martes, 26 de enero de 2021

Relato 357

 

         Tiembla

 

        Tiembla la vidriera

        de colores de la puerta de mi casa,

        tiembla cuando pasa un tren de cercanías,

        o simplemente

        el avión de papel de los anocheceres,

        el relámpago que desgarra la rutina,

        el trueno escondido en un mensaje,

        la remembranza en cualquier melodía,

        el ensueño de las noches sin luna...

        O simplemente

        cuando la miras, cuando se mira.

       

        Tiembla

        la vidriera de la puerta de mi casa,

        de los calambrazos del sol de la mañana,

        de los azotes fríos de la escarcha,

        o simplemente

        se ilumina de la luz de las risas,

        del estruendo de las lágrimas,

        del galope de la caballería rusticana,

        de las gaviotas blancas que dibujan

        sombras de colores en la piel de la puerta,

        de las puertas sin pestañas...

        O simplemente

        se sonrojan cuando se miran.

       

        Tiembla

        la vidriera policroma

        de las puertas que se abren a la calle

        y respiran gajos de mandarina,

        o simplemente

        revientan contrapuertas,

        destellan gritos, dilatan horizontes

        de la carne atormentada

        y funden amarillos con azules estelares,

        en espesas malaquitas verdes...

        O simplemente

        tiemblan, ríen, lloran

        y se reconocen vivas.

martes, 19 de enero de 2021

Relato 356

                                Vendo

Vendo silla de ruedas poco usada. Buen precio.

martes, 12 de enero de 2021

Relato 355

                                         Charco

Le parece que llueve, sí, cree que llueve, pero duda en levantarse de la cama, debe ser muy temprano, entreabre los ojos, aún no son las cinco, cree que llueve, su mujer resopla a su lado, si me levanto se despertará, mal asunto, luego bronca, “no tenías nada mejor que hacer que levantarte a las cinco de la madrugada, ya me has roto el sueño, con lo que me disgusta y lo sabes.”

 Lo sabe, ella es muy sensible al movimiento de la cama, demasiado, se despierta por nada, cuando van a orinar lo hacen juntos, uno detrás de otro, con la luz apagada para no desvelarse, parecemos unos autómatas, sí, unos autómatas.       

Le parece que llueve, ahora lo distingue claramente, con el silencio de la noche, oye gotas en el tejado, suaves, como pisadas de gato al acecho, “lo que hace vivir en un ático, una cubierta te separa del cielo abierto, de sus inclemencias, a ella no le afecta la lluvia, más bien la relaja.” “Vamos al parc de les Aigues, está lloviendo, iremos sin paraguas, será divertido, nos mojaremos” “ve tú, no quiero mojarme, la lluvia, mejor tras los cristales.”

 “Eso la disgusta también, claro que con lo dormida que está tampoco la oye, ahora duerme, sí, y duerme profundo, su respiración es pedregosa, se mezcla con la lluvia incipiente, está claro que empieza a llover”. El tipo aguza el oído, aparta la oreja de la almohada, se concentra y contiene el aliento, cree que llueve. “Si me levanto con cuidado no me oirá, si lo hago acompasado con su respiración, no la despertaré.”

         Escasos metros, no más de tres, le separan de la ventana. Afuera, las farolas de la calle delatarán la lluvia, descorrerá las cortinas y verá gotas enracimadas resbalar por el cristal, una tras otra, como enanitos, arrastrando el polvo de días de descuidos y sedimentos, y verá el enorme charco de agua que se forma delante de su casa siempre que llueve, aunque llueva poco. Hay un badén casi sobrenatural, una alberca ciclópea con forma de ojo asiático que refleja el edificio entero y las jacarandas, ahora azules. “Eso es de los camiones, demasiadas obras en el barrio, estamos rodeados de grúas… Sí, ella tiene razón, grullas y no grúas es lo que necesitamos, la ciudad, una pesadilla, a todas horas, camiones con toldos verdes o rojos, camiones y más camiones, y trailers con contenedores Everest de color calabaza, así cualquiera no se hunde, y este asfalto se ha hundido.”

        Sabe que, si se levanta, aunque vaya con cuidado, ella se despertará y en la calzada verá la mirada inmisericorde del gran ojo oriental de cada día esmaltado por la lluvia de siempre.


martes, 5 de enero de 2021

Relato 354


                                Puente (3)

No siempre tendremos puentes de salvación a mano, acordémonos.

¿De quién es el puente, tuyo, mío, a medias o del tercero segunda?

El puente más largo del mundo es también el más distante, une dos mundos tal vez irreconciliables.

martes, 29 de diciembre de 2020

Relato 353

                                ¡Vedla!

― ¿Cómo te llaman? ―masculla con voz ronca un tipo calvo con camisa roja, de ojos saltones y vidriosos, mientras retuerce un palillo entre sus dientes amarillentos y la va desnudando nerviosamente. Sin pantalones ni calzoncillos, descalzo, sólo con la tizana roja en alto, incendiada de pasión ciega en la penumbra de un cuartucho de mierda. 

        Apenas un catre, un lavamanos, una televisión encendida sin programa, el runrún monótono de rayas horizontales que se suceden unas tras otras, de arriba abajo y en blanco y negro. Yo lo estoy oyendo, oigo el zumbido rutinario del aparato ¿lo oyes tú? ¿lo oís vosotros? Prestad atención.

¿Veis la ventana? De verde chillón, descascarillada y carcomida, y arriba pendiendo del infinito una luna redonda y albina, preñada de luz bastarda y abajo, una callejuela maloliente, inhóspita y fría entre farolas emborrachadas de escarcha nocturna. ¿La conocéis? La habéis visto muchas veces y resulta asfixiante, cobija sombras huidizas. ¿Oís el resonar de unos pasos extraviados? Yo los oigo, me ensordecen, he de taponarme los oídos, y las luces fluctúan como las bandas de la televisión, arriba y abajo.

