la clase elegida por Orestes para ser los primeros en intentar salvarse con su vacuna.

A fin de poder decretarla como obligatoria para el pueblo, los que de verdad mandan debían probarla y predicar con el ejemplo.

Sin embargo, como saben, nunca llueve a gusto de todos:

Algunos malévolos pensaron que la clase dirigente siempre se lleva los privilegios.

Otros, en cambio, creían que era justo y necesario que los mejores sobrevivieran a la pandemia vírica, pues tenían que seguir liderando la salvación del mundo.

Orestes tuvo un sueño extraño, acabó en la UVI, infectado de coronavirus.

Sin embargo, no teme por su vida, siempre puede despertar de la maravilla.

Aunque sea a regañadientes.

Y además está la vacuna.

 

martes, 10 de noviembre de 2020

Relato 346

Anotó

¿Envenenamos? Envenenemos, total no se va a notar. ¿Amamos? Amemos, total no se va a notar. ¿Escribimos? Escribamos, total no se va a notar. Anotó.

martes, 3 de noviembre de 2020

Relato 345

                                         Maquillaje

­―Como sabéis, queridos, mi trabajo consiste en preparar los cuerpos, dejarlos bien presentados para que su familia los vea por última vez. Empecé a los doce años con mi papá que me ingresó en este gremio y comencé con él y con mi tío que también me enseñó. Con ellos inicié mis primeros trabajos y algunos de vosotros seguiréis mis pasos. Empecé a vestir los cuerpos, pero no lo hacía bien aún, no era la hora. Yo les dije que a mí me gustaba, que quería aprender más y hacerlo mejor. Y les he demostrado que sí, que podía. Me dieron la oportunidad y empecé a trabajar con ellos.

El hombre que hablaba ante el micrófono de la sala tendría unos sesenta años, cabello abundante y cano, cobrizo de piel, de baja estatura y enjuto. Vestía traje oscuro con corbata negra y leía en voz alta y vellosa unos papeles que tenía en el atril.   

―El nuestro es un servicio universal, poco reconocido, ayudamos a que gente anónima se despida mejor de sus difuntos. Yo siento cuando trabajo que cada persona, que cada alma me está mirando y que debo arreglar su cuerpo con respeto, tanto cuando acciono sus articulaciones para vencer el rigor mortis o le masajeo enérgicamente su piel, o cuando le visto o maquillo su rostro. Debo tener máximo respeto por el ser que se va y procurar darle una buena presentación para la familia. La última impresión es la que cuenta, lo sabemos, aunque vaya a ser incinerado como en este caso.

La voz le salió aflautada en este momento, tuvo que carraspear para recuperar el aplomo, hizo una pausa para ajustarse la mascarilla y continuó:

        ―Cuando recibo un cuerpo lo baño, lo desinfecto, le inyecto formol por la femoral, a veces por la aorta, aspiro el agua y la sangre residuales con el trocador, y cierro con sutura la incisión. Voy, como os he dicho con mucho respeto, pero con poco cuidado, nada le hace daño. Yo le veo como un ser vivo, muerto, no como un muñeco de cera. Algunos compañeros lo ven como un muñeco de cera, le han perdido el respeto al muerto, a la muerte. En ocasiones extraigo sus vísceras, las desinfecto, se las vuelvo a poner y suturo de nuevo. En este caso no ha sido necesario. Lo baño otra vez, le tapono los orificios con algodón y le visto con la ropa que me ha dado la familia. No podemos darle la vida al ser querido, pero podemos simularla.

        El hombre se detuvo, bajó la mirada hacia el atril y se secó las lágrimas con un pañuelo de papel. Al poco siguió leyendo y hablando por el micro:

        ―Después lo maquillo, el maquillaje de un difunto no se ha de ver, ha de ser natural, lo más parecido a la vida. Uso la mejor crema: Tanatos Plus, mejor que la de los teatros, resiste los tres grados de la cámara. Peinarlo como él lo hacía, si frotas su cabello, se seca, pues ellos también vivieron y sus almas me observan mientras les acicalo y merecen todo mi esmero. Tenemos corazón, tenemos familia, tenemos sentimientos, nos queremos, apreciemos la vida. Es mi trabajo. El contacto diario con los muertos me hace valorar más la vida, los grandes detalles de la vida. Cuando llegamos a este mundo somos inexpertos y mientras unos empiezan a vivir otros empiezan a morir. Siempre trato el cuerpo con cariño, que esto es ser buen profesional, tratarlo bien, tanto si está vivo como muerto. Podemos preparar cinco, diez, al día, depende, el trabajo es relativo, papá me decía que tengo que ser yo, que tengo que estar cerca de mi corazón, permanentemente.

