martes, 13 de febrero de 2018

Relato 203

                                 
                            Enamoramiento

Si digo que aborté trituro la historia sólo iniciarla y si digo que no, también. Así que mejor no os avanzo acontecimientos, mejor me sitúo en el momento por demás hermoso en que con diecisiete años me enamoré locamente de Antonio. Y cuando digo locamente quiero decir eso, me volví majara de pasión, cegata, el mundo se desvaneció bajo mis pies, flotaba por encima de las nubes como la diosa que ha reconocido el amor verdadero, el exclusivo, y me estaba pasando a mí, lo tenía clarísimo. Nadie podía entender mi plenitud, la alegría que sentía por las cosas sencillas, mis risas incontrolables, mi enamoramiento. Nadie.
        Nadie, ni mis amigas ni mis padres ni hermanos, nadie, me obnubilé, no había otro hombre que él, Antonio, puse mi vida en sus brazos, le di lo que me pidió. Ingenua, sólo le quería a él, lo que fuera con él, podía prescindir de todo y de todos salvo de mi Antonio. La situación se enconó de tal modo que nada importaba lo que opinaran mis allegados, nada, me enfrenté con todos, tuve duras palabras con mis padres, lloros, gritos, les amenacé con marcharme de casa, defendí mi amor a muerte, sólo quería oír las dulces palabras que salían de su embaucadora boca. Sí, ahora lo sé, embaucadora, pero por entonces, Antonio, formaba parte de mi vida, se la daba enterita si me la hubiera pedido, neciamente enamorada, qué estúpida. A río pasado es fácil, pero en vivo fue arduo, difícil para todos, me deslumbró.
         Ahora con treinta años lo veo pueril y lejano, causé daño sin querer a mi familia y él me lo causó a mí, me laceró el alma de por vida, aún me duele, me la marcó como a un becerro con la letra A. Tatuada de por vida. Me sucede que detrás de cada hombre que veo me aparece aún su imagen delgaducha, la nariz prominente y su aire desgarbado, detrás de cada mirada una sospecha, un miedo, un dolor de tripas que me reblandece las entrañas. Así de continuo.
        No he cerrado el ciclo como si no me lo permitiera, como si aún con todo lo que me hizo, continuara amándolo. Sigue herido mi corazón o mi vanidad por el rechazo, ofendida, atada a su cinto, no puedo perdonarle. Ansiosa de amar, me aferré a él como si no hubiera otro hombre, me adherí al peñón como una lapa sin percatarme que era endeble, de barro, quebradizo. Lo que fuera, pero con mi Antonio, esa era yo entonces, Eulalia Maravillas, así, de tonta.
        Cegada por mi amor adolescente no me di cuenta que yo no era más que una aventura para un chico de diecinueve años, quien sólo quería conocer la vida alejado de su asfixiante familia, experimentar el mundo de las relaciones libre de toda atadura, alardear de sus conquistas ante sus amigos y descubrir el amor y la sexualidad sin compromisos, preparándose para cuando le llegara el momento de casarse por la Iglesia, según su tradición familiar. ¿Casarte ahora? Estás loco.
        Fui una idiota, me dejé llevar por falsas promesas, al fin lo supe, cuando ya culminaban mis diecisiete, cuando un bebé llamó a la puerta, cuando alguien no quiso abrirle, cuando en el momento de la verdad me dejó en la estacada, cuando el amor con mayúscula tendría que imponerse y no se impuso, cuando llegó el momento de decir que sí, dijo que no. Dijo que no. El "no" reverbera todo el rato. Como un crío, que deshojara una margarita despiadada, unos días decía: tengámoslo, otros: no me veo capaz. Y yo como una mariposa girando a su alrededor. Luego lo supe, supe que su familia se oponía, no querían que su Toño fuera padre a los diecinueve, ¡qué barbaridad!, antes tenía que curtirse como hombre, que no veía que sería un desgraciado y el bebé también, que le pasaría como a su hermana, que quedó preñada de joven y tuvo que abortar... La mejor decisión que jamás había tomado. Ellos decidieron por nosotros, su familia en asamblea, hablaban por experiencia, decían. Para entonces tenía el apoyo de mis padres que aceptaban cualquier decisión que yo tomara, no paraban de decirme que se trataba de mi vida y de mi futuro, que respetaban mi decisión, que me querían y apoyaban hiciera lo que hiciera.
         Lo pasaron mal, muy mal, ahora lo sé, y también sé que todo lo que le sucede a uno por horrible que sea sirve para crecer y madurar.
        De modo que unos días sí, otros no, según le instruyera su familia y así pasaban las semanas y yo, preñada de vida y de incertidumbre, engordando la barriga, a merced de lo último que me trajera mi Antonio. Entretanto a cada nuevo día más suplicio para mí, más mareos, nauseas y malestar generales, sintiendo crecer dentro de mí algo que era rechazado a días alternos por el hombre que era su padre.
        Y yo, ¿qué sentía ante el hecho de ser madre soltera o de no ser madre?
Porque ésta es al fin y al cabo fue la pregunta fundamental que llegué a formularme, desesperada, una triste mañana de septiembre de hace doce años. Se trataba de mi vida. ¿Dónde me situaba yo en este proceso de sufrimiento? ¿Importaba a alguien? ¿Podría vivir sin Antonio? ¿Podría seguir? Tenía el apoyo de mis padres, pero, ¿podría seguir adelante toda sola?  
     
