martes, 16 de febrero de 2021

Relato 360

 

                                Mandala

        ―Ets, tu, Roser?

        ―Si, senyora Carme, sóc jo. És l’hora, oi?

        ―Sí, sí, endavant, ja ho tinc tot a punt.

        Hi ha una taula rodona recoberta fins als peus d’un tapet verd pistatxo que du gravat amb fil un mandala octogonal amb motius florals de peònia. A sobre, amb les candeles enceses, un canelobre de tres braços, de plata vella. De les dolles pengen vuit llàgrimes de vidre encastades en argent. També hi ha al voltant de la taula dues cadires encoixinades a joc.

        ―No és una mica fosc?

        ―No, no ens cal més llum, seguem-nos.

        Les dues dones s’asseuen al voltant de la taula rodona. Un gat siamès, el Pelussa, es posa de seguida a sobre la falda de l’amfitriona, mentre l’altra dona, la Roser, de trenta i tres anys i vestida de negre rigorós, resta silenciosa amb els braços a sobre del tapet i rebrega entre les mans un mocador brodat amb seda sense deixar de mirar fixament les espelmes enceses. Els ulls li brillen, titil·len emoció i espant.

        ―Comencem?

        ―Comencem.

        La senyora Carme tanca els ulls i durant uns minuts només se sent suau, molt suau l’adagi d’Albinoni. L’estança es paralitza en el temps, la música embolcalla el fum de les metxes que puja capriciosament amunt.

        ―No tinguis por, mare, no t’espantis ―diu la senyora Carme en estat alterat de consciència ―sóc jo, Ricardet, el teu fill, no t’espantis, mare, no.

        ―Oh, Déu meu! Déu beneit, gràcies! De veritat ets tu, fill meu?

        ―Sí, mare, i no puc estar-m’hi gaire. M’han concedit aquest permís per parlar amb tu, per calmar-te, mare, aquesta angoixa que t’ennuega.  

        ―Ai, fill, quin goig, patia per tu, quina alegria que em dónes, saber que ets viu, que puc parlar amb tu, quina sort, Déu meu, quina sort. Estàs bé, fill?

        ―Sí, mare, estic bé, tot està bé, més viu que mai. Va arribar el meu moment, la decisió estava presa, hi ha molt més del que ens imaginem a la terra. Vull dir-te, mare, que la vida continua, però diferent una vegada morts. 

        ―És que va ser molt fort, Ricardet, amb set anys, els metges no pogueren fer res, jo tampoc, fill, no hi ha dret, no et tocava a tu, Déu meu, no et tocava. Em trenca el cor.

        ―No ploris, mare, t’estimo i estic amb tu, vull que ho sàpigues. Encara que no em vegis t’acompanyo sempre. Vetllo per tu. Tot està bé. Ara me n’he d’anar, però tornaré...

        La senyora Carme continua amb els ulls tancats quan fa una pausa i calla mentre Pelussa aprofita el moment per saltar de la seva falda al terra i se’n va miolant. La peça de música d’Albinoni també conclou. La senyora Carme respira profundament, fa una sacsejada brusca com si s’encaixés en si mateixa a sobre la cadira, obre els ulls a poc a poc i somriu dolçament.

        Roser és plorant al seu costat, eixugant-se les llàgrimes amb el mocador brodat.

martes, 9 de febrero de 2021

Relato 359

 

                        Visionario

Mi abuelo David era un visionario.

Pintaba paredes y dibujaba rápido y bien. Captaba las almas.

Hablaba poco, pero sus palabras eran certeras como puños.

Tenía los ojos saltones, la risa fácil y una calvicie resplandeciente.

Republicano de pura cepa y represaliado en la época franquista.

Cuando me miraba sentía que me radiografiaba los huesos.

Predijo el día de su muerte, hoy hace treinta años.

De visita al hospital por una revisión de cataratas, cayó al suelo fulminado.

Un infarto, nadie pudo salvarlo, ningún médico. Él lo había anunciado.

Como despedida dedicó a cada uno de sus familiares unas caricaturas amables unos días antes.

En la mía además escribió:

“Catalunya será una republica independiente en el 2025.”

 

Y ahí estamos.

martes, 2 de febrero de 2021

Relato 358

 

                                   Falsificación


Indago con la mirada las caras de los transeúntes, entre ellas estás tú, padre. Por la calle Pelayo vienes cabizbajo como siempre, con tu uniforme de trabajo, pantalones anchos, corbata y camisa a cuadros verdes y amarillos, chaqueta raída, sombrero de paja, zapatones de payaso y tu carpeta de calcomanías. La nariz roja la llevas en el bolsillo derecho de la chaqueta, el más desbocado, te asoma la gomita.

 No te has fijado en mí, tu niño te importaba poco. Bastante tenías con traer dinero a casa y hacer reír a los niños de otras fiestas de cumpleaños. No recuerdo lo hicieras conmigo, quizá de muy pequeño, luego apenas jugábamos. Luego, apenas nada. No tolerabas mi zurdera. Un castigo de Dios, decías. Creías que lo hacía adrede para molestarte. “Quítate de delante, me haces daño a la vista, no harás nunca nada en la vida.” Me esforzaba, aprendí a escribir con la otra mano, me obligaste, mamá no quería, discutíais, hasta le alzabas la mano. Un zurdo contrariado, hoy no sería seguramente admisible.