        Al hombre se le quebró la voz de nuevo e hizo una pausa para aclararse la garganta. Señalando el féretro ovalado que estaba a su derecha prosiguió:

         ―Tanto da lo que uno tenga, queridos, todos somos iguales. Aquí, en el laboratorio entran ricos, pobres, mediocres y de todos los estratos, todos pasan por la sala de maquillaje y salen por la misma puerta. Ahí cae la vanidad y el orgullo, aquí termina todo. Cuidar a los hijos a cada instante, en menos de cinco minutos un descuido puede ser fatal. Preparar un niño es lo más triste que he tenido que hacer, creedme… Peor que la frialdad de un cadáver es la indiferencia. Y valorar la vida y estar con la familia, es lo más importante.

        Calló unos segundos como queriendo dar peso a sus últimas palabras… El numeroso grupo de amigos y familia presentes en la sala le miraban consternados guardando la distancia de seguridad por el Covid y cubriéndose la boca y nariz con mascarillas negras.   

        El hombre ladeó la cabeza en dirección al ataúd, lo miró detenidamente y con respeto, tenía los ojos como uvas de rocío. Con voz temblorosa les dijo:

        ―Esta mañana he preparado a papá, me ha llevado más de una hora, su rostro reluce serenidad y paz, podéis verlo, como si siguiera entre nosotros. He hecho un gran trabajo, papá, gracias a ti, espero que te guste.

         Y dirigiéndose al auditorio terminó balbuceando:

         ―Nuestro duelo será, queridos, mucho más llevadero. 

martes, 27 de octubre de 2020

Relato 344

                                      Puente (2)  

La rosa amarilla naufragó bajo el puente de la pasión roja y ciega.

Desde el puente mirábamos las aguas turbulentas. ¡Qué tiempos aquellos!

La torrentera se llevó el puente una noche y a la siguiente otro. Así hasta que se vació en el desierto de las lágrimas.

martes, 20 de octubre de 2020

Relato 343

                                 Campanero

Cada mañana a eso de las ocho, puntual como una campana, pasaba por delante de mi casa Don Venancio montando una escandalera con sus perritos Trolo y Triqui, sus pelotitas de goma y su vozarrón de labriego saludando entusiástico a quien se encontrara en el paseo marítimo, incluso a los pescadores alejados del espigón. Lo que fuera por soltar la milonga con cualquiera echando vozarrones.

“¿Cómo va hoy la pesca? Claro, claro, pronto no habrá peces ni en la mar, acaban con todo.” Y chasqueaba los dedos y se reía por debajo del bigote… o “Buenos días, tenga usted, voy a ver si sigue el mar por ahí…u Hoy tenemos niebla, válgame Dios, a ver si despeja… o parece que va a llover, esos nubarrones no pintan nada bien, llevo el paraguas por si las moscas… o está picada la mar, ¿verdad? A quién habrán cabreado esos políticos de mierda… o han pintado unos grafitis en el murete, al otro lado de la riera, no tienen vergüenza, a porrazos iría tras esos pillastres, con la lengua les haría limpiar las paredes, jodidos… habrase visto… o Triqui está malita, la tengo a régimen, alguna porquería se comió ayer, en fin, qué le vamos a hacer, la vida sigue, ¿verdad?”

A veces hacía parar a quien pasaba haciendo jogging para comentarle: “parece que viene fresco el día hoy, ¿verdad?” Y rápido continuaba: “Vaya, vaya, no le entretengo que usted tiene prisa…” Y el corredor le sonreía con extrañeza, se secaba el sudor y seguía sin detener la zancada.Sin embargo, con quien más chillaba era con otros paseantes de perros, ahí sí estaba en su salsa, ahí sí se entretenía y arreglaba el mundo generalmente ante el portal de mi dormitorio: “hay que seguir, eso son cuatro días, apruebas lo que ha hecho Rajoy, a mí me parece bien, hay que ser duro con los rebeldes.Y que lo digas, amigo, y que lo digas. Hay que reírse, qué sino qué has de hacer, es lo que toca, a la nuestra edad, jodidos…”

A Don Venancio, con quien no hablé nunca, (cuando a las ocho de la tarde le veía hacer la misma ronda perruna, yo solía girar la cabeza para que no me saludara, pues él saludaba a todo bicho viviente, pero yo le evitaba, me producía repelús), a Don Venancio, digo, yo le llamaba el campanero, por su costumbre de pasear a Trolo y Triqui a la misma hora de la mañana ( y de la tarde) todos los días, dándole igual fuera o no festivo, despertando a todoquisqui durmiente.