        ¿Y yo, qué?  Sabéis, ésta es la pregunta que cambia todas las vidas.
    

        Fue una niña, le puse Alicia, como la del cuento.

martes, 6 de febrero de 2018

Relato 202


                                            Suicidio

Amor, lo siento, esto se acavó. No sé cómo lo han hecho, pero nos han descuvierto. Lo confieso. Aquí tengo la pistola que me diste y boy a usarla. Lo siento por ti y por mí. Tanta planificación para nada.
         Perdóname. La policía viene a vuscarme, estoy seguro. Hace un momento ha sonado el teléfono y no ha contestado nadie. Querían saver si estava en casa. Desde hace días noto que me siguen, me giro y no veo a nadie, pero están ahí, agazapados en la sombra. Sospechan de mí, no sé cómo, es angustioso. Van a enloquecerme. Lo saven, ¿me oyes?, lo saven y es extraño..., todo fue aparentemente perfecto.
        Ella murió de modo accidental, mientras yo estava lejos, en Sant Vicenç de Calders, como havíamos acordado. Seguí el plan, ¡ay amor!, no ha sido culpa mía, te lo aseguro. ¡Te amo tanto! Saves lo cuidadoso que soy. Todos me vieron coger el tren de Cercanías de las 21 en Sants. Me dejé ver en la cafetería, intercambié algunas palabras en el quiosco, compré el cupón al ciego dejándole mucha propina. ¡Me reconocieron cuando la rueda policíaca! La coartada era perfecta, no entiendo, ¿qué ha fallado?  Tú me esperavas con el coche en Bellvitge. Las 21,12. Me diste la volsa. Me puse el disfraz mientras me acercavas a casa. Simulé con la vufanda y me colé en el edificio sin que me viera nadie. En el ascensor me lo quité. Entré sin llamar. Ella estava fumándose un cigarrillo en la terraza. Me acerqué con ademán de vesarla, me miró indiferente, la aupé y la dejé caer al bacío. Ella y el cigarrillo a la calle. Ni gritó. No havía otra manera, lo havíamos hablado, ella no quería diborciarse. Me bolví a embutir el disfraz y con la volsa en la mano me escavullí sin que nadie me viera.  Nadie me vio, te lo aseguro. Esquibé la montonera de gente alrededor del cadáber aplastado en la acera. Seguí nuestro plan. Disfrazado tomé el regional en Sants que me dejó en Sant Vicenç a las 22,15 h., más o menos a la misma hora de llegada del de Cercanías. Tú me esperavas allí, me cambié en el coche, te di la volsa, la que deviste quemar ¿la quemaste? y quedamos en no vernos ni hablarnos hasta que la cosa se calmara. La coartada perfecta.
         Desde entonces han pasado casi cuatro meses. Amor, amor, yo creía haver representado vien el papel de marido afligido, he fingido llorar, apenarme por la muerte accidental de Mari, todos han visto mi calbario por su pérdida. Pero me han atrapado, no hay nada a hacer, oigo pasos que se acercan cautelosos por la escalera. No entiendo dónde me he equibocado, tal vez sea por el ADN, pero en cualquier caso todo ha sido inútil, la policía viene a por mí, nos ha cogido. Es algo que no boy a soportar. No boy a soportar el escándalo ni permanecer más tiempo alejado de ti. Te lo adbertí. Te adbertí que si las cosas se torcían utilizaría la pistola. Aunque me cueste. El arma está cargada y dispuesto a utilizarla. Ésta es la carta de un hombre desesperado, me responsavilizo de todo. No puedo bivir, no podría acostumbrarme a tu ausencia, malbiviendo en una cárcel el resto de mi bida. 
        Esto es lo más sensato, mi bida sin ti carece de sentido. Te amo por encima de todo. No puedo más, Gabriel.