Una zarpa áspera y arrugada le agarra el cuello, su cuello de cisne blanco, lucha frenética con la presilla de su blusa perlada, oigo una carcajada burlona. ¿La oís? ¿Oís las quejas de ella, y las risotadas de él? Una piel blanca a merced de un camisa roja. Ella tiembla de puro miedo, podría ser mi hija, la tuya, la de cualquiera. Unas manos callosas descienden por un cuerpo frágil desabrochando unos botones satinados que se le resisten, vocifera, la insulta. ¿Le oís?

De un trallazo brusco revienta la botonera y estallan como semillas del Acanto, vuelan los botones enardecidos por la lujuria, unos rebotan en la tele, otros se hunden en la moqueta mugrienta y hasta hay uno que se va a la calle y se mezcla con las sombras. Explota la blusa de organdí como una ventana impúdica, ella se siente violada y rota y de su tórax asoman unas colinas blancas. ¿Las veis? Yo las veo, apenas unas dunas, llevan caramelo deshecho en la cima y la luna las despunta. 

La misma voz ronca ronronea de placer, la saliva se le cae de los labios, planta sus manazas sobre los montículos de cera y los estruja, ella grita, y él se ríe y los retuerce como con su palillo en la boca. ¿Oís cómo se ríe el bestia? ¿Oís como ella se lamenta? ¿Yo la oigo, la oís vosotros? Luego viene lo de siempre, la falda escocesa ni se la quita, el monstruo cierra los ojos, la deja ir y la suelta.

―La niña ciega ―responde ella, balbuceante, antes de arrodillarse.

       Yo la veo. ¿La ves tú? ¿La veis vosotros? Podría ser tu hija, la mía, la de cualquiera…Aun así, es hija de alguien. ¿Lo veis? 

       ¡Vedla! 

martes, 22 de diciembre de 2020

Relato 352

   

                                           Peligro

 

Es inútil que te escondas en la oscuridad del cine, en la pasajera nube gris, bajo las sábanas blancas o en la espesura del bosque humeante, tus energías se volverán  estériles, lo sabes bien, un día o una noche o una tarde aciaga vendrá a por ti, te hallará envuelto en sudor o en incertidumbre, la oirás llegar por el portal, chirriarán los goznes del portón oxidado, se cerrará de golpe, pulsará el interruptor general, brillarán las luces de las plantas, subirá por la escalera de madera, crujirán los escalones, auscultarás pisadas inquietantes, irán a tu nido de cristal.

 No querrás hacer ruido, estarás ausente, cerrarás los ojos, invisible, acurrucado en crisálida, cada paso retumbará en tu cabeza, campanadas de niñez, las contarás una a una, una tras otra, sabrás la hora que vives, el tiempo que te queda, permanecerás en suspenso, inmóvil, temblarás febril.

 En tu rellano cesarán los pasos, se detendrán ante tu puerta, sentirás un silencio largo y tenso, te parecerá inmortal. La mirilla deformará a la visitante, oirás el tintineo calmado de unas llaves, te acordarás del sereno de tu infancia, el sereno que abría los portales de todas las casas, aquí será sólo una, la tuya, tantearán en tu cerradura, se introducirá la llave justa en el bombín, darán dos vueltas los bulones burlones, se retraerá el resbalón, alguien empujará, abrirá la puerta, verás cierto resplandor, notarás corriente de aire, sentirás frío bajo el manto protector.

Tú querrás pasar desapercibido, apretarás los ojos, estrujarás los puños, no lo podrás evitar, la sombra se te acercará y se alargará, la verás hincharse como un presagio y te invadirá, suavemente ocupará tu lugar, os fundiréis en negro, un largo fundido en negro y ya no habrá nada que hacer, con las llaves en la mano serás uno de los suyos, otro sereno.

Y buscarás por los cines, por las nubes afelpadas de amarillo, por los bosques vaporosos, por las sábanas negras; inútil resistirte, lo sabes, no importa donde te escondas ni lo que hayas hecho en el pasado, las moscas que has matado o liberado, las vidas que has destrozado o salvado, reído, compartido, sufrido o llorado, las facturas que has pagado, nada importará.

        Siempre en peligro, tú lo sabes bien, te has convertido en uno de ellos.

martes, 15 de diciembre de 2020

Relato 351

                                Asepsia

Las dos salitas son rectangulares, asépticas, algo inhóspitas y están unidas entre sí por una puerta, siendo una de las salitas algo mayor que la otra. Huelen fragante a rosa recién cortada, a docenas de rosas rojas, blancas y amarillas, hábilmente encordonadas.

        La salita mayor contiene una mesa baja, algunas sillas, y un par de sofás para atender al velatorio mientras que la otra alberga las coronas de flores y el féretro refrigerado. Junto al féretro se encuentra una puerta camuflada en una pared de mármol de Siena, veteado y algo glacial, que lleva a las dependencias interiores del tanatorio.

        El ataúd, ovalado y pulcro, de pino piñonero, se encuentra descubierto dentro de una urna de cristal refrigerada. Contiene un difunto caro de rostro alargado y triste, piel encerada, reluciente, con traje y corbata de ayer mismo.  Con los ojos cerrados parece dormido, dan ganas de decirle: levántate, hombre y anda. En vano. Es el bello durmiente del cuento de nunca acabar…

        Entre faralaes de tafetán blancos yace estático mi padre muerto.