 Durante mucho tiempo pensé que mi segundo nombre de pila era el de idiota. Mientras merendaba pan con aceite y azúcar te veía ensayar los trucos con mi hermana y yo reía y me manchaba la bata con aceite y tú me reñías y yo lloraba. ¡Falso payaso! Pensabas que era demasiado idiota para entender tus bromas, pero no era cierto, me hubiera gustado estar en el lugar de Elsa. Hacer de Pierrot. Que me pintaras la cara de indio Sioux, dar vueltas a la mesa detrás de ti y que me pusieras plumas en el cabello. Y acompañarte al circo Félix cuando ibas con mamá y poder montar a caballo.

Arrastras un carrito de la compra con tus disfraces, el carrito que mamá usaba cuando iba al mercado. Asoma un banderín catalán con el que despedías las funciones, mientras repartías caramelos Tutti fruti. Aún éramos una familia. Narizotas, te decía ella. Tenía toda la razón, tienes una buena napia. Con la bebida se te ponía más roja que la nariz roja que llevas en el bolsillo derecho. La misma nariz roja que llevo ahora en el bolsillo izquierdo de la chaqueta. La misma nariz falsa.

         Se llena la calle de gente ruidosa que va tropezando, móviles en mano, todo se acelera, te he perdido de vista, sé que estás por ahí, cerca, en mi puño, encerrado.

martes, 26 de enero de 2021

Relato 357

 

         Tiembla

 

        Tiembla la vidriera

        de colores de la puerta de mi casa,

        tiembla cuando pasa un tren de cercanías,

        o simplemente

        el avión de papel de los anocheceres,

        el relámpago que desgarra la rutina,

        el trueno escondido en un mensaje,

        la remembranza en cualquier melodía,

        el ensueño de las noches sin luna...

        O simplemente

        cuando la miras, cuando se mira.

       

        Tiembla

        la vidriera de la puerta de mi casa,

        de los calambrazos del sol de la mañana,

        de los azotes fríos de la escarcha,

        o simplemente

        se ilumina de la luz de las risas,

        del estruendo de las lágrimas,

        del galope de la caballería rusticana,

        de las gaviotas blancas que dibujan

        sombras de colores en la piel de la puerta,

        de las puertas sin pestañas...

        O simplemente

        se sonrojan cuando se miran.

       

        Tiembla

        la vidriera policroma

        de las puertas que se abren a la calle

        y respiran gajos de mandarina,

        o simplemente

        revientan contrapuertas,

        destellan gritos, dilatan horizontes

        de la carne atormentada

        y funden amarillos con azules estelares,

        en espesas malaquitas verdes...

        O simplemente

        tiemblan, ríen, lloran

        y se reconocen vivas.

martes, 19 de enero de 2021

Relato 356

                                Vendo

Vendo silla de ruedas poco usada. Buen precio.

martes, 12 de enero de 2021

Relato 355

                                         Charco

Le parece que llueve, sí, cree que llueve, pero duda en levantarse de la cama, debe ser muy temprano, entreabre los ojos, aún no son las cinco, cree que llueve, su mujer resopla a su lado, si me levanto se despertará, mal asunto, luego bronca, “no tenías nada mejor que hacer que levantarte a las cinco de la madrugada, ya me has roto el sueño, con lo que me disgusta y lo sabes.”

 Lo sabe, ella es muy sensible al movimiento de la cama, demasiado, se despierta por nada, cuando van a orinar lo hacen juntos, uno detrás de otro, con la luz apagada para no desvelarse, parecemos unos autómatas, sí, unos autómatas.       

Le parece que llueve, ahora lo distingue claramente, con el silencio de la noche, oye gotas en el tejado, suaves, como pisadas de gato al acecho, “lo que hace vivir en un ático, una cubierta te separa del cielo abierto, de sus inclemencias, a ella no le afecta la lluvia, más bien la relaja.” “Vamos al parc de les Aigues, está lloviendo, iremos sin paraguas, será divertido, nos mojaremos” “ve tú, no quiero mojarme, la lluvia, mejor tras los cristales.”

 “Eso la disgusta también, claro que con lo dormida que está tampoco la oye, ahora duerme, sí, y duerme profundo, su respiración es pedregosa, se mezcla con la lluvia incipiente, está claro que empieza a llover”. El tipo aguza el oído, aparta la oreja de la almohada, se concentra y contiene el aliento, cree que llueve. “Si me levanto con cuidado no me oirá, si lo hago acompasado con su respiración, no la despertaré.”

         Escasos metros, no más de tres, le separan de la ventana. Afuera, las farolas de la calle delatarán la lluvia, descorrerá las cortinas y verá gotas enracimadas resbalar por el cristal, una tras otra, como enanitos, arrastrando el polvo de días de descuidos y sedimentos, y verá el enorme charco de agua que se forma delante de su casa siempre que llueve, aunque llueva poco. Hay un badén casi sobrenatural, una alberca ciclópea con forma de ojo asiático que refleja el edificio entero y las jacarandas, ahora azules. “Eso es de los camiones, demasiadas obras en el barrio, estamos rodeados de grúas… Sí, ella tiene razón, grullas y no grúas es lo que necesitamos, la ciudad, una pesadilla, a todas horas, camiones con toldos verdes o rojos, camiones y más camiones, y trailers con contenedores Everest de color calabaza, así cualquiera no se hunde, y este asfalto se ha hundido.”

        Sabe que, si se levanta, aunque vaya con cuidado, ella se despertará y en la calzada verá la mirada inmisericorde del gran ojo oriental de cada día esmaltado por la lluvia de siempre.


martes, 5 de enero de 2021

Relato 354


                                Puente (3)

No siempre tendremos puentes de salvación a mano, acordémonos.

¿De quién es el puente, tuyo, mío, a medias o del tercero segunda?

El puente más largo del mundo es también el más distante, une dos mundos tal vez irreconciliables.