         Después de leer la carta ensangrentada Alonso se limpió las lágrimas sin quitarse los guantes de látex ni mover la carta. Él había sido quien le había llamado desde una cabina para no levantar sospechas, solo que no funcionaba bien. Oyó su “diga” y se cortó. Sin saberlo había sido lo último que había oído pronunciar a su amor. Él fue quien con extrema precaución subió por las escaleras y se detuvo unos minutos antes, asustado al escuchar algo así como un disparo. Se temió lo peor y al entrar en el piso lo peor había sucedido. Ante todo tengo que mantener la calma, se repetía Alonso en voz baja, animándose. Aquello era horrible, inimaginable. Pensó rápido. No podía hacer nada por Gabriel, era evidente, pero sí por él mismo. La sangre en el suelo se estaba cuajando y flotaba en el aire una podredumbre ácida. Gabriel aún conservaba el revólver en su mano izquierda y mantenía el puño de la derecha en la mesa, sujetando el bolígrafo, manchando de rojo el papel. Su cabeza, echada hacia atrás, rezumaba hilos de sangre fluidos que iban espesándose. La bala le había atravesado las sienes de punta a punta. Alonso se aproximó a la mesa, dando un rodeo para evitar el charco de sangre, retiró ligeramente el puño contraído y con cuidado levantó la carta. Releyó las últimas líneas. Con pulcritud (Alonso era odontólogo) rasgó el papel, eliminando gran parte del escrito. Le dejó sólo el último párrafo, el que decía: "Esto es lo más sensato, mi bida sin ti carece de sentido. Te amo por encima de todo. No puedo más, Gabriel".
        Esto será suficiente, murmuró, una especie de nota de suicidio. El resto lo arrugó y lo guardó en un bolsillo envuelto en un pañuelo, con los guantes puestos. Se acercó a Gabriel y antes de irse le dio un beso en los labios, un beso largo y profundo.

        Estaban aún calientes.    