Se encarnecía especialmente ante el portal de mi casa donde repetía una y otra vez el mismo ritual: se pasaba la dichosa pelotita de una mano a otra durante un rato, a veces minutos, los perritos no paraban de mirarla ni de ladrar sin descanso dando vueltas como posesos alrededor de Don Campanero, que sonreía bajo su bigote y cuando les veía flaquear aceleraba el peloteo de mano a mano y al cabo de poco echaba la jodida pelotita lo más lejos que podía con su brazo derecho y los perritos (Yorkshires o así) corrían tras ella como locos de contento a traérsela a sus pies y ahí se quedaban, mirándole a él, oliéndole lo zapatos, mordisqueando los cordones, esperando que cogiera la pelotilla del suelo y reiniciara el ritual de cada mañana.

Oler los zapatos era lo que Trolo y Triqui hacían cuando Don Campanero se detenía a dar la parrafada con algún incauto y también olían con fruición los culos de los otros perros paseantes; todo ello, amenizado a toda voz estruendosa con constantes “¡Triqui, cállate!,Trolo, ¡estate quieto! ¡Parad, por favor, ya vamos!” Formaban parte del juego de cada mañana. Para recoger los excrementos (Don Campanero era muy exigente, a veces había colgado carteles en las farolas del paseo sujetos con celo que decían: recoge la mierda de tus perros que es tuya.) para recoger, digo, los excrementos de sus perritos no llevaba bolsa de plástico, sino cuadraditos de papel del diario ABC, convenientemente recortados.

        Su vestimenta era peculiar, la misma camisa blanca cada semana y el mismo pantalón cada mes. Tenía andares de torero y venteaba los brazos de un lado a otro como si fuera un vendaval. El sombrero de paja en verano era un clásico y de fieltro en invierno. A veces el pantalón de pana no se lo quitaba hasta bien entrada la primavera y solía llevar un gabán a cuadros grises y rojos y guantes de piel marrón con al que lanzaba las dichosas pelotitas. Vivía en unos bajos de una casita cercana al muelle, a primera línea de mar.

        Maldije a Don Campanero infinidad de veces desde la cama, ya está aquí el trueno de cada mañana, farfullaba, no podía seguir durmiendo, me desvelaba desde el otro lado de la ventana cerrada, donde él proclamaba su espacio de libertad. He de confesar que respiré aliviado cuando una tarde le vi sentado en un banco del paseo visiblemente desmejorado, había adelgazado mucho, el pantalón desvencijado le sobraba, la camisa no era blanca y llevaba unos tubitos transparentes que le entraban por la nariz y, eso sí, hablaba sin parar. Sus dos compinches perrunos yacían quietos a sus pies.

        Y ahora que va para tres años que no pasa, válgame Dios, hasta le encuentro a faltar. Don Campanero me sigue despertando cada mañana a eso de las ocho. 

martes, 13 de octubre de 2020

Relato 342

                                     Olivia

 

Con cuidado de no despertar a su marido Olivia se levanta de la cama sin encender la luz, se calza a tientas las zapatillas y silenciosa se desliza por el parquet del dormitorio hasta el baño; luego va a la cocina a prepararse un vaso de leche bien fría, la luz de la nevera la sitúa. El plato roto de la discusión de anoche aún está hecho trizas en el suelo, siente el crepitar punzante bajo las finas zapatillas, una sacudida dolorosa electrifica su piel de pies a cabeza.

        En el comedor suenan las cuatro en el reloj de pared. Sigue oscuro. Se sienta en una silla, bebe a sorbos lentos, piensa. Le acompaña el tictac permanente del reloj y de fondo el respirar profundo y arrítmico de su marido. Abre el móvil, se le ilumina el rostro, busca en el correo: “ven, Olivia, déjale, no tienes porque soportar tanto desprecio. Regresa, regresa conmigo.” Oscar la ha encontrado, Oscar ha vuelto a su vida del pasado, de cuando de críos jugaban a médicos en la alcoba de los abuelos, de cuando fueron novios, su primer novio, su primer beso, su primer desengaño.

        Olivia se remueve en el asiento y gime, se refriega los ojos, de repente se ha hecho mayor, ha pasado mucho tiempo, demasiado, apura la leche, va a escribir algo: “Oscar, yo...”, pero apaga el móvil, lo deja en la mesa junto al vaso, y silenciosa regresa al dormitorio, se descalza y se acuesta al lado de su marido sin encender la luz.