martes, 30 de enero de 2018

Relato 201


                                          Adolescencia
       
         La mataré —dijo para sus adentros— no veo otra solución.
         Paola estaba circulando por la autovía de Mataró en el tramo de 80 Km./h. y había reducido la velocidad de un modo automático. Por trabajo recorría mucho aquella zona y se la conocía al dedillo. “No soporto a esta petarda, lo de anoche fue la gota que colmó mi paciencia”. Su escasa paciencia. Apenas pudo descansar, pasó la noche dando vueltas en la cama, repasando mentalmente la discusión que había tenido con Patricia, se había levantado varias veces a beber agua, y estaba irritable. Por la mañana salió de casa dando un portazo sin desayunar y con un intenso dolor de cabeza. “No puedo continuar viviendo una situación tan estresante ni un minuto más, a mis cuarenta y seis años no tengo porqué aguantar impertinencias de nadie y menos de una mocosa tan mal criada y respondona que aprovecha cualquier situación para desafiarme y hacer exactamente lo contrario de lo que le pido. Eso me destroza, no puedo razonar, me saca de mis casillas.” Y daba golpes contra el volante hasta enrojecerse las palmas de las manos y apretaba los dientes con tal fuerza que su rostro adquirió un aspecto tenso, apergaminado, amenazante. De la guantera extrae un cede y lo pone en marcha. “He de resolver este asunto, acabará conmigo, sólo de verla me produce escalofrío y mi corazón se acelera sin que pueda controlarlo. Anoche mismo después del notición no paraba con la sopa de hacer ruido con la cuchara churrupeándola y le pedí que ¡por favor! no lo hiciera, por buena educación y ella siguió ignorándome, tuve que gritarle  para que se dignara a mirarme con sus grandes ojos celeste y carita de cordera degollada y me contestara con toda la calma que no lo podía evitar ¡Será insolente la criaja esta!" La música envuelve el coche, pero Paula no la oye. "Cuando bebe una Coca cola o lo que sea deja la lata en el primer lugar que le viene en gana y no soporto tener que decirle una y mil veces que la recoja y la tire en el cubo de la basura, me saca de quicio tener que ir siempre detrás suyo, vigilándola como si fuera una sargenta, cuando no soy ni su madre, ¡es inaudito!” Se le humedecieron los ojos y se mordió el labio inferior hasta hacerse un poco de sangre.
          El tráfico estaba detenido a causa del semáforo que une la autovía con la carretera de la costa y aprovechó para limpiarse la pequeña herida del labio con uno de los pañuelos de papel que extrajo de la guantera. “No se merece esta sangre que estoy derramando por ella”. Escuchaba sin atención The dark side of the moon, uno de sus temas preferidos de Pink Floyd, en la caravana diaria. “Y aparenta ser una mosquita muerta con su semblante de ángel y su mirada de lástima y luego siempre por detrás criticando todo lo que hago, yo que se lo doy todo, pero esto se ha acabado, juro que esto lo voy a acabar muy pronto, aunque no me corresponda,  tan cierto como que me llamo Paola. No tolero que se rebote ante mí y menos con el desprecio con el que lo hace, con este aire de soberbia, ella, una cría de catorce años. ¡Qué sabrá ella de la vida! Si su padre se hubiera encargado de darle una buena educación como yo he hecho con los míos, ahora no tendría ni yo ni él estos problemas. Cuanto más lo pienso más me cabreo.” Y seguía Animals.
          Arrancó con potencia de la primera línea y tomó  la segunda salida de la rotonda  dirigiéndose hacia Calella de Mar por la carretera interior muy transitada a aquellas horas. "Tiene celos de mí, considera que le he robado a su padre e intenta hacerme la vida imposible para romper nuestro matrimonio, pero no lo va a conseguir. O ella o yo, ésta es la cuestión y pienso plantarle cara. Mientras vivíamos juntos se comportaba de otro modo, pero desde la boda se ha vuelto insoportable. Ha de cambiar si quiere seguir viviendo en mi casa, aquí las normas las pongo yo y quien no esté conforme que se vaya. Claro que en el lote van padre e hija, la custodia es de la madre, pero he de compartirla cada quince días. Anoche colmó el vaso, ya no la aguanto ningún otro fin de semana más, simplemente digo basta, la detesto”. Ahora  The Wall.
        El tráfico se había vuelto más fluido gracias a tercer carril que han abierto a la altura de Arenys y Paula pudo acelerar a fondo y desahogarse avanzando a un Mercedes conducido por un tipo con bigote de cepillo al que pronto perdió de vista por el retrovisor. “Sólo con pensar en ella mira como te pones, si, ¡te tiemblan las piernas! Es indignante, se cree que por ser hija de divorciados tiene todos los derechos a fastidiarme y a jorobar de paso a mi hija. Es obvio: tiene celos por las atenciones que le presta su padre desde que nos casamos. Tal vez fue un error. Maldita pendona que no tiene donde caerse muerta y se piensa que es la reina de Java a la que todos hemos de servir pleitesía. Además, la muy mentirosa, ha dejado de hablarse con mi hija, porque le estaba robando ropa y cuando se lo eché en cara lo negó, muy ofendida,  con todo el descaro del mundo. ¡Y le estaba mostrado el jersey que se había embutido en el bolso! ¡Increíble! Siempre a su bola colgada del móvil hablando sin parar y con el portátil a cuestas escribiendo sobre mí y sobre lo mal que lo está pasando en esta vida incluso lanzando amenazas veladas contra todo aquel que no esté de acuerdo con ella. Según mi hija explica un montón de barbaridades en el Facebook y allí quedan registradas. ¡Peor para ella! He de hacer algo, es un mal ejemplo para mi hija y está arruinando mi matrimonio. Sería mi segundo fracaso”. The Division Bell suena, pero ella no la escucha.
         Ha empezado a llover y Paola aminora la marcha, activa el limpiaparabrisas, y nota  sobre el techo del vehículo un monótono repiqueteo que le incrementa el dolor de cabeza con el que se levantó “¡Y qué notición! Así sin avisar su madre nos llamó anoche para decirnos que se iba a Zambia con su novio durante un mes como enfermera de ayuda humanitaria y que teníamos que aguantar a su hija durante todo este tiempo, que la tratáramos bien que Patri se quejaba que no la cuidábamos. ¡Serán imbéciles! No la soporto. Ya estoy harta de ir siempre de bombera de un lado a otro apagando fuegos que no he provocado y encima con taquicardias, poniendo en peligro mi salud, todo por una extraña. Demasiado quemada para ir a socorrer a nadie. Yo sólo quiero ser feliz, quiero que me dejen en paz, que se me está escapando la vida por el agujerito del desagüe y no quiero perdérmela. He de poder liberarme de esta intrusa, la ahogaré en la bañera, haré ver que ha sido un accidente, resbaló y se cayó, se quedó  inconsciente, y ya está, eso es,  así lo haré, me libraré de ella.” A Momentary Lapse Of Reason, está empezando.
            La nube de tormenta pasó y volvió el cielo gris. Paola llega a Calella y en el mar resplandecen láminas de plata que reflejan ojuelos de sol. Desde la carretera ya divisa el hospital comarcal. No hay aparcamiento y lo hace en la zona reservada al personal sanitario, para el motor, se arregla el cabello, espera a que empiece Words. Consulta el reloj, va con adelanto, en la cafetería desayuna una magdalena bañada en chocolate y un par de cafés cortos que le sacian el hambre y le alivian la migraña. Doce años  como jefa del departamento comercial de un laboratorio farmacéutico de Barcelona le dan seguridad. Ha quedado con el director de cardiología del hospital, el Dr. Brualla, a fin de presentar un nuevo fármaco y planificar estrategias de venta. Le conoce desde hace tiempo, separado recientemente de la doctora Ruiz, siempre le ha parecido una persona atenta y encantadora teniendo en cuenta que según su experiencia la mayoría de médicos son arrogantes y pretenciosos. “Debe rondar la cincuentena y sí, es verdad, es calvo, pero se mantiene apuesto y atractivo, a mí siempre me ha caído bien, no sé, tal vez podría probar.”

        Paola se acerca al médico portando una cartera repleta de documentos, vestida con un traje chaqueta carmín y tacones altos y en su andar sinuoso y seductivo se adivinaba la pregunta que en un momento u otro de la conversación le formularía al Dr. Brualla: ¿Tiene usted hijos? 

martes, 23 de enero de 2018

Relato 200


                                      Atreviment
      
       ―Anem?
                ―Ara no, no m’apeteix.
                ―Però, havíem quedat que aniríem, oi?
                ―Sí, però això era abans. Ara no m’apeteix.
                —Abans de la discussió?
                —Abans.
                —Podem anar a la següent sessió.
                —Potser sí, ja veurem. També pots anar-hi sol.
                —¡Què faria jo al cinema sol!
                —Doncs, ja seria hora que ho provessis. Vull quedar-me a casa. Vull estar tranquil·la.
                —No hem diguis això. No vull deixar-te sola.
                —Ja sóc grandeta, ¿no et sembla?
                —Ja ho sé, però es que no veig que em pugi agradar anar sol al cinema. Allà al mig de la foscor sense tu al meu costat em sentiria buit i abandonat.
                —Atreveix-te, amor. T’anirà bé.
                —Vols dir, mare?

martes, 16 de enero de 2018

Relato 199

                                 Venecia (y 13)    (ver relato 188)
 (en verde) Preguntas, Albert, por la Loggetta: a los pies del campanile hay una construcción de mediados de XVI, de Sansovino, hermosa y suntuosa a base de mármol de Carrara y piedra de Istria, que llama mucho la atención del turista. Fue centro de reunión de gente rica de Venecia, centro comercial de la época. Ocho columnas de mármol sostienen la amplia terraza, y en el centro los tres arcos de la entrada. En las cuatro hornacinas hay estatuas de dioses romanos antiguos mientras que en los bajorrelieves dominan las escenas mitológicas. También preguntas por la biblioteca marciana (marciana por San Marcos, no por extraterrestres como tú sugieres, tonto) de finales del XVI, que cuenta con más de un millón de libros impresos, infinidad de manuscritos con miniatura y cerca de tres mil incunables. Miniatura viene de minio, es decir, del óxido de plomo rojo que se utilizó al principio no como antioxidante, sino como componente de la tinta para iluminar los dibujos o pinturas de lo códices ilustrados en el medioevo. Es un edificio clásico (los venecianos honraban a los romanos con quienes negociaban) con arcos dóricos en la planta baja y en el frontal alternan triglifos y metopas. El friso está rematado con relieves sucesivos de querubines y guirnaldas de flores y frutas. La decoración escultórica de los arcos es de Alessandro Vittoria. Un rasgo notable de Venecia es que está prohibido hacer picnic en esta piazza, (se persigue y multa) y también la pesca, el agua de Venecia está contaminada como tu LLobregat (hace tiempo, sí, Angelina, ahora no, con las depuradoras) y el pescado viene de fuera y sale por las nubes, de hecho aquí todo está muy caro, lo insólito se hace pagar y lo pagamos todos, los turistas y nosotros. Mi amiga Silvina ya ha dejado de comer pescado y yo estoy volviéndome vegetariana. Últimamente me encuentro más cansada y me duelen los huesos y hasta el alma, no sé si esta ciudad me está matando a golpes de marea o me está oxidando, el caso es que no me siento bien y quiero hacerme un chequeo. ¡Qué bueno que tengas noticias de la señora desconocida! Ha resultado ser una ex-operadora de Telefónica de España, una mujer independiente, soltera, que viajó mucho, que hace años estuvo aquí, en Venecia, y que al parecer murió sola y sus fotografías de viaje (¿a quién le podrían interesar?) fueron a parar a un mercado de segunda mano (donde tú compraste los negativos por pura curiosidad) seguramente como comentas por haberse vaciado el piso donde vivía cuando falleció. ¡Qué pena el olvido, Albert, qué pena me da! Qué bueno, que fuera otra ex operadora la que reconociera la foto del diario, una ex amiga, Amparo, que te llamara de ¿Palencia o Valencia?, no se ve claro y hablaras con ella. Ahora ya sabes el nombre de tu desconocida —Lourdes García Albano— y que nació en Málaga y que trabajó casi cincuenta años en una centralita de Madrid, que podría tener ascendencia italiana por parte de madre, que según su amiga se volvió con los años huraña y distante, sin casi amistades, y yo digo, Albert, ve a saber qué le sucedió a Lourdes para volverse así de amagada, porque todo tiene una razón de ser, ¿sabes, Albert?, que según te dijo fue la misma Amparo quien arrojó las cenizas de Lourdes al mar malagueño siguiendo su última voluntad. ¿Te das cuenta, Albert, que de ella no queda ya nada más que tus fotos rescatadas de un mercado antiguo? Siento escalofríos, no sé, igual hasta tengo fiebre, se me está removiendo el estómago, tú, lejos, el tiempo pasa, suerte tengo de tener a mi amiga Silvina, cerca. En momentos difíciles se agradece tener al lado alguien que te quiera de verdad. Besos, Ciao. XXX         
       
        Ésta es la última postal que tengo de Angelina. Y es de hace años. No sé que habrá sido de ella ni el resultado de su chequeo y en estas horas inciertas me apena no saberlo. Estuve unos meses escribiéndole postales, ansioso de saber y no me contestó ninguna. No sé qué habrá sido de ella, si seguirá viva, si tendrá pareja, tal vez hijos, tal vez sea abuela, o lo más probable haya mutado en Sirena de las aguas venecianas.
        No lo sé y me apena. Me duele el olvido como ella misma dejó escrito.

        Sigo pendiente de ir a Venecia, todavía, a rescatar a Angelina, a rescatarnos del pasado vivido, me conozco la ciudad al dedillo por sus postales, pero tal vez, sólo tal vez, no pueda ir nunca. 

martes, 9 de enero de 2018

Relato 198

                                      Carbón

Para un republicano convencido como Guillermo Pomar Flecha desafiar a los Reyes magos era desde crío más una devoción que una obligación. Sin embargo, semejante insolencia acabó teniendo consecuencias. Después de setenta años alterando el orden establecido, cometiendo todo tipo de desmanes sociales como desvestir a los ricos para vestir a los pobres, saltándose las reglas más elementales de la buena convivencia terminó recibiendo el pasado día de Reyes el castigo largamente amenazado: negro carbón de Cook.
       
        De negro carbón de Cook recibió diez toneladas.

    —Tendré para calentarme hasta el final de mis días —exclamó, sorprendido.
        

martes, 2 de enero de 2018

Relato 197

                                             2018

No el meu oncle David amb les seves magnífiques paelles al camp, ni l'oncle Pere, l'estimat oncle Pere, pagès bon jan i artista del billar, ni l'avi Domingo, qui s'emocionava per res, i tocava el clarinet a la banda del poble i ensenyava als analfabets, ni l'àvia Cinta, la lúcida miop que des de casa ho controlava tot, ni el meu pare Xavier, pastisser, lluitador de mena, de memòria colossal, però sí la meva mare, valenta, d'esperit jove, la meva mare, sí. No la meva padrina Cinteta, ni la tieta Carme, ni l'oncle Agustí ni el seu fill Frederic, ni l'àvia Encarnació, ni l'avi Xavier, potser va ser el primer, sí, el primer. Ni l'Aureli, el meu sogre, l'home més racional i espiritual que he conegut, ni tan sols ell, però sí la meva dona, els nostres fills, jo mateix, nosaltres, sí.
        No la veïna Pilar, grossa i seductora, ni el seu marit Tonyo, sovint amb una galleda buida a la mà, ni l'Enric, amic d'infància, després carter del poble, ni la Isabel i el seu fill Ricard, qui un dia es va ficar una canica al nas, no se la podia treure i ens espantarem molt, ni la Teresina, companya de jocs atrevits, ni la Antonieta dels Xarans, sempre escotada i de pits exuberants, ni el seu plàcid marit, el Manel, ves a buscar-me picadura a l'estanc, fill, que em fan mal les cames i hi anava content, jugàvem a escacs al carrer, jugàvem al carrer. Ni les converses filosòfiques amb el seu fill Batista, un estoic nat, ni el Joan, home fort, rabassut i treballador, sempre bramant, sempre corrent, ensellant la mula al carro de bon matí, ni la Maria,la fatrelluda, remugant amb una branca de romaní als llavis i un farcell al cap, ni la Josefina, que hi vivia al costat, d'ulleres gruixudes ni el seu marit, l'Emili, calb, que no podien tenir fills i viatjaven molt, saludant amables al passar pel portal, saludant i somrient. No, ells tampoc.
         Ma cosina Maria Carme, sí, però no el seu marit, el Ramón, caçador de conills i llaurador, home de poques però sinceres paraules, i ma cosina Rosa Maria, sí, però no el seu marit, l'admirable Enric de la bòbila, sempre de bon humor i l'acudit a punt, que ens encisava cantant jotes amb la seva veu potent, ell, no. Ni els seus pares, tan vitals, que mai en tenien prou: ampliem, ampliem... Mai en tenim prou. Tampoc el masover Joan, prim com un secall, faixa fosca, pantalons de pana, burilla a la boca, desdentat, que al passar s'aturava, somreia i ens engegava: bueno..., i seguia costa amunt amb el sac a l'esquena, fumejant.
         Ni la presumida i alegre Carmeta, amiga íntima de ma padrina i sa companya de missa dels dissabtes, sempre buscant marit, trobant-lo al final en el ball, un home de fora, adinerat, ni sa mare, vestida de negre dol, carregada de cistells recoberts amb mocadors de quadres marrons i grocs, ni la riallera veïna, la Dorita, la que anava a veremar a França amb sa filla Fina i que va acabar embogint, sola, ni el seu marit, el miner, que després es va fer afilador i anava per la comarca amb un Cuatre cavalls i cara de pomes agres, ni l'Aventí, ideant històries que em fascinaven asseguts en un pedrís al sol, ni la Ramona, ni l'Antonio, ni el Carles, ni la Clara ni l'Empar, amics entranyables de carrer, no, cap d'ells.
         Ni el doctor Sedó, titular de la única farmàcia del poble, ni el practicant Jesús, alt com un sant Pau, que cada migdia venia a punxar-me al cul amb unes injeccions que prèviament bullia i em deia: bufa, hijo, bufa, i jo bufava i bufava i no en feia mal. Ni el boig del Carbassó que vivia en una casa derruïda a tocar del castell, ni el sabater tartamut amb qui també jugava a escacs, ni el perruquer de bigoti fi que no callava mai, ni el senyor Garí, l'home gros i afable que reparava bicicletes assegut, ni els seus dos fills que heretaren l'ofici i obriren una altra botiga al pont, ni el falaguer Fernando, l'encarregat del reg veïnal, amb qui xerrava sovint sobre el vol dels ocells i que al mecanitzar-se el reg es va fer enterramorts, ni la Balbina, ni la Paquita, ni la Rosita, ni el Sisco, ni l'Amorós, ni la Quitèria, ni el Garreta, ni la filla del Benito, tampoc ella, la bellíssima Angelina...

        No, cap d'ells, d'elles, estimats tots, han vist entrar l'any 2018.